POSIBILIDAD E IMPOSIBILIDAD DE UN DÍALOGO.

Reseña de “El diálogo oblicuo. Orígenes y Sur: fragmentos de una escena de lectura latinoamericana (1944-1956)” de Nancy Calomarde.

Por Claudio F. Díaz *

En este trabajo Nancy Calomarde ha tomado como objeto de análisis ese diálogo fragmentario, muchas veces dificultoso, sesgado, ese diálogo que ella llama oblicuo entre dos revistas literarias latinoamericanas con un enorme peso simbólico: la cubana Orígenes y la argentina Sur.

El peso simbólico, y hasta el halo mítico que rodea a estas dos publicaciones se debe a que, en realidad, se trata de mucho más que de dos revistas. Orígenes y Sur articularon dos zonas muy densas de la producción cultural. Fueron dos nucleamientos de intelectuales, dos “formaciones” para utilizar la expresión de Raymond Williams, que se convirtieron en generadoras de pensamientos y posicionamientos y como tal se constituyeron en parte fundamental de las luchas simbólicas en nuestras sociedades.

Calomarde muestra con precisión y riqueza de análisis qué cosas estaban en juego en cada uno de estos nucleamientos: Había, en primer lugar una serie de tomas de posición estéticas, literarias. Pero esas concepciones estéticas, como es sabido, siempre están vinculadas a tomas de posición éticas y políticas que iban más allá de la literatura. Figuras como las de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, en el caso de Orígenes o Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges en el caso de Sur, son en Cuba y la Argentina mucho más que meras figuras literarias.

Es que, como bien lo señala Calomarde, estaban en juego otras cosas. Estaba en juego la manera de posicionarse ante una modernidad y una modernización que asumía distintas temporalidades, que estaba llena de contradicciones y de distintas formas de violencia. Estaba en juego, y esto es sustancial, la inmensa zona de tensiones entre lo que se pensaba como “Universal” y lo específicamente cubano, argentino, latinoamericano.

Sabemos que desde antes de los años cuarenta del siglo XX, y hasta nuestros días la disputa simbólica por el sentido de lo “universal” es una cuestión clave para nuestras sociedades. Lo era entonces porque estaba en discusión de qué manera se entraba en la modernidad y en qué tipo de modernidad se entraba. A quiénes incluía y a quiénes excluía la modernización. Estaba en debate la zona de conflictos entre una modernidad cultural que ubicaba su foco en Europa, y una modernización económica que al mismo tiempo destruía formas culturales y creaba nuevos sujetos históricos (las masas) que a la vez generaban fascinación y rechazo. Puede pensarse en el contraste entre el deslumbramiento que le produce a Virgilio Piñera, llegado en el 46 a Buenos Aires, la diversidad de las expresiones culturales y la movilización política de las masas, y el espanto que esas mismas masas movilizadas producen en Jorge Luis Borges.

De allí que en cada una de estas sociedades estos nucleamientos de intelectuales debatieran afanosamente y buscaran el modo de relacionarse con esas tradiciones contradictorias y trataran de construir una mirada y una escritura propias.

Lo que hace tan interesante el trabajo de Calomarde es ese intento, seriamente documentado y rigurosamente construido de poner en relación, de reconstruir el diálogo entre esos dos núcleos intelectuales tan distintos y tan distantes. Un diálogo siempre implica el encuentro de dos realidades distintas, de dos logos, pero también ciertas zonas comunes que generen sus condiciones de posibilidad. Quizá uno de los mayores aportes del libro de Calomarde sea el trabajo de reconstrucción de esas condiciones de posibilidad. Y también de imposibilidad. Porque hay que decir que la estructura global de las relaciones de poder en la que se inscribían las sociedades latinoamericanas (y su producciones culturales) aportaba más a la imposibilidad que a la posibilidad de ese diálogo. Y hay que decir también que esa estructura hasta hoy no se ha modificado de manera sustantiva.

En efecto, la condición de países periféricos, hacía más fáciles las relaciones de cualquier formación de intelectuales latinoamericanos con las metrópolis, principalmente las metrópolis culturales europeas y norteamericanas, que con otros intelectuales latinoamericanos. De allí que tanto para los origenistas como para los colaboradores de Sur fuera más fácil acceder a la española Revista de Occidente o a la francesa Les Temps Modernes que a la de los colegas latinoamericanos. De allí que fuera más fascinante mirar la modernidad literaria europea que los dificultosos intentos americanos. Nos informa Calomarde que Sur hacía tiradas de 5000 ejemplares, y que de esos ejemplares muchos llegaban a Europa, pero pocos se distribuían en América Latina. Orígenes, por su parte, hacía modestísimas tiradas de 300 ejemplares... y era casi imposible conseguir la revista en la Argentina.

De modo que la relación, el diálogo, se construyó a partir de numerosas mediaciones, que fueron sus condiciones de posibilidad. Por un lado mediaciones culturales generales. Así, la lectura que unos hacen de otros está atravesada por los debates sobre la universalidad, lo latinoamericano y lo nacional, mediada a su vez por la lectura que todos hacen de la modernidad literaria europea, y por los propios universos discursivos de cada uno. Pero además hay mediadores específicos que posibilitan el diálogo, como José Rodríguez Feo, Pedro Henríquez Ureña (vía universidad norteamericana), Virgilio Piñera y Jorge Luis Borges.

Ahora bien, como dije antes, la estructura de poder en la que se insertan las producciones culturales latinoamericanas no ha cambiado demasiado. Tanto la vida académica como cultural más general, sigue mediada por la relación de subordinación con las metrópolis. Aún hoy es más fácil leer a Bernard Lahire que a Renato Ortiz. Ernesto Laclau se lee en otros países latinoamericanos sólo después que ha conseguido legitimidad en Inglaterra. Tiene más peso publicar un pequeño artículo en una revista académica de EEUU que un libro como este, en una editorial latinoamericana y cordobesa como Alción.

Y lo más notable es que esta misma estructura de mediaciones, de posibilidades e imposibilidades ha caracterizado el desarrollo de otras esferas culturales, como la de la música popular. El libro de Calomarde me hizo pensar en el caso del desarrollo del rock latinoamericano, por ejemplo. Para los rockeros argentinos siempre fue más fácil escuchar y valorar el rock inglés o estadounidense que lo que se fue desarrollando en otros países latinoamericanos. En los 70 se escuchaba Rick Wakeman y a Jetrho Tull. Pero poco o nada se sabía de los Wara bolivianos, de El Polen en Perú o de Los Mutantes brasileños. Sin embargo, en cada país se estaba buscando, se estaba explorando en el diálogo con tradiciones musicales específicamente latinoamericanas, que le estaban dando a esas músicas una identidad particular. Pero la mirada estaba puesta en las metrópolis.

Es interesante preguntarse por los efectos que tuvo sobre el desarrollo de la literatura latinoamericana toda la mediación que significó el negocio editorial y la mirada “universalista” del “boom” de los 60 y 70, que generó esa particular mirada sobre lo latinoamericano, tan cuestionada, desde Saer a Bolaño. Y también es interesante preguntarse sobre los desarrollos que podría haber tenido nuestra música popular si hubiera sido posible un diálogo horizontal más abierto y sistemático entre las diferentes experiencias latinoamericans. Y también tiene interés preguntarse si no se están gestando en nuestros días condiciones para desarrollos y diálogos de este tipo.

Estas preguntas y estas reflexiones, por cierto, no están en el libro de Calomarde. Pero son preguntas y reflexiones que el libro favorece, son caminos de pensamiento que el libro estimuló en mí, y seguramente inspirará muchos otros en otros lectores. Y eso, por mi parte, es lo mejor que puedo decir de un libro.



* Mgter. en Sociosemiótica y Dr. en Letras. Prof. Adjunto a cargo de la Cátedra de Sociología del Discurso, Fac. de Filosofía y Humanidades, UNC. claudiofdiaz@hotmail.com.ar Recibido, 09/2010.