LA VIDA, LA MUERTE EN/ DESDE LA ESCRITURA TRAVESTI

 

LIFE, DEATH IN/ FROM TRANSVESTITE WRITING


María Gabriela Onetti*

 

Resumen

Desde una perspectiva deconstructivista, el presente ensayo reflexiona respecto al par oposicional vida-muerte. Toma a la escritura travesti como punto de fuga hacia otros modos de pensar/ habitar la vida y la muerte, lavidalamuerte. En este camino se busca dar cuenta de la relación vital que existe entre la escritura -y de manera paradigmática la escritura travesti- y la muerte. Entendemos que la escritura abre un hiato espacio-temporal que trae lo no-presente, lo ausente, muerto. Para ello utilizamos el libro Travesti/ Una Teoría lo Suficientemente Buena de Marlene Wayar y los diálogos permanentes con sus amigas y compañeras Susy Shock, Claudia Rodríguez y todas sus muertas. De esta manera, el trabajo ensaya otros vínculos posibles con la muerte y las muertas en/ desde la escritura travesti. En definitiva, nos preguntamos una y otra vez: ¿qué hacer con un cementerio en la cabeza, cómo elaborar/escribir la muerte de las amigas, las compañeras: todas muertes evitables y espantosas?

 

Palabras clave: escritura travesti - muerte - vida - duelo

 

Abstract

From a deconstructivist perspective, this essay reflects on the life-death oppositional pair. It takes transvestite writing as a vanishing point towards other ways of thinking/inhabiting life and death, thelifethedeath. On this path, the aim is to account for the vital relationship that exists between writing -and in a paradigmatic way, transvestite writing- and death. We understand that writing opens a space-time hiatus that brings the non-present, the absent, the dead. For this we used the book Travesti/ Una Teoría lo Suficientemente Buena by Marlene Wayar and the ongoing dialogues with her friends and partners: Susy Shock, Claudia Rodríguez; and all her/their dead women. In this way, the text rehearses other possible links with death and dead women in/from transvestite writing. In short, we ask ourselves again and again: what to do with a cemetery in our heads, how to elaborate/write the death of our friends, our partners: all avoidable and dreadful deaths?

 

Keywords: Transvestite Writing - Death - Life - Mourning

 

Escribir con un cementerio en la cabeza

En el año 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia de la COVID-19. Dicho suceso nos obligó de manera colectiva a tener un contacto permanente, cotidiano con la enfermedad y la muerte. Las cifras informadas a diario daban cuenta de una estadística a la vez que constituían una necrológica. Números exorbitantes, masivos que intentan cuantificar y comunicar algo de eso incalculable: lo perdido, l_s seres querid_s muert_s, los afectos que dejan de estar. Tal como mencionaba Vir Cano en un artículo publicado en la revista Anfibia:

Los duelos no piden permiso. Las pandemias tampoco. Irrumpen y nos hacen temblar. Incluso a pesar de nuestro profundo deseo de hacer como si nada hubiera pasado, como si no hubiéramos perdido un mundo y muchísimas certezas. Pero por mucho que queramos distraernos, ya sea movidxs por la urgencia (bastante necia) de volver a una “nueva normalidad” o por el temor a parar un minuto y tener que lamentar lo perdido; todxs sabemos que -sin importar qué ocurra de ahora en más- algo (nos) ha pasado y tendremos que aprender a vivir con ello. Nuestro mundo tiene una nueva y purulenta herida abierta que apenas si sueña con ser cicatriz, y parece que no tenemos siquiera el tiempo o la energía suficiente para con-dolernos por esta nuestra pérdida irreparable, para llorar a los millones de muertxs que acumulamos desde que se desató esta pesadilla que nos ha arrebatado tanto, para despedirnos de todo eso que se fue con ellxs. (Cano, 2021b, http)

Algo (nos) pasó y partió. Quedamos a herida abierta por una pérdida irreparable e inconmensurable: la de afectos, compañer_s, madres, padres, hij_s, herman_s, amig_s, amores. La pérdida también de un mundo que fracasó. Hoy estamos incomplet_s y dislocad_s. Hoy la muerte se nos puso tan cerquita que nos arrancó, a fuerza de corte, de aquel mundo brillante, presente y vivo que habitábamos. Nos arrancó de la vida eternamente viva y nos puso de cara a la muerte: a la vida con muerte. Y pienso… ese cara a cara con la enfermedad, la muerte que viven todos los días de su vida-no-vida desde siempre las travestis. Y es de ellas que tenemos que aprender, aprender todo, a vivir otra vez.

De esta manera, la irrupción masiva de la muerte en la escena pública, pone en agenda y urgencia revisar los vínculos que, como sociedad, sostenemos con(tra) la muerte, el duelo y, por lo tanto, la vida. Para ello entendemos que es imprescindible leer y re-leer a las travestis. Convencida de que en su escritura encontraremos otros repartos de la vida y la muerte posibles. Necesitamos re-aprender a morir y a vivir de otros modos, más amables, más justos. Ya que, en definitiva, todavía no sabemos qué hacer, cómo seguir con y sobre tanta pérdida -tanto afecto perdido-, con tanta humanidad extinta y mundo caído.

Entonces, seguiremos a Marlene Wayar[*] para salvar(nos) (d)el mundo: “nos encontramos en la arena política con la convicción de que nuestro decir es vital para salvar el mundo, que nuestro pensar conlleva verdad para fundamentar una estrategia de intervención política que salve al mundo…” (Wayar, 2018, p. 21).

A partir de este contexto y de la lectura del libro Travesti/ Una Teoría lo Suficientemente Buena de Marlene Wayar, comencé a esbozar unas preguntas que se volvieron leitmotiv y punto de apertura para pensar este trabajo: ¿Cómo se escribe rodeada de muerte, de muertas? ¿Cómo escribir desde la muerte? Y, más aún, ¿cómo escribir la muerte?

Dice Marlene: “yo tengo un cementerio en la cabeza, no tengo noción de cuántas compañeras y amigas han muerto y todas muertes tristes, espantosas y evitables” (Wayar, 2018, p. 31). Hay allí, en el libro de Wayar, una apuesta político-amorosa, por supuesto, la de escribir para/por (y con) ellas: “A Lohana y todas mis muertas”.[†] Sin embargo, ¿podría Marlene escribir sin sus muertas? ¿Podríamos acaso escribir sin nuestr_s muert_s? Se abre aquí un hilo reflexivo que nos habilita a interrogar, desde la singularidad de la escritura travesti, la relación entre escritura y muerte.

De este modo, en el presente ensayo indagaremos desde la deconstrucción y junto a Jacques Derrida (un muerto que nos sigue hablando, que sigue escribiendo), aquel vínculo intrínseco, visceral, entre la escritura y la muerte, l_s muert_s. Arriesgaremos la idea de que existe una relación vital entre escritura y muerte, laescrituralamuerte. Más precisamente, desarrollaremos el camino por el cuál llegamos a pensar que la escritura -y de manera paradigmática la escritura trava- desdibuja la oposición vida-muerte, indistingue sus términos; como si los pudiera reunir en sus grafemas, en sus significantes siempre.

Marlene no sólo escribe para/por sus muertas, sino que escribe con ellas. Sus muertas la escriben...

En este sentido, tomamos a Vir Cano y su libro Dar (el) duelo: “Ahí, en los textos, en sus tiempos (im)posibles, ahí donde la vida se entrelaza inextricablemente con la muerte, en los desvaríos literarios de una imposible matemática del duelo, ahí Nico está un ratito más conmigo, con nosotrxs”[‡] (Cano, 2021a, p.36). Nos interesa aquí ese “entrelazo inextricable” que se tiende entre la vida y la muerte, solo ahí en los textos.

 

La materia de la escritura

Podríamos suponer que la manera correcta, lógica, de inaugurar una escritura sobre la escritura es comenzar por el principio, su origen. Ahora bien, resulta que en el origen hay mito.

En el texto La Farmacia de Platón, Derrida dice, refiriéndose al Fedro de Platón: “la verdad- de origen- de la escritura como fármacon será primero dejada cargo de un mito” (Derrida, 1975, p. 107). Esto es, dicho de otro modo, que la verdad de la escritura es un mito, un relato. Y en este sentido, si en el origen hay mito no hay verdad: algo así como que la verdad de la escritura es una no- verdad. De esta manera, aquel movimiento operado por Platón en su Fedro, y que pone en evidencia Derrida, da cuenta del funcionamiento latente y constante de la oposición ciencia/ mito,[§] en la cual la ciencia queda del lado de lo verdadero mientras que el mito del de su opuesto, lo no-verdadero. Por lo tanto, siguiendo la lógica dualista- platónica, la escritura es identificada con el mito- sin verdad: derivada, copia, repetición sin saber, puro relato o fábula.

Veamos otro fragmento de La Farmacia de Platón:

Escribiendo lo que no dice, no diría y sin duda no pensaría nunca de verdad, el autor del discurso ha acampado ya en la postura del sofista: el hombre de la no-presencia y la no-verdad. La escritura es, pues, ya escenificación. La incompatibilidad de lo escrito y de lo verdadero… (Derrida, 1975, p. 99)

Quien escribe -los discursos que enunciarán otr_s- no está, no habla: no participa del presente de la viva voz, del habla viva que nos presenta el sentido del discurso. Por lo cual advertimos que la escritura difiere el presente, la presencia y se aleja de aquella verdad de la cosa misma que solo aparecería en el habla- logos.[**] Podemos pensar, entonces, que la materialidad del habla es constituida por el presente de l_s viv_s o el presente vivo; yuxtaponiendo ese presente- presencia plena con el sentido, la verdad del discurso.

De este modo, a partir de la escritura se abre un hiato espacio-temporal que desestabiliza y suspende cualquier certeza de presencia y habilita un juego (im)posible de presenciasausencias, de huellas, suplementos, significantes.

En el texto hay simulacros, escenificaciones, fantasmas. El texto es simulacro, escenificación, fantasma.

Ahora bien, volvamos un poco más sobre la cuestión del alejamiento de la verdad y el sentido por parte de la escritura; ya que quisiera traer a vínculo el texto de Giorgio Agamben llamado El Fuego y el Relato. Allí el autor retoma y cita una historia (mito) que es narrada en el libro sobre la mística judía de Scholem que quisiera re-contar y recordar aquí:

Cuando el Baal Shem, el fundador del jasidismo, debía resolver una tarea difícil, iba a un determinado punto en el bosque, encendía un fuego, pronunciaba las oraciones y aquello que quería se realizaba. Cuando, una generación después, el Maguid de Mezritch se encontró frente al mismo problema, se dirigió a ese mismo punto en el bosque y dijo: «No sabemos ya encender el fuego, pero podemos pronunciar las oraciones», y todo ocurrió según sus deseos. Una generación después, Rabi Moshe Leib de Sasov se encontró en la misma situación, fue al bosque y dijo: «No sabemos ya encender el fuego, no sabemos pronunciar las oraciones, pero conocemos el lugar en el bosque, y eso debe ser suficiente». Y, en efecto, fue suficiente. Pero cuando, transcurrida otra generación, Rabi Israel de Rischin tuvo que enfrentarse a la misma tarea, permaneció en su castillo, sentado en su trono dorado, y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque: pero de todo esto podemos contar la historia”. Y, una vez más, con eso fue suficiente. (Agamben, 2016, p. 11)

Nos interesa recuperar la idea de que la historia, el relato nace cuando se aleja de la experiencia en sí. La literatura aparece solo en función de un olvido, un no-saber:

Al decir “de todo esto podemos contar la historia”, el rabino, por otra parte, había afirmado exactamente lo contrario. “Todo esto” significa pérdida y olvido, y lo que el relato cuenta es precisamente la historia de la pérdida del fuego, del lugar y de la oración. Todo relato -toda la literatura- es, en este sentido, memoria de la pérdida del fuego. (Agamben, 2016, p. 12)

Pasaremos por alto la relación entre literatura/ escritura y memoria que, tanto Agamben como Derrida, ponen a jugar en sus respectivos textos: la(s) primera(s) supliendo-excediendo (suplemento) a la segunda.[††] No obstante, nos detendremos en la cuestión del olvido, el no- saber, la pérdida. Todo relato, escritura, literatura se constituye como huella de aquello perdido, desaparecido, no-presente. Cobran valor ahora y otra vez las nociones de simulacro o escenificación: la literatura, en tanto escritura, monta una escena de lo que no está, del fuego perdido. Y, entonces, el fuego en la literatura está –presente/ no presente- es (suficiente).

De esta manera, la escritura escribe (en) una ausencia, (en) una pérdida: de la experiencia, referente, la verdad, el sentido, el presente- presencia, la vida. Y es en este sentido que quisiéramos abismarnos a afirmar que la materia de la escritura es siempre y permanentemente la muerte. Así, mientras el habla solo puede remitir a la vida, la escritura acoge lo que ya murió y no tiene sitio, no tiene presencia o, por lo menos, no porta la contundencia de un cuerpo físico presente: su cuerpo deviene corpus textual.

… ¿podría Marlene escribir sin sus muertas? ¿Podríamos acaso escribir sin nuestr_s muert_s? …

En la literatura de Claudia Rodríguez[‡‡] aparece, precisamente, una necesidad vital de escribir sobre el vacío e inscribir amorosamente el propio cuerpo en una narrativa de vida:

he sido tan odiada que tengo razones para escribir. Nunca fui una esperanza para nadie. Junto las letras y escribo mediocremente sobre este vacío. Escribo porque no he sido la única. (…) Por eso escribo, por todas las travestis que no alcanzaron a saber que estaban vivas, por la culpa y la vergüenza de no ser cuerpos para ser amados y murieron jóvenes antes de ser felices. Murieron sin haber escrito una carta de amor (Rodríguez, 2021, p. 68)

La escritura deja ver la muerte, la anulación de la presencia, lo ausente. Y, además, deja ver aquello que quedó afuera de la narrativa de la vida, lo felizmente vivo.

 

 

La escritura va-ve más allá

Si la escritura está ligada de manera constitutiva a la muerte: no se puede escribir sino en el hueco que deja lo no-presente; entonces se trata de una experiencia de duelo. La escritura, tal como venimos esbozando desde lugares heterogéneos, conserva algo de la memoria y es allí donde se duela, es decir, se elabora ese vínculo inextricable de la vida con la muerte, de l_s que quedan con aquell_s que ya no están. En este sentido mencionaba Roland Barthes en su Diario de duelo dicha implicación de la escritura con el duelo: “Pues: El “Trabajo” por el cual (dicen) se sale de las grandes crisis (amor, duelo) no debe ser liquidado apresuradamente; para mí sólo está cumplido en y por la escritura” (Barthes, 2021, s/p).

 Y, una vez más, traemos al potente libro de Vir Cano:

Aprendí muy rápidamente que no hay un nombre para la pérdida de un hijx. Tardé un poco más en darme cuenta de que tampoco existe uno para la muerte de unx hermanx. Quizás por eso escribo con obstinación, obsesivamente, sobre la muerte de Nicolás, un poco para buscar con compulsión las palabras que narren eso que me dijeron que no tiene nombre, y otro poco para comprobar una y otra vez que jamás habrá un nombre que narre esta muerte, mi muerte, esa que me desapropia y aun así me pertenece. (Cano, 2021a, p. 67)

Escribir, entonces, tendría que ver con buscar un nombre, indagar aquellas palabras que sean capaces de narrar lo inenarrable, lo imposible, es decir, la muerte. Escribir compulsiva, obsesivamente sobre aquello(s) que no está(n) presente(s). Rodear con palabras el dolor como gesto (im)posible de duelo. Es que la escritura convoca y presenta cada vez lo impresentable: ese vacío, hueco de nada que deja la muerte.

Dice Derrida en su Seminario La vida la muerte dictado entre los años 1975- 1976:

o bien renunciar a pensar más allá de la lógica y del lenguaje, del logos, puesto que esto no tuvo nunca ningún sentido, ninguna posibilidad; o bien pensar, lo muerto por ejemplo, más allá del lenguaje, de la lógica y de la metafórica, deviniendo entonces lo muerto, a su vez, el nombre genérico para todo lo que excede, desborda, transgrede los límites de lo decible, de lo enunciable. (Derrida, 2021, p. 33)

De este modo, podemos pensar que la escritura deslimita el logos vivo ya que habilita, desde el lenguaje, sobrepasar(se): desbordar o transgredir la lógica viviente del lenguaje, evocando lo ausente, presentando lo no-presentable. La escritura, entonces, excede al lenguaje, al logos- habla- padre- rey- sol, al culto metafísico de la vida eternamente presente; va más allá… y piensa lo(s) muerto(s). Más aún, l_s hace hablar: en la escritura l_s muert_s hablan.

… ¿podría Marlene escribir sin sus muertas? ¿Podríamos acaso escribir sin nuestr_s muert_s? …

Marlene Wayar, Claudia Rodríguez, Susy Shock,[§§] tienen mucha letra, mucha tinta, ríos de tintas rojas escritas tratando de (d)enunciar sus muertes, sus muertas. Tratando de bosquejar algo de ese hueco que deja cada una que ya no está en la vida viviente de los vivos, y más aún, de aquellas muertes expropiadas, apropiadas y ultrajadas:

Teníamos muchas discusiones con Lohana porque hablaba de los cadáveres de las travestis en Panamericana. Y los gays y lesbianas decían: “Lohana siempre con los cadáveres”. Siempre me desesperó esa crítica que le hacían, porque me parecía perfecto. Es sin eufemismos, porque todos nuestros crímenes son bien sucios, empaladas, atadas con alambre, quemadas con cigarrillos, llenas de semen por el culo y por la boca. Es eso. No nos escapemos de lo que es el dolor de esa víctima. Una de las últimas es golpeada una y otra vez y sobre esa tortura se escuchan las carcajadas de los torturadores. Sobre un cuerpo, como si se tratara de cualquier cosa, como si fuese una experimentación, como si no tuviera entidad de vida, ni siquiera de ser humano: de vida. (Wayar, 2018, p. 95)

Sin eufemismos, tratando siempre y permanentemente de acercarse al hueso mismo del dolor, de mostrar el hueso, la carne, los cadáveres… Porque hay cadáveres.[***]

 Dice Claudia: “finalmente nosotras somos analfabetas y estamos aprendiendo…. Yo tengo tanta rabia que a veces me sale puro garabato. Ahora estoy haciendo un esfuerzo por ser inteligible” (Wayar, 2018, p. 41). Tanto horror, tanta rabia no sirve al lenguaje y sale “puro garabato”. La muerte desquicia el sentido, el lenguaje, y solo queda el garabato, la marca, el trazo, la huella; anticipos de una escritura “inteligible”. Y quizás solo queden garabatos, como formas de escritura, para intentar aludir semejante hueco: “Yo tengo un cementerio en la cabeza” (Wayar, 2018, p. 31).

Ahora bien, la escritura, y de manera singular la escritura travesti, no es impotente. Todo lo contrario, se trata de una escritura absolutamente vital. Es desgarradora: desgarra al lenguaje, a la moral, a la verdad, a la norma y lo normal, al sistema fracasado, al logos, la razón y la vida de los vivientes; precisamente allí, en el desgarro, su potencia. Leamos a la propia Marlene:

El occidente cristiano machista patriarcal y capitalista ya fracasó. La evidencia está en que en este sistema somos basura. Hay en la calle miles de personas convertidas en “algo” que no sirve. ¿No tenemos capacidad amorosa para volverlos a cobijar, ni para cobijarnos? El fracaso ya está. Hay que pensar otras formas de futuro y romper el lenguaje, porque esa ruptura del lenguaje nos permite que podamos romper nuestros pensamientos y sentimientos y acciones. (Wayar, 2018, p. 124)

Empezamos a vislumbrar que dicha incapacidad de cobijar lo otro, radicalmente otro, es incubada en el seno del lenguaje, en su estructura binaria-machista-cristiana-capitalista. En su lógica para la vida y lo evidentemente vivo. Ahora bien, ¿quiénes son l_s vivientes, l_s que hablan y son escuchad_s en ese sistema fracasado? Por supuesto que no hay alteridad en la vida esa, es pura mismidad. El sistema fracasado, el lenguaje y la vida dejan afuera la vida (no vivible) de las travestis; vidas desechables, personas-basura. Y sostiene Wayar: “Lo importantísimo es no estar en la vida muriendo. Hay un montón de gente a la que estamos exponiendo a estar soportando esta vida” (Wayar, 2018, p. 109). Entonces, ir más allá de la vida-lenguaje nos habilita pensar en le otr_, hacia la construcción de una “nostredad”.[†††] La capacidad de cobijo aparece, de este modo, en la escritura: allí las travestis existen, hablan, viven; muestran otras formas de vivir, más amables y justas. Y, además, en la escritura sus muertas retornan: justicia poética. O como dice Claudia Rodríguez: “que la palabra sea mi venganza” (Wayar, 2018, p. 42)

Pero no nos adelantemos aquí con la cuestión vital y continuemos desarrollando un poco más el vínculo intrínseco y constitutivo entre la escritura, la muerte.

Si retomamos la lectura que hace Derrida del Fedro en La Farmacia de Platón, llegamos a la idea de que la escritura es parricida y, por lo tanto, huérfana; en cambio, el logos es hijo de un padre vivo, presente:

A diferencia de la escritura, el logos vivo es vivo por tener un padre vivo (en tanto que el huérfano se encuentra medio muerto), un padre que está presente, en pie junto a él, tras él, en él, sosteniéndole con su rectitud, asistiéndole personalmente y en su propio nombre. El logos vivo reconoce su deuda, vive de ese reconocimiento y se prohíbe, cree poder prohibirse, el parricidio. (Derrida, 1975, p. 114)

De este modo, caro al sistema de pensamiento platónico, opera aquí constantemente otra gran oposición (ya hablamos de la de ciencia y mito): vida y muerte. Así, la escritura queda del lado de la muerte (la orfandad, el parricidio y, una vez más, la ausencia) mientras que el habla, el logos del lado de la vida:

Pues el dios de la escritura es también, es algo evidente, el dios de la muerte. No olvidemos que, en el Fedro, también se le reprochará al invento del fármacon el sustituir el habla viva por el signo sin aliento, el pretender prescindir del padre (vivo y fuente de vida) de logos, el no poder responder de sí más que una escultura o que una pintura inanimada, etc. (Derrida, 1975, p. 136)

La escritura, entonces, alejada de la verdad, es mito, relato, invento que viene desde afuera – fármacon-, simulacro, suplente, parricida y, por lo tanto, portadora de muerte.

Ahora bien, en este trabajo, gracias a la lectura de Derrida y las aperturas que habilita la deconstrucción, no pensamos a la escritura como la muerte, no las igualamos ni hacemos reducciones del estilo: la escritura está muerta, es mortal, o es el lenguaje de la muerte. Sí entendemos aquí que la escritura está vinculada de manera constitutiva con la muerte, sin embargo, es precisamente ello lo que permite que ingrese, en ese espacio textual, la vida. La escritura es portadora de muerte y de vida a la vez, al mismo tiempo.

 

Escritura como re-unión

Tal como venimos sugiriendo, en la escritura aparece lo desaparecido, se abre espacio la muerte y se cuela indeterminada allí, en las páginas escritas, en los textos que nos hacen leer lo que no está - presente-. Podemos decir que l_s muert_s regresan a escribir(se)(nos) un rato más, en un plus o extensión de vida. Retomamos aquí la idea de “plus de existencia” de Vinciane Despret, trabajada en su libro A la salud de los muertos:

Este “plus” se entiende, ciertamente, en el sentido de un suplemento biográfico, de una prolongación de presencia, pero sobre todo en el sentido de otra existencia. En otros términos, el “plus de existencia” es una promoción de la existencia del difunto, no será ni la existencia del vivo que fue –tendrá otras cualidades-, ni la del muerto mudo e inactivo, totalmente ausente, en el que podría convertirse a falta de cuidados o de atenciones. Devienen diferentemente, es decir, en otro plano. (Despret, 2021, p. 17)

 De este modo, en el libro de Marlene Wayar hay diálogos permanentes entre la autora y las amigas, compañeras todavía vivas; dejando también que aparezcan por lo bajo, en los entres, pero todo el tiempo, constantemente, las voces-escrituras-citas-palabras de las (sus) muertas.

En este sentido, la escritura travesti degrada las existencias unívocas, desestabiliza la verdad única de lo eternamente presente, de lo vivo bien vivo, haciendo lugar a otras formas de existencias: menos brillantes, más sombrías u opacas, ausentes, desaparecidas. En el texto se habilitan devenires diferentes y, por lo tanto, se inscriben otros modos de existir. Allí se produce espacio para la alteridad (incluso l_s muert_s): “Para poder hablar de la realidad de los muertos necesitamos entonces situarlos según lo que Latour llama, siempre siguiendo a Souriau, sus propios ‘modos de existencia’” (Despret, 2021, p. 20). Precisamente por ello decimos que se trata de una cuestión vital, la de seguir escribiendo y, sobre todo, que Marlene -así como Susy, Claudia, y con ellas, Lohana, Diana… continúen escribiendo. Para permear y pregnar, quizá, al sistema fracasado de otros matices, escalas, límites, bordes, y hacer desbordar cada categoría que encierre, oprima y mate. Para crear otros modos de ser. Para habitar diferentemente el mundo y poblarlo de otra humanidad: “ya muchas decimos que no queremos ser más esta humanidad” (Wayar, 2018, p.104). Y más aún: “Tenemos que ponernos a pensar en este sentido: cómo recobramos la humanidad. De esto se está hablando. Estamos deshumanizadas. ¿Cómo recobramos la humanidad?” (Wayar, 2018, p. 103)

La escritura es ese invento que da lugar a la presencia-no-presente de lo inexistente, le da existencia a la nada; vuelve visible lo que permanece invisible. Y, en este sentido, tiene un rol ético y político. Dice Claudia en su fanzine Poesía Travesti: “Mi destino era ser otra analfabeta y morir callada. Provengo de generaciones de mujeres analfabetas que nadie supo que existieron. Hoy puedo decir que aprendí a leer y me esfuerzo en ser inteligente y escribir sobre todo esto…” (Rodriguez, 2021, p. 70).

Se deja ver aquí, aquel compromiso (ético-político) íntimo de la escritura con lo an-alfabeto, lo in-existente, lo in-visible.

La escritura habilita un espacio permeable en donde se filtra la vida de la muerte: “lxs muertxs también se resisten a quedarse quietxs, fijxs, -muerto(s) de una vez por todas- como diría Derrida, y cobran vida en los umbrales porosos de nuestras existencias, de nuestras des- memorias y de nuestras palabras” (Cano, 2021a, p. 10). En el diferimiento – antes mencionado- de la escritura se produce, entonces, una demora que permite el advenimiento de la muerte. Me interesa aquí destacar que nos seguimos refiriendo a la vida y a la muerte como términos correctamente separados y determinados; no obstante, tal como podemos notar en la anterior cita de Vir Cano, es por demás evidente que ya ni siquiera es posible pensarlas como una y otra, como una opuesta a la otra -la vida y la muerte-: “‘Aislar la muerte de la vida, no dejarlas entrelazarse íntimamente, cada una intrusa en el corazón de la otra: he aquí lo que nunca hay que hacer’, aconseja Nancy” (Cano, 2021a, p. 10). Tampoco las identificamos, esto es: la vida es la muerte. Entender que l_s muert_s se resisten a quedarse quiet_s, es decir, muert_s para siempre, y que continúan volviendo en formas escriturales, ya es una manera de refutar aquellas dos concepciones respecto al vínculo vida-muerte. Es decir, la escritura indecide los términos, los indetermina y nos habilita a decir una vez más con Cano: “ese espacio viscoso, contaminado, en el que el umbral entre lxs vivxs y lxs muertxs se confunde, se tensa, se suspende e incluso implosiona” (Cano, 2021a, p. 11). Agregaría aquí, ese espacio es la escritura.

En otro seminario dictado por Jacques Derrida entre los años 2001 y 2003, llamado La Bestia y el Soberano, el autor –refiriéndose a una ética- dice lo siguiente: “con la no-vida presente o con la vida no presente de aquellos y aquellas que no son seres vivos, seres vivos presentes, seres vivos en el presente…. Es preciso pues inscribir la muerte en el concepto de la vida” (Derrida, 201, p. 141). Podemos agregar que la escritura amplía, entonces, los umbrales de aquello que consideramos “vida” y hace ingresar toda una multiplicidad de existencias: “no-vida presente”, “vida no presente”. Convoca lo que queda por fuera, lo más allá, la muerte en su interior. La muerte, externa y por lo tanto excluida y extirpable para Platón, se presenta desde el interior de la escritura, en su dimensión más íntima y constitutiva; y funda todo un espacio- (sin) tiempo (o a des-tiempo) en el cual se inventan otras vidasmuertes. Allí, precisamente, el horizonte radicalmente vital de la escritura y, de manera paradigmática, de la escritura trava.

Y en profunda consonancia, resonancia con las palabras de Derrida, Lohana Berkins - en una entrevista del programa Historias Debidas del Canal Encuentro-, dijo: “La muerte es un relato vívido. Curiosamente, la muerte es una cosa viva en nosotras” (Canal Encuentro, 2022, 17m47s). Es decir, la muerte es un relato y es un relato vivo, que vive en la escritura travesti, que perdura allí, re-vive una y otra vez. La escritura hace retornar lo muerto, l_s muert_s. Desde allí l_s muert_s (nos) hablan y continúan escribiendo junto a l_s viv_s. Punto de encuentro, de reunión entre losvivoslosmuertos.

La escritura, entonces, como topos en donde la muerte sigue viva:

Tengo el cuerpo estallado porque no hay cuerpo vivo que no esté un poco muerto, que no se haya roto y deshecho mil veces, como todxs sus muertxs, como toxs sus vivxs; porque estar vivo se parece a veces bastante a estar un poco muerto, y porque lxs muertxs insisten en jamás morirse del todo y quedarse, como decía Derrida que deseaba Antígona, allí muertos, bien muertos, de una vez y para siempre muerto. Tengo el cuerpo estallado porque la muerte sigue viva, y porque, por suerte, mi muerto, él, mi hermano muerto, insiste en seguir aquí conmigo. (Cano, 2021a, p. 31)

Las muertas de Marlene insisten en (re)vivir a cada trazo y escriben junto a ella.

 

Recibido: 1 de junio de 2022

Aceptado: 26 de septiembre de 2022


 

Referencias Bibliográficas 

Agamben, Giorgio (2016). El fuego y el relato. Sexto Piso.

Barthes, Roland (2021). Diario de duelo. Paidós.

Canal Encuentro (2022, 30 de marzo). Historias debidas II: Lohana Berkins. [YouTube].  https://www.youtube.com/watch?v=AcM2K7IrTjs&ab_channel=CanalEncuentro

Cano, Vir (2021a). Dar (el) duelo. Galerna.

Cano, Vir (2021b, 15 de julio). Las muertes que compartimos. Revista Anfibia. https://www.revistaanfibia.com/duelos-covid-las-muertes-que-compartimos/

Derrida, Jacques (2010). La bestia y el soberano: seminario, 2001-2003. Volumen 1, Manantial.

Derrida, Jacques (1975). La farmacia de Platón. La diseminación. Fundamentos.

Derrida, Jacques (2021). La vida la muerte: seminario, 1975-1976. Eterna Cadencia.

Despret, Vinciane (2021). A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan. Cactus.

Rodriguez, Claudia (2021). Poesía Travesti, resentía y furiosa. Té de boldo.

Shock, Susy (2020). Realidades: poesía reunida. Muchas Nueces.

Wayar, Marlene (2018), Travesti/ Una teoría lo suficientemente buena. Muchas Nueces.


 

 



* Universidad Nacional de Córdoba. Facultad de Filosofía y Humanidades. Escuela de Letras. Córdoba, Argentina.

Universidad Nacional de Córdoba. Centro de Investigaciones de Periodismo y Comunicación “Héctor Schmucler” (CIPECO). Grupo de Lectura “Sol Viñolo”. Córdoba, Argentina.

[*] Marlene es activista travesti por los Derechos Humanos y por las infancias libres, además es psicóloga social por la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo.

 

[†] Dedicatoria del libro Travesti/ Una Teoría lo Suficientemente Buena de Marlene Wayar.

[‡] “El 10 de septiembre de 1993, cuando yo tenía 14 años y él 20, moría mi hermano Nicolás en un accidente de auto” (Cano, 2021a, p. 9).

[§]  Oposición propia de un sistema de pensamiento dualista derivado de la metafísica occidental.

[**]  “Logos tiene aquí el sentido de discurso, de argumento propuesto, de propósito principal que anima la charla hablada (el logos)” (Derrida, 1975, p. 114).

 

 

[††] Para profundizar y complejizar en esta línea se puede revisar, particularmente, el mito de Zeus y la escritura como farmakon en el texto La Farmacia de Platón de Jacques Derrida.

[‡‡] Escritora y referente trans chilena.

[§§] Me circunscribo a ellas tres ya que son quienes aparecen en permanente diálogo en el libro Travesti/ Una teoría lo suficientemente buena. Podríamos agregar aquí que si bien hay una firma autorial -Marlene Wayar- subyace a ella un aquelarre de voces, vivas y muertas, que también escriben el texto. O, mejor aún, como lo dice Susy Shock en “Palabras preliminares” de su libro Realidades: Y Marlene lo gritó y yo lo seguí gritando en el resto del poema, como lo viene gritando una tribu inmensa con la que vamos escribiéndonos la otra historia. (…) Por eso no hay propiedad intelectual cuando venimos pensando una época juntas. Es muy paki ese pensar en términos de propiedad, o por lo menos es la idea contraria de nuestra propuesta de darle comunitariamente letra y voz travas a un mundo ya fracasado (Shock, 2020, p. 7).

[***] En alusión al poema “Cadáveres” de Néstor Perlongher: “Bajo las matas/ En los pajonales/ Sobre los puentes/ En los canales/ Hay Cadáveres.”

 

[†††]  Concepto que elabora y propone Wayar en su libro: “No es ya simplemente un espacio de construcción de una subjetividad en contraposición a una otredad y esas dos ansiedades básicas (el miedo a la pérdida y el miedo al ataque) sino un espacio potente para la construcción de una NOSTREDAD, en la que no estamos permanentemente en guardia y con miedo a perder lo que tenemos o a ser víctimas de un ataque (Wayar, 2018, pp. 18-19).