Esas mujeres: testimonios de campesinas insurgentes paraguayas durante la dictura de Stroesser. Invisibilidad e interseccionalidad

 

Those Women: testimonials of Paraguayan insurgent peasants during the Stroessner dictatorship. Invisibilization and intersectionality

 

 

Mariano Damián Montero

 

Investigador independiente- Universidad de Buenos Aires, Argentina

marianodmontero@yahoo.com.ar

 

 

Resumen

La campesina insurgente paraguaya, pese a formar parte de una agrupación política revolucionaria que incorporaba en su discurso la ampliación de los derechos de la mujer, sufrió una triple discriminación: por la propia sociedad de entonces, por sus propios compañeros de lucha, y por lxs académicxs del presente especialistas del campo. En el presente trabajo se rescatarán a través de sus testimonios y de los recuerdos de familiares, las historias de cuatro mujeres campesinas que optaron por integrarse a la lucha armada contra la dictadura de Stroessner.

Palabras clave: mujer paraguaya,  Partido Comunista Paraguayo,  Dictadura de Stroessner,  guerrilla rural, interseccionalidad.

 

Abstract

The Paraguayan insurgent peasant, despite being part of a revolutionary political group that incorporated the expansion of women's rights into its discourse, suffered triple discrimination: by the society itself at that time, by her own comrades in struggle, and by the academics of the present field specialists.  In this work, the stories of four peasant women who chose to join the armed struggle against the Stroessner dictatorship will be rescued through their testimonies and the memories of relatives.

 

Keywords: Paraguayan woman, Paraguayan Communist Party, Stroessner dictatorship,rural guerrilla, intersectionality.

 

 

 

Introducción, objetivo, hipótesis, estado de la cuestión, marco teórico y metodología

 

Cuando se habla de la “mujer paraguaya”, la expresión deja de ser literal, como si uno hablara de una mujer argentina o uruguaya. La “mujer paraguaya” es uno de los grandes mitos nacionales del Paraguay, una construcción, o, un “conducto simbólico de la nacionalidad como tal (…) gracias a los rasgos como el sacrificio, abnegación, laboriosidad y humildad” (Makaran, 2013: 70; Lozano Rubello, 2015: 96) que la historia tradicional les adjudica a ellas hasta el día de hoy, condensados en la expresión Kuña guapa[1]. Sin embargo, como demostró Makaran en su estudio, esta glorificación de la mujer paraguaya en el discurso histórico y político, choca violentamente con la realidad que viven desde hace décadas las paraguayas. 

El rol de la mujer en la historia paraguaya, comenzó a rescatarse a principios de la década de los noventa, con algunos antecedentes durante los setenta (Santa Cruz Cosp, 2013). Sin embargo, uno de los problemas centrales de la historiografía paraguaya es el escaso estudio del pasado reciente, ese mismo pasado que no pasa. De la poca producción académica con respecto a los años del stronismo[2], aún menos se prestó atención a las mujeres que integraron grupos de oposición a la dictadura; a lo que hay que agregar, ya por último, que en los estudios que rescatan a las mujeres que lucharon contra la dictadura, las campesinas que colaboraron con la guerrilla rural del Partido Comunista Paraguayo[3] (PCP), durante los años sesenta, brillan por su ausencia. 

En el presente artículo, a partir de un conjunto de entrevistas a dos mujeres que participaron de la experiencia insurgente de los años sesenta en el Paraguay, intentaremos establecer cuál era su pensamiento político, qué las impulsaba a participar y, fundamentalmente, si el rol asignado a ellas fue diferente al que les imponía la sociedad tradicional. Sumado a esto, a través del testimonio de sus hijos, reconstruiremos las experiencias de otras dos militantes.

Partimos de la hipótesis que propone la existencia de una doble opresión hacia las campesinas insurgentes de la Columna Mariscal López (CML), por parte de la sociedad primero, y dentro de las filas del PCP después; esta última, claramente de otra naturaleza que la de la primera. A las que se suma una tercera discriminación: la inexistencia de estudios sobre ellas.

Una de las entrevistadas fue miembro de la columna guerrillera (Felicita López),  y otra, punto de apoyo (Marcelina González). A estos dos casos, se sumarán el de otras dos protagonistas, de las cuales rescatamos su historia a través de los testimonios de sus hijos y compañeros de lucha (Blanca Antolina Frutos Cabral y Modesta González). Es evidente que, por el número de casos analizados y el espacio limitado de este trabajo, no alcanza para establecer conclusiones generales, pero sí para introducir a un nuevo colectivo -las mujeres campesinas- en los análisis sobre la coyuntura de la insurgencia paraguaya contra la dictadura stronista en los años sesenta. 

En cuanto a la metodología del presente trabajo, se utilizó la ofrecida por las técnicas de la Historia Oral (HO), creando nuevas fuentes a través de las entrevistas semiestructuradas, que abordan temas inexistentes en los documentos partidarios. A este aspecto cualitativo, se le suma la complementación de otro tipo de fuentes: documentos de la represión stronista obrantes en el Centro de Documentación y Archivo para la Defensa de los Derechos Humanos (CDADDH), más conocido como el “Archivo del Terror”, de Asunción, junto a documentación interna del PCP y libros publicados con el testimonio de sus dirigentes, además, claro, de la bibliografía correspondiente al marco teórico. Debido a la nula producción sobre el tema específico de la participación de la mujer en organizaciones armadas de resistencia a la dictadura de Stroessner, este vacío se compensó, en parte, con la consulta de estudios que abordan las experiencias de mujeres insurgentes en organizaciones político-militares (OPM) de países latinoamericanos durante los mismos años, es decir, la década del sesenta y setenta, y de estudios de género clásicos (Crenshaw, 1991; Oberti, 2010; Vidaurrázaga Aránguiz, 2005; Rayas Velasco, 2005; Cedillo, 2010; Scheibe Wolff, 2010; Lozano Rubello, 2015; Zalaquett, 2018). El trabajo apunta a registrar y visibilizar a esas mujeres.

 

 

 

Antecedentes

La ausencia de estudios sobre la mujer insurgente campesina paraguaya (esas mujeres de aquí en adelante) llama la atención, principalmente, cuando reparamos en las estadísticas poblacionales del Paraguay durante la década del sesenta: en 1962, el 64,2% de la población era rural frente a un 35,8% urbana[4]. Sin embargo, la gran mayoría de los estudios –predominantemente biográficos– se refieren a personajes femeninos de la capital, Asunción, y a la lucha del feminismo urbano.

No realizaremos aquí un estado de la cuestión en cuanto a los trabajos publicados sobre el rol de la mujer en el Paraguay, asunto que se puede consultar en varios estudios  (Santa Cruz Cosp, 2013; Soler, 2019), pero sí puntualizar algunas cuestiones sobre los mismos y mencionar algunos más específicos con respecto a nuestro tema.

Como es sabido, en los estudios sobre la mujer en el Paraguay, predominan los relativos al período de la Guerra de la Triple Alianza o Guerra Guasú (Potthast, 2006, 2011), a los que siguen en importancia lo relativos a mujeres urbanas destacadas en sus disciplinas y como a través de reclamos públicos lograron el derecho al voto femenino (Bareiro y otras, 1993, 2011; Barreto Valinotti, 2011).

Otros trabajos que se centran en cuestiones más de fondo, remarcan, acertadamente, la contradicción entre el discurso de glorificación de la “mujer paraguaya” y su realidad histórica que las hace sentir “extranjeras” por la falta de derechos (Carbone, 2015), como también el carácter “machista y paternalista” de aquella sociedad (Makaran, 2013), y la utilización del mito de la mujer abnegada para “fortalecer el nacionalismo paraguayo” (Potthast, 2011).

La publicación del Informe Final de la Comisión de Verdad y Justicia (CVYJ, 2003-2008), en 2008, generó la elaboración de algunos trabajos que se basaron en el análisis de los datos referidos a las violaciones de los derechos humanos que sufrieron las mujeres durante la dictadura de Stroessner (Boccia Paz, 2010; Bareiro y Centeno, 2012), pero haciendo foco principalmente en el lugar de la mujer como víctima.

En cuanto a nuestro interés específico –las mujeres que formaron parte de la insurgencia anti stronista-, merecen mencionarse los cuadernillos Dictadura y Memoria, editados por el Grupo Memoria en el Paraguay, entre 2006 y 2013. Allí se ofrecen breves biografías y entrevistas a mujeres que participaron en diferentes organizaciones, armadas y no armadas, de oposición a la dictadura.  También Arellano (2005) aborda el caso de las mujeres miembros del Movimiento 14 de Mayo, de extracción liberal. Por último, en Soto (2017) y Pérez Cáceres (2018) se abordan en forma más específica las violencias a las que fueron sometidas las mujeres que militaron en grupos insurgentes.   

 

Coyuntura: Paraguay, 1960

 

A partir del golpe del 4 de mayo de 1954, que lleva al poder a Alfredo Stroessner, las mínimas posibilidades de participación democrática se fueron cerrando cada vez más. El ataque a los obreros, estudiantes y parlamentarios, llevó al Partido Comunista Paraguayo (PCP) a considerar en 1959 el camino de la lucha armada para derrocar a la dictadura. En 1960, el Paraguay se transformó en el laboratorio de la contrainsurgencia en Sudamérica, en donde las fuerzas represivas ejecutaron prácticas de torturas que luego se extenderían en toda la región, con las cuales exterminó a los dos grupos guerrilleros que a mediados de 1960 cruzaron el Paraná desde territorio argentino: el Movimiento 14 de Mayo y la Columna Ytororó del Frente Unido de Liberación Nacional (FULNA). Sin embargo, un grupo guerrillero campesino formado en el interior del país, en el departamento de Cordillera, creado con el fin de distraer a las fuerzas represivas, sobrevivió a la “limpieza”. Se trataba de la Columna Mariscal López (CML), formación político-militar en la que participaron las cuatro mujeres que presentamos a continuación.

 

Esas mujeres[5]

 

1 - López, Felicita (nombres de guerra: “Yolanda”, “Yola”) (Tapeguazú, Piribebuy, Cordillera, Paraguay, 05/02/1934).

 

Felicita López durante la entrevista del año 2015 (Archivo propio).

 

Integrante de una de las familias campesinas más golpeadas por la represión. Hermana de Lorenzo López (desaparecido), de Sinecio, Arsenio y Marcelina (encarcelados y torturados), y pareja del “Comandante Patricio”, Blas Alvarenga Caballero (desaparecido). El nombre de Felicita López comienza a aparecer en varios informes de inteligencia como integrante de la columna (00128F-0791, del 28/06/1965; 00009F-1263/64, del 18/08/1965; 0259F-0314/15, del 30/07/1965)[6]. Pese a que fue identificada, nunca cayó presa. Seguiría militando en el PCP (Independiente) de Oscar Creydt, luego de la gran división partidaria de julio de 1965, llegando a tener entrevistas con el mismo en Buenos Aires, hasta que se desconectó del partido hacia mediados de los ’70. Vive actualmente en Ciudad del Este, Paraguay.

2 – González (López), Marcelina (pseudónimo: “Miriam”) (Tapeguazú, Piribebuy, Cordillera, Paraguay, 06/04/1939 – Ciudad del Este, Alto Paraná, Paraguay, 05/12/2020).

 

Ficha de detención de Marcelina González, abril de 1970 (CDADDH)

 

Hermana menor de Felicita López. Sufrió prisión entre 1970 y 1972 por haber sido punto de apoyo del grupo de Agapito Valiente. Su marido, Herminio Cubilla, fue miembro de la CML, asesinado y desaparecido junto a la pareja de Felicita en 1965.  Su cuerpo se recuperó en 1989. Murió en Ciudad del Este a fines de 2020.

 

3 - González de Pereira, Modesta (pseudónimo: “Peque”) (Tapeguazú, Piribebuy, Cordillera, Paraguay, 12/01/1927 – Corrientes, provincia de Corrientes, Argentina, 11/06/2020).

 

 

Ficha de detención de Modesta González, abril de 1970 (CDADDH)

 

Punto de apoyo de la CML, enfermera personal del comandante Agapito Valiente entre 1960 y 1970. Sufrió prisión en 1965 y entre 1970 y 1972. Luego de esto, permaneció aproximadamente un mes en Tapeguazú, y a fines de aquel año, se exilió en Buenos Aires, dónde ya residían algunxs hijxs suyos.

 

4 - Frutos Cabral, Blanca Antolina (nombres de guerra: “camarada Rosalía”, apodo: “Morocha”) (Compañía 4 de julio, Piribebuy, Cordillera, Paraguay, 1944/45 – Merlo, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1994)

 

Imágenes de Antolina. Primera foto (circa 1961), segunda foto (circa 1972) (cortesía de su hijo Jorge Villalba)

 

Nació en la compañía 4 de julio (C4J), Piribebuy, Cordillera. A principios de 1962, inició una relación con Arturo López Areco, conocido como Agapito Valiente, comandante de la CML. Inmediatamente pasó a formar parte de la red de apoyo, y, más adelante, llegó a incorporarse al PCP. Apodada “Morocha”[7] entre los vecinos de la C4J, fue conocida en el Partido como la “camarada Rosalía”. Luego de la división del PCP de 1965, Blanca permaneció en el grupo de su esposo, a quien asesinaron las fuerzas represivas en mayo de 1970 y desaparecieron su cuerpo. Luego de una breve residencia en la localidad chaqueña de Pampa del Indio, Ibarreta y Resistencia, en 1973, a tres años de haber recibido la noticia de la muerte y desaparición de su compañero, Blanca se mudó junto a su hijo al partido de Merlo, Buenos Aires. Murió en 1994 por un accidente casero a la edad de 50 años, en la misma localidad bonaerense.

Todas ellas son de la zona donde la CML tenía su base de apoyo y abastecimiento: Tapeguazú y Compañía 4 de julio.

 

 

 

El espacio.  Esas mujeres y la Compañía 4 de Julio de Piribebuy.  El Partido Comunista Paraguayo y la Columna Mariscal López

 

En el Paraguay, una compañía es una comunidad rural de un distrito. La Compañía 4 de Julio (C4J de aquí en adelante) es una de las 28 en que se divide el municipio de Piribebuy, situado en el departamento de Cordillera. 

Luego de varias promesas incumplidas de acceso a la tierra para los campesinos, a partir de la derrota de 1947, el PCP desarrolló un trabajo político liderado primero por Marciano Villagra y por Arturo López después, que le permitió conseguir un apoyo mayoritario de su población a principios de 1960 (Montero, 2019: 95). Fue de esta comunidad, la C4J, de donde salió la base campesina de apoyo para la futura columna guerrillera del PCP,  liderada por un profesor normal nacido en la región, Arturo López Areco, muy respetado y querido por los campesinos de la C4J. Felicita comentó: “Vos sabes que la compañía donde estábamos casi todos es comunista… entonces el que sabía que estaba (Arturo López), sabia y no contaba a nadie, entonces él vivía tranquilo (…) apenas ha de haber tres o cuatro colorados que no eran de nosotros, pero después….todito”[8].

En el primer mapa, coloreado, se resalta el departamento de Cordillera. En el segundo, se muestra el distrito de Piribebuy, dentro del Departamento de Cordillera, donde se encuentra ubicada la Compañía 4 de Julio (cuyo nombre se encuentra dentro de un globo de color)[9]. 

 

La C4J sufrió dos ataques fuertes, en 1965 con el corolario del “rebautismo” (tema que desarrollaremos más adelante), y en abril de 1970, previo a la caída de Agapito Valiente (pseudónimo del profesor Arturo López). Estas represiones significaron la destrucción de la vida comunitaria: “no quedó nadie, se fueron toditos”[10].

Entre 1955 y 1960, el grupo innominado de Arturo López, miembro del PCP, ayudó a los campesinos y campesinas de la C4J a organizarse para resistir los abusos de los acopiadores y reclamar por líneas de créditos blandos y acceso a la tierra para los campesinos. Eran los primeros años de la dictadura de Stroessner y a partir de 1959 el PCP decidió seguir el camino de la lucha armada.

Las mujeres de la C4J, impulsadas por sus lazos familiares y comunitarios más que por una cuestión ideológica, cumplieron un rol subordinado, pero fundamental, en el sostenimiento de la CML durante toda la década del sesenta. Sin embargo, dentro del PCP-CML se siguieron reproduciendo los mecanismos de subordinación de género más allá de sus discursos públicos. Para corroborarlo, describiremos en primer lugar la condición de la mujer campesina en el marco de la sociedad y del régimen stronista, para después analizar a través de las experiencias de esas mujeres, la situación de la mujer rural al interior de la guerrilla paraguaya.

 

Mujeres y represión: algunos números

 

En el Informe Final de la CVYJ del año 2008, se determinó que del total de los 20.090 hechos violatorios de los derechos humanos en el Paraguay sucedidos durante la dictadura de Stroessner (1954-1989), 14,1% fueron sufridos por mujeres, y 85,9% por hombres (CVYJ, 2008: tomo I: 49). Del total de víctimas de desapariciones forzadas, que suman 336, el 88% representa a 296 víctimas hombres y el 12% corresponde a 40 víctimas mujeres (CVYJ, 2008: tomo I: 57).

Otro punto que destaca el Informe Final es que la represión contra las clases populares, dentro de las cuales incluye a lxs campesinxs, fue mucho más dura en relación a la ejercida contra las clases medias y altas. El sector campesino fue el más afectado por los casos de torturas, con un 32% del total (CVYJ, 2008: tomo I, 56). En relación a nuestro estudio nos interesa resaltar que la mayoría de las víctimas mujeres pertenecen al movimiento campesino, en contraste con los hombres que son representados mayormente por partidos políticos (CVYJ, 2008, Tomo I: 64). Con respecto a las víctimas que participaron de organizaciones armadas, las mujeres representaron al 9,2 % del total (CVYJ, 2008, tomo III: 35).

Dentro de estas estadísticas se encuentran esas mujeres, a las que escucharemos a continuación. En algunos casos, a través de sus propias voces, y en otros, a través de la voz de sus hijos. El régimen stronista las encarceló, las torturó, las estigmatizó y, en algunos casos, las obligó al exilio.

 

Doble opresión

A) La sociedad y la dictadura stronista

Según estudios de las Naciones Unidas, las mujeres rurales:

…constituyen el último escalón de una escalera donde el primer lugar está ocupado por los hombres urbanos; el segundo por las mujeres urbanas, seguidas por los hombres rurales. Son ellas (…) quienes poseen los niveles educativos más bajos, las tasas de analfabetismo más altas, los menores salarios y el menor acceso a recursos y a servicios de salud, entre otros (FAO, 2008: 7). 

El caso de las campesinas paraguayas de los años sesenta no fue la excepción. Un acierto de estudios sobre mujeres que integraron OPM latinoamericanas, es el de resaltar la clara diferencia entre las mujeres urbanas y las rurales (Cedillo, 2010). Otras autoras se centran exclusivamente en las mujeres urbanas sin diferenciar o hacer alusión a las campesinas (Zalaquett, 2018; Lozano Rubello, 2015; Vidaurrázaga Aránguiz, 2005), lo cual estimamos que se debe al tipo de experiencia estudiada donde prevalece más la guerrillera urbana.

Las mujeres rurales sufrieron y sufren una serie de opresiones superpuestas que las diferencian de las sufridas por las mujeres urbanas, donde la raza y la clase social intervienen de forma diferenciada.  O como planteó Cerna Villagra: “Es al reconocer estas diferencias entre mujeres ‘paraguayas’ que el mito de una ‘mujer paraguaya’ unidimensonal se resquebraja” (Cerna Villagra, 2015, 235). 

Salvo algunos estudios puntuales sobre mujeres urbanas, en donde se plantea una autonomía de la mujer al momento de ingresar a la militancia (Vidaurrázaga Aránguiz, 2005: 285), predominan los testimonios en los que las mujeres afirman que su ingreso a las organizaciones revolucionarias se debió a lazos familiares o comunitarios, y no a ideales políticos específicos (Cedillo, 2010; Boccia Paz, 2010: 78-79; Zalaquett, 2018). Esto último también fue el caso en la CML, en donde esas mujeres comenzaron a colaborar por sus hermanos y sus parejas. Otro motivo, ligado a los lazos de parentesco y al matrimonio, fue haber sido familiar o pareja de hombres muertos por razones políticas, como por ejemplo en la guerra civil paraguaya de 1947, que todavía estaba cercana en el tiempo[11].

Paraguay fue el último país sudamericano en otorgar el derecho al voto a las mujeres, en 1961 (Bareiro y otras, 2011), cuando la experiencia insurgente de la CML ya había comenzado. El discurso de la dictadura stronista sobre la figura y el rol de la mujer “paraguaya” no fue muy diferente del que se conocía hasta ese momento: su lugar natural era el hogar y sus roles “los de ama de casa y esposa pero, sobre todo, madre” (Boccia Paz, 2010: 75-76).

Las mujeres sufrían un primer nivel de opresión en el ámbito familiar, en donde se desalentaba la militancia política de ellas. En el caso de las mujeres urbanas, el desafío a esta prohibición significó, muchas veces, el abandono del hogar materno (Soto, 2017: 26). Pero en el caso de las mujeres rurales, este desafío no era tal. Al contrario, ya que la mayoría de ellas ingresaron a la militancia por lealtades familiares y comunitarias.

Si el hombre comunista era considerado por el régimen de Stroessner un “maleante político”, un ser indeseable; la mujer comunista significaba algo inconcebible, ya sea urbana o rural, pero en este último caso, aún más. En el caso de las primeras, al igual que sucedió en el resto de la región, serían “putas comunistas” que desobedecen el mandato del casamiento y la maternidad (Gouveia, 2020: 145). Una mujer comunista no solo dejaría de criar y educar a un ciudadano patriota, sino que criaría y educaría a un futuro guerrillero.

De nuestras cuatro mujeres, Felicita fue la que rompió más claramente los moldes sociales de la comunidad rural, al ser la única mujer que estuvo con el núcleo guerrillero por su condición de pareja de uno de sus comandantes, Blas Ignacio Alvarenga (Comandante Patricio): “era la única mujer entre ellos”[12], “yo me acuerdo que yo una vuelta me voy donde estaban los muchachos, y ahí entre ellos estaba tu tía”[13]. Felicita fue la única que entró en la clandestinidad y muchas veces durmió en el monte con los guerrilleros, lo cual era algo transgresor para la época, pero eso solo fue posible porque se había convertido en la pareja de uno de los comandantes de la CML[14]. En cuanto a Blanca, Marcelina y Modesta, permanecieron en sus hogares y mantuvieron un rol tradicional.

Paradójicamente, las campesinas eran las que menos habían violado ese contrato patriarcal por el cual se mantenían subordinadas a los hombres de su comunidad.  Sin embargo, fueron las más castigadas por sobre las urbanas, que más lo habían transgredido. Las mujeres rurales representaban algo así como la última reserva de aquella beatificada “mujer paraguaya” abnegada y sacrificada. Si en los sesenta era difícil controlar y vigilar a la mujer asuncena, el régimen no permitiría desafíos que provengan de las campesinas: “Había diferencia de clase social también, eso es también digno de anotar. ¿Mujeres campesinas? garroteadas pero como la gran siete y con más frecuencia incluso que una que haya salido de la ciudad por ejemplo y que podía ser más” (Testimonio de Guillermina Kanonikoff, citado en Soto, 2017: 30).

El punto culmine de esta saña fue más moral y psicológico que físico[15]. Pasó a la historia como el “Rebautismo”, un hecho poco conocido, pese a ser nombrado en varios trabajos.

Con la caída de los comandantes de la CML en julio de 1965, la dictadura realizó una gigantesca razzia entre los campesinos de zonas de Cordillera que eran señalados como colaboradores de la guerrilla. El 13 de septiembre de 1965, en Piribebuy, Santa Elena,  y Sapucai, en actos públicos realizados en las iglesias de esas ciudades se procedió a “rebautizar” a más de cien campesinos capturados y vinculados a la CML. En los actos llevados a cabo en Piribebuy y Santa Elena estuvo el ministro del Interior Edgar Ynsfrán, lo que demuestra la importancia que la dictadura stronista le asignó a este proceso. Modesta fue una de las dos mujeres “rebautizadas” en diferentes actos y la única en la plaza de Piribebuy[16]. Frente a cientos de vecinos, llevados por las seccionales del Partido Colorado a la plaza principal de la ciudad, Modesta debió jurar sobre la biblia, “abjurar del comunismo y de Satanás”. El estigma que recaía sobre un vecino acusado de comunista en la campaña paraguaya es difícil de explicar y dimensionar, por lo que entre 1966 y 1972, Modesta sufrió un duro insilio en su comunidad (Montero, 2019).

 

El hijo de Modesta, Ángel Pereira, recuerda aquel día:

De la escuela, a nosotros nos llevaron a todos, y más o menos nosotros ya sabíamos que a los presos los iban a largar ese día, pero no sabíamos cómo iba a ser la ceremonia. Estaba toda la plana mayor del gobierno. Había un canoso de pelo largo, el orador principal que fue larguísimo su discurso. Y en un momento dijo ‘tenemos que eliminar este moñai (diablo) que surgió entre nosotros’. Había un cura que tiraba agua bendita a todos los presos (se ríe). Había dos mujeres, mamá y otra más, era de C4J me parece también. Una de las rebautizadas era mi mamá. Mi mamá sabía de enfermería y cuando venían los de la guerrilla los atendía, mi mamá era enfermera[17].

 

Aquella imposibilidad para el régimen de la existencia de una mujer campesina comunista, fue retratada de una manera elocuente en el discurso del orador principal del humillante acto:

 

Estaban todos en fila de indios al costado y a medida que los iban nombrando iban subiendo, al principio eran todos hombres, hombre, hombre, y al último, subió mi mamá, y dice este hombre cuando vio pasar a mi mamá “ay ay ay…una señora, ¿cómo es posible?, una señora”, y la nombra a mi mamá Modesta González Vda. de Pereira y sube mi mamá[18].

 

Y luego, esa humillación pública de lxs rebautizadxs se trasladó automáticamente a sus hijxs:

Y al día siguiente en la escuela, no sabes… “hijo de comunista, hijo de comunista”… (se ríe) ay ay ay, porque ahí se enteraron que mi mamá estaba presa. “Nde comunista memby”[19], y a mí me shockeó eso, yo no quería volver a la escuela, pero no solamente a mí me pasó esto, al hijo de Severo Verdún también le pasó[20].

 

Este acto de humillación pública –del que no encontramos antecedentes en la región– buscó “recuperar” a las ovejas descarriadas y presentó a lxs campesinxs como personas sin educación que fueron engañadas por los comunistas. En la figura de Modesta y de Matilde Florentín Mendoza, la otra mujer rebautizada, se corporizó un claro mensaje para todas las mujeres de la comunidad. 

Ocho campesinos rebautizados al momento de jurar sobre la biblia renunciar a Satanás y al comunismo (Fuente: Revista Ñande, año VII, No.147, primera quincena de septiembre de 1965, Asunción)

 

Las historia y los testimonios de esas mujeres son incómodos, porque ponen en cuestión no solo al relato stronista de la ANR[21] –al demostrar que ellos torturaron y asesinaron a esas “mujeres paraguayas” que elogiaban en los discursos-, sino también a las prácticas internas y a la cultura machista dentro del PCP de la época, que entraba en contradicción con su discurso público, aspecto que tratamos a continuación.

 

B) PCP-CML

Separadas por cuestiones de significación histórica y por escalas, la cantidad de mujeres que integraron la CML, aunque más no sea como punto de apoyo, está lejos de experiencias de otros países (Rayas Velasco, 2005: 68; Cedillo, 2010).

Pese a que es difícil poder estimar el porcentaje de mujeres que participaron en la CML, una aproximación conservadora podría ser la cantidad de apresadas en las dos grandes represiones que sufrió la C4J: entre junio y agosto de 1965 con la destrucción de la CML, y en abril de 1970 con la destrucción de las bases de Agapito Valiente.

En un listado de apresamientos de mayo de 1970 figuran 72 varones y 6 mujeres ligadxs al PCP del grupo Creydt. Esta proporción de detenidos, nos da un porcentaje del 7,7 % de mujeres, número que se aproxima al 9,2% de mujeres que participaron de movimientos armados (CVYJ, 2008, tomo III: 35).

La línea de este trabajo considera que tomar estas cifras acríticamente es un error, ya que es evidente que las mujeres se encuentran subregistradas. Los diversos testimonios confirman que por cada hombre que militaba orgánicamente, había madres, tías, abuelas, hermanas y parejas que lo apoyaban en diferentes grados. Además, en el caso que nos ocupa de esas mujeres, cumplían una función crucial para todo grupo guerrillero: el abastecimiento de comida y refugios. Esas mujeres fueron las que sostuvieron a la CML en el campo, haciéndoles sus comidas, dándoles refugios y curando sus heridas. Como una prolongación de lo doméstico a la praxis política, adoptaron prácticamente un rol maternal para los guerrilleros, pero decisivo para su supervivencia.

 

Opresiones superpuestas

Crenshaw diferencia la interseccionalidad “estructural” (género, raza y clase social) de la “política”. Esta última, refleja cómo muchas agrupaciones ponen el énfasis en una desigualdad y “marginan de sus agendas a aquellos sujetos y/o grupos cuya situación de exclusión responde a la imbricación de diversos sistemas de opresión” (Soto, 2017:7). Lilian Soto utiliza esta categoría para afirmar que “Debido a las construcciones de género de la sociedad paraguaya muchas mujeres soportaron, además de la violencia política, otras que se desarrollaban incluso en las propias familias o en los espacios donde militaban” (Soto, 2017:7).

Uno de los aspectos que llama la atención es la similitud en el discurso entre el régimen stronista y el PCP en relación a la imagen de la mujer paraguaya. En esta confusión entre la “Mujer” y las mujeres (De Lauretis, citado por Lozano Rubello, 2015: 96-97), entre la figura idealizada por el Estado y las mujeres reales; la “mujer paraguaya” y la guerrillera paraguaya fueron bien diferentes para la dictadura stronista, pero para el PCP parecían ser lo mismo, por el mandato de sacrificio y abnegación que el partido esperaba de ellas.

 

La mujer en el discurso del PCP

 

En el programa del partido de 1959, se menciona el tema de la participación de la mujer en igualdad de derecho con el hombre, pero como una definición general que en poco o nada se diferenciaba de lo que podían proponer las mismas mujeres del Partido Colorado (Soler, 2019). El proyecto planteaba:

 

“Voto universal (…) para todos los ciudadanos que tengan 18 años cumplidos, sin distinción de sexos”, a lo que agrega “igualación económica, jurídica y política de la mujer en relación al hombre. Leyes especiales protegerán la maternidad y al niño, a las mujeres solas y a sus hijos”[22]. 

Estas propuestas no se diferenciaban demasiado de las que el régimen de Stroessner legisló poco tiempo después.

 

Todo lo que decía el Partido acerca de las mujeres se limitaba siempre a los derechos de igualdad en general. La Unión de Mujeres Paraguayas, patrocinada por el partido en los 60, funcionaba en Montevideo y mi madre era la jefa. Esta organización no se planteaba ningún feminismo, hablaba de los derechos de igualdad de la mujer, “el justo lugar que se merecen” y punto, el resto era contra la dictadura como cualquier grupo de hombres dedicado a lo mismo. Era una época en que se debatía, y se intentaba, el cómo tomar el poder, nadie se centraba en las tantas consecuencias del sistema, como el tema de género[23].

 

La lucha principal contra la dictadura no dejaba lugar para otras demandas y así lo vivieron las mujeres del partido, tanto universitarias urbanas como campesinas. Era algo que ni siquiera se cuestionaba. Con respecto a esto, cabe aclarar que la situación en el Paraguay no desentonaba en general con la situación de la mujer en los países de la región y dentro de las diferentes fuerzas políticas, pese a que en el Paraguay las convenciones sociales acerca de los debía ser el rol de la mujer eran muchos más fuertes y tradicionales. Precisamente por esto, no fue extraño que aquella igualdad que el partido postulaba, tampoco era cumplida al interior del mismo.

 

La subordinación de las militantes

 

Algunxs autorxs remarcan como en las diferentes organizaciones políticas a las mujeres les asignaban las típicas tareas domésticas, actividades de recaudación de fondos, preparación de comidas, etc., quedando los puestos de conducción para los hombres (Boccia Paz, 2010: 78, Lozano Rubello, 2015: 106).

Lo que se vivió en otras agrupaciones con mayor presencia femenina y urbana en cuanto a demandas de igualdad y reclamos por otros aspectos (Zalaquett, 2018: 174), no fue un problema dentro del PCP y menos dentro de la CML. No hay rastros de descontento ni en la documentación ni en los testimonios de las mujeres urbanas y rurales. Ninguna de ellas denunció haber estado oprimida dentro de la organización. Sin embargo, un análisis de sus testimonios parece indicar la existencia de una situación subordinada que, como en aquel momento no lo sintieron así, les cuesta verbalizarla en la actualidad.

Del testimonio de algunas de esas mujeres, se confirma que ellas seguían haciendo dentro del grupo revolucionario las mismas tareas que hacían fuera de él, como sucedió en otros países (Rayas Velasco, 2005: 62; Zalaquett, 2018: 230). “Cuando los compañeros estaban en casa, se encerraban en la pieza, y yo ahí siempre cocinando, cocinaaaando (estira la a)”[24]. La función de correo, enlace, también fue habitual que se les asignara a ellas: “yo todo eso lo hacía casi dormida, porque a mí no me explicaban para que era tal viaje u otro”[25].

Luego, hablando más específicamente de la experiencia guerrillera, Felicita rompe con el bloqueo cultural de aquella época y logra verbalizar eso que no pudo expresar en su momento a sus compañeros:

 

Lo que yo voy a decir también es que he sufrido mucho esos nueve, diez meses…yo me fui de Itacurubí a Santa Elena de a pie, con ellos, pero nunca ellos conversaban conmigo, de enseñarme cosas, de nuestra acción, nada. A mí no me contaban, solamente me tenían detrás de ellos (hace una pausa y reflexiona)… demasiado sufrí, demasiado sufrí… todas mis dolencias físicas vienen de aquella época. Pero yo nunca fui una carga para ellos, porque yo me manejo demasiado bien[26].

 

También ella le contó su experiencia a su sobrino, quien nos dijo que “a Alvarenga (comandante guerrillero y pareja de Felicita) lo cagaban a pedos porque decían que ella molestaba mucho, que no la tendría que haber llevado al grupo”[27].

 

Entrenamiento militar

 

Muchas de las OPM latinoamericanas partían del supuesto de que las mujeres “estaban menos dotadas para lo militar” (Calveiro, citada por Oberti, 2010: 16). De esta forma “sus posibilidades de ascenso dentro de las mismas estuvieron limitadas por la persistencia de prácticas tradicionales de género en la organización entre varones y mujeres” (Martínez, 2011: 38). Esta fue la tónica dentro del PCP, aunque en otras organizaciones de la región existieron ejemplos contrapuestos (Ayles Tortolini, 2021). 

Dentro del PCP, las mujeres que fueron enviadas al exterior para instrucción guerrillera fueron muy pocas:

Hay algunas que hicieron entrenamiento militar en Moscú. Junto con Soledad (Barrett) estuvieron María Candelaria Ramírez y Sonia Alonso, que estaban juntos en la escuela del Komsomol. Las dos vivían en Asunción antes de eso, en el 62 o 63. En esa época no recuerdo a nadie más. En realidad son muy pocas las mujeres que fueron a cursos. Y menos del interior. Incluso los hombres casi todos eran de Asunción, o vivían en Asunción[28].

 

Felicita expresó que después de 1965 existió la posibilidad de que la envíen a ella a un curso de entrenamiento militar, pero que lo rechazó por su rol maternal, demostrando lo fuerte que era en el Paraguay aquel mandato:

 

Algunos compañeros pensaban que me iban a mandar a Cuba, para estudiar, para practicar, y yo le dije “no, yo voy a sacrificar acá, y no me voy a ir, porque yo tengo hijos y no puedo dejar a mis hijos” (…) ya se había matado a Alvarenga y a mi cuñado Cubilla[29].

 

Subestimadas, débiles e imprudentes

 

La mujer, muchas veces aparece en los testimonios de los hombres del partido como  imprudente y débil. Esto también se complementa con el silencio de situaciones en las que claramente los “imprudentes y débiles” fueron compañeros hombres. Para graficarlo, mencionaremos brevemente cuatro casos:

a) La Columna Curupayty: según el testimonio de un histórico del PCP, esta columna guerrillera que actuó entre 1960 y 1961 en San Pedro, fue desarticulada por una mujer, “cayeron por delaciones (…) En la segunda comisaria murió uno de los guerrilleros y la compañera no sabía que estaba metido, y ella dio todos los datos”[30].

b) La caída de otro dirigente histórico, también se debería a una mujer, según el testimonio de Luis Casabianca: “una compañera cayó y lo delató (a Virgilio Bareiro) que era del PCP”[31].

c) La muerte del mayor responsable del PCP en el Paraguay, en 1963, también se la atribuyen a una mujer: “fue Ñoño Fillipini, la mujer de Wilfrido quien lo delató”[32].

d) Caída general de abril de 1970: “Este año (1970) se inició una represión. Una mujer, miembro del C.C, pasaba a territorio argentino para traer y llevar cosas a Asunción.  Su actividad fue delatada a una mujer de la policía por su hermana”[33].

Existen más ejemplos, como también otros omitidos en donde los responsables de las caídas son hombres; pero por una razón de espacio no podemos explayarnos sobre unos y otros[34]. 

De nuestros cuatro casos, Blanca y Felicita nunca cayeron presas, y Modesta y Marcelina sí, pero lograron resistir y así estuvieron dos años y medio presas sufriendo torturas:

 

A las 4 de la mañana, un día 21 de abril, se fueron a allanar mi casa y caí presa yo, cinco años después de que mataran a mi marido. Todo de Arturo López (Agapito Valiente) me preguntaban, y eso es lo que le da rabia a la policía, todas las cosas me preguntan, la verdad que algunas cosas sé, pero yo digo… “a ñenbotavy”[35], no sé, no sé (…) Hay personas que no aguantan, eso es (…) a mí lo que me preguntan en Investigaciones es todo sobre Arturo López, que yo le daba de comer, y yo a todo “no sé”, y eso le debe haber dado rabia, ahí me torturó (…) me trataron como a un animal…a mi me deja mal, me deja mal[36].

 

Por otro lado, en un documento interno del PCP liderado por Oscar Creydt, del 16 de junio de 1970, leemos la reacción del secretario general ante la tristeza de un militante por el reciente asesinato del líder guerrillero Agapito Valiente:

 

Un cuadro intelectual de nuestro partido me comunicó la caída de Agapito con estas palabras: tengo que comunicarle una “triste noticia”, murió Agapito, “el precio cobrado no vale nada”. Este camarada no es el único que ha hablado con este espíritu de pesimismo, de derrota y de lloriqueo feminoide[37].

 

Es decir, vincula la tristeza por la caída de un compañero, con un aspecto de debilidad, por lo tanto, femenino. Otro aspecto, en el caso puntual de Felicita, la única mujer que estuvo con el grupo de la CML, fue el del destrato con sus pares masculinos, el cual, como se mencionó anteriormente, pudo verbalizarlo cincuenta años después:

Ahí lo que sufrí, mi hijo, porque…nosotros no comíamos, a veces ocho días, encontrábamos poroto por ahí a veces, o maíz, y comíamos eso… (piensa) que grande es el hambre mi hijo, y yo estando embarazada (de Alvarenga, comandante guerrillero). Y después, nos separamos el grupo, yo quedé con Balbino Rivas, con él quedé, y yo tenía una escopeta, y ya nadie recibía a nuestros compañeros porque la policía ya estaba así (hace montoncito con las manos significando que la zona estaba saturada de policías). En esa caminata, me trastabillé y casi me caí en un yuyal lleno de espinas, y ahí Balbino me insultó, estábamos en Caundy, zona de Barrero Grande. Agarré mi escopeta y mis cosas y me fui, eran como la una de la madrugada, recuerdo que era una linda madrugada…[38].

 

Y Felicita se encomendó a Dios, muy fuertemente arraigado en las zonas rurales del Paraguay:

me encomendé a Dios: Dios todopoderoso, líbrame de los peligros, líbrame de mi enemigo y acompáñame un poco…vos sabes que ni un perro encontré, pero lejos me fui a pie (…) (suspira) yo, si le voy a contar a usted mi historia mi hijo, ¿historia?, seco, estuve en Asunción sin comer, sin desayunar[39].

 

Relaciones y militancia en pareja

 

Las cuatro protagonistas enviudaron y debieron sostener solas a sus hijxs. Las hermanas López, Marcelina y Felicita[40], perdieron a sus compañeros en 1965, asesinados y desaparecidos por el régimen. Modesta González enviudó antes del período insurgente, en 1956, siendo su compañero también un militante que participó de la guerra civil de 1947 en las filas del PCP. Y en el caso de Blanca Frutos, su compañero fue asesinado y desaparecido en 1970. Todas quedaron con hijxs pequeñxs para criar solas y tuvieron dificultades para rehacer su vida de pareja. Felicita crió sola a su hijo y no volvió a formar pareja; Marcelina, fugazmente intentó en 1974 y terminó como madre soltera de otro hijo; Modesta no volvió a formar pareja, y Blanca recién lo pudo hacer una vez que abandonó el partido.

Desde la muerte de Arturo López, en mayo de 1970, Blanca Frutos permaneció sola hasta 1977, cuando pudo formar otra pareja luego de abandonar el PCP. Esto no fue casual, ya que “La militancia revolucionaria no era parte de la vida de una persona; era su vida toda a la que se sometían todos los demás aspectos de su vida: la familia, el trabajo, la pareja” (Rayas Velasco, 2005: 85). Blanca debió soportar planteos morales de parte del secretario general. Su hijo, Jorge, contaba con 10 años y recuerda:

 

Entonces, después ella quiere salir ya, porque estaba cansada de estar escondida, y yo sé que el hombre (Oscar Creydt) vino y le retó. El hombre le manda como siete u ocho papeles ¿viste?, o sea, lo escribió a máquina, y yo me acuerdo que le dijo “tomá, lee esto y me lo devolvés”, y yo me acuerdo que mi mamá hizo fotocopias enseguida, y se guardó copias y se lo devolvió. Y ahí le retaba a mi mamá, que como me dejaba solo a mí  (…)  y creo que mi mamá tuvo problemas, porque cuando se iban ahí a Villa Martelli, a reunirse, parece que tuvo problemas con otras mujeres, parece que decía que era medio provocadora, algo así[41].

 

Militancia y maternidad

En los estudios de caso de otros países se da cuenta de las tensiones existentes entre la maternidad y la militancia, en donde la obligada separación con lxs hijxs es un conflicto no resuelto. Esto llevó a una infancia problemática para lxs chicxs, que implicaba continuos cambios de domicilio a la par de un duelo pendiente por la muerte de sus padres (Zalaquett, 2018: 289; Oberti, 2010: 20). 

 

Yo nazco, y se reunieron mi papá con sus hermanas y mi mamá y quedaron en un acuerdo que yo me tenía que criar con ellas, las hermanas de mi papá, con mis tías (…), los primeros años en Pampa del Indio, y después Formosa, que ahí estuve hasta los tres años, después Resistencia, mi mamá venía para mi cumpleaños, y a los cinco me vino a buscar y nos fuimos a Buenos Aires[42].

 

En el caso de Felicita, quedó embarazada de uno de los comandantes en 1965; y Blanca, de otro de los comandantes, en 1966, es decir, en plena actividad insurgente y clandestina. “Los embarazos en este tipo de coyunturas siempre fueron cuestionados desde el presente, desde una óptica que no comprende la lógica del militante de aquellos años” (Oberti, 2010: 18). En las zonas rurales “ser madre era parte de la identidad de las mujeres; la sociedad no las consideraba maduras antes de tener descendencia” (Rayas Velasco, 2005: 81). La problematización del dilema de la maternidad en plena militancia armada, planteado por ex guerrilleras universitarias y urbanas (Vidaurrázaga Aránguiz, 2015; Zalaquett, 2018), fue un destino natural para esas mujeres.  Nunca se lo plantearon como un tema a reflexionar.

A diferencia de estudios que demuestran como el “partido” se convirtió en su segunda familia y las contuvo en los peores momentos (Vidaurrázaga Aránguiz, 2015), en el caso de esas mujeres, solo pudieron contar con lo que quedaba de sus familias biológicas, siendo olvidadas por las estructuras partidarias, no casualmente todas son campesinas de la C4J. Blanca fue la única que recibió lo que se puede considerar un trato especial al tratarse de la viuda del mítico guerrillero y mártir del partido, Agapito Valiente. Oscar Creydt le permitió vivir con su pequeño hijo Jorge, de 7 años, en una de las casas operativas de la agrupación en Buenos Aires, como casera de la misma. Esto fue entre 1973 y 1977. Sin embargo, cuando Blanca decidió dejar el partido, a sus 33 años, fue maltratada por parte de Creydt que la echó de la casa del partido:

 

Ella, como dejó o quería dejar, al final se enojó Creydt con ella y le dijo que se tenía que ir de ahí, porque ella, o sea, si no formas más parte del partido, ahí no podía estar más. Entonces, mi mamá dejó y fuimos a vivir a una villa, en el Bajo Flores, y habremos estados dos o tres años ahí, y bueno, después, ella buscó terreno porque sabía que esa villa la iban a erradicar (…) entonces, cuando hicimos la mudanza de la villa, porque la municipalidad te daba el camión, entonces vos cargabas todas las cosas y venía una topadora y te tiraba la casa (…) y acá en Mariano Acosta conoció a Villalba, mi padrastro[43].

 

El de Blanca es un claro ejemplo de cómo al PCP de Oscar Creydt no le preocupó demasiado la situación de los hijos de los mártires del partido, como también sucedió en otras latitudes (Rayas Velasco, 2005: 83).

 

Desprotección y críticas

 

Ninguna de las cuatro tuvo el apoyo del partido cuando más lo necesitaron. Previamente a la caída de la CML, ellas lo habían dado todo, y las que sufrieron prisión lograron soportar las torturas fingiendo no saber nada. Perdieron a sus compañeros y tuvieron que criar a sus hijxs en una situación económica muy vulnerable. Marcelina y Modesta vivieron prácticamente en prisión domiciliaria, estigmatizadas como “comunistas” o “esposas de comunistas” y sin medios como para dejar el país. En el caso de Modesta, en su condición de “rebautizada”, de “liberada”, debió presentarse mensualmente en la comisaría de su zona desde 1965: “después cada treinta días se tenía que presentar en la comisaría de Piribebuy, eso lo hacía siempre mi mamá, y si no lo hacía la volvían a meter presa, que a más de uno le pasó”[44].

Una parte de las militantes urbanas de diferentes OPM latinoamericanas lograron romper una cierta dependencia psicológica de su agrupación política mediante terapia u otras herramientas como compartir sus experiencias con compañeras. Sin embargo, Blanca nunca tuvo esas opciones para poder poner un punto final a su relación con el PCP de Creydt. Simplemente, un buen día dijeron basta. La crítica moralista de Creydt y el deseo de formar pareja por fuera del partido fue clave, pero en los casos de Modesta, Marcelina y Felicita, directamente fueron olvidadas por su agrupación política y al haber sido asesinados los compañeros que las vinculaban con las estructuras partidarias, no tuvieron que pasar por este proceso.

Todo esto, motivó que ellas no conserven una aprobación total de lo actuado y que hayan guardado silencio con sus hijxs en cuanto a la historia militante de sus padres asesinados y desaparecidos, al mismo tiempo que expresan enojos y críticas que los dirigentes más reconocidos del PCP línea Creydt nunca aceptaron ni escucharon.

Felicita y Marcelina, quizá con recuerdos nutridos de elementos originados en la derrota, aseveran desde el presente que todo fue:

 

una locura, éramos poquitos (…) su proyecto es derrocar la dictadura pero son pocos, con eso no va a derrocar a nadie, porque la dictadura es fuerte, tiene armas potentes y vos tenés unos revólveres, tendría que haber esperado más, hablar más con la gente educarla más, dos, tres, cuatro personas, no van a hacer nada contra la policía, contra la dictadura (…) él (Agapito) piensa que todo es positivo, pero no, todo era negativo. De nada sirvió ese sacrificio de esos años, de nada nos sirvió, se mató a muchos campesinos que no eran de nosotros, ¿Cuántos murieron?[45].

 

Reflexiones finales

La articulación entre memoria y género que se realizó en este trabajo, fue un intento de “intervención crítica sobre los discursos de la militancia” (Oberti, 2010, 15) sobre las mujeres de origen campesino dentro del PCP, especialmente del liderado por Oscar Creydt. Realizar estos ejercicios, en lugar de repetir lo ya dicho y publicado en textos partidarios sobre heroínas y luchadoras, permite advertir que, lejos del discurso público del PCP, las mujeres siguieron siendo subordinadas al interior del partido, replicando la práctica de época de la sociedad paraguaya. 

Desde ya, la idea no es colocar a esas mujeres -que estuvieron y están en los márgenes de la historia- en el panteón oficial de los revolucionarios, sino recuperar sus historias para impulsar una memoria crítica (Oberti, 2010: 28-29). De sus testimonios, junto al de sus familiares, surgen varias cuestiones a profundizar en futuros trabajos.

De los testimonios recogidos en las entrevistas surge que la prolongación de los roles domésticos en los espacios políticos, condensada en la escena de Felicita cocinando para sus compañeros, fue una de las constantes en la experiencia de nuestras cuatro protagonistas. También que en los mismos, ellas lograron expresar esas incomodidades que no pudieron en su momento, como las quejas por el trato de sus compañeros. Otra cuestión, ya no de sus testimonios, sino del de sus camaradas de lucha, es la repetida mención a las mujeres como causantes de caídas de compañeros, algo llamativo en lo que habría que profundizar, ya que esto convive con representaciones heroicas de otras compañeras.

Sin embargo, claramente ellas no fueron ni tampoco son conscientes de haber sido marginadas a un rol subalterno dentro del espacio de lucha. En otras palabras, ese malestar se expresa en el relato de algunos episodios, pero nunca afirman explícitamente que sufrieron una doble opresión: tanto de la sociedad paraguaya de entonces, como la del espacio partidario al que pertenecieron. Las nociones del concepto de interseccionalidad nunca estuvieron al alcance de ellas y esta doble opresión fue algo que vivieron, sintieron, pero que no tuvieron la formación y las herramientas teóricas como para reflexionar sobre ello.       

El presente texto pretendió ampliar el registro de voces de la insurgencia paraguaya de los sesenta y espera abrir el debate para incorporar más experiencias de grupos solapados como el representado por esas mujeres.

 

 

 

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FECHA DE RECEPCIÓN: 31/03/2021

FECHA DE ACEPTACIÓN: 30/09/2021

 



[1] Expresión del jopara (mezcla del guaraní con el castellano) en donde “kuña” significa mujer en guaraní, y “guapa” se refiere a hacendosa, trabajadora, sacrificada, etc.

[2] Régimen dictatorial liderado por el militar Alfredo Stroessner que se inició con el golpe de estado del 4 de mayo de 1954 y finalizó entre el 2 y 3 de febrero de 1989 por otro golpe militar. Basado en la unidad del Poder Ejecutivo, Ejército y el Partido Colorado, se caracterizó por mantener una fachada republicana con el funcionamiento formal de los tres poderes y mantenimiento permanente del estado de sitio.

[3] Partido unificado y pro-soviético hasta 1965, año a partir del cual existirán, por un lado, el PCP liderado por Miguel Ángel Soler, reconocido por la URSS; y el PCP liderado por Oscar Creydt que mantiene la lucha guerrillera y al cual responderán los habitantes de la compañía 4 de Julio.

[4] FAO (2008). Situación de las mujeres rurales en Paraguay, p.26

 

[5] Con esta expresión despectiva, se busca expresar la invisibilización en la que la sociedad paraguaya sumió al colectivo analizado en el presente artículo, de la misma forma en que lo utilizó el escritor argentino Rodolfo Walsh en su famoso cuento de 1965 en relación a Eva Perón, a la cual, para evitar nombrarla, la llamaban despectivamente “esa mujer”.

[6] Centro de Documentación y Archivo para la Defensa de los Derechos Humanos (CDADDH), Museo de la Justicia, Asunción.

[7] Informe Reservado del 31 de diciembre de 1964 del Dto. de Investigaciones (00009F-0648/49, CDADDH, Asunción.

[8] Entrevista a Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[9] http://toursmaps.com/piribebuy-map-paraguay.html (consultado el 7 de junio de 2021), y https://www.geologiadelparaguay.com/Mapaspordepartamentos.htm#dcordillera (consultado el 7 de junio de 2021).

[10] Entrevista a Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[11] Una de nuestras protagonistas, Modesta González, enviudó de Fernando Pereira, quien participó de la guerra civil en las filas del PCP y fue asesinado años después, en 1956, en circunstancias confusas. Otro caso, el de Juana Peralta, integrante de la Columna Ytororó, capturada, torturada y desaparecida en julio de 1960, refleja esta conexión con el 47. “Luis”, un compañero que charló con ella antes de que ingresara al Paraguay con la columna, le preguntó para qué iba si esa empresa estaba destinada al fracaso: “mirá, mi marido murió en el 47, no tengo nada que perder”. Entrevista  a  “Luis” (Flores, Ciudad de Buenos Aires, julio de 2014). Entrevistador: Mariano Montero.

[12] Entrevista  a  Ramón González (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[13] Entrevista  a  Ángel Pereira (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[14] Es oportuno señalar que a Marcelina González, viuda desde 1965, se la señaló en los informes policiales y en su ficha de detención como la “concubina del Comandante Agapito Valiente” por el solo hecho de tener información que indicaba que el mismo pasó noches en su casa.

[15] El caso de las que pasaron a la historia militante como las “Heroínas del FULNA”: Juana Peralta, Antonia Perruchino y Julia Solalinde; integrantes de la Columna Ytororó del Frente Unido de Liberación Nacional (FULNA), organización que integraba el PCP, representan el extremo físico del castigo. Luego de ser capturadas, las violaron en forma masiva y las obligaron a que cocinen por varios días para los militares. Así, parecería que antes de ejecutarlas, quisieron que recuerden cual debía ser el rol de la mujer paraguaya, satisfacer al hombre y cocinar.

[16] La otra mujer “rebautizada” en otro acto fue Matilde Florentín Mendoza, de Yhaguy-Guazú (Listado publicado en la Revista Ñande, año VII, No.147, primera quincena de septiembre de 1965, Asunción).

[17] Entrevista a Ángel Pereira (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[18] Entrevista a Ángel Pereira (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[19] Hijo de comunista en guaraní.

[20] Entrevista a Ángel Pereira (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[21] Asociación Nacional Republicana, conocida popularmente como Partido Colorado, sostén civil de la dictadura de Stroessner (1954-1989) y continuador ideológico de la misma en la actualidad.

[22] PCP. Proyecto de Programa de Liberación Nacional, Asunción, Adelante, 1959.

[23] Entrevista a Rafael Barrett Viedma (Correo electrónico, 8 de junio de 2021). Entrevistador: Mariano Montero.

 

[24] Entrevista  a  Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[25] Entrevista  a  Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[26] Entrevista  a  Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[27] Entrevista a Ramón González (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[28] Entrevista a Rafael Barrett Viedma (Correo electrónico, 8 de junio de 2021). Entrevistador: Mariano Montero.

[29] Entrevista a Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[30] Entrevista a Severo Aranda (Asunción, 10-08-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[31] Entrevista a Luis Casabianca (Asunción, 7-06-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[32] Entrevista a Manuel Ramos Marecos (San Lorenzo, 22-08-2018). Entrevistador: Mariano Montero.

[33] 00028F-0076 al 0117. “Informe del camarada Martín”, CDADDH, Asunción.

[34] Por supuesto que también dentro de los relatos “heroicos” del PCP aparecen contraejemplos de mujeres a las que el partido considera mártires y heroínas que soportaron las torturas sin decir una palabra (como Idalina Gaona, Agapita Faustina Torres y Margarita Báez, entre muchas otras más), ejemplos también de aquel constructo conocido como “mujer paraguaya”; pero lo que se quiere subrayar aquí son los repetidos testimonios de compañeros que adjudican muchas caídas a “mujeres imprudentes” solapando otras en las que fueron hombres los responsables.

[35] Expresión en guaraní que significa “hacerse el tonto”, el que no sabe.

[36] Entrevista a Marcelina González (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[37] Informe del camarada Martín. Archivo personal de Alberto Barrett

[38] Entrevista a Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[39] Entrevista a Felicita López (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.

[40] Marcelina nunca entendió por qué a ella la anotaron con el apellido González, ya que es hija del mismo padre y madre que Felicita.

[41] Entrevista a Jorge Ismael Villalba, hijo de Blanca (Merlo, Buenos Aires, 10-12-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[42] Entrevista a Jorge Ismael Villalba (Merlo, Buenos Aires, 10-12-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[43] Entrevista a Jorge Ismael Villalba (Merlo, Buenos Aires, 10-12-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[44] Entrevista a Ángel Pereira (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 17-06-2017). Entrevistador: Mariano Montero.

[45] Entrevista a Marcelina González (Minga Guazú, Ciudad del Este, 15-10-2015). Entrevistador: Mariano Montero.