Obra bajo Licencia Creative Commons 4.0 Internacional
Recial Vol. XIII. N° 21 (Enero-Julio 2022) ISSN 2718-658X. Jaime Sánchez, El Cristo de Espaldas: perspectivas de
una hermenéutica nómada para entender la violencia en Colombia desde la literatura, pp. 198-207.
https://doi.org/10.53971/2718.658x.v13.n21.37544
El cristo de espaldas: perspectivas de una hermenéutica nómada para
entender la violencia en Colombia desde la literatura
Jaime Sánchez
Vermont School Medellín. Corporación Universitaria Remington (Colombia).
jamesa44@hotmail.com
ORCID: 0000-0002-2107-7344
Recibido 08/10/21 Aceptado 22/03/2022
Resumen
Se vive el primer lustro de los diálogos de paz en Colombia, y detrás de ello una sociedad que
todavía parece sumida en la muerte. La obra aún por explorar de Eduardo Caballero Calderón
(1910-1993), supo retratar esa violencia campesina y bipartidista, que tempranamente retrató el
sino que acompañaría a la nación colombiana después de siete cadas. A partir de una
hermenéutica de diapasón, que trata de revisar el pasado y confrontar el presente, se advierte la
importancia de una literatura regional y clásica, que explore su cotidianidad y brinde luz para
entender los ciclos del presente. Rescatar desde la obra El cristo de espaldas las formas de
violencia y cómo se habitan los discursos de desarraigo y exclusión ideológica y social, se
transforma en una denuncia directa a una herencia que aún no ha sido superada. A través del
presente ejercicio reflexivo aparece un reclamo por esa tarea postergada de consolidar una
nación, especialmente desde una ciudadanía partícipe, quien desde su realidad debe tender
puentes con su historia, cultura y literatura para comprender y significar su presente, y de esta
forma renunciar al peso de esa mentalidad escindida.
Palabras clave: bipartidismo, Colombia, hermenéutica nómada, literatura, violencia
El Cristo de Espaldas: perspectives of nomadic hermeneutics to grasp the Colombian
violence from a literature standpoint
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una hermenéutica nómada para entender la violencia en Colombia desde la literatura, pp. 198-207.
Abstract
It’s been five years since the signing of the peace dialogues in Colombia and behind it, we still
have a society that appears to be immersed in death. Eduardo Caballero Calderon’s work yet to
be explored (1910-1993), knew well how to depict that peasant and bipartisan violence which
early on portrayed the fate that would accompany the Colombian nation for seven decades. From
a diapason hermeneutics, which aims to look back at the past and confront the present, the
importance of regional and classic literature is noticed, one which explores everyday life and
sheds light in order to understand the present cycles. Rescuing from the work El cristo de
espaldas the forms of violence and how the discourses of uprooting and ideological and social
exclusion, are transformed into a direct denunciation of a heritage that has not yet been
overcome. Through this reflective exercise, a claim appears for that postponed task of
consolidating a nation, especially from the standpoint of the participative citizenry, who from
their reality should lay bridges with their history, culture, (eliminar coma) and literature in order
to understand and signify their present and in this way renounce the weight of that split
mentality.
Palabras clave: bipartisanship, Colombia, nomadic hermeneutics, literature, violence.
A Isabella Sánchez…, mi eternidad.
Es necesario descender con horror, con asco, pero con ilimitada comprensión
humana, con heróica y cristianísima caridad, a ese subfondo de miseria, para ver
de cerca el alma misma de un conglomerado que se desintegró y buscar
soluciones adecuadas con conocimiento minucioso de su tragedia y de su
patología.
Germán Guzmán
Abordar una obra literaria supone explorar el imaginario de un tiempo; significar a través del
arte, la historia y los personajes un espacio y una época. En este caso, a través de la narración de
Eduardo Caballero Calderón y su novela de 1952, El Cristo de espaldas (quien también fue autor
de Siervo sin tierra, El buen salvaje, Hablamientos y pensadurías, Azote de sapo, Tipacoque:
Estampas de provincia, entre otras), la cual está enmarcada en un realismo rural, regional y
nacional ampliado, donde emerge la comprensión sencilla del campesino, de la vida en los
pueblos, las actividades de plazas y calles, junto a la carga simbólica de una existencia marcada
por las ideologías y las tradiciones que pesan tanto como la sangre o los vínculos familiares. El
amor y el odio se espesan en una marejada de sentimientos correlacionados con colores, partidos
políticos, clases sociales, gremios y otras actividades que configuran la realidad de los pueblos.
Una realidad que parece reciclada, si ciclo a ciclo o a zancadas se retrocede desde aquellos
albores en la historia de Colombia; El Bogotazo, la barbarie de un Estado monopartidista, las
masacres estatales, las guerras y dictaduras del siglo XIX, hasta el enfrascamiento y el trágico
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sino del periodo de la patria boba que fue sinónimo de división, enfrentamiento y nada de
boberías; sin olvidar, antes de ello, la durísima crueldad experimentada en la carne de quienes
trataban de oponerse al despotismo de la alcabala y otros tributos.
Una hermenéutica nómada conlleva a leer este texto a partir de la lente hodierna. En ella
persiste el imaginario de violencia, usurpación y división que a su vez campea libremente por los
pueblos asentados en las cordilleras de Colombia. Escrita en 1952 son 70 años narrando la
tragedia de los pueblos; un conflicto heredado de generación en generación en manos de otros
protagonistas: el bipartidismo, el conflicto armado, el paramilitarismo, la guerrilla y los grupos
delincuenciales. Para aquel entonces, la historia de un pueblo con raigambre conservadora,
donde las autoridades municipales y ciertos gamonales administran a su antojo el poder, mientras
se proscriben aquellos que no están alineados con esta ideología, y desde sus actividades y
convicciones parecen oponerse al monomitismo imperante.
Un diálogo del que todos hablan y que se convierte en este instante en una crítica de aquello
que ha impedido que en Colombia la sociedad se aglutine bajo proyectos de orden nacional,
generando nuevas orillas y distanciamientos en las corrientes políticas, sistemas, demagogias y
divisiones que siguen retrasando la tarea pendiente de unión y congregación.
El lenguaje
Bien advertía Martin Heidegger en su Carta al humanismo (1970) la dimensión de habitar el
lenguaje, mientras agrega que en su vivienda mora el hombre. El ser humano combina una
existencia ontolingüística que le configura, hasta el punto de que el lenguaje... dirá el filósofo, es
la casa de la verdad del ser. Con palabras medidas y en sus justas proporciones podría afirmarse
que el lenguaje posibilita una auténtica existencia, o todo lo contrario. Desde el ámbito social el
lenguaje aparece como dinamizador o instrumento de poder, pues a través de este se prepara un
camino de inclusión o se extiende un horizonte de exclusión que desplaza a quienes no aceptan
las narrativas de ciertos grupos, individuos o instituciones que sofisticadamente encarnan los
principios hegemónicos, morales o políticos para cierto momento. La novela deja entrever esa
gran brecha evangélica si no estás conmigo estás contra que ha generado culturalmente
tantas inquinas en diferentes escenarios culturales, sociales, ideológicos y religiosos en el
mundo. Cuando en el pueblo se vocifera al unísono ¡No queremos rojos en el pueblo!
(Caballero, 2013, p. 22), se proyecta detrás de ello la génesis de violencia que más tarde cargará
toda la visceralidad en acciones. Primero serán las palabras que obligan y demandan que una
turba se lance contra las ideologías, ideas y pensamientos de otros, quienes, a su vez, asumen el
escarnio público y anhelan con férrea voluntad ver la realidad transmutada.
Aunque el objetivo de este ejercicio es detenerse en la novela para precisar esas dificultades
que despertaron la división y el odio entre los pueblos, los apelativos y las formas en las que se
calificaron los bandos dan muestra de esa estructura violenta que acompañaba los tonos
viscerales y populares con los que se trataban las colectividades de aquella época. A los liberales
les llamaban chusma, chusmeros, collajeros, patiamarillos, nueveabrileños, cachiporros,
chupasangres, martejos, comebolos, limpios y comunes. De otro lado, a los conservadores les
calificarían como godos, contrachusmeros, aplanchadores, patones, cachuchones, pájaros,
chulos, chulavitas, sonsos, plaga, chanchullos, guates e indios. El lenguaje se sirve de estas
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expresiones para consolidar un imaginario negativo heredado a través del discurso, con fuerza
movilizante y persistente en el tiempo.
A continuación, el escaño siguiente será el simbolismo violento de los colores, los vivas y los
hurras acompasados de una criminalidad semántica, donde yace la plurivocidad, especialmente
de quienes con cierta autoridad, tradición o posición denostan y rechazan todo lo concerniente al
partido contrario. Es así como el narrador, al presentar un diálogo entre conservadores, muestra
el escándalo que yace en estos cuando cuentan mo una mujer ingresa a un templo: Por cierto
que ésta llevaba una cinta roja... ¡sí, señores, roja!... en la cabeza. Y comulgaron ambas... ¡Eso es
una provocación, compadre! (Caballero, 2013, p. 75). Poco a poco se hunde el aguijón de la
excitación, del señalamiento y la condena, lo que sin lugar a dudas se convierte en una voz
oficial en el pueblo, mientras estalla un estruendo fanático, una pirotecnia verbal que no logra
acallarse.
En cambio, no es fácil encontrar un tono mesurado de alguien que invite a dejar los adornos
en su lugar y revise a fondo los argumentos que sirven para apalancar las ideas, sueños y deberes
de un individuo; las calles y plazas se ven plagadas de emociones, historias y vendetas que al
instante despierta la confrontación. En aquella época e incluso ahora se sigue echando de menos
esa voz, en tanto la ligereza y el espectáculo de la opinión abre horizontes en los medios, redes y
otros espacios. Un vacío que reclama, tanto ayer como hoy, espíritus abiertos a una propuesta
ilustrada, desde las cuales atender los extremos. El pensador latinoamericano Alejandro Arvelo,
así lo señala en su clásico texto Filosofía del silencio al advertir que
cada quien está algo más que seguro de su verdad. Todos hablan sin arredrarse en
torno a las más diversas e intrincadas cuestiones; con más pasión y mayor
confianza cuanto más profunda es la ignorancia que como pesado fardo se
arrastra. (2008, pp. 17-18).
Progresivamente la dimensión del lenguaje se conecta con la realidad a través de las
expresiones y las exigencias de un pueblo enardecido, como cuando este reclama sin aspaviento
alguno la muerte de Anacleto por su adhesión al partido rojo, mientras don Roque, su padre, es
reverenciado por
¡miedo de que ese rojo bandido del muchacho mate un día de éstos a don Roque,
que es tan buen godo! ¡Tan buen godo! Recuerde, compadre, que cuando don
Roque echó al muchacho de la casa, hace tres años, éste juró que cualquier día
volvería a vengarse… (Caballero, 2013, p. 27).
Don Roque es la imagen del poder y de un liderazgo ideológico moral que trasciende al
caudillismo. Quienes osan pensar distinto a él solo les queda el desahucio moral y una orfandad
jurídico-legal. La persecución escala, entonces, no a un sujeto sino a una colectividad minoritaria
que se lee mendaz, mientras las resonancias de algunos vociferantes aullan: ¡Hay que limpiar el
pueblo de rojos! (Caballero, 2013, p. 172).
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La violencia y la pronta criminalidad del lenguaje surte efecto desde las plazas, los atrios, las
borracheras y los fandangos de las tabernas; todo ello en un solo contubernio con los vivas y los
hurras al unínoso de su ebriedad; pero allí mismo, detrás de la celebración, un fanatismo
declarado cuya estrechez política o ideológica suscita el delirio y la efervescencia de lo que
después se convertirá en masacre, tragedia, homicidio y violación. En el clásico texto de Germán
Guzmán, La violencia en Colombia, este recoge una frase del periodista Calibán, quien sintetiza
con magistralidad lo que es capaz el lenguaje; es necesario situarse allí para progresivamente
dinamizar cualquier cambio, por eso para desarmar los espíritus es obvio comenzar por
descargar de explosivos las palabras (Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna, 2017, p. 50).
La violencia
Aparte de la muerte, el asesinato, la expropiación, entre otros vejámenes, una tipología de
violencia adicional será la de la expulsión u ostracismo por parte de algunas personas, familias,
gremios y actividades en estos pueblos. La generalidad para aquel entonces es encontrar pueblos
con una filiación casi pública a uno de los partidos. Ninguna región se salva. En el ya
mencionado clásico de La violencia en Colombia, los autores detallan una geografía de la
violencia en las zonas, regiones y departamentos al detalle. Generalizando algunos de esos datos,
será relevante destacar que entre el periodo de 1949 y 1958 se registra el asesinato de 35 294
personas en el Tolima, 10 000 en Antioquia, 9500 en Caldas, 9000 en Llanos Orientales y 10 170
en Valle (Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna, 2017, p. 316).
Esto supone entonces, que las minorías resultan ser víctimas del escarnio y la presión del
grupo mayoritario, como expresa una mujer a quien le han asesinado a su marido debido a su
adhesión al partido liberal, en tanto afirma que… si al señor don Roque Piragua, cacique de
este pueblo, no le da la gana de que viva aquí una viuda con seis criaturas su destino no será
otro que el desplazamiento (Caballero, 2013, p. 34).
Los pueblos se clasifican con los colores propios de los partidos hegemónicos, sugiriendo una
frontal oposición los unos con los otros, mientras que el exterminio físico se convierte en una
realidad que supera toda ficción. El lenguaje es el exordio del odio y de una nación más que
escindida. Algunas profesiones también se muestran proscritas, tal como le cuentan al sacerdote:
Hice mis estudios en la escuela normal de señoritas, y fui maestra de escuela en el pueblo de
abajo hasta cuando me sacaron los rojos... ¡Si yo le contara a su reverencia, sería cosa de nunca
acabar! (Caballero, 2013, p. 64). Este exilio ideológico es leído con benignidad, si entraran
otras escenas a competir con el grado de visceralidad no de la novela, sino de una época que
registra en multiplicidad de fuentes el horror y la sevicia con la que los colombianos se trataron.
Profesores, intelectuales, comerciantes y quienes se desempeñaran en otros oficios no pasaban
desapercibidos en los pueblos con hegemonía azul conservadores y…
como no tardaron en saber que éramos liberales, cuando vinieron las últimas
elecciones que el señor cura recordará, nos saquearon la tienda y tuvimos que salir
huyendo en un camión que traía unos bultos de zaraza para el pueblo de abajo.
(Caballero, 2013, p. 139).
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A pesar de que la narración carga el abuso por parte de los conservadores hacia los liberales,
es preciso aclarar que la violencia se vivió de parte y parte. En este conflicto los partidos se
reconocen como antagonistas, mientras la venganza y la retaliación asecha los pueblos de las
montañas. Los escritores del clásico La violencia en Colombia sustraen la experiencia de Arsenio
un bandolero liberal que
iba terminando con todo lo que encontraba, sobre todo tratándose de policías,
ejército, godos y pájaros; es un consuelo y gran alivio darle como matando
culebra.... él no se contentaba con ver el muerto, sino que hasta le abría hartos
agujeros y decía que era para que le saliera bien la vida a ese condenado godo.
(Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna, 2017, pp. 205-206).
Las dinámicas sociales de la población para aquella época se agostan con facilidad; la tierra,
la plaza, un comercio sico, rituales religiosos y una vida familiar concentrada. Ritmos de vida
alterados cuando al tenor de las arengas políticas, la pólvora y la verbena se suman los
sentimientos, los rencores, venganzas e inquinas con yatagán en la mano. Por ello, los colores
son los tiempos y por eso dirán los habitantes: Cambiaron los tiempos, señor cura: quiero decir
los alcaldes, y los agentes de policía comenzaron a perseguirnos (Calderón, 1952, p. 138).
Quien conociera el grado de vileza, concatenaría con facilidad la escuela genocida que en las
últimas décadas se han registrado con guerrilleros, paramilitares y sector oficial (collar bomba,
cortes con motosierras y falsos positivos).
1
Los rituales de horror que acompañan el aniquilamiento del partido contrario advierte grados
de sevicia excesiva al que el presente ejercicio reflexivo no atiende. Sin embargo, en la novela se
narra la experiencia habitual y corroborada así en los estudios de la violencia para aquella época,
donde se aviva el espíritu en las cantinas, atrios y mercados, mientras al calor de las arengas, ya
sea por la ovación o la omisión, se señala a quienes se alinean con uno u otro partido. Por eso el
narrador de El Cristo de espaldas expresa que
una noche entraron dos indios del páramo a tomar aguardiente. Le dijeron a mi
marido: ¡Tome con nosotros, compadre! Ahora grite: ¡Viva el partido
conservador! ¡Abajo los rojos bandidos! Él no quiso gritar, siempre tan
testarudo... Le clavaron dos puñaladas en el vientre. (Caballero, 2013, pp. 140-
141).
Esta cultura fanática, más que política, sigue viva en ciertos imaginarios sociales, que a la
sazón de los tiempos cobra otros tintes, nombres, partidos, grupos e ideologías. La certeza de la
violencia y la crueldad queda manifiesta en las masacres, el desamparo de las poblaciones y la
seguridad que el Estado debe proporcionar a ciertos líderes o defensores de derechos humanos,
quienes viven expuestos a la censura, la amenaza y la proximidad de la muerte
2
a manos de
grupos delincuenciales que aún no son desmantelados y enlutan el futuro de la nación.
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La población queda expuesta al abuso de parte de la delincuencia, del exceso de poder y para
aquella época, a las anchas de la arbitrariedad, que regularmente iba investida de autoridad. Y en
medio del sino violento, y de un éxodo degradante, abrirse paso por medio de un exilio que trae
consigo innumerables huellas:
Hombres que emigran por los caminos con un costal de trapos al hombro; mujeres
mutiladas; niños sacrificados
3
; ranchos que arden como antorchas, sabe Dios si
con criaturas o inválidos que no pudieron escapar; sementeras perdidas, campos
arrasados y el hambre y la desolación por todas partes. (Caballero, 2013, p. 235).
La autoridad viciada
Desprendiéndose de los males señalados anteriormente y de una idea pauperizante de la
política, un concierto de males que entraña una descompuesta estructura administrativa. Para
entonces y también ahora el poder legítimo y organizado sigue impidiendo que la semilla de
la democracia y los valores que como sociedad desean garantizarse, se corroan cada tanto. El
narrador expresa cómo las autoridades manipulan sus intereses a partir de la promesa de futuros
puestos y otras artimañas, tal como la de incautar cédulas o importarlas de otros municipios,
posicionando de oídas eso que llaman democracia. Para ilustrar estos casos de vicios y
perversidad en el poder, aparece la camaradería partidista lejana a los principios de transparencia
y meritocracia que hoy en a se exigen, pero que también parecen desdibujarse en la actualidad
¿No te he dicho que el viejo está dispuesto, como lo manifestó delante de ti, a imponer mi
elección para el Tribunal Superior del Circuito, que será elegido por la Asamblea en el mes de
octubre? (Caballero, 2013, p. 35).
El papel de la iglesia como un ente jerarquizado, supone también el ordenamiento de ciertas
dinámicas marcadas por el poder, la obediencia y el castigo en la novela de Caballero. El clero
quedaba expuesto a una radical postura conservadora, y quienes asumían una mirada contraria
eran objeto de reubicaciones a localidades remotas, siendo descartados para asumir cargos
reputados al interior de la Iglesia. En medio de un templo derruido, con goteras y destartalado,
salta a la vista la impresión que tiene el pueblo conservador de un sacerdote, reconocido en el
pueblo como el cura viejo que a Dios gracias se fue, porque era un... ¡Dios me perdone!...
Porque era un…” (Caballero, 2013, p. 38). Y en medio de ese tránsito de sotanas, nada asegura
que un sacerdote nuevo sirva a los intereses de una colectividad u otra, solo las influencias y las
conversaciones entre el prelado y los caudillos políticos de uno u otro partido. A ojos del pueblo,
una tragedia al cuadrado, el obispo parece equivocarse de nuevo, pues... el cura está de parte
del diablo... quiero decir de los liberales (Caballero, 2013, p. 135).
En medio de esas estructuras totalizantes, el terror y el castigo, las prácticas simbióticas entre
la política y otros rituales. El cura advenedizo expone su vida y exige que le respeten los
derechos a aquellos que han sido tachados de liberales. Por esa razón, y extrayendo uno de los
fragmentos más dicientes del texto, se narra que
el notario accedió a proteger a los detenidos, siempre que éstos abjurasen de su
liberalismo solemnemente y en mitad de la plaza. La ceremonia, claro, debería
comenzar por la entrega de las cédulas electorales. Después los sindicados
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podrían irse, y era mejor que se fueran para contar el cuento en el pueblo de abajo,
donde serviría de escarmiento Sacaron de la alcaldía a los tres sindicados de
liberalismo y en mitad de la plaza los hicieron arrodillar ante el alcalde. Tenía éste
en las manos un pesado librote, que no sabría decir si eran los Evangelios o la
Constitución. En todo caso, por ese libro habían jurado que renunciarían a ser
liberales para siempre, y reconocían el error y la infamia en que hasta entonces
habían vivido. Luego entregaron las cédulas, dieron un viva a las autoridades y un
muera a cada uno de los presidentes liberales difuntos. (Caballero, 2013, pp. 167-
168).
El ritual de abjuración es visto como una liturgia purificadora que trae consigo la burla, la
vergüenza pública y la renuncia a una ideología. Aquí, una vez más, al entregar la cédula, el
individuo se despoja de su nombre, lo que conlleva a renunciar así a uno de los atributos de la
persona. El espectáculo no muestra a un hombre, proyecta una cosa. Jurar ante cualquiera de los
libros que supone la afinidad conservadora exorciza. Desposeídos ahora de su identidad,
condenando la historia y el pasado, les resta huir a un lugar cargando la mácula de un pecado
ideológico. Una culpa que hoy parece resemantizada cuando alguien evoca a uno de los últimos
gobiernos de turno a través de los nombres o apellidos de quienes lo representaron. El
linchamiento moral salta a la vista, y poco falta para que alguien sea ajusticiado por sus
creencias, comprensiones y convicciones, mientras se sigue cavando esa enorme fosa de
bastardía política que distancia a unos de otros por los colores, partidos, ideas o convicciones.
Resonancias
Vivimos como en aquellas décadas una cadena de odio irrompible, nutrida actualmente por
infinidad de eslabones que de forma encarnizada persiste en un lenguaje de violencia, la
atrocidad de asesinatos y un mutismo a lo largo y ancho del país. Este país no rompe aún con
estos lazos que llevan al exterminio del otro; los púlpitos y plazas de antaño, son
redimensionados bajo la pantalla mediática informativa de hogaño, reforzada con centros de
opinión y plataformas virtuales desde los cuales se expresan quienes se sienten con la capacidad
quizás no la formación para abrir la discusión sobre asuntos de interés público. La
ultraderecha, el régimen de izquierda, el dogmatismo, la calumnia, el contradictor político, la
difamación, la criminalización, y en medio todo ello, el barullo que impide la reflexión y la
comprensión de este vodevil.
Las circusntancias sociales actuales parecen no superar los estereotipos de décadas, mientras
la división, el asesinato, el aislamiento y el abandono jinetean abiertamente en un país que aún
no consolida su ideal de nación, si se considera este concepto ajustado al enunciado por el
pensador frances E. Renan cuando dice:
Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que no forman sino una,
a decir verdad, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el
pasado, la otra en el presente. Una es la posesión en común de un rico legado de
recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad
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de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa. (2001, pp. 23-
24).
En Colombia dos grandes surcos se han abierto y han corrido con fuerza: la historia y la
sangre; sin piedad ambas siguen vías paralelas; siguen sin detenerse y parece lejano que alguna
de ellas se detenga. Ese tercer surco que parecía abrirse hace algunos años con el ideal de la paz,
desapareció tras el sedimento del particularismo, del crimen local, de la ambigüedad del discurso
y la manipulación; minado de dudas acabó con aquello que podía prontamente unir a una
ciudadanía a favor de la confianza, la sensatez y una renovada oportunidad para todos. Los
liderazgos de ciertas regiones armonizados con la opinión pública por el estilo popular e informal
de algunos de ellos, distancian a muchos con un tenaz regionalismo. Una posible coalición
conllevará finalmente a la quiebra e independencia constreñida por el ego, mientras vuelve a
allanarse el espacio de confrontación directa de aquellos tecnócratas que prometieron superar los
viejos esquemas.
No se ha vislumbrado aún una hermenéutica hodierna, donde se invite a todo ciudadano a
revisar su pasado para entenderse en medio de unas dinámicas que por legado, por tradición u
actualización, se siguen habitando. Una hermenéutica que le invite a atender no solo a su
acoplamiento material, sino a su revisión moral e histórica actual para desde allí comprender el
palimpsesto histórico que le gobierna.
Apostarle a un ethos convivencial donde la comunidad participe y se estructure a partir de la
discrepancia, la paz, la verdad para resolver un conflicto que le sigue asolando. Se cultiva una
generación de la violencia 5-G que como las vías, las comunicaciones y otros sectores, se
preparan para afrontar las residuos de un conflicto que sigue marcando a la sociedad civil con
una crueldad revivificada en algunas regiones, aupada por la pugnacidad discursiva en múltiples
medios y un imparable número de grupos que trastorna la realidad de cientos de municipios. La
literatura y sobre todo, una realidad que supera la ficción, tal como lo propone el realismo
espectral
4
, advierte una transformación lenta, casi nula de la individualidad. La sociedad está
llamada a educarse, a participar y consolidar valores donde se supere la patologización de la
violencia, eliminando los sectarismos y posibilitando las multiperspectivas sociales.
El colombiano debe superar una tragedia tricotómica; soportar el que la mayoría de su
población nazca en ambientes rodeados de miseria, escasez y pobreza, lo que por esencia les
expone a riesgos sociales que parecen no diezmarse; de otro lado, una vez la supervivencia y el
milagro del amor esquivan ese primer escenario, se exponen a criarse en ámbitos donde las
costumbres y los espacios de sociabilización no precisan de garantías educativas con
oportunidades para una dignificación social a partir de los oficios, el deporte, la capacitación o el
trabajo, y finalmente, zafarse de lucubraciones y programas políticos mesiánicos y
fantasmagóricos donde se exponen todas las necesidades insatisfechas de la población y que solo
buscan ilusionar por un momento a quienes de frente asumen las brechas de la pobreza y la
desigualdad. Queda así una sociedad huérfana de sueños y anhelos, donde las clases más
desfavorecidas precisan con todo rigor la negación de un mañana.
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El Colombiano.
Uribe, M. V. (1978). Matar, rematar y contramatar. Las masacres de la Violencia en Tolima.
Bogotá: Controversia.
Notas
1
Bajo la premisa de una violencia 5.0, una violencia reciclada, que parece atormentar a la sociedad colombiana
cíclicamente, supondrá una remembranza el revisar los casos de las masacres y la administración de la crueldad que
de estos deriva. El corte de oreja, que supuso en la mitad del siglo XX en Colombia una forma de señalar a los
liberales, se presenta actualmente. https://diariodelsur.com.co/noticias/judicial/ojo-mindefensa-anuncia-la-captura-
de-de-los-responsables-de-663207
2
El listado de asesinatos desde la firma del acuerdo de paz queda plasmado en el siguiente documento que el
Instituto de Educación para el Desarrollo y la Paz ha consolidado en el siguiente documento:
http://www.indepaz.org.co/wp-content/uploads/2021/02/Para-web-listado-l%C3%ADderes-desde-acuerdo.pdf
3
En otro de los textos clásicos, pero nunca leídos, Matar, rematar y contrarrematar, la profesora María Victoria
Uribe narra, a guisa de ejemplo, la tortura dispuesta a los hombres y a los infantes: “Los campesinos fueron
amarrados por el cuello, muertos a machete y posteriormente sus cadáveres fueron incinerados y los niños arrojados
a la caldera del trapiche” (1978, p. 133).
4
Laura Tamayo (2021), en una publicación del periódico El Colombiano, reseña el libro Haunting without ghosts,
donde la profesora Juliana Martínez reivindica la necesidad de pensar las secuelas con las que carga el pueblo
colombiano a causa de un conflicto armado que le ha acompañado por décadas. El arte, la literatura, el cine y la
música convergen en ese llamado: “La espectralidad sale del fantasma y se queda con lo que el espectro produce:
una petición de justicia”.