Número 7

Año 2019

 

 

La mirada incómoda. Una entrevista a Germán Scelso y Federico Robles sobre El hijo del cazador

 

The awkward look. An interview with Germán Scelso and Federico Robles about El hijo del cazador

 

Martín Iparraguirre

Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, Argentina

martinipa@hotmail.com

 

 

Resumen

El director Germán Scelso dialoga en esta entrevista sobre El hijo del cazador, uno de los documentales argentinos más complejos de los últimos años porque aborda la figura de Luis Quijano, hijo del gendarme Luis Alberto Cayetano Quijano, uno de los represores emblemáticos del centro de detención clandestino La Perla en la última dictadura cívico militar. Obra incómoda por demás, gracias a una construcción narrativa que paulatinamente va exponiendo las contradicciones de su protagonista al punto de desafiar las lecturas convencionales de nuestra historia. Filmada junto a Federico Robles, la película ofrece además una visión ausente en el cine argentino que revisó los crímenes de ese período histórico: la palabra de los hijos de los genocidas.

 

Palabras clave

dictadura cívico militar, derechos humanos, centro clandestino La Perla, cine político, cine cordobés, juicios por la verdad

 

 

Abstract

The director Germán Scelso talks in this interview about El hijo del cazador, one of the most complex Argentine documentaries in recent years because he deals with the figure of Luis Quijano, son of the gendarme Luis Alberto Cayetano Quijano, one of the emblematic repressors of the center of clandestine detention La Perla in the last military civic dictatorship. Work uncomfortable for others, thanks to a narrative construction that gradually exposes the contradictions of its protagonist to the point of challenging the conventional readings of our history. Filmed with Federico Robles, the film also offers an absent vision in Argentine cinema that reviewed the crimes of that historical period: the word of the children of the genocides.

 

Key words

politics; dictatorship; documentary

 

 

Como viene ocurriendo en la última década, el cine cordobés tuvo un año pródigo de estrenos con películas de todo tipo, aunque ninguna alcanzó la intensidad política de El hijo del cazador, de Germán Scelso y Federico Robles, que aborda la compleja figura de Luis Quijano, hijo del gendarme Luis Alberto Cayetano Quijano, uno de los represores más duros del centro de detención clandestino La Perla en la última dictadura cívico militar.

Ya su estreno en el Festival Internacional de Mar del Plata 2018, donde participó de la Competencia Argentina, confirmó que se trata de una película incómoda por demás, donde el público se encuentra con una figura paradójica que sacude los paradigmas políticos que rigen nuestra forma de entender la historia: un hombre que reniega de la dictadura y de su herencia paterna al punto de declarar en contra de su padre en los juicios de La Perla (donde Luis Alberto Quijano fue condenado por una larga lista de 416 delitos, entre secuestros, torturas y asesinatos), pero que al mismo tiempo comparte una mirada ideológica afín al ideario militar de los años de plomo, capaz de denostar a “los zurdos” y desear la pena de muerte para la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. 

Ante esto, la clave de la película está en su modo de abordar la figura de Quijano y su tormentosa historia de vida, marcada a fuego por la influencia paterna, quien lo hizo participar de los operativos del Destacamento de Inteligencia 141 del Ejército desde sus 15 años, acompañando los secuestros de personas, torturas y allanamientos que realizaban los llamados “grupos de tareas”, como un paradójico observador (pues su testimonio sería central para la resolución del histórico juicio de la Megacausa La Perla).

Mediante un abordaje más bien clásico de entrevistas frente a cámara sobre un fondo negro, intercaladas con algún material de archivo que recorre la vida de Quijano (especialmente, los videos de su viaje a Rusia, donde conocería a su actual esposa) y fragmentos filmados de su vida contemporánea, el filme de Scelso y Robles interpela directamente al espectador, produciendo una curiosa intimidad con su personaje, que narra sin filtros los crímenes que observó, pero también los traumas y las alegrías de su propia existencia, produciendo momentos de una inquietante identificación que pueden alcanzar una profunda emotividad.

Pero es gracias a esa intimidad que la película consigue algo genial: capturar en primer plano la transformación de una persona a partir de la toma de conciencia de los crímenes que vio y las consecuencias históricas que implicaron. Con lo que la película adquiere una dimensión testimonial novedosa, como destacan sus directores, que cifran su singularidad en la capacidad de mostrar una perspectiva ausente, la de los hijos de los genocidas.

“Es incómodo sentir que uno se parece a quien representa lo contrario a lo que nos figuramos de nosotros mismos”, afirmó Scelso en Mar del Plata, aunque la construcción narrativa de la película tiene deparada una conclusión que rompe cualquier empatía bienpensante, algo que produce las más variadas reacciones en los espectadores, como ambos directores explican en esta entrevista.

 

 

–En primer término, quería preguntarles por la estrategia narrativa que utilizaron ante un personaje tan complejo, ¿cómo decidieron narrarla?

–Cuando recién conocés a Luis, parece alguien muy tranquilo, pacífico, con una forma de hablar muy didáctica y racional. A medida que vas pasando con él más tiempo, empezás a ver cómo se abren otras capas más ambiguas o contradictorias de su personalidad o forma de pensar; capas de las cuales él es muy consciente. Por lo tanto, nos pareció que esa dualidad era también una buena manera de presentar el personaje ante los demás y que los espectadores pudieran tener la experiencia que nosotros habíamos tenido en el rodaje, de disentimiento a la vez que de empatía con Luis.

 

–¿Por qué dejaron para el final las opiniones que generan más irritación en el público?

–Sobre la secuencia final, se suceden una serie de comentarios que oscilan entre la corrección política con respecto a la memoria de los desaparecidos y la declaración a favor de la pena de muerte y otros castigos ejemplares. Es decir que la estrategia que en el desarrollo de la película se da en forma sutil y espaciada, en la secuencia final se agudiza y se concentra. En resumen: para poder observar y escuchar a Quijano, primero hay que empatizar, y si lo que ocurre al final de la película estuviera por ejemplo al principio o en medio de la narración, esa empatía o atención que se le presta sería más difícil, porque se repudiarían sus comentarios antes de que se le pueda prestar una mirada, al menos, compasiva.

 

–También me gustaría preguntarles sobre sus elecciones formales, ¿por qué eligieron ese primer plano con fondo negro para las entrevistas?

–La puesta en escena de la entrevista principal es un no-lugar; así, ponemos el foco en donde queremos: en los gestos y el texto hablado del personaje. Es una película hecha de gestos y palabras. Y sobre todo lo que buscábamos con ese plano es interpelar a quien mira la película, dejando a Quijano muy cerca del espectador, físicamente cerca. Cuando la ves en pantalla grande en la sala de cine, Quijano parece estar sentado a tu mesa. Ese plano con esa puesta en escena introduce también al espectador en la puesta, sacándolo de su lugar meramente de espectador, de contemplador.

 

–¿Cuál fue su estrategia de acercamiento y relacionamiento con Luis? ¿Cómo fue ese proceso? ¿Se les planteó algún dilema?

–Luis tiene en principio, como dijimos, una impronta muy amable, por lo que acercarse a él fue muy fácil. Después del primer encuentro nos dimos cuenta que no sólo era amable, sino que se expresaba muy bien, era muy fácil hablar con él sobre cualquier cosa, desde lo trivial hasta lo profundo. Al poder comunicarnos tan fluidamente, desarrollamos una relación honesta, cada uno decía lo que realmente pensaba sobre cuestiones ideológicas y políticas, y también pudimos explicarle qué queríamos hacer con la película. Porque en principio Luis se imaginaba un documental más ortodoxo, más televisivo, y no un documental de creación. Por lo cual tuvimos que explicarle el sentido de filmar su vida privada más allá del anecdotario referido a los “años de plomo”. De este modo llegamos a un acuerdo y filmábamos. La estrategia fue ser claros y directos.

No se nos planteó un dilema durante el trabajo de campo que hicimos. Eso ocurrió más tarde, en el montaje, en donde tuvimos que decidir con precisión qué poner de su entrevista.

 

–Ustedes hablaron de incomodar al espectador, ¿en qué sentido la película apunta a incomodar?

–Creo que uno no se plantea “Bueno, voy a hacer una película incómoda para los demás”, sino que se plantea un objetivo personal, en este caso, explorar un territorio filoso, puesto que nadie había retratado al hijo de un torturador, menos darle voz y menos darle voz sin bajarle línea de política correcta. Por lo que, en todo caso, si la película era incómoda era incómoda en primer lugar para nosotros.

Después, en la instancia de montaje sí el potencial público aparece como un factor que influye en las decisiones, no el único ni mucho menos, pero sí un factor que simboliza también el contexto. Para el público de Madrid no es una película provocadora. En todo caso, es nuestra exploración de un territorio poco visitado, y una exploración también de nuestros propios límites y de la voluntad de ampliarlos.

 

–¿Por qué incluyeron el testimonio de la mujer de Quijano y por qué dejaron afuera a su hija?

–Dejamos fuera también a su hermana, así como a otros personajes que rodean su historia, porque quisimos concentrar la atención en él. Tatiana, su mujer, es una excepción y aparece por dos razones: es la persona que encarna su vida “normal” (puesto que todos tenemos pareja o creemos en algún tipo de relación amorosa), a la vez que es la mirada de alguien externo, un extranjero que vive en Argentina y por lo tanto tiene una mirada desafectada sobre las dimensiones políticas de la historia de Luis y su padre; lo cual, de alguna manera, era el extremo de un punto de vista que la película pretendía en su exploración para nosotros: hasta dónde podíamos comportarnos como extranjeros frente a un personaje como Quijano.

 

–Ustedes dijeron alguna vez que buscaban capturar una imagen distinta del personaje a la que había construido el periodismo, ¿qué es lo que la película aporta en este sentido? 

–Simplemente porque el periodismo busca siempre la primicia, y en ese afán de impacto construye los retratos de sus personajes en pantalla de una manera unívoca y sin matices. El periodismo no trata de complejizar los personajes que aborda, sino que busca estereotiparlos, resumirlos en torno al sentido común, mientras que, en el cine, se puede romper con el sentido común y complejizar los retratos.

 

–¿Cómo tomaron las reacciones que genera la película en el público? ¿Esperaban tanta susceptibilidad?

–Esperábamos susceptibilidad, pero nos sorprendió igual el nivel eufórico que provocó en Mar del Plata. Especulamos sobre lo que puede suceder ahí, pero son especulaciones. Por un lado, no creemos que la reacción violenta sea un problema del público, sino de cómo se presentan las películas como esta, en qué contexto se las programa y en qué espacio. El hijo del cazador es una película que va a sensibilizar de distinta manera a una sobreviviente de La Perla y a un familiar de un policía o de un militar. De hecho, en la proyección del último sábado en Córdoba parecía haber de las dos características: sobrevivientes de La Perla y también familiares de militares o policías. Los primeros dejaron en claro ese dato personal, los segundos no, aunque algunos declaraban a favor de Quijano y su calidad de víctima. Ante lo cual, terminamos el coloquio tratando de dejar en claro lo complejo que es construir el concepto de víctima.

Las reacciones son mecánicas, en el sentido de que son viscerales y simples. Quizás la reacción sea el resultado de una situación parecida a de leer el diario de la editorial contraria o ver los programas de televisión de la editorial contraria. Pocos leen distintos medios para contrastar las noticias, la mayoría de la gente lee el medio de comunicación acorde a sus ideas, evita el mal trago de leer las publicaciones contrarias a su propio pensamiento. Esa evasión se ve vulnerada en El hijo del cazador, porque Quijano dice cuestiones que en una sala de cine “independiente” nadie espera escuchar porque son de otra “editorial de programación”.

Hace una semana estuvimos en Río IV presentándola con Gastón Molayoli, y esa proyección también fue distinta. El público no era tan variado y era menos cantidad. Por lo cual la conversación se mantuvo en un plano más confesional que conceptual, y se remarcó, cosa que no se había hecho en otras proyecciones o reseñas periodísticas, el valor testimonial de la película: puesto que reafirma desde un punto de vista novedoso, por ejemplo, los hechos delictivos de robo de dinero, inmuebles y otros bienes de los secuestrados, para el enriquecimiento personal de los represores y sus familias.

 

–¿Cómo fue la reacción del propio Quijano?

–A Quijano la película le parece bien, porque se siente representado en sus dichos.

 

 

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Sobre los entrevistados

 

Germán Scelso

Director, montajista y productor de documentales. Técnico Productor en Medios Audiovisuales (Universidad Nacional de Córdoba). Ha realizado, entre otras producciones, El hijo del cazador (2018), Córdoba, sinfonía urbana (2017), La sensibilidad (2012), El modelo (2013) y El engaño (2013). Actualmente trabaja en dos de sus largometrajes: rodaje de El empresario (con apoyo de INCAA y Bertha Fund de Ámsterdam) y postproducción de The assistants, grabado en Holanda.

Web: https://vimeo.com/scelsofilms

scelsog@gmail.com

 

Federico Robles

Productor y realizador independiente de documentales. Ha trabajado en proyectos para Argentina y España (INCAA, Encuentro, TDA, Barcelona TV, TV3, CNT, Avina, Albatros Media, FNA, etc.). Es autor de cortometrajes independientes con recorrido por muestras y festivales internacionales (Salmón, Traslasierra, Cara al Sol, Mañicos, Encuentro Imaginario, 4664, entre otros). Realizó los largos documentales Apuntes para una Herencia (DocumentaMadrid, 2019) y El hijo del cazador (Mar del Plata, 2018), este último en codirección con Germán Scelso. Junto con Pablo Baur fue creador y Coordinador del Posgrado en Documental Contemporáneo de la Universidad Nacional de Córdoba, entre 2013 y 2017. Es miembro de la productora Ideas por Rosca.

robles.federico@gmail.com

 

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Martín Iparraguirre

Licenciado en Comunicación Social, por la Universidad Nacional de Córdoba. Magíster en Gestión de la Comunicación Política por la Universidad Católica de Córdoba. Se desempeña como editor de las secciones de Política Internacional y Cultura del diario Hoy Día Córdoba. También es crítico cinematográfico en diversos medios e integrante del equipo editorial de la revista Toma Uno. Ha participado en los libros Diorama, ensayos sobre el cine contemporáneo de Córdoba (2013, Editorial Caballo Negro) y Cine, política y derechos humanos (2014, UNC), entre otros.

En docencia, es Profesor Asistente de la Cátedra de Análisis y Critica Cinematográfica y de Historia del Cine, del Departamento de Cine y TV de la Facultad de Artes de la UNC.

Blog: www.lamiradaencendida.wordpress.com

martinipa@hotmail.com

 

 

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Cómo citar este artículo:

Iparraguirre, M. (2019). La mirada incómoda. Una entrevista a Germán Scelso y Federico Robles sobre El hijo del cazador. Toma Uno, 7(7).

 

 

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Recibido: 06/05/2019 - Aceptado: 06/06/2019

TOMA UNO (Nº 7), 2019

ISSN 2250-452x (impreso) / ISSN 2250-4524 (electrónico) | https://revistas.unc.edu.ar/index.php/toma1/index

 

Dpto. de Cine y TV – Facultad de Artes – Universidad Nacional de Córdoba – Argentina

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