SOBRE ELVIAJE A NICARAGUA DE RUBÉN DARÍO

Silvia Tieffemberg*


Resumen:

El artículo está centrado en el análisis de El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical publicado por Rubén Darío en 1909. El libro fue el resultado de la compilación de once crónicas aparecidas en el diario La Nación de Buenos Aires, en las que Darío refiere el viaje realizado a su país a fines de 1907. En este contexto, el análisis se realiza desde tres perspectivas: la historia del texto, que contempla las modificaciones, supresiones y adiciones operadas al convertir las crónicas en libro –en particular el agregado de los poemas que componen el Intermezzo Tropical y su vinculación con la familia Debayle−; la incidencia de la historia contemporánea en el texto –el gobierno de José Santos Zelaya fundamentalmente−; y la historia colonial dentro del texto, que considera la reescritura del relato mítico-fundacional del encuentro entre el cacique Nicaragua y el conquistador González De Ávila, inicio del proceso colonizador en la región. La reescritura liga este relato con la cronística de Indias y el llamado “encuentro de Cajamarca”, mientras que remite al presente de la escritura: la puja por el control de espacios marítimos geopolíticamente estratégicos, el derrocamiento de Zelaya y la injerencia de Estados Unidos en los asuntos centroamericanos.

Palabras clave:

RUBÉN DARÍO-ZELAYA-NICARAGUA-VIAJES-CRONICAS

The article is centred on the analysis of El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical published by Rubén Darío on 1909. The book was the result of the compilation of eleven chronicles appeared in the diary La Nacion of Buenos Aires, in which Darío recounts the trip realized to his country at the end of 1907. The analysis is realized from three perspectives: the history of the text, which contemplates the modifications, suppressions and additions produced when turns the chronicles into book - especially individual the attaché of the poems that compose Intermezzo Tropical and his links with the family Debayle-; the incident of the contemporary history in the text - the government of Jose Santos Zelaya fundamentally-; and the colonial history inside the text, which analyzes the rewriting of the mythical statement - foundational of the meeting between the chief Nicaragua and the conqueror Gonzalez de Avila, beginning of the colonizing process in the region. The rewriting ties this statement with the chronicles of The Indies and so called "Cajamarca's meeting ", at the time that sends to the present of the writing: the bid for the control of maritime spaces strategic, Zelaya's overthrow and the interference of The United States in the Central American matters.

Key words:

RUBÉN DARÍO-ZELAYA-NICARAGUA-TRAVEL-CHRONICLES

*Dra. en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Adjunta a cargo de la cátedra de Literatura Latinoamericana I (B) de la Facultad de Filosofía y Letras –UBA-, investigadora del Conicet. silvia.tieffemberg@filo.uba.ar

Enviado 12/05/2016. Evaluado 10/07/2016.

Puede decirse que 1907 es un año de inflexión en la vida de Rubén Darío. En cuanto a lo personal, en octubre de ese año nace Guicho, su último hijo con Francisca Sánchez del Pozo, y el congreso nacional de Nicaragua debate y sanciona la ley que después será conocida como ‘ley Darío’, para hacer posible su divorcio con Rosario Murillo, aunque este no llega a concretarse.

En cuanto a lo laboral, será también en 1907, −y en el mismo mes en el que nace Guicho− cuando Darío decida volver a Nicaragua, después de quince años de una ausencia itinerante que lo había llevado por Latinoamérica y Europa. Apenas alejado de su país, Chile y Argentina se convirtieron en los espacios privilegiados de residencia y producción, pero ya en 1892 una incipiente incursión en el ámbito de la diplomacia le permitió el primer viaje a España, como delegado gubernamental por Nicaragua a la conmemoración del IV centenario del descubrimiento de América. Finalmente, desde 1898 Europa se constituirá en intenso espacio vital, que ya no abandonará hasta el regreso a la patria en 1916, para el descanso definitivo en el seno maternal de León. Entre 1898 y 1916 vivió en París y Madrid, y aunque halagado y agasajado, debió hacer frente constantemente a los avatares de una situación económica siempre inestable. Recorrió, sin embargo, Barcelona, Ávila, Málaga, Granada, Sevilla, Córdoba, Gibraltar, Marruecos, Roma, Nápoles, Génova …, hizo algunos viajes breves a Alemania, Austria y Hungría, y desde París se dirigió en 1906 a Río de Janeiro, como delegado por su país a la Conferencia Panamericana, y en ese mismo viaje visitó Nueva York y Buenos Aires, donde el diario La Nación ofreció un banquete en su honor, que él mismo recordaría como ‘estupendo’ en la epístola a la esposa de Lugones.

Y es también en 1907 cuando se publica El canto errante, la última de las obras que lo llevarían a la consagración: ya había visto la luz Azul en 1888, Los raros y Prosas profanas en 1896, España contemporánea y Peregrinaciones en 1901, y Cantos de vida y esperanza en 1906. Posterior a 1907 serán únicamente Poema del Otoño y Canto a la Argentina de 1910, Historia de mis libros [1] de 1912 y uno de los textos menos estudiados de Rubén Darío, El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical, de 1909 [2] . El presente trabajo se va a centrar en esta obra, cuya complejidad habilita una lectura desde tres perspectivas, que se implican unas a otras: la historia del texto, que contempla las modificaciones, supresiones y adiciones operadas al convertir las crónicas en libro –en particular el agregado de los poemas que componen el Intermezzo Tropical y su vinculación con la familia Debayle−; la incidencia de la historia contemporánea en el texto –el gobierno de José Santos Zelaya fundamentalmente−; y la historia colonial dentro del texto, que considera la reescritura del relato mítico-fundacional del encuentro entre el cacique Nicaragua y el conquistador González De Ávila, inicio del proceso colonizador en la región. La reescritura liga este relato con la cronística de Indias y el llamado “encuentro de Cajamarca”, mientras que remite al presente de la escritura: la puja por el control de espacios marítimos geopolíticamente estratégicos, el derrocamiento de Zelaya y la injerencia de Estados Unidos en los asuntos centroamericanos.

I. El texto y su historia

Entre agosto de 1908 y abril de 1909, Rubén Darío publicó en el diario La Nación de Buenos Aires once crónicas tituladas “El viaje a Nicaragua”, en las que refería el viaje realizado a su país a fines de 1907. Poco después de aparecida la última crónica, Darío reunió el material periodístico y lo convirtió, con algunas modificaciones y agregados [3] , en el texto que se publicaría como El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical, a fines de 1909. Este procedimiento no era nuevo en el tipo de producción de Darío: ya España contemporánea reunía una serie de crónicas en las que daba cuenta de la situación de ese país entre 1898 y 1900, tras la derrota sufrida en Cuba en la guerra contra Estados Unidos, y un año después La caravana pasa fue también el resultado de la compilación de una serie de crónicas que recogían sus impresiones sobre su paso por Londres, Dunquerque y Brujas.

El viaje a Nicaragua tuvo, sin embargo, un proceso de producción particular. Darío no incluyó una de las crónicas publicadas y agregó otra que no formaba parte del material inicial, además agregó un conjunto de poemas que se publicarían al año siguiente en forma autónoma como Poema de otoño y otros poemas .

Diez de las once crónicas aparecidas en el diario La Nación de Buenos Aires se ordenaron en el libro de manera diferente a su versión periodística: el capítulo I del Viaje a Nicaragua reproduce el texto de la primera crónica (20 de agosto de 1908), el capítulo II, el de la segunda crónica (6 de octubre de 1908), el capítulo III, el de la tercera crónica (27 de octubre de 1908), el capítulo IV, el de la cuarta crónica (1 de noviembre de 1908), el capítulo V, el de la quinta crónica (3 de noviembre de 1908), el capítulo VI, el de la novena crónica (27 de noviembre de 1908), el capítulo VII, el de la séptima crónica (24 de noviembre de 1908), el capítulo VIII, el de la octava crónica (30 de noviembre de 1908), el capítulo IX, el de la décima crónica (7 de marzo de 1909) y el capítulo X, el de la undécima crónica (2 de abril de 1909).

Además, entre los capítulos V y VI, que se refieren respectivamente a la literatura centroamericana y a los poetas nicaragüenses, Darío inserta los diez poemas que componen el Intermezzo tropical: “Mediodía”, “Vesperal, “Canción otoñal”, “Raza”, “Canción”, “A doña Blanca de Zelaya”, “Retorno”, “A Margarita Debayle”, “En casa del doctor Luis H. Debayle” y “Del poema del otoño”. Intermezzo Tropical va a estar dedicado al poeta español Mariano Miguel de Val con quien Darío tuvo un vínculo muy estrecho durante su segunda estancia madrileña. Secretario y director del Ateneo Artístico Científico y Literario de Madrid, de Val albergaba a jóvenes poetas de la época en su propia casa [4] , que incluso llegó a ser “sede de la Legación de Nicaragua en Madrid, sede de la Academia de la Poesía Española, dirección, administración y redacción de la revista Ateneo, sede de la representación en España de la revista argentina Caras y Caretas y domicilio temporal de Rubén Darío” (Val Arruebo, 2012: 30). En el diario La Nación de Buenos Aires, Darío publica una crónica a principios de 1910 -que recogerá más tarde en Todo al vuelo-, denominada “De Val”, donde el amigo poeta, cuya revista editaría por primera vez El viaje a Nicaragua, se presentaba distinguido como “múltiple, complejo, universal”. (Darío, 1912: 49).

Ahora bien, aun cuando el Intermezzo esté dedicado a De Val y uno de los poemas, “A Doña Blanca de Zelaya”, se refiera a la esposa del presidente de Nicaragua en ese momento, Blanca Cousin Oudart, es indudable que el destinatario de este apartado en verso es Luis H. Debayle y su familia. Luis Henry Debayle Pallais, -definido por Darío como “una de las más finas, nobles y puras almas que me haya sido dado conocer en mi vida” (86) [5] - nicaragüense de origen pero de fuerte filiación francesa por vía paterna, estudió medicina en París y, de regreso a Nicaragua, ejerció su profesión según los lineamientos de la nueva escuela francesa de medicina, situación que lo llevó a ser considerado el fundador de la cirugía científica en su país. Esto le abrió las puertas del mundo académico nacional e internacional, por lo que se desempeñó, además, durante largos años como catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Nicaragua. Darío compartió los juegos de la niñez con Debayle, que había nacido en León dos años antes que él (Whisnant, 1995:491) y esta amistad se mantuvo durante toda la vida, al punto que fue el mismo Debayle quien, a principios de 1916, lo acompañó en su retorno a León y estuvo a su lado hasta el momento de su muerte, un mes después.

Debayle recuerda en Homenaje a Rubén Darío que, como agasajo al poeta en su retorno a Nicaragua en 1907, ofreció “un banquete lírico” en cuyo salón se podía apreciar “un cuadro donde un águila con las alas abiertas descansaba en el espacio sosteniendo en su pico un medallón con el retrato de Darío”, en tanto que la carta del menú llevaba la leyenda “A Rubén Darío, príncipe de los poetas del habla castellana” (1933: 12). En ese viaje, además, Darío fue invitado a pasar unos días en la suntuosa residencia de verano de la familia Debayle, en la isla del Cardón.

Intermezzo tropical comienza con el poema “Mediodía”, cuyos primeros versos

Midi, roi des étés , como cantaba el criollo

Francés. Un mediodía

Ardiente. La isla quema. Arde el escollo,

Y el azul fuego envía.

Es la isla del Cardón, en Nicaragua. (Darío [1909] 2003: 95)

muestran las filiaciones retóricas y afectivas de Darío en ese momento. “ Midi, Roi des étés, épandu sur la plaine,” es el primer verso del poema “Midi” del poeta parnasiano Leconte de Lisle, a quien ya Darío había manifestado su admiración a través de un soneto en Azul (Darío [1890] 1977: 176), pero, además, este verso le permite realizar, a través de la imagen de un mediodía ardiente, una operación discursiva –presente en todo El viaje a Nicaragua en relación con las configuraciones espaciales– que da como resultado un espacio extenso, sin solución de continuidad, entre la campiña francesa descripta por Leconte de Lisle, cuya vegetación ondula suave como un mar de oro bajo el sol del mediodía, y el mar tropical que rodea la isla donde Darío descansa junto a la familia Debayle.

Es en este contexto en el que Darío compone el poema más conocido del Intermezzo, “A Margarita Debayle”, dedicado a una de las hijas de su huésped. Margarita, una niña de alrededor de ocho años cuando Darío le escribe su poema, era hija de Luis Debayle y Casimira Sacasa, nieta en ese momento del ex presidente de Nicaragua, Roberto Sacasa y Sarria, y sobrina del futuro vice-presidente de su país, Juan Bautista Sacasa. Sin embargo, más allá de la prosapia de sus lazos familiares, Margarita fue mundialmente conocida por haberse convertido en la musa involuntaria de Darío. Incluso varios años después de su muerte ocurrida en 1983, Sergio Ramírez gana el premio Alfaguara 1998 con una novela que lleva como título el primer verso del poema dariano, Margarita, está linda la mar, cuyo texto está organizado -al igual que El viaje a Nicaragua- en dos secciones entre las que se intercala una tercera, denominada Intermezzo tropical. En esta novela se reescribe el retorno de Darío a Nicaragua en 1907, el agasajo por parte de la familia Debayle y la estancia en la isla del Cardón, y su muerte posterior, que se articula de manera indirecta con el asesinato -a manos de un poeta- del dictador Anastasio Somoza García, de hecho, esposo en la vida real de Salvadorita Debayle, hermana mayor de la dulce Margarita que inspirara a Darío frente al mar.

Finalmente, el poema “En casa del doctor Luis H. Debayle” concentra las líneas discursivas alrededor de las cuales se estructura el Intermezzo. Por un lado, es un texto de reconocimiento al magnífico anfitrión, cuya residencia se equipara con el refugio que el peregrino solo encuentra en las dulzuras de la casa paterna: “hoy sé por el Destino prodigioso y fatal/ que […] no hay miel tan deleitosa, tan fina y tan fragante,/ como la miel divina de la tierra natal.” (Darío [1909] 2003: 108). Por otro, lleva un envío final dedicado a la esposa de Debayle, Casimira, donde anuda sus afinidades poéticas con la escuela francesa –ya expresadas en el primer poema- y el lugar del que se precia provenir la familia de su huésped, en la isotopía Francia-Nicaragua, isotopía que se refuerza, además, con la referencia al “adorado Luis”, que conjuga el nombre del esposo y amigo, y el de Luis XIV, el rey admirado y aludido directa o indirectamente en muchos de sus poemas:

Y para Casimira

El oro de la lira,

Y las flores de lis

Que junten la fragancia

De Nicaragua y Francia

Por su adorado Luis. (Darío [1909] 2003: 108)

II. El texto y la historia

En la historia de la composición del texto, como ya indiqué, existió una omisión, la de la crónica referida a Guatemala, y un agregado, el de una crónica que da cuenta de los sucesos políticos que estaban ocurriendo en Nicaragua en el momento en que El viaje a Nicaragua se estaba editando. Lo omitido y lo agregado pueden comprenderse a partir del análisis de la historia contemporánea a la aparición del libro.

La crónica “Intermezzo. Lingüística y costumbres de los indios en Guatemala”, publicada en el diario La Nación de Buenos Aires el 7 de enero de 1909, no fue incluida en El viaje a Nicaragua. Podría pensarse que se trató de uno de los ajustes propios del paso de las crónicas al libro que Darío realizara en aras de la unidad temática, sin embargo, si tenemos en cuenta el contenido de la crónica y la situación política de Nicaragua en ese momento, es posible otra lectura. La crónica reproduce el relato de una incursión a tierras de indígenas guatemaltecos realizada por un amigo de Darío, Eustorgio Calderón, médico de profesión pero “apasionado de los estudios lingüísticos americanos” (Darío [1909] 2003: 139). Eustorgio Calderón había publicado un año atrás Estudios lingüísticos I. Las lenguas (Sinca) de Yupiltepeque y del Barrio Norte de Chiquimulilla en Guatemala. Las lenguas de Oluta, Sayula, Texistepec en el Istmo de Tehuantepec en México , que aún hoy es uno de los pocos textos sobre “documentación lingüística de la lengua xinka” (Sachse, 2005: 2). Probablemente este libro haya sido el principal resultado de su visita a los departamentos orientales de Guatemala, emprendida -como el mismo Calderón refiere en la crónica publicada por Darío-, el 12 de junio de 1900 (Darío [1909] 2003: 139). Pero en esta ocasión, Eustorgio Calderón no va a hacer referencia a las características lingüísticas de la población aborigen que encuentra en su viaje, sino al conflicto político de los habitantes de Comapa, un pueblo ubicado en uno de los pocos municipios de Guatemala donde las tierras de cultivo de maíz y maguey aún eran comunales. “Españoles codiciosos […]”, explica Calderón, “tomaron arbitrariamente posesión de las vegas situadas en la margen derecha del Paz, validos de la sumisión y debilidad de los indios, abusando de la superioridad de raza y del derecho de conquistadores” (144). La situación referida por la crónica nos coloca de plano frente al mismo conflicto que afrontaba el gobierno de Nicaragua en ese momento. José Santos Zelaya, presidente de Nicaragua entre 1893 y 1909, había reconvertido la economía tradicional del país, frente al boom cafetero de fines del siglo XIX, con el propósito de transformarlo en un estado cafetero exportador (Biderman, 1983: 11). Con este propósito, Zelaya intensificó los medios de coacción sobre los indígenas que ya se habían utilizado en gobiernos anteriores, para incorporarlos como mano de obra en las haciendas cafeteras, una vez desalojados de las tierras comunales (Guérin, 2003: 22). La ineficacia de las medidas tomadas por Zelaya y el altísimo costo social que significó su implementación, debilitaron la confianza depositada en el presidente, de tal manera que incluir una crónica que trajera a la memoria un cuasi fracaso del entonces mecenas de Darío, implicaba un riesgo que la omisión de la incursión de Eustorgio Calderón en tierras de indígenas comuneros, hizo desaparecer con presteza.

El viaje a Nicaragua es, sin lugar a dudas, el más elocuente testimonio de la relación de apoyo mutuo y colaboración que unió a Darío con José Santos Zelaya. A juzgar por una carta no conservada de Darío, enviada a Zelaya el 10 de diciembre de 1895 y que solo conocemos a través de la respuesta de su destinatario [6] , la relación entre ambos se mantuvo activa durante casi veinte años: aún en 1913 Darío pasó una temporada en la residencia de la familia Zelaya en Barcelona, donde recibió los cuidados necesarios mientras se reponía de un problema de salud (Rivera Montealegre, 2012:161).

1895 fue un año de angustias personales y pecuniarias para Darío: a la muerte de su madre se suma la pérdida del cargo en el consulado de Colombia en Buenos Aires, por lo que las colaboraciones en La Nación, El tiempo y La Tribuna se convirtieron en el único medio de subsistencia. Aun cuando muchas de las crónicas periodísticas de esta época van a materializarse un año después en uno de sus libros más reconocidos, Los raros, la inestabilidad económica del período parece haberlo impelido a apelar nuevamente al protectorado de un político prominente como el presidente Zelaya [7] , tal como ya había hecho con Roberto Sacasa y Sarria, abuelo de Margarita Debayle. En este contexto, entonces, Darío se comunica por primera vez con Zelaya para manifestarle su deseo de servir al país [8] , y aunque el presidente responde con evasivas, el traslado efectivo a Europa como corresponsal del diario La Nación, parece haber facilitado su acceso al cargo de cónsul de Nicaragua en París entre 1903 y 1909 (Caldera Cardenal, 2006: 7).

En octubre de 1907, como señalé al inicio, Darío deja París para viajar a su patria en un recorrido que lo llevará por Managua, León y Masaya, hasta abril de 1908 en que retorna a París. Las primeras líneas de El viaje a Nicaragua así lo recuerdan:

Tras quince años de ausencia, deseaba yo volver a ver mi tierra. Había en mí algo como una nostalgia del Trópico. Del paisaje, de las gentes, de las cosas conocidas en los años de la infancia y de la primera juventud. […] Pensé un buen día: iré a Nicaragua. Sentí en la memoria el sol tórrido y vi los altos volcanes, los lagos de agua azul en los antiguos cráteres, así vastas tazas demetéricas como llenas de cielo líquido. (Darío [1909] 2003: 49)

Si bien Darío focaliza el motivo de su viaje en la nostalgia, que etimológicamente remite al dolor por la ausencia de la patria, y satura este fragmento con descripciones del anhelado suelo tropical de la niñez, las delicias de su prosa poética encubren un claro objetivo político: el apoyo a la gestión de gobierno de José Santos Zelaya. No solamente el libro está dedicado a la esposa del presidente, y a ella se dedica también uno de los poemas del Intermezzo tropical donde se la compara con diferentes reinas consortes como Blanca de Borbón, esposa de Pedro I de Castilla, sino que, además, en sus páginas “alaba los principios liberales [representados por Zelaya] y silencia sus medidas autoritarias, alguna de las cuales presenta como infundios, y confunde el forzado sometimiento con la aceptación popular” (Guérin, 2003: 20).

En el primer capítulo de El viaje a Nicaragua Darío declara su adhesión a Zelaya sin nombrarlo:

yo, que dije una vez que no podría cantar a un presidente de República en el idioma que cantaría a Halagaabal, me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la obra del hombre que ha transformado la antigua Nicaragua, dándonos el orgullo de nuestra inmediata suficiencia y casi la seguridad de nuestro fuerte porvenir. (Darío [1909] 2003: 57)

y dedica el capítulo siguiente a la descripción de las haciendas cafeteras del país, focalizando en la calidad de exportación del café de nicaragüense: eje de la ‘modernización’ económica implementada por Zelaya, que apuntaba al monocultivo del café y a su exportación en mercados europeos y norteamericanos.

Además, en el octavo capítulo, reservado a la política en Nicaragua, Darío busca, por una parte, encubrir la relación colaborativa que lo unía a Zelaya desde hacía varios años: “Yo no había tratado nunca al general Zelaya. Le conocía por la prensa, por los elogios de sus partidarios de Nicaragua y por los denuestos de sus enemigos emigrados” (132). Y por otra, apuntalar su figura desde lo político, en tanto depositario de los ideales patrióticos necesarios para llevar adelante un gobierno basado en la defensa del liberalismo y del modelo unionista, que propugnaba la unificación de Nicaragua con Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica, “repúblicas pequeñas”, “niñas pobres pero honradas” (138).

El último capítulo del libro no pertenece al ciclo de crónicas sobre el viaje a Nicaragua, puesto que Darío debió redactarlo en Madrid para dar cuenta de la caída de Zelaya, cuando el libro ya se encontraba en la fase de corrección de pruebas.

José Santos Zelaya fue derrocado en 1909 por un complot conservador apoyado por Estados Unidos, sin duda debido a que había cancelado concesiones de compañías norteamericanas en Nicaragua, e iniciado conversaciones con otras potencias interesadas en la construcción del canal que uniera los dos océanos [9] . En 1894 Zelaya retomó el control de la Mosquitía y un año después se enfrentó a Inglaterra en el bloqueo del puerto de Corinto. A poco de llegar al gobierno, inició negociaciones con Estados Unidos para lograr la construcción conjunta de un canal interoceánico, pero estas negociaciones terminaron en un callejón sin salida puesto que el contrato propuesto por el equipo de gobierno de Zelaya no incluía derechos de extraterritorialidad, y fue declarado inaceptable por el Departamento de Estado norteamericano.

En este último capítulo, mucho más breve que los anteriores, Darío sella su pacto de fidelidad con Zelaya: “Lo lógico, lo usual y hasta lo humano sería que, una vez que aquel gobernante ha caído, yo suprimiese los elogios y los sustituyese con las más acerbas censuras. Me permitiré la satisfacción dejar intacto mi juicio” (165). De esta manera, no solamente no se retracta de los conceptos expresados sobre el presidente derrocado, sino que reitera los conceptos elogiosos vertidos sobre su gestión gubernamental. “Nada tengo que rectificar”, asegura, “mi impresión, al llegar después de quince años de ausencia, fue la de un país con mayores adelantos que el que dejara”. (165) Aun cuando se declara partidario de la “Patria” y no de los “Gobiernos” y se presenta a sí mismo alejado del mundo político y “desinteresadamente” consagrado tan solo a “ideas de arte”, en este capítulo declara abiertamente su convicción de que el derrocamiento de Zelaya no obedece a una causa económica sino a las “instigaciones de los Estados Unidos y de Estrada Cabrera [10] , su instrumento” (165). En el capítulo VIII, dedicado a la política en Nicaragua, Darío omite un comentario que había vertido en las crónicas, desmintiendo información aparecida en la prensa norteamericana con respecto al gobierno de Zelaya: “A mi paso por Nueva York tocóme desmentir la noticia de fusilamientos ficticios que la prensa yanqui había dado como cierta con su despreocupación conocida” [11] . (135), sin embargo, en este último capítulo, denuncia que las publicaciones de los rebeldes contra Zelaya fueron “aderezadas en Bleufields” (167), haciendo referencia a que, desde comienzos de diciembre de 1909, la Marina de Estados Unidos había desembarcado en el puerto de Bluefields en Nicaragua, constituyéndose como base de operaciones para los opositores al presidente. Tras la caída de Zelaya y la asunción y pronta derrota de su sucesor, José Santos Madriz Rodríguez, el gobierno de Estados Unidos ejerció un control de importancia sobre el comercio y la economía nicaragüenses.

III. La historia en el texto

Günther Schmigalle considera que El viaje a Nicaragua es, en cuanto a género discursivo, un relato de viajes –tal vez el primero– escrito por un autor nicaragüense, y esto es posible debido a que, “circunstancias especiales” como “exilio u otra ausencia prolongada”, permitirían “a un autor mirar a su propio país”, “o a partes del mismo, con ojos de un extranjero” (1993: 74-75). Ahora bien, continúa Schmigalle, considerar este texto un relato de viajes significa también incluirlo en una tradición, es decir, en un conjunto de textos precedentes y contemporáneos de viajeros –de procedencia anglosajona fundamentalmente– con los que Darío interactúa:

gran parte de las descripciones, afirmaciones y valoraciones que encontramos en El viaje a Nicaragua, no revelan su pleno sentido hasta cuando las interpretamos como respuestas a otras tantas descripciones, afirmaciones y valoraciones que encontramos en los textos de los viajeros anteriores. […] Es cierto que la fuente principal […] es una obra histórica: la Historia de Nicaragua de José Dolores Gámez; pero también se citan algunos textos de viajeros: Paul Lévy, Thomas Gage, E.G. Squier y John Esquemeling, al cual Darío llama “Oexmelin”. (75)

De acuerdo con Schmigalle, quiero agregar, además, los nombres de Gonzalo Fernández de Oviedo y Francisco López de Gómara, con quienes Darío entra en diálogo a partir de incluirse también en otra tradición, la de los primeros cronistas de Indias.

El capítulo III de El viaje a Nicaragua relata un hecho emblemático de la historia colonial nicaragüense: el encuentro entre el cacique Nicaragua o Nicarao y el conquistador español Gil González de Ávila en 1523. Darío comienza el relato in medias res con una frase sugestiva al lector: “‘Y nunca indio, a lo que alcanzo, habló como él a nuestros españoles’. Tal dice Francisco López de Gómara, refiriéndose al cacique Nicaragua o Nicarao, que dio nombre a aquellas tierras americanas” (Darío, [1909] 2003: 69). Si bien Francisco López de Gómara, Gonzalo Fernández de Oviedo y José Dolores Gámez [12] –aunque no se lo reconozca expresamente– marcan en el libro el criterio de autoridad en cuanto a la historia colonial de su país: “En Oviedo, en Gómara, en los historiadores de Indias, supe de nuestra tierra antigua” (58), Darío elije reproducir el encuentro del cacique Nicaragua con Gil González de Avila tal como aparece en el texto de Gómara.

En la Historia General de las Indias el cronista e historiador español Francisco López de Gómara describe el encuentro entre el cacique y el conquistador como un diálogo ‘civilizado’ y cortés donde el indígena interpela al español sobre tópicos propios de la teología y la astronomía, y aun cuando el español no puede responder sus preguntas, acepta para él y su pueblo la nueva fe:

Pasó grandes pláticas y disputas con Gil González y religiosos Nicaragua, que agudo era y sabio en sus ritos y antigüedades. Preguntó si tenían noticia los cristianos del gran diluvio que anegó la tierra, hombres y animales, y si había de haber otro; si la tierra se había de trastornar o caer el cielo; cuándo o cómo perderían su claridad y curso el Sol, la Luna y estrellas; qué tan grandes eran; quién las movía y tenía. Preguntó la causa de la oscuridad de las noches y del frío, tachando la natura, que no hacía siempre claro y calor, pues era mejor; qué honra y gracias se debían al Dios trino de cristianos, que hizo los cielos y Sol, a quien adoraban por dios en aquellas tierras, la mar, la tierra, el hombre, que señorea las aves que vuelan y peces que nadan, y todo lo del mundo. Dónde tenían de estar las almas; y qué habían de hacer salidas del cuerpo, pues vivían tan poco siendo inmortales. Preguntó asimismo si moría el santo padre de Roma, vicario de Cristo, Dios de cristianos; y cómo Jesús siendo Dios, es hombre, y su madre, virgen pariendo; y si el emperador y rey de Castilla, de quien tantas proezas, virtudes y poderío contaban, era mortal; y para qué tan pocos hombres querían tanto oro como buscaban. Gil González y todos los suyos estuvieron atentos y maravillados oyendo tales preguntas y palabras a un hombre medio desnudo, bárbaro y sin letras, y ciertamente fue un admirable razonamiento el de Nicaragua, y nunca indio, a lo que alcanzo, habló como él a nuestros españoles. Respondióle Gil González como cristiano, y lo más filosóficamente que supo, y satisfízole a cuanto preguntó harto bien. No pongo las razones, que sería fastidioso, pues cada uno que fuere cristiano las sabe y las puede considerar, y con la respuesta lo convirtió. Nicaragua, que atentísimo estuvo al sermón y diálogo, preguntó a oído al faraute si aquella tan sotil y avisada gente de España venía del cielo, y si bajó en nubes o volando, y pidió luego el bautismo, consintiendo derribar los ídolos.” (López de Gómara, [1552]1978: 289-290)

Es evidente que la elección del texto de Gómara que Darío realiza estriba en que este le permite poner de manifiesto “la agilidad mental primitiva” (69) de los indígenas de Nicaragua, es decir, la capacidad argumentativa de los primeros habitantes de su país, que es anterior a la llegada de los españoles [13] . De esta manera, aunque el encuentro entre Nicaragua y Gil González se relata también en la Historia General y Natural de las Indias (1535) de Gonzalo Fernández de Oviedo y en la Historia de Nicaragua (1889) de José Dolores Gámez, Darío no los considera. En el texto de Oviedo no se establece un diálogo entre el cacique indígena y el conquistador español, -pues este enuncia un extenso parlamento con los términos generales del ‘requerimiento’ sin que el texto registre respuesta alguna [14] -, y en la Historia de Gámez el diálogo se refiere escuetamente y sin adjudicarle la centralidad que adquiere en el relato de Gómara: “Después de algunas pláticas en que el cacique confutó valientemente los misterios del catolicismo, demostrando una inteligencia bastante despejada, convino en aceptar el bautismo para él y toda su Corte” (Gámez, [1889] 1975, V, 103).

El hecho de que el cacique de los primeros habitantes de la región, cuyo nombre, además, se convirtió en el nombre del país, fuera el protagonista de un diálogo [15] , según los parámetros de la racionalidad occidental, interesa a Darío por su carácter de excepcionalidad dentro de la cronística americana, pero además porque habilita la posibilidad de incluir la historia colonial nicaragüense en la constelación de uno de los dos centros coloniales indiscutidos, el virreinato del Perú, y por ende, establecer una relación también con el incario.

Darío no solamente elige transcribir el texto de Gómara, también hace un agregado que no aparece en esta Historia, ni en la de Oviedo, ni en la de Gámez: “Como el peruano Atabaliba con el P. Valverde, Nicaragua arguyó varios puntos de religión (el resaltado es mío)” (70), a través del cual equipara el encuentro entre el jefe indio y el jefe español con el llamado “encuentro de Cajamarca” desarrollado, en realidad, diez años después del encuentro nicaragüense.

El episodio de Cajamarca, ocurrido en 1532, se encuentra documentado desde las primeras crónicas del área andina a comienzos del siglo XVI y básicamente es un microrelato que, con variantes -en algunos casos aparece la figura de un lengua o traductor indígena-, escenifica el momento en que fray Vicente de Valverde, en representación de Francisco Pizarro, se encuentra con Atahualpa y lo insta a someterse al rey de España como vasallo, aceptando al dios cristiano, único dios verdadero. Para lo cual y a modo de prueba irrefutable, Valverde ofrece una Biblia, que es rechazada por Atahualpa, tras lo cual se declara la guerra.

Esta secuencia organiza el discurso de la irreconciliable división entre los “cristianos” y los “enemigos perros”, al invertir la asimetría de la relación. La hueste indiana de españoles, acaudillada por Francisco Pizarro, que ataca a un imperio indoamericano sin otro motivo que la esperanza de un botín en metales preciosos, obtenido como recompensa de sus trabajos de guerra, se reorganiza en un discurso en que la indiferencia del Inca ante la prueba de la verdad revelada, el “libro”, se convierte en ofensa a la religión católica y gesta la idea de guerra justa […] (Guérin 1994,61-62)

Si bien los numerosos textos que narran el episodio de Cajamarca presentan variantes, en todas las versiones quien realiza las preguntas es el fraile y quien debe responder es el Inca. Es decir que este ‘diálogo’ presenta dos interlocutores, uno de los cuales –el español-, tiene el poder de preguntar y la jerarquía que otorga una cultura superior, por lo que comprende cabalmente –a diferencia del indígena– aquello sobre lo que pregunta. En el diálogo de Nicaragua, por el contrario, quien posee el poder es el español, pero el cacique posee la jerarquía, pues enuncia preguntas que su interlocutor no puede responder. La referencia a Cajamarca, que agrega Darío, permite una lectura especular de ambos encuentros, donde la figura del cacique Nicaragua asume el lugar del que posee la capacidad de preguntar, y se coloca en un lugar jerárquicamente superior tanto del español, como del mismo Atahualpa, pues uno y otro quedan relegados al lugar del que debe responder y no puede hacerlo. De acuerdo con esto, la resolución de los dos encuentros es diametralmente opuesta: Cajamarca termina con un enfrentamiento irreconciliable justificado como guerra justa, mientras que en Nicaragua se produce la conversión pacífica y voluntaria, antes por el raciocinio indígena que por el poder de persuasión español.

Darío, sin embargo, da otra vuelta de tuerca a su versión del encuentro de Nicaragua. A continuación vuelve a citar a Gómara para vincular ahora este suceso con el otro centro virreinal de la colonia, México, y volver la mirada sobre el libro, elemento central en el encuentro de Cajamarca, que no formaba parte de la cultura andina pero que estaba presente en la antigua cultura nicaragüense:

El historiador de Indias ya citado hace notar el estado de relativo adelanto que encontraron en algunas tribus de Nicaragua los conquistadores. “Sea como fuere, que cierto es que tienen estos que hablan mejicano por letras las figuras de los Culúa [16] , y libros de papel y pergamino, un palmo de anchos y doce largos, y doblados como fuelles, donde señalan por ambas partes de azul, púrpura y otros colores, las cosas memorables; e allí están pintadas sus leyes y ritos, que semejan mucho a los mejicanos, como lo puede ver quien cotejare lo de aquí con lo de Méjico” (Darío, [1909] 2003: 71).

De esta manera, Darío no solamente reescribe el relato del cacique Nicaragua conectándolo con los dos centros virreinales y las altas culturas indígenas involucradas con ellos, también, configura un nuevo relato fundacional que marca el grado cero de las relaciones coloniales y le permite mostrar el diferencial superior del nicaragüense en Centroamérica: su “talento y valor”, producto de la “levadura primitiva” a la que se agregaron “elementos coloniales” (71).

Pero hay algo más, la versión dariana de un hecho ocurrido en los comienzos de la expansión española sobre la región –aparentemente muy alejada en el tiempo–, no parece haber sido ajena a los sucesos políticos que se estaban desarrollando en Nicaragua, en el momento de la composición del libro.

La expedición de Gil González de Ávila, buscando un paso natural que uniera el Atlántico y el Pacífico, descubrió en 1522 –supuestamente previo al encuentro con Nicaragua– un golfo al que dio el nombre de Fonseca, en honor del obispo de Burgos. Se trataba de una bahía amplia, de casi 2000 kilómetros cuadrados, que se abría hacia el océano Pacífico y cuyo territorio se extendía sobre las actuales Nicaragua, Honduras y El Salvador. La importancia estratégica de la región fue inmediatamente advertida por Hernán Cortés, quien en la carta que envió a Carlos V en 1524 declaraba que el que poseyera el paso entre los dos océanos, podría considerarse amo del mundo.

Así, a mediados del siglo XIX, la región se convirtió en una zona de disputa entre Estados Unidos e Inglaterra, y esta situación fue aprovechada por el gobierno de Honduras que, en 1849, firmó un tratado con Estados Unidos para la construcción de un canal interoceánico que uniera el Mar Caribe con el golfo de Fonseca. Ese canal nunca llegó a construirse, pero Nicaragua, Honduras y El Salvador, estados ribereños que rodean el golfo, se enfrentaron en un conflicto limítrofe, sobre los derechos de explotación y navegación del mismo, que persiste hasta la actualidad. Recordemos que en 1907 José Santos Zelaya declaró la guerra a Honduras y negó a Estados Unidos la autorización para que se estableciera una base naval en el golfo de Fonseca, por lo que Roosevelt envió una escuadra de guerra que se instaló frente a las costas nicaragüenses como medida intimidatoria, y que poco después del derrocamiento de Zelaya apoyado por tropas norteamericanas, comenzaron las tratativas para construir un nuevo canal a través del lago Nicaragua (Monges-Farina de Veiga, 2005: 248).

Cuando Darío elige relatar el encuentro entre el cacique Nicaragua y el conquistador español, elige también relatarlo desde un escenario determinado: “El conquistador Gil González de Ávila,” dice, “después que hubo tomado posesión de aquellas tierras y hubo bautizado la bahía de Fonseca […] se había encontrado con el cacique Nicoián”, quien le dio noticias del gran cacique Nicaragua (69-70). La expresa alusión al golfo de Fonseca en el relato mítico-fundacional, que Darío reescribe, pone de lleno al lector en el momento y en el lugar en que se establecen los derechos de posesión de ese territorio –legitimados por el mismo relato que los enuncia– y actualiza un conflicto que, originado en la colonia, se perfilaba en el presente vinculado al problema no menor del control de espacios marítimos privilegiados. De hecho, la caída de Zelaya a principios del siglo XX fue parte del inicio de las hostilidades: en 1989, al filo del siglo XXI, Nicaragua, Honduras y el Salvador acudieron a la Corte Internacional de Justicia para que se expidiera sobre el régimen jurídico de las aguas del golfo, y aún hoy, a pesar de la vigencia de un régimen de soberanía conjunta en la región, la conflictividad no ha desaparecido.

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[1] “Si Azul... simboliza el comienzo de mi primavera,y Prosas profanas mi primavera plena, Cantos de Vida y Esperanza encierra las esencias y savias de mi otoño”, dirá el propio Darío justamente en Historia de mis libros (1919: 203).

[2] El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical tuvo una sola edición en vida de Darío, realizada en Madrid en 1909 por Biblioteca Ateneo, a partir de ese momento se realizaron siete ediciones más. En 1919 el texto se publicó sin la parte en verso en el tomo XVII de Obras completas, con prólogo de Alberto Ghiraldo, en 1950 tampoco se incluyó la parte en verso y se publicó en el tomo III Viajes y crónicas de Obras completas, la edición estuvo preparada por M. Sanmiguel Raimúndez y Emilio Gascó Contell, en 1966 se realizó en Nicaragua otra edición sin el texto en verso, en 1982 y1984 se realizaron en Nicaragua dos ediciones facsimilares de la edición de 1909, en 1988 se realizó una edición del texto completo al cuidado de Fidel Coloma González y Pablo Kraudy, y en 2003 se llevó cabo en Buenos Aires la primera edición crítica del texto completo, que incluye a pie de páginas las variantes textuales que provienen del cotejo con las crónicas aparecidas en el diario La Nación de Buenos Aires, que conformaron posteriormente el libro. Esta edición estuvo a mi cargo, con la colaboración de Víctor Goldgel Carballo. Todas las citas de este trabajo pertenecen a ella.

[3] Las crónicas, al ser convertidas en capítulos de libro, sufrieron un riguroso proceso de corrección estilística en cuanto a signos de puntuación, sustitución de vocablos y corrección de expresiones. Se subsanaron, además, todas las erratas tipográficas. En cuanto al contenido, se agregó o rectificó información puntual que había quedado desactualizada, se modificaron algunas opiniones con respecto a personalidades de la época y se morigeraron o eliminaron expresiones demasiado vehementes dirigidas a personajes con los que Darío se sentía enfrentado. Desarrollo más extensamente el tema en Tieffemberg, 2003: 12-14.

[4] Durante su segunda estancia en Madrid Darío tomó contacto con los jóvenes literatos de la llamada promoción de la Regencia –“noventayochistas” y “modernistas”- “y a un tiempo con periodistas, poetas y simples bohemios identificados con esos escritores jóvenes en su actitud rebelde ante los valores consagrados” (Granjel, 1967: 268).

[5] En la crónica sobre la literatura en Centroamérica, publicada en La Nación el 3 noviembre de 1908, además, Darío se refiere a Luis Debayle, José Madriz, Román Mayorga Rivas y Francisco Castro como “glorias de la Patria”, pero en el paso de la crónica al libro la mención a Castro desaparece y con respecto a Debayle se agrega: “Discípulo ferviente de Pasteur, llevó a su Patria las nuevas ideas, siendo considerado como el innovador de la Medicina y la Cirugía en Nicaragua”, y amplía la referencia a su labor como escritor: “escribe de cuando en cuando artículos, estudios y delicados poemas” (Darío [1909] 2003: 87).

[6] En julio de 1896 el general Zelaya envía una carta a Darío donde le expresa: “Tendré en cuenta sus generosos ofrecimientos de servir al país” (Rivera Montealegre, 2012: 94).

[7] La relación de Darío con la política y el poder se prolongaron mucho más allá de su desaparición física: Diana Moro, en un trabajo muy interesante, ha investigado la utilización de la figura de Darío y sus escritos -en especial El viaje a Nicaragua- por el gobierno de Anastasio Somoza, en el capítulo I “La figura de Darío en Nicaragua: la apropiación somocista”, de su libro Sergio Ramírez, Rubén Darío y la literatura nicaragüense (2015).

[8] “Escribir las crónicas que finalmente integraron El viaje a Nicaragua, permitió a Darío conjugar el rol de diplomático con el de poeta como servicio a la patria. En la cuarta crónica, dedicada a la “cultura intelectual” nicaragüense, cita una serie de diplomáticos que trabajaron arduamente por el país y al mismo tiempo “fueron aficionados a las musas”, pero es tal vez en la figura de José Dolores Gámez, historiador y ministro: hombre de acción/hombre de letras, donde cristaliza el modelo, pues Gámez “ha tenido que dejar muchas veces de escribir historia por “hacer historia””. Este será el tema principal de una serie de crónicas que Darío titula “Diplomáticos poetas” y publica entre abril y diciembre de 1909 en el diario La Nación de Buenos Aires” (Tieffemberg, 2005: 119).

[9] Este suceso fue recogido por Darío en la crónica “La revolución en Nicaragua”, publicada en el diario La Nación de Buenos Aires en febrero de 1910.

[10] Manuel José Estrada Cabrera fue presidente de Guatemala entre 1898 y 1920. Durante su segundo mandato llevó adelante una campaña de desprestigio contra José Santos Zelaya que contó con el apoyo del gobierno de Washington. Participó de esta campaña contra Zelaya el escritor Enrique Gómez Carrillo -cónsul de Guatemala en París y Hamburgo-, quien escribió Zelaya y el libro, en referencia al libro escrito por Zelaya para explicar a la opinión pública su versión sobre la intervención norteamericana en Nicaragua y el apoyo otorgado por el gobierno de Guatemala al grupo insurrecto que lo derrocara.

[11] En una carta dirigida a Zelaya en 1908, Darío le informaba que “En New York tuve el disgusto de saber que periodistas, ligeros o mal intencionados, habían lanzado a la publicidad noticias falsas sobre nuestro país, dando por ciertos falsos fusilamientos hechos por orden de su Gobierno, y sobre un empréstito que, en tono de broma, me suponían a mí encargado de negociar en Londres. Los primeros rumores han sido desmentidos por mí enérgicamente; respecto a lo segundo, no me he creído en el deber de hacerlos rectificar, pues sería de mal gusto acordar seriedad a noticias inocentes que hacen más daño al que las inventa que a la persona contra la que van dirigidas” (Darío, 2002: 273).

[12] […] en El viaje a Nicaragua Darío transcribe y glosa reiteradamente la Historia de Nicaragua de Gámez (Guérin, 2003: 19).

[13] Ephraim George Squier, otro de los historiadores citado a menudo por Darío, refiere el encuentro entre Nicaragua y Gil González, y cita como fuente De orbe novo Decades de Pedro Mártir de Anglería, en cuyo texto las preguntas del cacique Nicaragua ascienden al número de quince (1860: 158-159).

[14] “Quél era un capitán del grand Rey de los chripstianos, que por su mandado yba á aquellas partes á hacer saber á todos los caciques principales ó señores delios, que en el cielo, mucho mas alto del sol, hay un Señor que hizo el sol é la luna é cielos y estrellas, é á los hombres é animales é aves é la mar é los ríos é los pescados é todas las otras cosas; é los que esto creían lo tenian por Señor, son los chripstianos, é quando mueren, van arriba donde el está é gozan de su gloria […]”(Fernández de Oviedo, [1535]1851: 170-171).

[15] La existencia histórica de Nicaragua no ha podido comprobarse, más aun, dos artículos periodísticos -a los que no he podido acceder- llevan como títulos sugestivos “Cacique Nicarao es puro invento” y “No hubo Nicarao, todo es invento”. Se trata de entrevistas realizadas a Fernando Silva y Rafael Casanova, respectivamente, aparecidas en El Nuevo Diario el 12 y del 16 de septiembre de 2002.

[16] Los culúas fueron una de las cuatro etnias que habitaban la costa atlántica nicaragüense antes de la llegada de los españoles.