EL ASTRONAUTA EN SU TIERRA: LA POESÍA DE EMANUEL BRAVO EN

EL ASTRONAUTA

Emanuel Bravo. El astronauta. San Juan: Ediciones del Flamboyán, 2019, 81 páginas.

José Miguel Curet*

Vida y poesía. Los poemas de Emanuel Bravo en El astronauta (2019) nombran la vida y conquistan una memoria atribulada. La fuerza de su voz se encarga de establecer su existencia sobre las coordenadas de la tierra. Con esa misma fuerza, Bravo se adueña de su espacio y de los caminos por donde anda. En esos caminos, nunca está solo y comparte el trayecto con otras existencias, porque su órbita es el mundo de muchos. Sin lugar a duda, esta poesía es una órbita compartida desde su acto de locución. En los poemas, se palpa claramente que, para vivir, el poeta se entrega al espacio de los afectos y los recuerdos íntimos con una pasión sobrecogedora.

En El astronauta, Bravo seduce y se deja seducir. Muestra y esconde. Enseña y se tapa. Arrebata y consuela. Se acerca y se aleja. Penetra y suelta. Increpa y, al mismo tiempo, en sus palabras se palpita una vulnerabilidad abierta como una cicatriz. Sus palabras son casi un suspiro a punto de quebrantarse. Cuando nos adentramos en esta poesía, es como si estuviésemos escuchando a alguien desde algún lugar distante, pero resulta que, de una forma inexplicable, su eco retumba dentro de nosotros y, entonces, pensamos s que somos nosotros, los lectores, los que hablamos.

*Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca. Maestría en Francés por Middlebury College, School in Paris. Catedrático auxiliar de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, Puerto Rico. Especialista en la poesía de Pablo de Rokha y las literaturas de vanguardia. Poeta. Correo electrónico: jomicuret@gmail.com. Recibido: 18/05/2020. Aceptado: 20/05/2020.

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En el poema “Descubrimiento de prueba”, escuchamos el eco en nosotros de una voz que dice: “¿Te atreverías a montar un rompecabezas de huesos marchitos? / ¿Te atreverías a escarbar la evidencia de los delitos de tus páteres? / ¿Levantarías las manos aceptando responsabilidad por tus delitos?” (Bravo, 2019, p. 49).

Amor y libertad. Entrega y renuncia. La ley de El astronauta emana de su debilidad y de balancearse sobre los límites extremos de su experiencia familiar y amorosa. La autoridad que emana de aquí reconoce que su decir se desvanecería o se haría polvo sin la libertad que propulsó su origen. Saberse libre es el impulso primario que se proyecta hacia nosotros en este viaje que propone una cartografía de los lazos afectivos, del espectro familiar y de su liberación. Estoy seguro de que, sin la proclamación de esa libertad, hubiese sido imposible que este enunciador se apoderara de su voz con la energía que lo hace. Esa libertad lo es todo. Si no la tuviese, el poeta no viviría en esta tierra y sus recuerdos se perderían por las inmensidades de galaxias desconocidas e infranqueables. Sin esa libertad, no amaría a quienes ama, sus seres cercanos no estarían cerca y estos poemas no vibrarían con la intensidad con que lo hacen. Esa libertad que propone un amor sin límites le permite a Bravo mirar hacia atrás para así levantar la memoria personal hacia los vínculos infinitos que lo atan a sus dominios y percepciones. Sin esa libertad, seguramente este libro no tendría su forma ni su vitalidad.

Ante todo, El astronauta es amor y libertad, pero también es el viaje y los recuerdos unidos en un solo itinerario. Este libro es así un extenso desplazamiento por la escritura encarnada de los espacios en los cuales se ha desenvuelto la existencia del poeta. Esta escritura de la tierra traza una geografía terrenal, humana, familiar e íntima de la memoria donde centellean los afectos, los cariños, los amores, los sufrimientos, las pérdidas y los reencuentros que mantienen al viajero de pie. Escribir el espacio y su difuminación constante es mantenerse de pie, aunque duela. En el poema “La Lindaretta”, atestiguamos cómo el poeta se sostiene ante esta constante difuminación:

Tú nos iluminas, nos socorres, nos guías, nos dices que develemos el tarot sin miedo,

que hay momentos para un machete y para escuchar el viento, para amar y recogerse,

y hacer un picnic en El Morro

con un termo lleno de jugo de piña Lotus y sándwiches de tuna y chiringas…

y sol.

Tú eres la brújula desmagnetizada

hacia el amor más recóndito y libre. (Bravo, 2019, p. 47).

Al igual que en cualquier otro viaje, al empezar la lectura del poemario, el poeta nos pide como única condición que seamos cómplices para no dejarlo en el desamparo de sus pulsiones. Nos reclama que seamos compañeros de ruta. Más que un entendimiento sin trascendencia o un conocimiento abstracto que puede tornarse confuso y oscuro, Bravo nos invita a la acción de armar nuestra propia vereda sinuosa. Nos recluta para

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que en la lectura seamos también astronautas libres y, de esta forma, construir el sendero y su plano poético según nuestras vivencias, estímulos y sensaciones. Es así como esta lectura resulta en un éxodo que nos lleva a un refugio alejado de la imposición, la autoridad y la obediencia de las convenciones estilísticas y expresivas. Si vemos bien, a fin de cuentas, junto con el astronauta, terminamos siendo refugiados y cómplices por compartir códigos secretos, mensajes cifrados y sueños en clave que habitualmente se mantienen escondidos y no se desean develar.

Las mejores palabras para ilustrar la significación y trascendencia de este libro no se encuentran fuera de sus páginas. Las mejores palabras se encuentran dentro. Dentro del libro y dentro de cada lector. La experiencia de su lectura basta para que resalte y se proyecte la vida que hay detrás. Proponer una guía de lectura resultaría inútil, adversa y desventajosa para una poesía que es en sí misma un mapa poético de la apertura de los sentidos y la experiencia del ser en las latitudes terrenales. Ninguna guía le haría justicia, porque lo que se anhela en estos versos, precisamente, es que cada cual construya, a su forma y a su medida, su cartografía individual. Al lector de este poemario, solo le basta con leer. Al leer, se vislumbra el universo enorme que está más allá de las líneas escritas que persiguen sus ojos. Entonces, este libro se nos aproxima y nos tiende puentes para que sus imágenes transmuten y se extiendan hacia nosotros sus lectores. Desde el reconocimiento y la libertad del otro, emergemos nosotros.

La modestia con la que empieza El astronauta es múltiple y compleja. ¿Falsa modestia? No lo sabemos, pero Emanuel Bravo declara lo que encontraremos. La advertencia al comienzo del libro anuncia que presenciaremos las “imágenes de la vida rota de un hombre-niño”. La lectura se divide en tres partes. La primera corresponde a “De sudor y leche”. En esta, el poeta confiesa el terrible desborde de la piel y su desvanecimiento. La segunda parte es “Desórdenes”. Aquí afirma Bravo que asistimos al “pobre reencuentro con sus antepasados”. La tercera parte es “El astronauta”. En esta última sección, el poeta busca en su ser adulto “el reconocimiento del niño despedazado que lo habita”. No es muy difícil suponer que un proyecto poético que intente una búsqueda de estas dimensiones no podrá iniciarse con la certeza de su culminación. El primer paso en esta dirección conlleva una entrada a ciegas a lo desconocido. No obstante, en El astronauta, la composición y el montaje de estas tres partes alcanzan la creación de una obra total, integral, holística, armónica, contundente y cohesionada en su propio armazón.

Esta obra es la textura y el encadenamiento de una voz y una visión que muestran una unidad, cuyas partes dependen unas de otras. Se percibe la configuración de un sistema de sistema integrado e integrador donde la desmesura de las pasiones, el rayo de la memoria y la aceptación del sustrato de la masculinidad y las heces de sus signos instauran las coordenadas de la vida y sus palpitaciones. La arreglada disposición de estos factores en el acto poético efectuado por Bravo hace desaparecer los bordes imperceptibles e invisibles que separan la vida de la poesía.

En la primera parte del poemario, “De sudor y leche”, el verbo se descarna. Las pulsiones y el deseo escenifican la irradiación de la vida y se entregan como evidencia, según las palabras de Bravo, “los mejores frutos del desenfreno”. Aquí los poemas parecen ser cadenas y tumbas desde las cuales las imágenes del hombre-niño se sublevan. Estas imágenes se resisten a los encierros a los que parecen ser condenadas. La voz de Bravo se rebela contra féretros, cajas, botellas, fosas, castillos de arena, el almacenamiento en la nube y las fotos virtuales que lo aturden y lo hunden en parajes recónditos. En “Caja fuerte”, poema que abre la colección, leemos:

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Nadie admite que los cuerpos respiran poros encendidos, labios de cera ardiente, son escaleras hacia los cuellos

en las alturas se presiona y se suaviza y se renuncia a la vida

se ofrece a la marea el castillo de arena. (Bravo, 2019, pp. 25-26).

Casi como una premonición, el poeta queda a la espera del delete definitivo que todo lo borre y que se rompan de una vez y para siempre las cajas que lo contienen.

El poeta busca amparo en la proximidad de la piel, en el desenfreno, en el deseo y, sobre todo, en la ilusión del amor y del apego. El amor y la familia se conciben como eslabón fundamental del trayecto y de esa escritura encendida de la tierra por donde pasa el poeta. A veces, ese mismo amor junto a los grilletes parentales parecen ser el sendero luminoso que nos anuncia la liberación y la erradicación de los pesares y los barrotes del tormento. En Bravo, el amor es rebeldía y solidaridad. Saqueo y ruptura. Heridas y retrocesos. Cicatrices, censuras y caricias. Con el amor, se demuelen ciudades, se derriban murallas y se queman leyes. A la vez, ese mismo amor edifica una nueva tierra, levanta monumentos y construye templos inéditos donde la religión y el desprecio no tienen cabida. Al igual que en Rimbaud, Trakl y Vallejo, en Bravo la tierra no es la tierra. La tierra es el amor, la ternura, los abrazos, los cariños, la pasión y el verbo fulminante. En los poemas “Sedición”, “El último” y “Falsa historia telúrica”, el rastro de estos tres poetas es evidente. En “De sudor y leche”, la expresión de la voz brota y se mece como un péndulo entre el espejo ancestral del nacimiento de todas las cosas, la sopa primordial del autoconocimiento y la confesión que se vierte en la llama de las palabras. Estos puntos mínimos dibujan un triángulo identitario, múltiple y multifacético que se desvanece justo al momento de ser pronunciado.

En la segunda parte “Desórdenes”, el abatimiento y la desdicha, que a simple vista pueden parecer frutos del capricho del azar y la mala fortuna, en la voz del poeta adquieren una sutileza y un arraigue fundacional que ilumina toda la obra. La desavenencia existencial, el abismo y la desolación que se abrían paso en la experiencia psíquica del sujeto poético se logran situar como los pilares de su andar. En la tensión de los poemas de “Desórdenes”, se sienten los ecos de Neruda, Ibarbourou y Mayakovsky. Al igual que en estos poetas, en Bravo el desorden se recompone en la entropía del desarreglo y en el extravío de la marcha. Aquí, la expresión de la voz aglutina sus pilares poéticos, los consolida y los hace crecer para así contrapesar el despeñadero colindante donde se puede caer. Los poemas “Visita a la cárcel” y “El hijo ciego de la nieve” y “La Lindaretta” son estos pilares, el fundamento y el contrapeso. La visión oscura del infinito vacío y su centella flameante. A la vez, los poemas son la vereda que consiente el acceso al poeta para reencontrarse con sus antepasados. Padre y madre son el descubrimiento, a pesar de que los tres se hallen lejos unos de otros. Entre ambos, navega el hijo-poeta-veleta-al-garete dejándose llevar por las constelaciones desordenadas que nacen dentro de su locución.

Encierro y vastedad. Cárcel y apertura. Profundidad y proyección. Compromiso y cálculo. Candor y capital. Flama y cenizas. La tensión se mantiene entre estos dos polos de cargas encontradas. Sin embargo, a diferencia de lo que se podría pensar, estos polos

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contrarios no excluyen ni se repelen. Se aglutinan en un solo deseo de confluirse en lo múltiple, diverso y aleatorio. Lo binario es rizoma hipnotizador. Labia y sonrisas enredadas. Entre el encierro del padre y las vastedades de la madre, transcurre una vida, una visión, un palpitar, una expresión que se desmorona, pero que se autorrecompone bajo los puntos de fuga de los astros de su acción poética. Al final del poema “El hijo ciego de la nieve”, leemos la fusión de lo múltiple en el reflejo del hijo al proyectarse en su padre:

Hay dos o tres en el mundo que como tú, padre,

solo queríamos correr del dolor

subir y bajar las montañas trayendo solo la sonrisa tu sonrisa, era lo único que queríamos

no las nubes, no la nieve, no la Biblia solo tu sonrisa

como corredores de Chasqui enseñar un quipu hermoso

una telaraña donde se enreda el dolor y la dulzura sin mensaje

sin revelaciones,

con una ruta de regreso a las montañas. (Bravo, 2019, p. 42).

En la tercera parte, “El astronauta”, el niño despedazado y perdido en sus impulsos se recompone en el reconocimiento de los estremecimientos de su palabra de poeta adulto. Altitud y llanura. Cielo y horizonte. Montes, cerros y despeñaderos. Cosmos y profundidades. Bóveda celeste. Topografías, constelaciones y relieves. Archipiélagos, accidentes y asombros. El ser y la vida. El afuera y el adentro yacen en una atmósfera que no da margen a escapatorias, huidas ni evasiones. Ni arriba ni abajo. Las imágenes de la carta del viajero se contraponen a la luz de su contrario inevitable. En su reverso habla lo que una vez no pudo hablar. En la lejanía, el horizonte se funde con las ondas y vibraciones que no somos capaces de atisbar. En sus oscilaciones, estamos nosotros, los indómitos lectores.

La palabra es aquello que no se nombra. La galaxia que se siente a tientas. “En el Gran Cañón”, “Tour du Mont Blanc” y “Quise ser astronauta” son los poemas en donde se oficia la palabra y se marca la localización. El aquí estamos se anota con una equis inapreciable. El poeta se transmuta en un oficial de la palabra para bautizar el inicio de una nueva esfera astral. En ese espacio sideral, movible, fugitivo y nanocentrípeto, Bravo sitúa los aposentos de una vida múltiple, diversa, polivalente y en comunión con su experiencia vital. Como resultado, la frecuencia de la dicción puesta al descubierto deviene delatora, confesora, jueza y ejecutora de su libertad bajo palabra. La fianza no da para reorganizar el orden que se auto desordena.

Con fin de la lectura de El astronauta, se cierra un círculo como si fuese un mundo. Como un triángulo que se redondease. De ese mundo, emanan las imágenes recompuestas de un hombre-niño. Las imágenes que nos regala Bravo se entrelazan como un hálito único en la exposición sublime del desborde de la piel, la triangulación de la memoria y el empoderamiento de su verbo poético. Los tres puntos se intersecan

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en su centro. A su vez, dentro de ese mundo se acepta el sustrato de la condición propia y sus componentes. El poeta nos ha puesto como testigos para que admiremos cómo se trenzan los lazos de la existencia y la vida en su frecuencia poética. El decir poético es decir la vida donde se labran los lindes de los espacios que nos poseen.

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