La historia oral como un camino hacia la justicia.
Entrevista a Eugenia Meyer, una pionera de la historia oral en América Latina
Rubén Kotler
Universidad
Nacional de Tucumán;
Asociación
de Historia Oral de la República Argentina;
Red
Latinoamericana de Historia Oral
Laura Ortiz
Universidad Nacional de Córdoba;
Asociación de Historia Oral de la República Argentina
Presentación
La
entrevista que se presenta a continuación fue producida en el marco de un
proyecto de la Red Latinoamericana de Historia Oral (RELAHO) que se proponía
recuperar memorias en torno al desarrollo de la historia oral en nuestro
continente. Ciertamente, si pensamos en la historia oral latinoamericana en
general, y mexicana en particular, la referencia a Eugenia Meyer es directa, ya
que fue una de las pioneras que abrió el camino de este tipo de historiografía
en su país y mucho más allá de las fronteras nacionales.
Eugenia Meyer estudió historia en la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se graduó como licenciada
y también como doctora. Desde la década de 1960 se ha dedicado a investigar la
historia social contemporánea de México y de América Latina, especialmente la
revolución mexicana, las infancias durante la revolución y algunas
personalidades olvidadas por la historiografía oficial. Entre las décadas de
1970 y 1980 fue Directora General del Instituto de Investigaciones Dr. José
María Luis Mora y de la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes.
Fue
una de las precursoras en la práctica de la metodología de la historia oral en
América Latina, así como del uso de fuentes diversas como la fotografía, el
cine y la literatura en el trabajo heurístico y hermenéutico del oficio del
historiador. Sus vastas publicaciones han sido un gran aporte al conocimiento
histórico, entre las cuales destacan Conciencia
histórica norteamericana sobre la Revolución de 1910; Huerta y la Revolución Mexicana; Testimonios para la historia del cine mexicano, Revolución e historia en la obra de Luis
Cabrera, Un Refugio en la memoria. La
experiencia de los exilios latinoamericanos en México (en colaboración con
Eva Salgado), Ocho cubanas narran sus
historias de vida, Imprevisibles historias. En torno a la obra y legado de
Edmundo O´Gorman y Gregorio Walerstein, hombre de cine.
Además,
Eugenia Meyer fue una gran gestora cultural, impulsando y dirigiendo la
creación de archivos orales y museos en distintos territorios e instituciones
de su país y de otros países latinoamericanos. Algunos de ellos en México
fueron: la creación del Archivo Histórico del Senado de la República, el
Archivo de la Palabra en el Instituto de Antropología e Historia (INAH) y el de
la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Por
los aportes de su labor científica ha recibido numerosos premios académicos y
ha formado parte de comisiones evaluadoras en muchos otros. Incluso la RELAHO
creó el “Premio Eugenia Meyer” en su honor, para reconocer a la mejor
investigación en el área.
En
2012, mientras se desarrollaba el Congreso de la IOHA (International Oral History Association) en la ciudad
de Buenos Aires, Eugenia Meyer coordinó un conversatorio que reunió a grandes
historiadores de distintos países de América Latina. En el mismo se abordaron
cuestiones teóricas y metodológicas inscriptas en los contextos de producción
de la historia oral en nuestros territorios. Al terminar ese panel, el día 7 de septiembre de
2012, nos dispusimos a conversar con ella sobre su trayectoria, y su reflejo es
lo que se puede encontrar a continuación.[1]
Creemos que este momento es propicio para rescatar a Eugenia Meyer, no sólo por
su promoción en el desarrollo y la divulgación de la historia oral, sino sobre
todo porque en su relato personal se puede reconocer el itinerario de la
historia oral en América Latina.
RK: Estamos
en Buenos Aires en el marco del Congreso de Historia Oral de la Asociación
Internacional de Historia Oral con Laura Ortiz, mi nombre es Rubén Kotler.
Vamos a entrevistar a la doctora Eugenia Meyer para la Red Latinoamericana de
Historia Oral.
Quisiéramos
empezar, Doctora, que nos cuente cuáles fueron sus inicios en la historia, por
qué eligió la carrera de historia y de alguna manera, la vinculación porque
suponemos que la elección de la carrera tiene que ver con alguna experiencia
personal, de vida.
EM: Bueno,
yo estudié historia por eliminación. Quería ser abogada, quería dedicarme a la
criminología infantil y saliendo del bachillerato en México, entre otras cosas
me casé. Entonces, hubo una intervención directa/indirecta de quien iba a ser mi
marido. Me dijo: “La carrera de abogada y más de criminóloga infantil es algo
poco compatible con la vida de una mujer” y, entonces buscando otras
posibilidades, consulté una guía de profesiones. Fui eliminando las que de
plano no me resultaban atractivas y encontré que lo más parecido a mi vocación,
lo más cercano era la historia; la verdad que sí. Porque para mí hacer historia
tiene mucho que ver con la justicia.
Quiero
cerrar el círculo diciendo que hoy día, más bien desde hace 10 años, estoy
involucrada con desarrollar una metodología para una historia de la infancia en
México. Es decir, vuelvo un poco a mis orígenes, con la idea de escuchar a los
niños, en aquella época era a los niños criminales, etc. O bueno, la cuestión
punitiva hacia los niños… Estoy interesada en construir una historia de la
infancia en México desde una perspectiva de la historia social e historia de
las mentalidades y ya para cerrar esta parte, debo decir que estoy trabajando
la historia de los niños durante la Revolución mexicana, porque mi especialidad
es historia contemporánea y claro, a la vuelta del tiempo, y un poco freudiano,
debo decir que mi padre fue un niño de la Revolución.
RK:
Es decir que la historia familiar influye directamente en la elección de la
carrera. ¿Cómo fue, entonces, esa experiencia familiar, su madre, su padre…?
EM: Vengo
de una familia de inmigrantes europeos, soy la segunda generación, mi padre ya
nació en México, cosa que era extraño en el México de mi infancia. Mi padre,
curiosamente, nace el día que matan a Madero el 22 de febrero de 1913. Su
familia emigra al Norte, está en Parral al momento que asesinan a Villa. Él y
un compañerito suyo que venían de la escuela al mediodía, de camino a sus
casas. Compraban el pan fresco, cada uno traía su bolsita de pan, se ponen a
jugar en un pequeño jardín, frente al hotel en el que se hospedaría Pancho
Villa. Quienes planearon la acción, los Lozoya, se dan cuenta que el otro niño
que está con mi padre su hermano. Abortaron la emboscada, para evitar poner en
peligro a los niños. Una semana más tarde lograron su cometido. Esta es una
historia muy bonita, porque además, muchísimos años
después entrevisté al doctor Lozoya, que era el compañerito de escuela de mi
padre, un general del ejército, médico militar.
Años
después mis abuelos se van a vivir a Guadalajara y les toca todo el proceso de
la rebelión cristera, que fue una especie de guerra religiosa. Un poco de
rebelión tardía a la Reforma del siglo XlX, luchaban
en contra del Estado laico y de las disposiciones emanadas de la nueva
Constitución de 1917.
Entonces,
en mi historia personal persiste la memoria de la Revolución, y el acontecer de
esos años en México. Mi abuelo paterno, que era un hombre muy difícil, siempre
hablaba de los colgados de los postes del ferrocarril durante la lucha
cristera…
Por
otro lado, mis padres fueron a la Universidad y quizá ello a los argentinos no
les parezca extraño, pero en México en aquellos años era poco común. De allí
quizá que mi padre sostuviera el principio de que en
su familia, sus hijos, todos asistirían a la Universidad y todos traerían un
título profesional. Después se podrían dedicar a lo que quisieran.
RK: ¿Y
qué profesión tenían?
EM: Mi
padre estudió primero Contabilidad y luego formó parte de la primera generación
que estudió Economía, en la entonces recién fundada
Escuela de Economía; esta segunda carrera no la terminó. Ya trabajaba y tenía
que sostener a su naciente familia.
Mi
madre estudió lo que entonces se llamaba Filosofía y Letras, que era
básicamente Literatura Española. Mi padre empieza a dar clases también en la
Universidad. Ambos
participan activamente en la segunda autonomía universitaria de
los ´30, cuando Cárdenas no apoya la Universidad y crea, por contra, el
Instituto Politécnico Nacional.
Ambos
participaron muy activamente en lo que se llamó “La campaña de los 10 millones”
para reunir fondos para la Universidad, frente a la embestida del gobierno en
su contra.
Con
todo mi padre deja muy poco tiempo después el asunto de la administración y de la
contabilidad y por un azar del destino un compañero de la escuela le dice:
“¿Por qué no hacemos una película?” Y entonces, se convierte en uno de los
pioneros de la industria del cine mexicano que en un momento dado fue la gran
industria hispanoparlante, a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando
Argentina, por estar con el Eje, ya no pudo recibir el material de AGFA y los
estadounidenses se negaron a proveerles de material virgen para filmar.
Para
entonces el cine español estaba detenido por la Guerra Civil. Los
estadounidenses intentaron hacer cine en español, pero pues fue un total
fracaso. El cine mexicano tiene entonces su gran auge y arranca lo que se llamó
La época de oro del cine mexicano. Después de la guerra más o menos de 1946 en
adelante se organiza algo muy importante para México, que es la creación de las
distribuidoras de películas mexicanas. Precisamente mi padre fue el enviado a
constituir dichas empresas en América Latina y así llega a Argentina, Brasil,
etc. Ello le dio la oportunidad de asociarse con productores argentinos y
contratar actores como Libertad Lamarque, Nini Marshall, Zully
Moreno, etc.
RK: O
sea que también sus influencias, tiene que ver, digo, no solamente en la
elección de la carrera vinculado a las Humanidades o a las Ciencias Sociales,
sino también esta percepción, quizás, sobre lo latinoamericano, a partir a lo
mejor de la experiencia…
EM: Sí,
tiene que ver con ello y quizá también con el concepto de arraigo en el que se
empeñaron siempre mis padres. Vengo de familia de inmigrantes. Mis abuelos por
parte de mi padre eran polacos judíos; por parte de mi madre venían de
Bielorrusia, la abuela
materna, que aunque admiradora de Rosa Luxemburgo, optó estar del
lado de los mencheviques y luego de los bundistas.[2]
Quizá
por los antecedentes, para mis padres era fundamental la educación y además el
sentido de pertenencia y de identidad, esto fue muy importante en mi formación.
Y la verdad es que desde que entré a la Facultad, precisamente por los maestros
que fueron fundamentales, tuve clarísimo que lo que me interesaba era el siglo
XX y que lo que más me interesaba era la historia social.
LO: En
lo que venís diciendo, atraviesa tu relato una serie de mandatos establecidos
culturalmente sobre el deber ser, sobre el deber ser de una mujer en
determinado momento, de una esposa, de una hija que obedece el mandato de los
padres, que debe estudiar ¿Cómo esos mandatos culturales o sociales influyeron
en tu orientación, en la orientación que tú le das a tus estudios históricos?
EM: Bueno,
no sé si son mandatos. Son patrones culturales, en efecto, son patrones culturales pero me parece que es muy importante aclarar: no
había un mandato, de hecho, rompo con ciertos cánones. Me caso a los 17 años,
al terminar el bachillerato. Desde el principio establecí que iba a seguir
estudiando y para mis padres la idea del matrimonio no significaba que dejaría
mi formación para dedicarme a las “labores propias de mi sexo”. Luego, sí hubo
ahí una limitante del hombre con el que me iba a casar, que, bueno, entiendo su
posición, ¿cómo iba a estar en tribunales todo el santo día, etc.? Era aún una
sociedad bastante cerrada… Pero por otro lado, debo
decir que me sentí con bastante libertad para decidir mi formación y mi futuro
profesional.
Sí
había patrones, patrones culturales e ideológicos muy importantes. Una familia
laica, algunos agnósticos, otros ateos, pero que sustentábamos nuestra vida
familiar y social en cánones éticos a seguir. Por otro lado, había una premisa
familiar: no dejas las cosas por la mitad. El otro principio, un poco en plan
de broma, era el de la competitividad: los Walerstein
- mi apellido de soltera-, nunca perdemos; se gana o empata.
Entonces,
ahí había una serie de patrones, aunque debo decir que
en mis experiencias personales, con el tiempo, nunca sentí que por ser mujer se
me dificultaban las cosas. Encontré que en un medio tan machista como el
mexicano el ser mujer creaba a veces conflictos, sobre todo en puestos de
mando, ¿no? El hecho de que yo fuera la que mandaba… Por ejemplo, tuve una
temporada muy larga en la que trabajé para el ejército, con la Secretaría de
Defensa Nacional, hice museos para ellos, etc. Y bueno, era un poco difícil
porque estos hombres formados en la rigidez de un colegio militar, tener a una
mujer dando órdenes; que trabajaba, hacía cosas, les era complicado y, sin
embargo, en esa época, tuve mucho apoyo del entonces Secretario
de la Defensa Nacional. Bueno, tuve realmente mucha suerte, mucho apoyo. Creo
que también le hacía gracia una mujer tan joven intrépida metida en tantas
cosas.
Porque yo recibí mi licenciatura a los 21 años
y mi doctorado a los 28, hecho rarísimo porque eso no se acostumbraba y luego
soy la primera mujer que irrumpe en el medio académico de la UNAM[3]
para dar clases sobre la Revolución mexicana. La Revolución mexicana se daba
como parte de la historia contemporánea, que incluía el porfirismo y la Revolución. Eso
sí, el curso debía terminar en 1917, que fue cuando se alcanza la paz, luego de
la lucha armada y se dicta una la nueva constitución. ¡Y lo que seguía, ya no
era historia! Entonces, el hecho de que una mujer diera clases de Revolución
mexicana era, ya de por sí, una extraña situación. Y me quedó muy claro que me
interesaba poco la historia política, me interesaba mucho más esta cuestión,
otra vez, de la justicia, de allí mi inclinación hacia la historia social. Creo
que es una constante en mi vida personal y en mi vida profesional el término de
la justicia.
RK: En
la carrera, ¿quiénes fueron influyentes, teóricamente pero además
personalmente? Y luego, afuera de México, ¿qué literatura también fue
influyente?
EM:
Bueno, fui formada en el historicismo. Dos profesores fueron determinantes en
mi formación. Uno, fue Edmundo O'Gorman, quien más o
menos era el dueño de la historiografía y el filósofo por excelencia de la
historia en México, entendido como un gran historicista, sin duda un gran
historiador. O'Gorman además de inteligente, fue el
autor de una serie de textos fundamentales que no sólo se centraron en la
historia. Trabajaba mucho la historiografía de la Conquista y hacía filosofía
de la historia. Autor de obras fundamentales como La invención de América, Crisis
y porvenir de la ciencia histórica, etc. Incluso, cuando yo le plantee mi
tesis de doctorado sobre un tema particular, sobre quien fuera el ideólogo de
la Revolución, un liberal, Luis Cabrera; la cabeza pensante del movimiento
constitucionalista y el “alter ego” de Venustiano Carranza. Pues O´Gorman me dijo: “A nadie en el mundo le interesa Luis Cabrera
aparte de ti, así que eso no puede ser un tema de tesis”. Sin duda O´Gorman fue un ejemplo a emular en mi vida profesional.
Alguna vez me preguntaron qué era lo que más me había enseñado O'Gorman y respondí: “A pensar”. Me miraban y yo respondía:
“Bueno sí, a pensar. Porque me obligó a pensar un montón de cosas y a entender
que la historia es mucho más que datos, fechas y nombres”.
Hace
poco, la Universidad y el Fondo de Cultura Económica, me encargaron hacer un
libro, un reader,
una antología. Sólo que acabó siendo un volumen de 850 páginas que se llama: Imprevisibles historias en torno a la obra y
legado de Edmundo O'Gorman
porque él al final de su vida, en su testamento intelectual clamaba por: “una
historia imprevisible, una historia llena de invención, llena de originalidad”.
Ahora
bien, el maestro por excelencia, el que me forma y sería como un segundo padre,
fue un exiliado español: Juan Antonio Ortega y Medina. De hecho, fue el
director de mis tesis y me distinguió haciéndome su adjunta en algunas
materias. Era el verdadero maestro. Por cierto, hace poco, para honrar su
memoria, el Comité de Ciencias Históricas y la UNAM me encargaron una biobibliohemerografia suya.
Creo
que son los dos hombres más importantes en mi formación. Cuando comencé mi vida
profesional, a trabajar, tanto para mis tesis, como por mi interés en historia
contemporánea, me relacioné sobre todo con historiadores en los EE.UU. que
trabajaban la Revolución, y los años posteriores, aquellos posteriores a la
famosa Alianza para el Progreso, la irrupción de la revolución cubana que
generó entre los norteamericanos una especie de shock, y entonces hubo dinero para crear centros latinoamericanos.
Estuve muy relacionada, bueno, sin duda con Frederich
Katz, el gran historiador austríaco que vivió en EE.UU., empezó en la
Universidad de Austin y luego se fue a Chicago; estuve cerca de gente como John
Womack que trabajó Zapata, de John Coatsworth, en fin.... también quizá debo mencionar a los
grandes autores franceses de los Annales, en sus diferentes etapas…
Pero,
básicamente diría que mis formadores fueron historiadores mexicanos y además
porque en una buena etapa de mi vida tuve que abrevar de esta idea del rescate.
Y por circunstancias particulares, por mi interés, por ejemplo, en Luis Cabrera
llegaron a mí las familias y me pidieron integrara sus obras completas. Yo dije
que sí, me imaginaba que tenían todos los materiales y me pasé cinco años en
bibliotecas para sacar las Obras
Completas del gran teórico y crítico de la Revolución mexicana.
Debo
mencionar que en una de esas sesiones de la Academia
de la Historia, asistí a una actividad en donde estaba Edmundo O'Gorman y fue él quien me presentó con quizás el político
e ideólogo contemporáneo por excelencia, el hombre más importante del PRI, el
Partido Revolucionario Institucional, que fue Jesús Reyes Heroles, además de
historiador, un gran político que fue secretario de Gobernación, secretario de
Educación, etc. Autor del fundamental libro El
Liberalismo Mexicano. Aquel día, en la Academia de la Historia, O'Gorman me presentó con él, diciendo algo así: “Chucho, te
presento a Eugenia Meyer. Mira, para ser mujer es muy inteligente. Anda
desvariando en el marxismo, pero de eso se va a recuperar”. A partir de
entonces entablé una relación muy académica con Reyes Heroles, que me fue
llamando a puestos distintos o bien, para trabajar en cosas. Siendo presidente
del PRI me llamó para ver si podía yo armar el archivo de su partido, pues no
existía un archivo del PRI y yo le dije: “Sí, pero yo no estoy en su partido,
ni estaré”. Respuesta del hombre: “No, no, a nosotros no nos interesa que usted
esté en el partido, no va a hacer usted nada de esto. Queremos conformar el
archivo histórico y crear un archivo de historia oral”. Me apresté a elaborar
un proyecto integral. Pero por una de esas situaciones que suceden en la
política mexicana, él tuvo que salir del PRI. El presidente Echeverría lo sacó
del PRI porque no estuvo de acuerdo en una serie de cosas, y el proyecto de
armar el archivo del partido oficial, se quedó en propósito incumplido. Con el
curso del tiempo, establecimos una comunicación y en un momento dado me pidió que
fuera a su oficina, estaba en la Secretaría de Gobernación y me dijo “¿Qué
opinaría usted de pasar a Cuernavaca, Morelos, el Archivo General de la
Nación?”. Es muy cerca de la Ciudad de México. En realidad
el Archivo General era un caos, distribuido en varios lugares de la Ciudad de
México, sin organización alguna. Él finalmente como historiador tenía la
intención de rescatarlo, organizarlo y hacerlo funcional. Mi respuesta fue:
“Bueno, para usted fantástico, Licenciado, porque cuando se vaya los fines de
semana allá, y podrá trabajar ahí muy a gusto, pero no es una idea práctica. El
AGN debe estar en la ciudad capital”. Soltó una carcajada ante mi desparpajo,
porque nadie se atrevía a hacerle este tipo de comentarios. Entonces me pidió
que hiciera un proyecto. Acepté, pero no tenía la menor idea siquiera de por
dónde empezar. Me entero por primera vez que los archivos se miden por metros
lineales, no por expedientes. E hice un gran proyecto de cómo debía estructurarse
un archivo nacional. Como en buena parte de América Latina, el nuestro era un
desastre, si uno necesitaba ciertos expedientes, los pedía y mandaban a un
mensajero a otro sitio a buscarlos. Los traían en motocicleta, bajo el brazo,
sin ningún cuidado o precaución. Y le entregué el proyecto y a la semana me
mandó preguntar a través de su Subsecretario, que por qué no lo había firmado.
Sencillamente respondí: “No, porque me pidió un proyecto para hacer un archivo,
no me pidió que lo firmara”. Entonces este hombre me dijo: “Bueno, no seas tonta,
te va a pedir que seas la directora” y le dije: “Yo no me voy a ir a un
archivo”. Yo era una mujer de 37 años, una cosa así, o 36. Qué me voy a hundir
yo en un archivo toda mi vida, dije: “No, no, eso no. Un trabajo fenomenal
durante un año y medio o dos y luego qué voy a hacer”. Le sugerí a varias
personas que podrían ocupar el puesto. De entre ellos a Alejandra Moreno
Toscano, historiadora quien había sido mi compañera en la escuela primaria y
fue ella quien se lanzó a la monumental tarea de reestructurar el Archivo, con
enorme acierto.
Yo
continué una relación muy cercana con Reyes Heroles y cuando lo designaron secretario
de Educación Pública, me mandó llamar, me pidió mi currículum y me encomendó la
estructuración y consolidación del Instituto de investigaciones Dr. José María
Luis Mora.
RK: ¿Todo
esto en qué época? ¿De qué época estamos hablando?
EM:
Bueno, mmm. Lo del AGN, fue en los 70, tardíos 70 y
luego en 82 llega a la presidencia Miguel de la Madrid, que había sido alumno
de Reyes Heroles, es cuando lo nombra secretario de la Educación Pública y
Reyes Heroles, me habla y me dice: “Tengo que verla
pero estoy loco con la intendencia y
los problemas de todos los días”. Y, finalmente, cuando lo fui a ver yo le
dije: “Licenciado, yo lo vengo a visitar con mucho gustopero
yo no vengo a pedir chamba, trabajo”. “No, ya la conozco,
¡qué barbaridad!
Muchachita, que no sé qué” y me dijo: “Yo la
quiero aquí trabajando conmigo”. Y
entré en estado de pánico porque los horarios de Reyes
Heroles eran así:
Llegaba a su oficina a las diez de la mañana, de muy mal humor
porque siempre
estaba a dieta, fumaba como loco, se murió de cáncer de
pulmón, y se quedaba
hasta las tres y media, que se iba a comer... Regresaba como a las seis
y media
de la tarde, o siete. Se quedaba en la Secretaría como hasta las
diez de la
noche atendiendo “la intendencia”, y a las diez de la noche
se iba a trabajar a
su despacho particular, a estudiar y trabajar historia. Entonces, a
mí me daba
terror la idea, imagínense el horario que iba a tener… Y
me dijo: “Bueno, vamos
a ver qué pasa”. Y en ese momento le dije, y aquí
viene otra parte de la historia:
“Estoy invitada a ser jurado del premio Casa de las
Américas para el tema
testimonio y me voy a ir a Cuba”.
“¿¡Qué va a hacer usted allá!?”.
Le parecía
algo intrascendente, pero para mí, en aquel entonces me
resultaba fundamental.
Claro tuve que agregar: “Bueno, bueno, si usted no tiene
inconveniente”.
Cuando
regresé me dijo: “Usted se va a ir a dirigir el Instituto Mora”, que en ese
momento no era nada, era un núcleo pequeño, tenía dos buenas bibliotecas, que
habían comprado a particulares. Yo con toda honestidad le respondí:
“Licenciado, me da mucha pena, pero yo no sé nada del siglo XIX”. Entonces, me
espetó: “Escúcheme usted, muchachita, si usted no entiende lo que es el siglo
XIX, nunca va a entender la Revolución que tanto le ocupa”. Y claro, fue contundente,
y tenía toda la razón, porque finalmente, la Revolución mexicana es el
desenlace final del liberalismo mexicano. No fue una revolución socialista,
sino la consecuencia lógica de los avatares decimonónicos, por ello fue una
revolución democrática burguesa.
Entonces,
fue como me encomendó hacer el Instituto Mora, a crear la institución, y luego
yo digo que me traicionó porque se le ocurrió morirse tres, cuatro años después
y tuve una situación muy complicada con el nuevo Secretario de Educación. Al
terminar el sexenio, me designaron Directora de la
Dirección General de Publicaciones del nuevo Consejo Nacional para la Cultura y
las Artes, el pseudo Ministerio de Cultura.
Ahora,
esto se da a la par, que me imagino que lo que me quieres preguntar, que es lo
de historia oral.
LO: Sí
EM:
Bueno, en los años 70… No. Yo termino mi tesis de doctorado y hago una tesis
sobre historiografía estadounidense sobre la Revolución de 1910. Trato de
conseguir una plaza y entonces, pues no, eso es siempre complicadísimo.
Básicamente, quería… bueno, en un lugar quería trabajar y tenía que tener
ingresos, pero además quería tener la rigidez y la disciplina de un lugar donde
ir, sentarme, trabajar, investigar. Y después de mucho tiempo le busque al subsecretario, que era Viceministro de Cultura,
que era amigo personal de mi padre, un escritor muy famoso y lo fui a ver, cosa
que me costaba mucho trabajo porque una de las razones por las que yo no uso mi
apellido de soltera es porque no quería que me identificaran con mi padre que
todo el mundo sabía quién era y no quería deber nada en esta situación cosas.
Entonces, lo fui a ver y le expliqué al Subsecretario lo que quería y me dijo:
“Espérate un momentito”. Entonces agarró el teléfono, los teléfonos rojos esos
y le habló al Director del Instituto Nacional de
Antropología e Historia y le dijo: “Doctor, está frente a mí, mi hija que acabó
historia y que lo va a ir a ver porque quiere trabajar en la Dirección de
Estudios Históricos” y le dijo: “Cómo no, naturalmente”. “Y usted no se
preocupe, yo le mandaré la plaza”, porque de dónde me iban a sacar una plaza… Y
le dice: “Ah bueno, no se llama como yo”. Y así fue cómo pude entrar al
Instituto de Antropología. Siempre estuve ligada a la Universidad, desde el
segundo año de la carrera ya daba clases en Bachillerato en lo que es la
Preparatoria Nacional, que fue para mí un entrenamiento espléndido y entonces,
después de doctorarme empecé a plantear qué quiero hacer y se me ocurrió hacer
una contrahistoria,
una historia de un personaje totalmente satanizado por la historia que fue
Victoriano Huerta, el que propició la muerte de Madero, el que tras un golpe de
Estado se torna en presidente… ¡Me parecía muy interesante!
RK: ¿Qué
sería hacer una contrahistoria?
EM: Bueno,
una historia que rompiese con los cánones tradicionales, de lo que decían los
libros de textos. En el caso de Victoriano Huerta, tachado de borracho, sin
vergüenza, el chacal, traidor, etc. En realidad, él no fue un golpista porque
él no hizo el golpe de Estado. Él toma posesión porque el Senado y la Cámara de
Diputados aceptan la renuncia de Madero, siguen un proceso legaloide muy
controvertido y el hombre se queda como presidente unos meses… Bueno, más de un
año en el poder, un desastre naturalmente. Pero a mí lo que me llamaba la
atención y me atraía más que el personaje, que tiene que ver otra vez con la
justicia, es por qué la historia lo ha catalogado tan mal y por qué tantos
hombres importantes participaron, hombres de letras, intelectuales,
participaron en su gobierno. Claro, luego lo negarían, muchos se fueron al exilio; dijeron que
no era cierto, que no sé qué…
Y
entonces, leyendo una revista de aparatos electrónicos, etc. el que entonces
era mi esposo me dijo: “Mira, aquí hay algo que te va a interesar…” que decía Oral History.
Estoy hablando de los años 70 y se hablaba de que la American Oral History Association
iba a tener una reunión creo que era en Indiana, no me acuerdo bien e iba a
haber unas sesiones, a manera de seminarios para aprender el know how y bueno,
yo escribí y me fui a la famosa reunión. Yo supuse que me iban a enseñar todo
lo que tenía que aprender. Era una reunión donde había… como en todas las
reuniones de historiadores orales muchas ponencias. Había una enorme cantidad
de historiadores orales, que no eran historiadores, eran amas de casa, señores
que no tenían, qué seguían la premisa de “by myself I am book”
y cosas por el estilo y te vendían todos los aparatos que se te podía ocurrir
de… Había una exhibición tecnológica… en aquella época, digo las primeras
grabadoras eran de carrete, con cinta. Recuerdo que la primera que tuvimos
Alicia Olivera y yo ¡pesaba 40 kilos! y con ella nos remontamos a la Sierra en
Chihuahua para entrevistar a los villistas.
Entonces,
me pareció fascinante la idea de rescatar los testimonios, pero yo encontraba que aunque era algo nuevo para mí, no respondía, en muchos
casos, a lo que a mí me interesaba y esto lo vengo a descubrir hasta que me
empiezo a conectar con los ingleses y los italianos que hacen una historia de
clases subalternas que tienen un contenido social mucho más intenso que los
propios estadunidenses. Entonces, yo ya estaba trabajando en la Dirección de
Estudios Históricos del INAH, donde estaba Alicia Olivera, quien había
trabajado a los cristeros. Había hecho un trabajo espléndido: Aspectos del conflicto religioso de 1926 a
1929: sus antecedentes y consecuencias. Había rescatado archivos,
clasificado los materiales y ella, una mujer muy liberal había grabado, había
grabado, como supo o pudo, a uno de los grandes dirigentes de la ACJM,
(Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos), a don Miguel Palomar y Vizcarra.
Yo
me fui a aquella reunión en Estados Unidos y me decía Alicia: “Eugenia, es que
hasta la pasta de dientes crees que es mejor la americana”. “No, es que mira
que…” (RISAS). Y entonces propusimos crear un Archivo de la Palabra, se llamaba
así, y en ese momento que empezamos a organizar esto, incluso fuimos
terriblemente criticadas y hostilizadas y el entonces Director del Instituto
Nacional de Antropología e Historia, Enrique Florescano nos decía: “Que
están locas, qué van a hacer”.
Y
entonces, empezamos un pequeño proyecto de historia oral y en eso apareció un
día en la oficina Friedrich Katz. Yo lo conocía por razones familiares, ellos
vivieron en México, eran comunistas y judíos austríacos, los echaron de Europa,
no los admitieron en Estados Unidos, se fueron a vivir a México, en donde él se
formó originalmente. Entonces, llega Friedrich Katz a mi oficina y me dice:
“Quiero proponerte algo, sé que estás muy interesada en la historia oral. Vamos
a hacer un proyecto de villistas”. La gente que se iba con Pancho Villa. Muy
sorprendida le pregunto “¿Cómo?” y él responde: “Vamos a hacer un proyecto de
villistas”. Alicia y yo aceptamos con una condición: que él, quien ya tenía más
de diez años estudiando a Villa y los villistas, tenía que colaborar en el corpus de investigación con nosotros,
planear el cuestionario tipo-base y nosotros lo llevaríamos a cabo y ese fue el
primer proyecto de historia oral que se hizo en México. Fue entonces, cuando
empezamos a buscar recursos, para ir al norte del país y rescatar testimonios
de quienes habían luchado con el “Centauro del Norte”.
Nos
parecía que era mucho más interesante que grabar a los zapatistas que los
teníamos tan cerca de la capital y había lo que nosotros llamábamos zapatistas
“de última hora”. Estoy hablando de zapatistas de Emiliano Zapata, no los del
EZLN. Que habían sido entrevistados y expuestos… Entonces, había ya muchas
versiones… Los villistas eran, por decirlo así “material virgen”.
RK: ¿Tenían
algún modelo a seguir para la construcción de este archivo?
EM: No,
lo que hicimos fue elaborar junto con Katz el corpus de investigación, el planteamiento del protocolo, hicimos el
cuestionario tipo base, conseguimos recursos, entrenamos a gente, comenzamos a
dar cursos y… Nos fuimos a Chihuahua varias veces a hacer grabaciones y ahí
había un factor que era muy importante: Estos individuos estaban felices de que
alguien los quisiera escuchar, pero había además otra motivación que era muy
importante: ellos no habían sido reconocidos como revolucionarios, y su esperanza
era que al hacerse la entrevista la Secretaría de la Defensa los reconociera y
los compensara como veteranos, porque ellos, finalmente fueron derrotados por
el Ejército Constitucionalista de Venustiano Carranza.
RK: ¿Entonces
además de esperar que hubiera un otro que los escuchara, estaban esperando que
hubiera una reparación…?
EM: Yo
creo que era primero eso y además…
RK: Es
decir que la historia va a ser el medio y no el fin…
EM: Claro…
Y además, había el problema del mal hábito de los
antropólogos pagándoles a los informantes en México, desde la época de Oscar
Lewis y todo ese tipo de cosas…
Entonces,
fue una experiencia maravillosa de llegar con esa pequeña grabadora de 40 kilos,
a zonas en diferentes partes, los altos de la Sierra, lugares recónditos, etc.
Y era fascinante ver cómo, de repente, al explicarle a los viejos, quienes a
veces yacían en cama, esperando la muerte… en fin, no se podían mover y les
decíamos de qué se trataba y les poníamos la grabadora para que escucharan la
voz y se asustaban porque pensaban que era una cosa de brujería: “¿Cómo estoy
oyendo mi voz…?”.
RK: Además tecnológicamente…
EM:
Nada, no entendían, pero colaboraron y logramos rescatar una visión diferente
de la Revolución “desde abajo”. Después de esto, empezamos también a trabajar
con los zapatistas, con algunos zapatistas. Y entonces, yo lo cuento ahora,
así… Incluso lo conté en un homenaje que se le hizo a Alicia hace como un año y
dije: “Como todo organismo que tiene dos cabezas se convierte en un monstruo”.
Las dos estábamos de directoras del proyecto y acabamos peleándonos en la época
en que su cuñado de Alicia era el director del Instituto Nacional de
Antropología e Historia. Nos metimos en un pleito fenomenal, nos dividimos,
ella se quedó con las zapatistas y yo con los villistas. En eso el gobierno
pidió una investigación sobre los restos de Cuauhtémoc, y ella se involucró
también. Entonces, empecé a diversificar proyectos con la “parte” que me tocó.
Fue así que primero trabajamos a los revolucionarios villistas, luego buscando
fondos por una circunstancia particular familiar logré los fondos para
construir una historia oral del cine mexicano, grabando a los hacedores de la
cinematografía mexicana. Fruto de ello fueron casi un centenar de entrevistas,
que editadas conformaron la colección de Testimonios
para la historia del cine mexicano.
RK: Relacionado
ahí con su padre…
EM:
Si, y además el que… el que era hermano del presidente del país estaba loco por
hacer algo y tenía mucho dinero y entonces dije: “¡Vengan!”. Grabamos a
directores, actores, editores, fotógrafos, argumentistas e hicimos otro corpus
de investigación. Luego, por una casualidad, un estudiante de Colombia me vino
a buscar para pedirme que lo apoyara porque quería hacer una historia de la
llamada “Educación socialista en México”… No era
educación socialista, era un poco progresista, etc. se planeó poco antes de iniciado
el gobierno de Cárdenas, pero él la implementó. Como era de esperarse generó
serios problemas con la Iglesia y la reacción, que reaccionaron, valga la
redundancia, de una manera terrible. Por ejemplo, a los maestros les cortaban
las orejas en los Altos de Jalisco. El propósito cardenista era sustituir a la
Iglesia por la escuela y a los maestros por los curas. Y esto generó una
reacción terrible…
Casi
en forma simultánea nos percatamos que había mucho material, hicimos otro
proyecto que
denominamos “Historia
Contemporánea de México” y entonces, llegó al Instituto de Antropología un
intelectual más bien pragmático, que era Gastón García Cantú, que había escrito
sobre el socialismo y la reacción en México y me interesó muchísimo y me dijo:
“Sí, pero vas a tener que crecer”. Entonces yo asumí la dirección de la
Coordinación de Estudios Contemporáneos. Fue entonces que optamos por
expandirnos hacia los centros regionales del INAH, en toda la República: el del Noroeste, Occidente, Sureste, a fin de crear en cada
uno de ellos una sede de historia oral, para rescatar materiales en los
diferentes lugares...
RK: Y
en este momento ya ¿qué año, qué años?
EM:
Esto ya debe ser… Finales de los 70, los 80.
RK: Comienzo
de los 80…
EM:
Comienzo de los 80. Y en ese momento que está Gastón García Cantú, yo en su
oficina le dijo: “Oye, Gastón pero para poder hacer
tantos proyectos, lo primero que tengo que conseguir es que me dejen entrar al
Archivo de la Defensa Nacional, nuestra Secretaría de Guerra”. “Tú no te preocupes”.
Agarra el teléfono, literalmente, y le habla al Secretario
de la Defensa. Y le dice: “General Galván, soy Gastón García Cantú, director
del Instituto Nacional de Antropología e Historia, quiero que me haga el favor
usted de recibir a la Directora de Estudios Contemporáneos que le tiene que
plantear un asunto de suma importancia”. Entonces, el señor le dijo: “Que
venga” y me citó para unos días después.
Para
esto yo había intentado entrar a los archivos. El mejor archivo de mi país
hasta entonces era precisamente el Archivo de la Defensa Nacional porque está
estructurado en dos partes. Hay un archivo activo, cuando pasan a retiro o se
mueren, que se llama Archivo de Cancelados y hay el Archivo Histórico,
perfectamente clasificado, etc.
RK: Hay
como una línea, digo, está lo que se usa y luego eso, después de cierto
período…
EM:
Si, y era un archivo maravilloso…
RK: Podemos
decir, un archivo administrativo y un archivo histórico.
EM:
Claro. Archivo histórico con dos partes, Archivo histórico por estados y, y el personal, con la
información de la gente que estuvo en el ejército. Y obviamente, si estábamos
trabajando la Revolución teníamos que consultar ese archivo, que además tenía
un arsenal de fotografías y películas.
Pues,
yo me fui a ver al General. Me acuerdo perfecto, un sábado, estaba reunido con
todo su Estado Mayor definiendo el presupuesto de Defensa para ese año. Me
saludó muy amablemente, me pidió pasará a su oficina y me sentara
enfrente de su escritorio. El volvió a su “reunión”, los escuchaba de millones
y millones y millones para invertir en morteros, tanques, aviones, en una serie
de cosas. Porque quizás ustedes no son muy conscientes de ello, pero el
problema que nosotros tenemos no es cuidar la frontera norte, es la frontera
sur, que ha sido siempre el gran tema. Que ahora es un desastre con lo que está
pasando con los kaibiles guatemaltecos; todo lo que ha pasado con la droga, etc.
Entonces
el señor me escuchó, simplemente le pedí abrieran los archivos históricos y él
me dijo: “Pero bueno, es que… si le dijeron que son asuntos de interés
nacional”. Y yo de plano le respondí: “Ay, General, por favor, asuntos de
interés nacional, estamos en 1983, 84…”. No, era un poco antes, déjame pensar…
Sí, 80, 79, 80. “No me va a decir que lo que pasó en 1910 es de interés
nacional”. Y se reía mucho. “Bueno, déjeme ver cómo le hago”. A los cinco días,
sus subalternos me comunican con él y me dice: “Oiga mi doctora, tengo una
idea, pero no sé si es buena o es mala”. Y le digo yo: “¿Grande o chiquita?”.
“Pero, No le entiendo”. “Bueno, ¿es una ide-ota o es
una idea chiquita?”. Entonces, “Bueno, usted lo va a decidir”. Me cita para el
día siguiente, lo voy a ver y empecé una relación muy curiosa con este hombre y
me dice que lo que quiere es hacer el museo de Villa, en la casa que fuera de
Villa en Chihuahua. Yo no entendía cuál era su interés.
Cabe
señalar que el ejército mexicano es completamente distinto al de otros países
latinoamericanos, porque su ejército, es un ejército digamos de linaje, en tanto
que el ejército mexicano tiene un origen popular, surgido de la Revolución.
Este hombre, el General de División Félix Galván López, había sido Jefe del Estado Mayor del Secretario de la Defensa,
precisamente durante el movimiento estudiantil del 68 y se opuso rotundamente a
que enviaran tropas y tanques a la manifestación que se preparaba en la Plaza
de las Tres Culturas en Tlatelolco el 2 de octubre… aquello fue una terrible
masacre de estudiantes. El entonces secretario
de Gobernación, del Interior era Luis Echeverría, quien sería presidente a
partir de 1970, y quien de cierta manera carga aún hoy día con la
responsabilidad de dicha matanza.
Como
Galván López se había opuesto a involucrar al ejército durante el movimiento
del 68, cuando llega Echeverría a la presidencia, lo “manda a la banca”, es
decir, lo margina y
como castigo lo envía a dirigir la Zona Militar en Chihuahua. Casualmente de
allí era su esposa y Galván tenía mucho cariño por ese estado.
Me dijoque
quería comprarle a una de las viudas de Villa, a Luz Corral, la
casa de
Villa y hacer allí el primer museo de la Revolución. Le
respondí: “Su idea es
magnífica, nada más que no es una cosa factible, mientras
no se muera doña Luz,
olvídese…”. “Pero, ¿por qué
quiere que la maten?”. “Pues, yo no quiero que la
maten, se va a morir solita”, era una mujer muy anciana…
“Mientras ella esté
allí, viva, no vamos a poder hacer nada”. En efecto, tres
meses después,
cuatro, o cinco, se murió la señora, me volvió a
llamar y me dijo: “Quiero que
haga el museo. Dígame lo que necesite”. Digo:
“Bueno, lo primero que necesito
es que usted le pida autorización a mi director, porque si no yo
no puedo hacer
un museo”. Y aquello fue una experiencia maravillosa, porque
entonces, al mismo
tiempo, empecé a hacer una serie de exposiciones temporales y le
dimos un giro
totalmente distinto al concepto de la historia de la Revolución
y la
museografía, que siendo espléndida en México, se
ocupaba básicamente del mundo antiguo, precolombino, o bien la “historia”
llegaba hasta el ocaso del siglo XlX.
Fue
así que me tocó coordinar la planeación y realización de los museos históricos
que se erigieron a partir de los años setenta del siglo pasado: el Museo
Histórico de la Revolución en Chihuahua, el Museo de la lucha obrera en
Cananea, donde se llevó a cabo la primera huelga obrera durante el porfirismo,
el Museo Nacional de las intervenciones, una idea de Gastón García Cantú en
donde se “denuncian” de todas las intervenciones que México ha padecido a lo
largo de los siglos y luego, ya mucho después habría de hacer el Museo Nacional
de la Revolución, en el monumento a la Revolución. Muchísimos años después, por
encargo de la Cámara de Diputados hicimos el que se llama Sentimientos de la Nación, museo
legislativo.
RK: Hasta
estos momentos, ¿la historia oral existía en México? ¿Había alguien que
trabajara con fuentes orales?
EM: Los
antropólogos.
RK: Pero
era muy distinto al trabajo que hacían…
EM: Bueno,
teníamos muchas diferencias. Y además no estábamos de acuerdo en todo… Éramos
profundamente criticadas, hacían bromas de que si era
algo de sólo puras mujeres las que arrancamos el proyecto, bueno, lo de
historia “oral” siempre estaba cuestionado y en la Universidad fuimos
profundamente rechazadas.
LO: Pero, a pesar de
eso, a lo largo de tu experiencia se nota que tenías una… Pudiste tener acceso
a una serie de oportunidades para abrir camino a la historia oral y eso estuvo
de la mano de las estructuras tradicionales de la política, digamos, los
diferentes espacios de gobierno, el PRI, digamos, como que esos espacios te
dieron también la posibilidad de abrir camino a diferentes proyectos que se te
ocurrían.
EM: Si,
nada más creo que es importante insistir en que yo no estoy en el PRI, ni
estaré nunca en mi vida. Pero en efecto, sí, fueron oportunidades, pero tengo
la impresión que la gente que estaba en puestos claves, también tuvieron la oportunidad de saber que yo podía hacer ciertas
cosas y reconocieron mi capacidad organizativa. No era siempre fácil, había
proyectos que surgían de improviso, por ejemplo, en un momento dado alguien me
comentó: “Es una lástima, se están muriendo los viejos profesores del exilio
español” y yo dije de inmediato: un proyecto de historia oral. Y fue el primer
proyecto que se hizo en el mundo sobre los exiliados españoles. Que es un
proyecto maravilloso, que después creció, empezamos a sacar libros, etc. Y
luego se hicieron otros proyectos tanto en México como en España, etc. Nuestro
proyecto, finalmente se hizo un intercambio con España y lo han utilizado, y
hemos contribuido… en el rescate, conformación de acervos documentales y
testimoniales, en exposiciones, etc.
Yo
tengo la impresión que tienes razón, tuve oportunidades, que aproveché. Creo
que descubrí algo que yo no sabía, de mi capacidad organizativa. Yo no tenía un
interés de poder, en el sentido del poder per
se, no estaba de acuerdo con cosas que pasaban en la Universidad.
Pertenezco a la generación que está determinada por el movimiento del 68. Así
que me toca vivirlo muy de cerca, pero muy de cerca porque además estaba metida
en todo y porque mi entonces marido hizo todas las fotografías de este proceso,
menos, curiosamente, menos del 2 de octubre, porque yo estaba teniendo un
aborto y nos tuvimos que quedar en casa. Pero tuve a perseguidos políticos en
mi casa, escondimos a periodistas extranjeros, etc. Entonces, me parece que me
toca vivir momentos muy importantes en cuanto a la transformación de mi país.
RK: Más
la herencia de los momentos familiares.
EM: Si,
y además, esta concepción del deber, porque creo que
hay ahí una cosa muy importante, no es voy a sacar provecho, voy a tener un
puesto político, me van a pagar bien. Bueno, realmente mi sueldo como
profesora, como académica, pues era un sueldo normal con lo cual contribuía
–cosa rara en mi época– un 50% al mantenimiento de mi casa, pero sentía que yo
tenía ese compromiso hacia mi país y ese sentimiento de pertenencia como
mexicana. Y creo que además había una cosa en mí, quizás por muy joven, de
desparpajo, no me inhibían o impresionaban el Secretario de Defensa, ni el de
Gobernación. Había días que me iba por ejemplo, cuando
hicimos el museo de Chihuahua, en el avión del Secretario de Defensa, nos íbamos
él, el Ministro de Interior, iba yo y sentaban y alguien más y nos poníamos a
jugar dominó los cuatro. Y ya cuando yo no sabía ya que hacer con ellos, ¿Qué
hacía? Se los presentaba a mi padre que era muy bueno para el dominó y él me
decía: “Bueno m’hijita, has convertido mi casa en un
club gerontocrático para entretengo a todos tus novios”.
Creo
que todo ello se desarrolló en total libertad y sumo respeto a mi trabajo por
parte de los políticos. Hubo un momento que cuando empezamos a ver lo del museo,
en Chihuahua, me habla el Secretario de Defensa y me propone: “¿Por qué no
hacemos el museo de la Revolución en un cuartel en Guadalajara?”. Es un
edificio decimonónico maravilloso. “Vamos a verlo” dije yo, “bueno, como no,
pues, por favor invite al Director del Instituto”. “Y
entonces fuimos, no iba a funcionar eso por otras razones y porque el Secretario
estaba dispuesto a que hiciéramos lo que se me
antojara; estaba fascinado con la cosa de la cultura y las entrevistas,
etc. Y
le dije: “A ver si un día ya se deja usted entrevistar
sobre el 12 de octubre”.
“No, pero qué le voy a decir…”. Digo:
“Usted tiene su versión”. En una ocasión
me llevó al Campo Militar 1, un campo militar es como los de
aquí, me dijo: “A
ver, usted qué anda diciendo de que hay 300 muertos enterrados
aquí, ¿dónde
están?”. Y digo: “Ay, general, que me voy a poner
como minero a escarbar con la
pala, yo no puedo saber cuántos muertos hubo”.
Bueno,
hay una anécdota que vale la pena recordar. Cuando volamos a Zapopan, Jalisco,
a la Escuela del Aire, me asomo por la ventanilla del avión y veo unos pequeños
aviones y le pregunto al Secretario: “¿Esos son los Migs?”. “Sí ¿cómo sabe?”. Mi respuesta lo dejó sorprendido:
“¿Esos son los que los estadounidenses utilizaron en Vietnam, para echar bombas
de Napalm?”. Eran unos aviones rapidísimos, van más allá de la velocidad del
sonido y entonces me dice: “¿Se quiere subir a uno?” y le respondo con
entusiasmo: “Sí, general ¡Con mucho gusto!”. Gastón García Cantú, el director
del Instituto se me quedó mirando y me dijo: “¡Estás totalmente loca!” y yo le
dije: “Oye, Gastón, esta es una oportunidad única en mi vida”. Era la época en
que una empezaba a usar pantalones, porque las mujeres no andaban en
pantalones. Entonces, pues, me subo al avioncito, me siento atrás del piloto,
me ponen casco y el teniente que me acompaña me dice: “Señorita, nada más que
la tengo que poner los cinturones de seguridad.” “Pues,
ándale!”. Es muy mexicano, no? Entonces me
dice: “Sí, pero…” Es que los cinturones salían de debajo de donde estaba
sentada…
LO: Entre
medio de las piernas.
EM:
Sí claro, me daba tanta pena.
Claro,
cuando el avión arrancó se me subieron los ovarios hasta acá arriba porque iba
rapidísimo, dio unas vueltas, etc. Bueno, fascinante, es una experiencia muy
interesante.
Cuando
bajo, “Oiga general” yo le dije. Y dice: “¿Y también quiere echarse de
paracaídas?”. Le dije: “Sí, ¡cómo no!” “Bueno, pero para eso se tiene que
preparar y entrenar”. Decía Gastón García Cantú: “¡Está absolutamente loca,
general! No le haga caso mi General”. Él
responde, “Bueno, ya nos vamos a volver, denme un momento”. Para que vean el
sentido del humor del tipo. Ya íbamos a regresar a México, estábamos frente al
avión del Secretario de la Defensa y vienen tres
militares, perfectamente uniformados y formados, con una cosa en las manos, ahí
tengo las fotos, se paran y dice el general, Secretario de la Defensa: “En
nombre de la Escuela del Aire, de las FF.AA. de nuestro país, me permito
condecorarla con las alas del aire del Ejército mexicano”. Y me colocó las
alas. Bueno, es que, yo tenía una cara… la fotografía muestra una cara de
sorpresa impresionante pero había una muy buena
relación para ese tipo de situaciones.
RK: ¿Era
como un guiño…?
EM:
Sí, era un coqueteo, y además era muy simpático porque él, cuando íbamos a
trabajar al museo de Chihuahua, pues éramos un grupo de 15 historiadoras o
historiadores, etc. Él por ejemplo, me dejó ahí con
todos los arquitectos e ingenieros. Bueno, en un momento dado me dieron fajos
de billetes para ir a comprar muebles antiguos para acondicionar el museo,
porque tenía que ser un museo antiguo, bien ambientado, no podían ser puras vitrinas. Era
maravilloso llegar a
diferentes tiendas de antigüedades por todo el país y decir: “Quiero una caja
fuerte como las películas de los cowboys” y lo pagaba en efectivo.
Entonces,
en un momento dado, estábamos terminando, pues, porque lo tenía que inaugurar
el presidente José López Portillo antes de que terminara su sexenio, en 1982 y
le pedí alguna cosa al
ingeniero responsable de la administración, quien me
responde. “Sí, pero ya se acabó el
dinero”. Y yo: “A ver, a ver, a ver ingeniero, ¿cómo que se acabó el dinero?”.
“Pues sí, porque no sé qué y no sé cuánto”. Eran ingenieros y arquitectos del
ejército. Bueno, esa noche no dormí. Me dije:
Esto no puede ser, no puede ser, porque yo más o menos sabía cómo
estaban las cuentas, digo, no me gustan mucho las matemáticas
pero… tenía una idea del presupuesto y
de los gastos.
Al
día siguiente vino de inspección el General Galván y entonces, le mandé una
nota que decía: General, quisiera hablar
con usted. En tres renglones. Le pasaron el papelito, él lo dobló a la
mitad, era un señor que me llevaba 35 años. Y el papelito me lo enseñó y me
dice: “Mire usted el papelito que me acaba de mandar, decía: General quisiera con usted. Y le dije
“General, de veras qué broma que me hace”. Y me dice: “A ver ¿qué le pasa?”.
“Verá, tengo una pena enorme, pero tengo que decirle que estoy muy preocupada,
por esto, por esto por esto…”. ¡Cómo le iba a decir yo que un militar está
robando! Cuestión bastante delicada. Me dijo: “No se preocupe.” Y a los ocho
días regresó, yo ahí estaba instalada durante semanas. Entonces esa noche a las
12 y media de la noche,
ya estaba durmiendo y suena el teléfono, atiendo: “Doctora Meyer,
soy el capitán quién-sabe-que, soy el auditor de la Secretaría de Defensa
Nacional, tengo órdenes de vigilar y empezar en este momento una revisión de
las cuentas”. Y le dije: “Bueno, ¿y qué hago?”. “Nada más que informarle, usted
descanse”. Bueno, me acosté a dormir. Movilizaron a la gente del Ejército. Al
día siguiente, cuando llegué al museo a las nueve de la mañana del día
siguiente a seguir montando el museo, el famoso capitán o brigadier o no sé
qué, ya no estaba, ya se lo habían llevado a la Ciudad de México, encarcelado y
lo resolvieron ellos porque yo no me podía meter sobre eso. Todo ello da cuenta
de la enorme cantidad de apoyo, pero también creo que lo supe aprovechar.
En
cuanto al desarrollo de historia oral en México, se crearon los centros,
centros regionales distintos, lo que llaman los gringos deployment centers, donde se hacía el acopio de materiales, insistimos en
que no se trajeron esos materiales a México, se trataba de descentralizar los
objetivos de la historia oral y dejar toda la información en cada uno de los
centros regionales. Estamos hablando de una época en que cada hora de
entrevista tomaba diez horas de trabajo de oficina, de transcripción, corrección
y versión final. Empezábamos con la versión verbatim en lo que nosotros
llamamos “papel revolución”, un papel muy corriente, con varias copias. Había
que contar con gente
que escuchara las transcripciones e hiciera las correcciones,
agregara puntuación, etc., Luego las volvieran a pasar en limpio, etc.
Casi
de manera simultánea empezamos a dar cursos y creo que fue entones que diversos
países de América Latina empezaron a tomar conciencia de la importancia de
rescatar los testimonios, y crear con ellos “archivos de la palabra”. Si mal no
recuerdo, el primer curso que di, fue en Brasil, en la Fundação
Getulio Vargas… luego vinieron otros cursos y formamos gente en otros países como
Perú.
RK: Tenía
que ver también todo el contexto político, en el cual vivía América Latina no
era tampoco casual…
EM:
Claro, claro. Entonces por ejemplo…
RK: Había
una necesidad también de…
EM:
De descartar y ya no queríamos más a los gringos metidos en esto, que eran los
que podrían querer hacer historia oral, a su manera, acorde con sus intereses.
Sí,
luego me fui a Venezuela a trabajar en el Centro de Estudios Rómulo Gallegos.
Un hermano mío vivía en Venezuela así es que eso me era más cómodo estar en
Caracas. Y empecé a asistir, pues, a los diferentes congresos que se hacían en
otras partes del mundo, por ejemplo, el de la IOHA[4].
Allí conocí a Paul Thompson, Luisa Passerini,
Mercedes Vilanova, etc. Y ahí fue donde descubrí que tenía mucha más afinidad
con ese tipo de historia oral, con una historia oral mucho más comprometida…
RK: Social…
EM:
Social, y entonces, alguna vez alguien dijo: “Bueno, tanto te ocupas de la
historia social pero en realidad lo que has hecho
también historia política”. Bueno, sí. Reuní las Obras Completas de Cabrera, reuní las Obras Completas de Reyes
Heroles. Sí pero todo
ello fue un trabajo editorial personal mío. Entonces, se fueron desarrollando
muchos proyectos. Empezamos a trabajar en América Latina, en diferentes lugares
de América, en el centro, en Sudamérica, vine a Argentina…
RK: ¿Y
cómo surge la AMHO en ese contexto, la Asociación Mexicana de Historia Oral?
EM:
Mucho después, muchísimo después. Pues ya no tengo yo nada que ver con eso.
Porque después de que se habían hecho todos estos proyectos, a mí me nombran
directora del Instituto Mora, tenía que crear una institución.
RK: Digamos
que la matriz de la historia oral, ¿surge en el Instituto Mora
indefectiblemente?
EM:
No, la matriz de la historia oral surge en el Instituto Nacional de Antropología e Historia.
RK: Ah,
en el Instituto de Antropología, perdón claro.
EM:
Debo señalar que al construir el edificio sede del Instituto Mora, creamos una
bóveda especial, mediante un convenio nos llevamos copia de todas las
entrevistas que existían en el INAH y empezamos otros proyectos. Casi
simultáneamente empiezan a desarrollarse una serie de proyectos de historia
oral en diferentes instituciones, amén de los personales y del trabajo en los
centros regionales.
LO:
Quisiera retomar lo que decías sobre que encontraste ciertos acuerdos con la
gente que formó la IOHA, en aquel entonces, y también retomar algo que fue
atravesando todo tu relato, desde el principio donde decías que este personaje
del PRI te presentaba como con
desviaciones marxistas pero que te ibas a recuperar, que vos decías bueno pero yo no soy del PRI, que
tuviste contacto con gente del Ejército, contacto con gente de las distintas
esferas del gobierno, contactos digo, laborales. Y quisiera recuperar también
algo que dijiste en el panel de esta mañana, donde definías que el historiador
siempre está peleando por una causa y que lo importante es eso, es esa acción,
tomar partido. ¿Cuál es el partido, cuál es esa causa que a vos te guió? Ya sé
que me vas a decir la justicia, entonces quiero que especifiques un poco más,
¿cuáles son los sentidos con los que vos cargas esa causa?
EM:
Bueno, creo por principio en que no existe el historiador impoluto, el
historiador objetivo, estéril o como si estuvieras en una cámara, aislado, en
un hospital ¿verdad? Creo que hay una serie de razones que te llevan… Yo puedo
decirles a ustedes ahora: Si, porque yo
quería ser una abogada que trabaja con los niños y ahora me doy cuenta que mi
trabajo sobre la infancia…
Yo
creo que me han movido varias cosas: primero, tratar de entender al mundo que
me rodea, que vienen de una cuestión muy familiar. En mi familia, el sentido de
la ética y la justicia fueron siempre muy determinantes. En segundo lugar, fui
formada en una familia donde prevalecía el respecto a las individualidades y
muchas cosas. No era ya te casas, te vas y te ocupas de formar un hogar, los
hijos y la cocina y esta cosa tan tradicional de Latinoamérica. Pero también creo
que había una actitud mía de rebeldía permanente: no me gusta cómo están las
cosas, creo que puedo hacer ciertas cosas; quiero ser independiente. Y creo que
hay también una parte de mí, que reconozco una tendencia anarquista a no
aceptar las normas establecidas, impuestas por otros.
Yo
nunca he militado en un partido político porque debo confesar que nunca he
encontrado un partido que llene mis expectativas. Soy incapaz de, por razones
de partido, asumir responsabilidades de militante y cosas por el estilo. Tuve
un amigo que me estuvo coqueteando mucho tiempo para que ingresara al antiguo
PC[5]
mexicano a lo cual me negué. Y entonces optó por otras cosas, me sugirieron que
me iban a dar un honoris causa en
ciertas universidades de tendencia marxista y dije: “No”.
A
mí me parece que era muy importante lo que estaba viviendo y en esto también
tiene que ver una experiencia personal fundamental. Estando en el Instituto de
Antropología, y habiendo creado estos diferentes grupos de historia oral y
participado con los europeos, que eran, naturalmente, la antítesis de lo que
estaban haciendo los estadounidenses, claro, había gente como Portelli que no
venían de una formación histórica, o bien, Paul Thompson formado como
sociólogo. Y claro, cuando yo estaba en esas reuniones me daba cuenta que ellos
también tenían sus discusiones y sus problemas. Pero iba, por ejemplo, a las
reuniones de la American Oral History Association y no les
interesaba nada de lo que yo estaba haciendo. Hablaba de Villa, quien para
ellos Villa era un bandolero un forajido, un no sé qué. Entonces, no había una
identificación. Claro, hay excepciones: los grandes historiadores que han estudiado a México,
todos son por lo menos progresistas o tienen un sentido social mucho más
amplio.
En
1976 me invitan a Cuba, en un viaje oficial. En realidad
era una invitación oficial al Gastón García Cantú, me pregunta si quiero ir en
su lugar y yo respondo encantada que sí. Bueno yo, con un poco la fantasía y
mucho entusiasmo me dije: yo voy a Cuba. Ese es un momento muy determinante en
mi vida. Llego a Cuba en diciembre del 76. Todo ello lo cuento en el libro: El futuro era nuestro. Ocho cubanas narran
sus historias de vida.
Yo
tenía recuerdos de mis padres, que habían pasado temporadas en la Isla, mi
padre filmaba en La Habana, etc. Y había, bueno, una especie como de historia
personal. Que además se complementa con el hecho de que mi país dio asilo y fue
sede para una cantidad enorme de revolucionarios a lo largo de la historia,
desde Martí, Julio Antonio Mella, Haya de la Torre, bueno, hasta los
Castro y el Ché, etc. Hay una tradición muy sólida de
asilo político en México, como por ejemplo, el caso de
los nicaragüenses, etc.
Hay
una historia que contar: se hace la Revolución Cubana y en 1961, ante la
actitud de los estadounidenses, se declara el carácter socialista de la
Revolución, empieza todo lo que ya conocemos y entonces nacionalizan las
películas mexicanas. La televisión cubana estaba inundada de películas
mexicanas, las cuales ya habían sido incautadas y nacionalizadas… Y entonces,
el gobierno mexicano envía mi padre a Cuba, pues para negociar. Lo atiende muy
bien, muy amablemente Saúl Yelin, el Director del Instituto de Cine, el ICAIC. Era un judío ruso, muy cortés, pero de plano,
le informa a mi padre que, como decimos en México: “Lo caído, caído”. O sea, lo
que estaba allí, se quedaba allí. Mi padre decide volver luego de su fracaso,
lo lleva al aeropuerto el propio Yelin, y en el
camino le dice: “Bueno, espero que hayas estado contento”. “Pues, sí, contento pero yo no sé qué cuentas voy a rendir cuando
regrese a México”. Y le dice: “Oye, te tengo un saludo personal del Comandante”. Mi padre callado, y hasta desconcertado. “Dice
que le da mucho gusto que hayas venido, que reconoce tu posición ideológica de
siempre y que nunca va a olvidar todo lo que los apoyaste”.
Cuando
mi padre me narra el episodio, yo no entendía de qué estaba hablando. Sucede
que cuando Fidel pasa en México, junto con Raúl y el Che y están junto con los
mexicanos preparando lo del Granma,
en muchas ocasiones para sobrevivir trabajaron como extras de cine. En aquella época
mi padre filmaba en un espacio que ahora es Televisa, en donde había una
especie de café, de cantina, de fonda, en donde luego de comer, se sentaban
algunos grupos a jugar una partida de dominó. Y allí estaban los cubanos. Y mi
papá les compraba las tortas, tortas ya sabes lo que es en México, son los
sándwiches, etc. Y mi padre que no había hablado nunca de esto nos contó a sus
hijos, pues sí, ahí estaba y Fidel también fue extra de cine.
Era
la época en que el jefe de la Dirección Federal de Seguridad era Fernando
Gutiérrez Barrios, quien se “hacía de la vista gorda”, como decimos nosotros.
Sabía lo que estaban tramando los cubanos, y no sólo no hacía nada, más aún los
prevenía cuando había órdenes de aprehensión.
RK: De
todas formas, ¿cuál era su imagen de…, al margen de toda esta historia de sus
padres, había alguna simpatía?
EM:
Bueno, claro, el 68 en México, el Che, Fidel. Pero no había una clara
definición para mí. Entonces llego a La Habana y tengo una crisis de identidad
terrible porque lo que me sucede a mí y lo cuento en el libro, me pongo, me
siento, y… Primero, todo me parece maravilloso, fantástico, perfecto. Bueno,
tan fantástico que del 76 al 85, creo que fui 18 veces a Cuba, viví allí por
temporadas, hice trabajos, etc. Tomé conciencia de que mientras Fidel estaba
bajando de la Sierra haciendo LA
revolución, en el primer territorio libre de América, etc., yo estaba en los
bailes de 15 años, los tules, el hielo seco, el Only you de los Platters,
etc. Entonces, todo ello me produce una crisis enorme de identidad y de
responsabilidad social. Yo era una niña burguesa que no entendía nada.
Entonces, me apasiono tanto con lo de Cuba que me planteo irme a vivir a Cuba,
todo me parecía perfecto, todo me parecía perfecto.
En
una de esas estancias habaneras, me manda a llamar de Presidencia Celia
Sánchez, la mano derecha de Fidel, porque ella sabía que yo había organizado
archivos de la palabra y ella tenía en las oficinas de Presidencia 5000 o 6000 cassettes, con
los testimonios hechos
a un sinfín de personas, pero no sabían cómo identificar y organizar aquel
caos. La mano derecha de Celia Sánchez, era el comandante Pacheco, un individuo
que había sido revolucionario muy cercano a ella y entonces me pidieron que si
podría yo ayudar y respondí: “Bueno, déjenme ver de qué se trata y con mucho
gusto trato de organizarlo”. Finalmente nada pudo
hacerse, porque ellos decidieron que era “material cifrado” que no podía ser
expuesto a extraños.
Fue
entonces que conozco a Vilma Espín, la mujer de Raúl Castro, presidenta de la Federación de
Mujeres Cubanas y le comento que me gustaría hacer un proyecto de historia
oral. La realidad es que “me invento” un proyecto para poder seguir yendo a
Cuba, y entonces surge lo de grabar a mujeres en Cuba. Nunca en mi vida había
hecho historia de género ni mucho menos. Ella fue sumamente generosa conmigo,
me empieza a poner en contacto con una serie de mujeres representativas para
que yo “seleccionara” a mis posibles entrevistadas. Y por conocidos que voy
teniendo: en Casa de las Américas, el ICAIC, etc., me empiezo a relacionar y es
cómo sale mi proyecto.
Esa
especie de enamoramiento me dura unos ocho años, nueve años y en esto tiene un
papel muy importante Tomas Gutiérrez Alea, el director de cine cubano, que era
muy amigo mío, el de Chocolate, Guantanamera, Muerte de un burócrata, Historias
de la revolución… Mi pasión por Cuba, me hizo ver una enorme cantidad de
cuestiones que me molestan en México, me torno mucho más contestataria, trato
de ayudar a los cubanos. Luego, participo como jurado en el género testimonio,
del premio Casa de las Américas. Me toca estar cuando le damos el premio a
Elizabeth Burgos por su trabajo testimonial de Me llamo Rigoberta Menchú y así nació la conciencia.
Uno
de los jurados fue Omar Cabezas a quien el año anterior le dieron el premio por
La montaña es algo más que una inmensa
estepa verde, que según el nicaragüense lo escribió después de una noche de
amor. Es una locura, las cosas que dice porque obviamente su libro que tiene
muchas manos, pero el construyó la versión que se le antojó.
En ese
momento América Latina, apasionada con los nicas y más aún los cubanos pues. Yo
hago mi tarea, creo que me leí 200 textos del género testimonio. Estuve allí un
mes y pico allá, aislada y una noche antes de la entrega de premios, a las 3 de
la mañana me suena el teléfono y me dicen: “Eugenia, soy Omar Cabezas”. Le
respondo “Yo soy Eugenia, ¿qué pasó?”. Respuesta: “Oye, a ver si nos podemos
juntar porque tenemos ya que decidir lo del premio”. Dije: “Oye, espérate un
momentito, yo a las tres de la mañana duermo”. Estaba borracho. “Y, pues yo no
sé cómo tú puedes decidir ya lo del premio si tú no has leído un solo texto”.
“Bueno, pero sin duda el texto de Rigoberta
Menchú es el que tiene que ganar”. Le dije: “En primer lugar no es de Rigoberta Menchú es de Elizabeth
Burgos”. Y entonces, esto a mí me crea un problema porque me doy cuenta de que
hay una manipulación de carácter político. O sea, como los demás jurados hice
mi tarea, leí y leí, y este hombre, que se sentía gran protagonista, llega dos
días antes de la entrega de los premios a “darme órdenes”. En fin… gran
desencanto para mí. La Casa de las Américas que convocaba al premio, ya había
decidido convenientemente a quien premiar. Se le da el premio a esta mujer, a
Elizabeth Burgos, con mi reserva: “Este libro antes de publicarse requiere una
serie de adecuaciones, está muy mal planteado. No hacen caso, lo publican tal
cual. Pasan cuatro meses y un día que está Gutiérrez Alea conmigo en México, en
mi casa, le digo: “Vamos a la Feria del libro de Minería, que es la feria que
organiza anualmente la UNAM”. Me interesaba estar en la presentación que se
haría del libro, con la presencia de la propia Rigoberta Menchú. Entonces,
llegamos y nos encontramos a una mujer con un atuendo maravilloso de quiché; guatemalteca
con un discurso marxista sobre la lucha de clases… yo anonadada me decía: “Es
que no lo puedo creer”. La lucha del proletariado y la explotación… No tenía
nada que ver con lo que podría haber sido una mujer indígena, espontánea, tal y como se
expresaba en el libro. Y me digo: “Ya la fastidiaron a esta mujer, ya le
quitaron la espontaneidad, la adoctrinaron, etc.”. Al terminar, me acerco y le
digo: “Rigoberta, yo soy Eugenia Meyer, estuve en el jurado que le otorgó a
Elizabeth Burgos el premio por tu testimonio”. Me dice: “No, el premio es mío”.
Le digo: “Bueno, yo no creo que sea así, pero me gustaría platicar contigo”. Y
la mujer me contesta: “Haz una cita con mi secretario”. La mandé para el
carajo. Tiempo después es cuando sale a la luz todo ese asunto que ella mezcló
testimonios de diversas personas, no vividos por ella… una sarta de embustes.
Ella capitalizó espléndidamente la situación. Luego demando sin éxito a
Elizabeth Burgos,[6]
se convirtió en una “estrella” de los medios, ¡le dieron premio Nobel de la
paz!, se asoció con una gran empresa farmacéutica mexicana y puso una cadena de
farmacias en Guatemala… [7]
En
fin, pasaron los años, después de muchísimo tiempo, yo volví a La Habana porque
Gutiérrez Alea se estaba muriendo y para mí era un hombre muy importante en mi
vida y, entonces, al ver la falta de atención médica, los problemas y
carencias, que había… Ya estaban en el denominado “período especial”, luego de
la disolución de la URSS y naturalmente la falta de recursos económicos que les
llegaban de los soviéticos. Pero, en eso llevaban ya lleva 20 años, no era un
“período” sino una era… En fin. Y bueno, vino para mí una etapa de sacudimiento, de
reflexión, de desencanto, como en todas partes hay politiquerías, hay gente que
trata de aprovecharse, etc.
Y
yo creo que de alguna manera, retomando un poco lo de
historia oral, reconozco ahora que hacer y practicarla fue una manera de
militancia. Por eso insisto tanto con lo de la justicia, ¿no? Y por eso me
tardé tanto tiempo en publicar el libro de las cubanas, más de 20 años. Porque
en forma inconsciente me resistía a asumir, inconscientemente, ciertas cosas
del proceso cubano; que yo no había querido escuchar, de lo mal que estaban las
cosas en Cuba, ¿no?… Entonces, cuando finalmente decido armar el libro,
integrarlo, editarlo, es que le pongo al final de cada historia de vida un “y
el después”. Hago una introducción muy grande, histórica, explico lo que me
pasó a mí cuando fui a Cuba y después de cada historia de vida pongo esa
especie de epílogo a la vida de las ocho mujeres para contar lo que les fue
sucediendo con los años. Al comentarle a Sergio Guerra Vilaboy,
el historiador cubano que es mi amigo, que pensaba publicar el libro tal cual
era mi interpretación final, le pregunté si lo podré presentar en Cuba y a mi
gran sorpresa él me dijo que sí. Yo le respondo: “No digas sí hasta que sepas
cómo se llama el libro y cuál es su contenido”. Él revisó la parte histórica. Y
le dije: “El libro se va a llamar: El
futuro era nuestro. Ocho historias de vida de cubanas”. Y bueno, finalmente
presenté el libro en Cuba, en medio de un silencio total y casi indiferencia
por parte de las autoridades. Con todo, años después la Academia de la Historia
de Cuba me distinguió como miembro extranjero, volví y di un discurso que
seguramente tampoco gustó a los altos mandos. Y en
fin, siento que mi etapa de activismo cubano concluyó. Sin duda reconozco y
agradezco el enorme esfuerzo que hizo tanta gente para apoyarme.
RK: De
todas formas no hay un arrepentimiento de la…
EM:
No, no. Yo creo que tiene que ver con el momento…
RK: Con
lo que se vivía en esa época…
EM:
Con los momentos que vives y las circunstancias y la verdad es que creo que es
muy difícil pensar que lo que yo experimenté en el 76 tiene el mismo efecto en
2002, o sea, a mí me parece una locura lo que está pasando ahora en La Habana.
Tengo una enorme cantidad de amigos, los ayudo en todo lo que puedo, pero hay
situaciones terribles y por ejemplo, he dirigido tesis
con material de historia oral sobre cubanos exiliados a México por diferentes
razones, sean políticas, económicas, etc., y todo ello me resulta muy
aleccionador.
RK: Cuéntenos
sobre Alicia…
EM: Bueno,
Alicia y yo empezamos este proyecto juntas. Alicia era una mujer mucho más…
tradicional como historiadora. Ella, en aquella época sacó, estudió para ser
maestra en historia por la UNAM. Entonces no había licenciatura, maestría y
doctorado. Curiosamente tenía vínculos muy cercanos con la antropología. Además había sido bailarina del Ballet Folclórico de Amalia
Hernández. Hija de un médico zapatista, a quien yo conocí. Bueno, en la
Dirección de Estudios Históricos del INAH, empezamos a hacer lo de historia
oral. Sin duda era mucho más tradicional que yo, mucho menos lanzada a hacer
cosas. Y… nos peleamos… Y la verdad no tiene la menor importancia hablar de
ello, simplemente no podía haber dos cabezas en un mismo proyecto y… nos
dejamos de hablar muchísimo años. Cada quien fue haciendo
sus cosas y en un momento dado, cuando yo era la Directora General de
Publicaciones en CONACULTA,
su cuñado, Guillermo Bonfil Batalla, quien había sido el director
general del INAH, a quien yo quise mucho, autor de un libro fundamental, México profundo, dirigía entonces la
Dirección General de Culturas Populares... Estábamos en el mismo edificio, una
gente muy querida para mí, me vino a ver para planear un proyecto conjunto.
Cuando terminamos de charlar, antes de salir de la oficina me dijo: “Oye, Eugenia…
Yo te quiero decir una cosa: yo no me puedo morir sin que tú y Alicia se
reconcilien”. Le
respondo: “Mira, la verdad es que ahora ya ni sé por qué nos
enojamos”. Entonces me propone reunirnos en una comida, mi respuesta fue que
sí, con mucho gusto. En ese proceso, iba a ser el aniversario de la muerte de
Emiliano Zapata y el presidente Carlos Salinas nos instruye que reeditemos un
viejo libro sobre Zapata: Raíz y razón de
Zapata escrito por Jesús Sotelo Inclán, un maestro normalista que
resguardaba los archivos de Zapata. Me pareció una idea estupenda y sugerí que
llevara un prólogo introductorio escrito por Alicia Olivera. Como a ese hombre
lo habíamos entrevistado Alicia y yo, ella siguió teniendo más comunicación con
el profesor Sotelo, toda vez que continuó entrevistando a zapatistas. Le pedí a
la directora editorial que la buscara y le dijera que
si era un estudio introductorio, una presentación, 25, 30 páginas. Cuando se lo
piden pregunta: “¿Pero, estás segura que la directora de publicaciones está de
acuerdo?”. La respuesta fue: “Sí, ella fue la que propuso que usted lo
hiciera”. Tiempo después Alicia me contó que su cuñado Guillermo la buscó y le
propuso reunirnos para reconciliarnos y ella respondió: “Sí, me reúno pero nada de comer juntos. Un cafecito. En principio
nomás un cafecito”. En eso Guillermo tenía una serie de problemas personales
muy serios en esa época, estaba alcoholizado y un día a las cuatro o cinco de
la mañana, se estrelló contra un tráiler que estaba estacionado en la Avenida Insurgentes y se mató.
Yo
lo percibo como un suicidio
pero ese es otro asunto
que no viene al caso mencionar acá. Y, con mucho dolor me
presenté a la
funeraria. A la primera persona que veo es al hermano, a Ramón
Bonfil, al
esposo de Alicia. Y me ve y le digo: “Ramón, ¿sabes
quién soy?”. “Pero cómo no
voy a saber quién eres, Eugenia”. Me abraza muy
cariñoso. Le digo: “No sabes
cómo lo siento”. Su respuesta: “Yo sé
cómo querías a Guillermo y cómo te quería
él a ti”. Entonces le pregunto “¿Dónde
está tu mujer?” y él, muy sorprendido me
dice: “¿Quieres saludarla?”. Respondo:
“Sí, precisamente”. Sucede que además de
la relación familiar,
Alicia era muy amiga de Guillermo, desde la escuela.
Ramón
me lleva a donde estaba Alicia custodiada por sus dos hijos y le dice: “Alicia,
mira quién está aquí”. Alicia me ve, se para y me abraza y se pone a llorar
como 15 minutos y me dice algo que me conmovió mucho: “Yo nunca en mi vida he
querido a nadie tanto como a ti, ni he tenido una amiga como tú”. Bueno,
entonces, se restableció la relación, nos veíamos bastante. Creo que ella hizo
un trabajo espléndido a su tiempo y a su compás, que era distinto del que yo
hacía. Me pareció muy importante que le hicieran un homenaje en el anterior
coloquio… en el anterior IOHA en Guadalajara.
Ella estaba muy conmovida. Trabajé y participé en todo ello, incluso
después le hicieron otro homenaje en su centro de trabajo y escribí una
ponencia que luego se las puedo mandar si quieren, contando un poco esa
situación. Y me parece que sin duda, la parte pionera
del desarrollo de la historia oral yo la comparto plenamente con ella.
RK: No
solamente en México, sino en…
EM:
No, ella no trabajó fuera.
RK: No,
pero digo, de todas formas, fue referencia…
EM:
Ah, sí, sí.
RK: Por
eso digo, como referencia. Siendo que no había en el resto del continente
modelos a seguir.
EM: No, por eso es que
el modelo mexicano fue tan importante. Es decir, nosotros fuimos el punto de
referencia para muchos proyectos, claro, nos criticaban, nos criticaban
pero ahí estaba el punto de referencia.
LO:
Y la vigencia que tiene, además, porque hasta el día de hoy los jóvenes que
vamos ingresando digamos, a las filas de esta corriente, una de las referencias
más grandes son los trabajos de ustedes.
EM:
Algunas porque creo que a nosotras nos tocó abrir brechas, abrir camino. Digo,
las historias que nosotras teníamos de lo que teníamos que hacer, y cómo se
mofaban de nosotras, por ejemplo, Alicia decía que yo tenía la capacidad de
gestión, que ella era incapaz. Yo me movía, hacía. Era la que me iba afuera, la
que daba cursos en el extranjero, por diferentes razones, ¿no? Pero cuando uno
lo ve a la distancia, fue un trabajo de mucha complementariedad y además, ella tenía una visión diferente también de qué era
la historia. Mucho más tradicional, quizás, con su referente, por su relación
con la antropología. A mí me sirvió muchísimo en su momento, porque yo no tenía
esa relación con los antropólogos. Y para los antropólogos, los egresados de la
Facultad de Filosofía y Letras éramos vistos como elitistas, la crème de la crème. Entonces, creo que a mí me enriqueció muchísimo
tener su colaboración en ese tipo de cosas.
Y
los últimos años había estado muy enferma, muchas complicaciones. Poco antes de
fallecer, le hicieron otro homenaje en la Dirección de Estudios Histórico,
nuevamente y con entusiasmo participé en ello. Al final, su hijo Martín, –tengo
muy buena relación con los hijos– se me acercó y me dijo: “Me doy cuenta que no
solamente quieres mucho a mi madre, sino que tienes un sentido humanitario muy
importante, que nosotros agradecemos”.
Y
para mí todo ello fue muy importante, porque de verdad el pleito fue algo muy
estúpido, de dos mujeres inmaduras, inseguras en muchas cosas, pero nunca nos
obstaculizamos. Ese primer artículo que escribimos para Historia Mexicana, de la revista de El Colegio de México, bueno,
aunque muy elemental, da cuenta de nuestros esfuerzos. Luego escribimos otras
cositas, yo las traducía al inglés y las poníamos en revistas internacionales.
En todos ellos seguramente hay muchas aseveraciones que ya no sostengo, porque así como los entrevistados van cambiando sus
historias y sus versiones, nosotros también vamos cambiando nuestra forma de
pensar y actuar.
[1] La
entrevista fue realizada por Rubén Kotler y Laura Ortiz, y transcripta por
Valentina Bona.
[2] El Bund fue fundado en Vilna el 7 de octubre de 1897. Su meta era
la unificación de todos los trabajadores judíos en el Imperio ruso en un solo
partido socialista. El imperio ruso incluía en ese momento a Lituania, Letonia, Bielorrusia, Ucrania y la
mayoría de Polonia (Zarato de Polonia), países en los que vivía la mayoría de la población judía. El
Bund intentó aliarse con el movimiento social-demócrata ruso para lograr una
Rusia democrática y socialista en la
cual pudieran los judíos obtener reconocimiento legal como una nación
minoritaria.
El Bund fue un partido socialista
secular que se oponía a la vida tradicional de los judíos en Rusia. Se unió al Partido Obrero
Socialdemócrata de Rusia (POSDR)
en su Primer congreso en Minsk, en marzo de
1898. Durante los siguientes cinco años el Bund fue reconocido como el único
representante de los trabajadores judíos en el POSDR.
[3] Universidad Nacional Autónoma de México.
[4] International Oral History
Association.
[5] Partido Comunista.
[6] Véase, prólogo
de Elizabetth Burgos a la reedición
en inglés del libro de
David Stoll, “Foreword to the 2008 Edition: How I Became Persona Non Grata”, Rigoberta Menchú and the
Story of All Poor Guatemalans. Colorado: Westview Press, 2008, pp.
IX-XVII.
[7] En 1982, en París, Rigoberta de 23 años,
que estaba de paso por la ciudad, le cuenta a la antropóloga venezolana
Elizabeth Burgos la historia de su vida. Durante varios días Burgos grabó las
historias de Menchú, las transcribió, ordenó cronológicamente y las convirtió
en un libro que se publicó en 1983: Me
llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. Tiempo después David Stoll, antropólogo estadunidense publica, Rigoberta Menchú y todos los guatemaltecos
pobres, Madrid, Unión Editorial, 2008, como una refutación del testimonio
de Rigoberta, pero de manera más general es un incisivo estudio sobre las
condiciones en las que el libro fue producido y recibido. Se puede
dividir grosso modo en dos
partes. La primera está dedicada a comparar la narración de Menchú de 1982 con
testimonios locales y fuentes documentales. La segunda se refiere a las razones
por las cuales Rigoberta contó su historia de la forma en que lo hizo y, quizá
más importante, por qué su relato tuvo un eco tan extraordinario en Europa y
los Estados Unidos. No pone en duda la narrativa de la Menchú, pero sí impugna
algunos aspectos y episodios del testimonio; por ejemplo, el hecho de que su
familia fuera muy pobre, que pasara parte de su infancia como peón en las
plantaciones de la costa del Pacífico, que no aprendiera español o que nunca
asistiera a la escuela. Según Arturo Taracena (quien
intervino decisivamente en la elaboración del texto Me llamo Rigoberta Menchú..., pero cuyos créditos
desaparecieron del libro por su vinculación política con la organización
Ejército Guerrillero de los Pobres), tanto él como Elizabeth Burgos se
inspiraron en el testimonio de Domitila Chungara, la
sindicalista minera boliviana. Los testimonios poseen un carácter ambivalente.
Por una parte reflejan la vida personal de la persona que cuenta su vida, pero
a la vez aspiran a presentar la voz y la experiencia de grupos sociales
enteros: en el caso de Menchú, los indígenas guatemaltecos. En realidad, la
verdad o falsedad del relato es algo que tiende a considerarse secundario,
cuando no completamente irrelevante. Por eso es que me empiezo a dar cuenta que
la pasión nos ciega. Véase, Mario Roberto Morales, Stoll-Menchú: la invención de la memoria (Consucultura, Guatemala, 214 páginas)
La estancia de Menchú en París
formaba parte de una gira de representantes de la guerrilla por Europa y su
testimonio fue diseñado para convenir a las necesidades propagandísticas de su
organización. Ello explica, según Stoll, los
ocultamientos y distorsiones del relato. Por ejemplo, según Rigoberta, su
familia luchó y perdió la tierra a manos de funcionarios y terratenientes
ladinos (no indígenas), y en esas condiciones los miembros de su aldea no
tuvieron otra alternativa que organizarse y llamar a la guerrilla en su
auxilio. Las versiones recogidas por Stoll en la
aldea de Chimel presentan un panorama distinto: los
responsables de la pérdida de la tierra de los Menchú fueron los propios
vecinos indígenas, entre ellos familiares de la madre de Rigoberta, en una
clásica disputa entre campesinos necesitados de tierra. Pero los conflictos
internos entre vecinos desaparecieron del relato, para dar la impresión de que
la lucha armada era la única reacción posible de unos campesinos colocados en
una situación desesperada. Es mediante este tipo de explicación –la ausencia de
otra opción– como las organizaciones guerrilleras y sus partidarios acostumbran
a justificar el coste de la lucha armada. Así, su testimonio ayudó a fijar una
versión de la guerra que se ha mantenido fuera de Guatemala, entre la izquierda
y los circuitos de solidaridad, prácticamente inalterada. Tuvo que pasar
bastante tiempo para que comenzaran a publicarse estudios más rigurosos y
matizados.