CIGNONI Y LA SOMBRA DEL SILENCIO ATURDIDOR:

LA EPOPEYA DEL POETA AVANZANDO HACIA LA NADA EN CEROS DE LA LENGUA

Roberto AlejandroChuit

unanube.r@gmail.com

JuanRevol

elmirmecoleon@gmail.com

Resumen

El siguiente trabajo plantea un análisis de la relación que el poeta entabla con el lenguaje en Ceros de la lengua, de Roberto Cignoni. A través de este recorrido, los aportes teóricos de Giorgio Agamben sobre el silencio y la glosolalia habilitan una lectura hermenéutica de la experiencia de la poesía. Como hipótesis, sostenemos que en la obra de Cignoni las palabras se edifican alrededor del abismo del silencio y de él nacen. Nuestro objetivo es dilucidar el camino por el cual el poeta naufraga voluntariamente en ese silencio valiéndose de las mismas palabras, para concluir que, como Heidegger arriesga, la experiencia del lenguaje se realiza allí donde los nombres nos faltan.

Palabras claves

Agamben – Cignoni – glosolalia –poesía – silencio

Abstract

The following paper presents an analysis of the relationship that the poet engages with language in Ceros de la lengua, by Roberto Cignoni. Throught his course, the theoretical contributions of Giorgio Agamben about silence and glossolalia enable an hermeneutic lecture of the experience of poetry. As a hypothesis, we argue that in Cignoni’s work, words are built and born around the abyss of silence. Our goal is to elucidate the way in which the poet sinks in that silence voluntarily making use of the language, to conclude that, as Heidegger risks, the experience of language takes place where we lack of names.

Keywords

Agamben – Cignoni – Glossolaly –Poetry – Silence

* Estudiante avanzado de la Lic. en Letras Modernas, Fac. de Filosofía y Humanidades – UNC.

Enviado 31/10/ 2015. Evaluado 30/11/2015.

En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Por medio de Ella todas las cosas fueron hechas, y sin Ella nada de lo que es hubiera sido. En Ella está la vida, y la vida es la sombra de la eternidad. Y la sombra permite que las luces sean, las hace de sí, las permite como su límite y prisión. Y las luces no la comprenden. [1]

Hay una frontera.

Un límite, el contorno que delinea el fondo cercado del abismo más profundo. Hay una frontera, y significar es el ejercicio constante de su delimitación. Significar apila las palabras, las adosa en sintaxis y entonación, las levanta en formas que buscan explicar cómo es el mundo. Significar cerca el abismo.

Nos guarda de la sombra sobre la que existimos. Nos guarda de la sombra que nos atraviesa, la sombra que nos hace.

Pero las palabras no son ladrillos. Ni siquiera piedras. Sus átomos no se concentran en materia sólida y autónoma. Las palabras nos golpean desde una soledad, no hay límites precisos que contengan el filo de sus sílabas. Las palabras no son ladrillos, ni siquiera piedras; las palabras son telarañas: golpean sujetas al hilo que las hace existir.

Las palabras se edifican alrededor del abismo, pero de él nacen. Y así existen las palabras–telarañas; conteniendo a la misma araña que las creó, conteniendo al monstruo del lenguaje: en él nacen, por él viven y sobre él se aplastan.

El pensamiento trepa por el entramado fino. Sin embargo, el fondo infinito siempre está. Detrás de las palabras, contenido por ellas, sosteniendo sus existencias: el abismo. Y en el ejercicio significante de trepar las redes, es inevitable que la filosofía y la poesía coincidan en el encuentro, o al menos el avistaje, de la sombra omnipresente del centro detrás de las palabras. El tiempo es materia que tiene al monstruo sin cuidado: la misma desterritorialización del significado, el mismo naufragio, puede durar segundos o eternidades. El monstruo se levanta indecible, sacude sus tentáculos de silencio: reafirma su existencia desde la nada, su carácter indomable.

Luego del naufragio, la filosofía se hunde en la nada. La poesía improvisa un barco con algunas telarañas que robó del cerco y se aventura en el estómago del monstruo, dispuesta a exponer lingüísticamente lo indecible, a exponer el límite de la filosofía y subrogar el naufragio lingüístico del pensamiento. La poesía se aleja hacia el interior de las palabras, hacia el pensamiento del afuera (Foucault, 1999), donde el silencio deja que el mundo entre al lenguaje.

En los vértices ¿dónde? en el sin–allá

delante, en

lo que mudamente vino a vernos,

nadie y abierto

abierto y nadie

(Cignoni, 2000: 1).

En ceros de la lengua, Cignoni se inquieta ante el naufragio. Sortea los vértices del cerco para adentrarse en el sin–allá delante, en el silencio que lo mira. Sobrevive manteniéndose en movimiento, aventurándose en la nada para sentirse lo más adentro posible del monstruo abierto.

El poeta navegante sospecha, desde el principio, del monstruo existiendo detrás del cerco de las palabras:

La avispa en el odre, con el primer aguijón

está entre tus labios, entre los míos llega

para picar la palabra

(…)

Florece con ella también lo que calla

(Cignoni, 2000: 3).

El silencio no puede ser entendido aquí como privación efectiva de la experiencia en cuanto en una condición de silencio perfecto uno puede oír tronar sus propios latidos, su respiración, su propia ‘caverna retumbante’. Aún más, el deletreo “plenos de silencio” (Cignoni, 2000: 3) puede ser leído como el primer puerto en el cuerpo del monstruo, desde donde la tarea poética del pensamiento comienza a desplazarse “desde una expresión por medio del lenguaje a una expresión por la existencia del lenguaje” (Agamben, 1989: 4).

No es posible seguir usando al lenguaje como una simple herramienta de significación luego de haber visto el monstruo.

El monstruo no es la herramienta del poeta. Ni siquiera el poeta es la herramienta del monstruo. Al monstruo le divierten las palabras que lo cercan, le divierte la ficción de las proposiciones que habilita en esa prisión que él actualiza cotidianamente. El monstruo se sabe el principio y el final, y sabe que el silencio de su nada puede aturdir de absoluto a cualquiera. ¿Cómo dar cuenta de la existencia del lenguaje independientemente de sus telarañas, sus proposiciones significantes?

Un alvéolo

muerto con la primera palabra.

El despertar de aire

está al llegar –habla

de forma que respires

(Cignoni, 2000: 6)

El poeta sigue remando, cada vez más adentro de ese afuera de las palabras. Las acopla a su respiración, busca saturarlas de una vida similar a la latente en el abismo del monstruo.

Como Heidegger arriesgó, la experiencia del lenguaje se realiza sólo allí donde los nombres nos faltan. La experiencia del lenguaje se realiza al llevarlo fuera de sí mismo, lejos de las proposiciones significantes del cerco, al interior de la sombra de su silencio, a la pura existencia.

Háblame, vez y vez, de aquello y

de ninguno, dos –sin par, el vocablo

libre de horas: así

alaban los silencios reales

así la estrella

ensombrece en la estrella, así en lo cierto

se arrepienten los nombres, los nombres

con, los que al encontrar

nos perdíamos, con, los que al ignorar

nos sabíamos

(Cignoni, 2000: 7).

Si “en lo cierto se arrepienten los nombres”, podemos afirmar que los presupuestos totalizantes de unificación de la comunidad se encuentran, aquí, desechos. No podría haber entonces rasgo divino, ni estrictamente ontológico, ni prisión fascista del lenguaje, sino y por sobre todas las cosas, la pura exposición de la idea misma del lenguaje, la experiencia de la visión del lenguaje, y con ella, la experiencia de sus límites.

El poeta sigue remando, y el último puerto del monstruo se aleja. Acercarse al ojo del silencio deteriora cada vez más las telarañas con las que el poeta construyó su barca. Las palabras, que se sabían fundamentadas en el principio de comunicación, se opacan y se gastan, van secándose:

Algo sigue hablando, con la piel del cómo,

la piel del qué,

algo en los quistes de mundo

deja pasar lo impalpable, una vez dice nosotros

donde callamos lo nuestro

(Cignoni, 2000: 8).

El poeta sigue remando, cada vez con menos palabras que lo sostengan a flote en la sombra. Perdió el miedo a dejar de existir, y el pensamiento se le vuelve arenoso, como el tiempo volcándose disperso en un desierto. El pensamiento se le vuelve arenoso, su construcción imitando el cerco que cruzó al principio se vuelve cada vez más complicada. Algo sigue hablando, más allá de las palabras, a medida de que el abandono de la lógica del cerco se intensifica. Algo que es el qué y el cómo, “una sombra, más compasiva [que] nos despierta a lo incurable” (Cignoni, 2000: 10), la exposición de una existencia omnipresente en los quistes del mundo, la exposición de una existencia que habla ahí donde se decidió callar. El poeta rema hacia la potencialidad absoluta de la nada, las infinitas formas del lenguaje desbordado; como si en ese silencio buscara tantear una lengua absoluta, profética, una glosolalia que desnude todos los abismos del universo partiendo de la revelación de la piel y los órganos del monstruo del lenguaje, el abismo mayor.

–ninguna historia, ninguna

palabra vencida

está aquí, ni lo que el mundo

talló, abrasado de tuétanos, en la negra

madera del humo, ni

el azul que mordimos sin creer

por nuestro único refugio

(Cignoni, 2000: 11).

Las palabras ya están vencidas, ya no son refugio. La balsa del poeta se desarma, la sombra muerde. Quiere ahogarse de silencio. No de silencio físico, sino significante: permitirse a la glosolalia del monstruo, hablar en palabras de significaciones desconocidas; ser el silencio hablando en glosa, hacer la experiencia de un acto de lenguaje donde los frutos del entendimiento sean estériles y accesorios. Un acto de lenguaje donde no haya frutos del entendimiento, donde sólo exista lo inmanente de una existencia pronunciándose entera. Donde no se entienda el sonido ni su significación sabiendo qué significa esta insignificancia: la nada, el primer y el último significado (Agamben, 1983).

En ninguna parte, de pie

está lo real: como polvo de mariposa

nos arroja a lo abierto

nos habla más temprano

el país entrañable, nos habla las afueras

(Cignoni, 2000: 14).

“Lo real” está de pie en ninguna parte, lo real existe en la nada y desde ahí habla el afuera del pensamiento. Sin haberse podido ahogar, el poeta encuentra a la deriva algunos de los retazos de su barca.

Aún una arena

nos socorre, al fondo

encarnizada en piedra

donde el alma desova la ley del pensamiento

con las sombras vislumbrantes

(Cignoni, 2000: 24).

Aun estando inmerso donde las sombras desovan la ley del pensamiento, una arena lo socorre al fondo: el cerco de palabras en su curvatura sobre el silencio.

Cansado de mantenerse a flote por su cuenta, sin poder librarse de la lógica del cerco, el poeta se apoya en los restos de telarañas que encuentra y tuerce las palabras que lo conducían al silencio para encogerlas y acercarse lo más posible a la glosa. Sin embargo, éstas no dejan de anclarlo, aunque sea en menor medida, en la significación.

Huella del aliento que no quiere

vacilar: así

tartamudeas

así echo el anzuelo

que atrapa las sombras del lenguaje

(Cignoni, 2000: 21).

El aliento tartamudo se empecina en atrapar alguna de las sombras del abismo del lenguaje. Así direcciona entonces el poeta el resto de su recorrido: torciendo palabras significantes que brotan de su existencia para acercarse al silencio de la glosolalia, a la experiencia de algún signo que sea pura intención de significar sin significado, que esté antes y más allá de todo acontecimiento de significación. Un signo que diga solamente lo que sabe y sepa solamente lo que dice, un signo que signifique que el lenguaje es, que opere una existencia reflexiva desde la nulidad diciendo y sabiendo la autorrevelación del monstruo (Agamben, 1983).

Lo que en ti, más cercano

rezuma luz

mantiene un filamento

hacia los límites: allí

me arrojo, todavía

una verdad, un nombrar que desconsuela

la bitácora del cielo

(Cignoni, 2000: 19).

La equivocidad del lenguaje, es decir, aquella que se funda en la anonimia y en la homonimia, es la que permite leer el viaje dialéctico del pensamiento. Así, en la medida cada palabra reclama otra, y la presupone, es necesario, en orden a operativizarse dentro de la experiencia del lenguaje, que ni lo Uno sea y esté dotado de nombre, ni que no sea y no esté dotado de nombre (Agamben, 2008: 36). Agamben es claro al respecto: “un lenguaje perfecto, del cual hubiera desaparecido toda homonimia y en el cual todos los signos fueran unívocos, sería un lenguaje absolutamente privado de ideas” (Agamben, 2008). A fin de cuentas, aquello que se distingue como esencial es menos las ideas que se extraen y que se tienen del lenguaje cuanto la idea misma del lenguaje, es decir, su asunto, su irrevocable cercanía al hombre, la inmediatez de su propia inmediatez.

El poeta avanza, siente la sombra cada vez más adentro, pero no logra entregarse al silencio. Si intenta ahogarse, el cerco sigue sirviéndole de fondo para apoyarse y respirar. Entonces avanza, se sujeta de sus pocas palabras dañadas y sigue avanzando hacia el abismo del monstruo; evita pisar el fondo para salvarse lo menos posible.

La nada

en los nadificados nombres,

aventa, antes de irnos,

un sueño: un sueño,

entre adiós y siempre

tal vez con leudante mano

sumerja en vino al mundo.

Hazme

una promesa:

cuanto allí bebamos

no rebosará un corazón al tiempo

(Cignoni, 2000: 34).

En la nada, ese silencio, está el sueño de un corazón rebosado al tiempo. Todo lo que las palabras telarañas no llegarán jamás a decir se concentra en el lenguaje existiendo enmudecido de significación. ¿Qué hace el poeta ante la sed del vino que le rebose de tiempo el corazón?

Sigue buscando el caos del silencio, sigue buscando la experiencia del afuera que constata la existencia inevitable del monstruo. En esta búsqueda, el lenguaje impulsa a la creación. El poeta tuerce las palabras para acercarse a la glosolalia; el poeta crea incesantemente en su búsqueda. Por momentos, atraviesa el primer cerco y logra ver al monstruo. Quiere llegar a sus entrañas, dejarse devorar y digerir por él; pero entonces, mientras avanza, sucede algo: su creación, sus palabras torcidas, que hasta entonces le habían permitido acercarse al abismo, vuelven a tropezarse –y con esto decimos, a sucederse homonímicamente, anónimamente– sobre su experiencia inicial, a medida que sus proposiciones se organizan cada vez más.

En el proceso, antes del escape, la creación del poeta deja constancia de un avistaje, una cercanía provisoria al monstruo.

Sin embargo, la creación del poeta nunca podrá ser el monstruo.

“Sabemos las palabras como la flauta a su canción.

Sabemos las palabras, pero la lengua hace rodar sus alimentos”

(Cignoni, 2000: 39).

El poeta sabe que las telarañas del cerco que linda al monstruo del abismo están sostenidas por el mismo monstruo. El poeta sabe que todas sus palabras parten del monstruo, que él hace rodar sus alimentos; es por eso que quiere volver a él. El poeta sabe que su existencia arrastra la nada de la que salió.

Lo no

palpable, de nuevo exclamado

en el vacío de bocas:

a una ansiedad

decimos estrella con brillo nostálgico

mudez con virtuoso rapsoda

futuro con polvo peregrino

(Cignoni, 2000: 54).

El poeta sabe que arrastra una palabra impensada e improferida, y quiere conocerla. Necesita volver para escuchar ese silencio, “permanecer inhablado en el no bebible nervio de mensaje” (Cignoni, 2000: 43), encontrarse con la nada que sostiene todas las parcializaciones de las proposiciones significantes. La nada es el caos absoluto, el mundo en su potencialidad infinita: en la nada original está la libertad divina.

Necesita volver.

Queremos

partir, nunca

fuimos sabios, nunca

curamos con nadie el universo

afligido, habla, ¡por

nunca!, vuelve a brillar

la palabra que nos sabe

(Cignoni, 2000: 47).

Pero la epopeya del poeta es un imposible volver a casa. Porque la epopeya del poeta es la epopeya del lenguaje, del avance hacia la nada: el continuo intento de acercarse alejándose.

comenzar para nada

todavía se vence de sombrío en

sombrío, todavía se arriesga

un todavía

(Cignoni, 2000: 50).

La epopeya del poeta es un imposible volver a casa, pero este imposible jamás alcanza para anular la aventura del viaje.

Mientras el poeta siga arrastrando la sombra de la nada e inquietándose por conocer el fondo de su silencio, seguirá pecando de necedad, su mejor virtud.

Bibliografía

Agamben, Giorgio (2008). La potencia del pensamiento, Anagrama, Barcelona.

(1989). “Il silenzio delle parole” en Bachmann, In cerca di frasivere, Laterza, Bari. (Traducción de Gabriela Milone para uso exclusivo del Seminario de Habla y Escritura de la Escuela de Letras, Fac. de Filosofía y Humanidades – UNC).

(1983). “La glossolalie comme problème philosophique”, en Discours psychanalytique, no 6, Joseph Clims, Paris. (Traducción de Franca Maccioni para uso exclusivo del Seminario de Habla y Escritura de la Escuela de Letras, Fac. de Filosofía y Humanidades – UNC).

Cignoni, Roberto (2000). Ceros de la lengua (selección de la cátedra del Seminario de Habla y Escritura de la Escuela de Letras, Fac. de Filosofía y Humanidades – UNC), tsé–tsé, Buenos Aires.

Foucault, Michel (1999). “El pensamiento del afuera” en Entre filosofía y literatura, Paidós, Barcelona.



[1] Reescritura libre del Prólogo del Evangelio de Juan.