MUJERES MIGRANTES Y ARTISTAS INVESTIGADORAS ACTIVISTAS: EL CASO DEL COLECTIVO MUMI EN LA CIUDAD DE TANTI

 

MIGRANT WOMEN AND ACTIVIST RESEARCH ARTISTS: THE CASE OF MUMI COLLECTIVE AT TANTI CITY


Patricia Cristina Aschieri*

Micaela Daniela Suárez**

Débora Traverso***

 

 

 

Resumen 

MUMI es un colectivo de Mujeres Migrantes que surge de la vivencia de dos artistas investigadoras, quienes por diversos motivos se trasladaron con sus familias al Valle de Punilla, Córdoba. Allí, su experiencia se entrecruzó con la de otras migrantes como ellas y en el año 2018, como parte de estos encuentros, gestan este proyecto en la búsqueda de una posible respuesta a una necesidad compartida de acompañar-se y elaborar las incomodidades y problemáticas de la migración ¿interna? Durante el año 2019, el colectivo comenzó a realizar encuentros en el formato de “Talleres de Mapeo” que tuvieron lugar en  Otilia Multiespacio Cultural, cuyo principal objetivo fue el de “dar lugar a las voces de las mujeres migrantes de la ciudad de Tanti”.

Los talleres fueron pensados desde la noción de “cuerpo-territorio” (Geografía Crítica Ecuador, 2018) y en esta dirección, se utilizaron las herramientas de la “cartografía social”. Por las particularidades del fenómeno se comprendió la necesidad de tomar una perspectiva que incluya la “interseccionalidad” (Williams, 1989) y se adhirió a la metodología de la “sensocorporreflexión” (Aschieri, 2019), como estrategia que permitía abordar las conexiones emotivas y cognitivas de lxs participantes en el marco de una revisión de los modos de hacer.

 

Palabras clave: Mujeres Migrantes MUMI - Mapa Performance - Habitabilidad Liminal

 

 

Abstract

MUMI is a migrant women collective that arises from the experience of two investigating artists, who for various reasons moved with their families to Punilla Valley, Córdoba. There, their experience intertwined with that of other migrants like them and in 2018, as part of these encounters, they developed this project in search of a possible response to a shared need to accompany each other and elaborate on the discomforts and problems of migration, an internal one. During 2019, the collective began holding meetings in the format of "Mapping Workshops" that took place in Otilia Cultural Center, whose main objective was to "give rise to the voices of Tanti´s migrant women."

The workshops were designed from the notion of “body-territory” (Critical Geography Ecuador, 2018) and in this sense, the tools of “social cartography” were used. Due to the particularities of the phenomenon, the need to take a perspective that includes “intersectionality” (Williams, 1989) was understood and adhered to the “sensocorporreflexión” methodology (Aschieri, 2019), as a strategy that made it possible to address emotional connections and cognitive skills of the participants in the framework of a review of ways of doing things.

 

Keywords: Migrant Women MUMI - Performatic Map- Liminal Habitability

 

 

 

Introducción

El colectivo MUMI Mujeres Migrantes se conformó en 2018 en una noche de encuentro de un grupo de crianza. Entre anécdotas y charlas cada mujer contó su vivencia en el nuevo entorno, lo que permitió el reconocimiento de problemáticas comunes y la toma de conciencia de que la mayor parte de estas giran en torno a la condición de migrantes: “nos dimos cuenta que casi todas que veníamos de diferentes territorios en busca de una nueva vida más sustentable”. A partir de este encuentro nace lo que en principio fue un proyecto socio-artístico,[1] co-dirigido por Débora Traverso y Micaela Suarez para una actividad en la Comuna de Cabalango para el 8M de 2019. Luego se incorporan al proyecto Julieta Zeoli y Florencia Robotti, quienes aportan una mirada desde los eco-feminismos y allí se conforma el colectivo. Desde este marco organizan unas jornadas de talleres abiertos hacia otrxs migrantes durante 2019, en el Multiespacio Cultural Otilia de Tanti. A partir de una crítica a aquellas prácticas hegemónicas resultantes de sus socializaciones previas las coordinadoras partieron de utilizar la insatisfacción que produce el estado de migración como disparador válido para el diseño de los talleres. Así, el colectivo MUMI se preguntó ¿De qué modos el territorio-entorno interpela los territorios-cuerpos? ¿Cómo es posible de-construir o resistir “habitus” (Bourdieu, 1990) invisibles en modos de hacer, o en elecciones, o en las corporalidades? ¿Cómo operan en este contexto las dinámicas dicotómicas nosotrxs-ellxs, ser-no ser, dentro-fuera, público-privado? El objetivo inicial de MUMI propuso una indagación de las distintas problemáticas y necesidades que surgen del desplazamiento poblacional, cuestión que se volvía fundamental y crítica en la medida en que más del 40 % de la población de la zona se conforma por migrantes internxs cuya gran mayoría está constituida por mujeres. En esta dirección revisaremos en las próximas páginas las nociones de “migración por amenidad” o “neorruralidad” como estrategia de visibilización de los fenómenos migratorios que vienen dándose como un éxodo constante de las grandes urbes al Valle de Punilla y que, actualmente conforma un inconveniente territorial entre problemáticas ambientales, socio-identitarias y políticas. 

En tanto conformado por artistas, investigadoras y a la vez activistas, el colectivo MUMI identificó la necesidad de elaborar herramientas novedosas que consideren y den lugar tanto a la vivencia corporal sensorial- expresiva, como a la reflexividad para colaborar en la elaboración de dinámicas colectivas que permitan exponer y registrar las distintas problemáticas y construir otros modos de hacer, expresar y comunicar. Como parte de un proceso colectivo además de las herramientas mencionadas, se incorporaron en el devenir elementos de las artes escénicas y audiovisuales dando lugar al diseño de un dispositivo que entendemos novedoso y al que denominamos Mapa Performance.

Esperamos en este artículo, referir parte de la experiencia vivenciada durante los cinco encuentros realizados en el año 2019. Es importante decir, que estas vivencias están demasiado entrelazadas por los afectos, necesidades y urgencias personales de las propias talleristas coordinadoras, por lo que el intercambio y experiencia escritural con la artista investigadora Dra. Patricia Aschieri con perspectiva antropológica, nos ha permitido realizar un proceso de distanciamiento analítico, en pos de un trabajo de objetivación que permita describir una experiencia íntimamente encarnada.

 

 

Situando la vida en el Valle de Punilla

El Valle de Punilla, zona cuasi urbanizada del área metropolitana de Córdoba, se ubica entre las Altas Cumbres y las Sierras Chicas en la provincia de Córdoba.[2]  Sustentado por el turismo “de higiene y sanación” (Peralta, 2018) desde sus inicios, las actividades comerciales y una mínima actividad agropecuaria, el proyecto jurídico- administrativo fue conformando un espacio como corredor rural-turístico. Los emprendimientos industriales de extracción de áridos y las empresas hidráulicas como Casa Bamba, forjaron a inicios del siglo XX el modelo extractivista y de progreso liberal y modernista que prevalece en la zona. Durante las décadas del 50´ al 70´ se dio la explosión del turismo sindical con la creación de hotelería y complejos (a la vera de los ríos) y la construcción en los cascos de los pueblos de casas de la clase media acomodada para vacacionar. En el año 1960 se pavimenta la ruta 38, en 1961 se inaugura el Festival Nacional de Folclore de Cosquín y junto con el auge del automóvil la zona se convierte en una opción vacacional por la cercanía a la ciudad capital y por el acceso. Hacia fines del siglo XX el auge turístico merma y la zona se instaura como dormitorio “de un gran número de habitantes que encontraban en la región, las condiciones óptimas para apropiarse de un espacio fuertemente dependiente en lo laboral de la ciudad de Córdoba” (Martina, 2019: 57). Como fundamenta Martina (2019) las estrategias proyectuales estatales para el área dan cuenta de la creación de una zona metropolitana como “suburbio” de la ciudad capital de la provincia.[3]

Actualmente el Valle de Punilla protagoniza una transformación hacia un polo industrial de empresas que se enfocan hacia la construcción y la obra pública y es escenario de un gran dinamismo vinculado a los grandes emprendimientos inmobiliarios y el turismo. La intensa migración registrada entre 2001 y 2010,[4] conformada especialmente por migrantes internos de la provincia (expulsadxs de la capital provincial), como de otras, principalmente Buenos Aires, Santa Fe, Santiago del Estero y San Luis, acrecienta las problemáticas socio-ambientales (Salgado, 2015: 30) y político-culturales ( tanto por la urbanización de las sierras -sin planificación territorial ni ordenamiento-, como por la transformación socio-demográfica desatendida por las políticas públicas) Como expone Martina:

la expansión ilegal del desmonte, la contaminación de los cursos de agua, la extracción desmesurada de elementos naturales, la diseminación de basurales a cielo abierto, la contaminación de napas freáticas por residuos sanitarios, entre otros. También han comenzado a proliferar en las últimas décadas, inconvenientes sociales típicos de la urbanidad tales como la violencia y la segregación clasista pobres/ricos que fragmentan al territorio en guetos asilados y contrapuestos culturalmente. En este recorrido, el valle de Punilla ha sido uno de los corredores serranos de la provincia que se ha visto seriamente afectado por las prácticas mencionadas. La cercanía a la ciudad de Córdoba y las conexiones viales, han propiciado el impulso de prácticas de dependencia que tensionaron al espacio y lo reconvirtieron de un escenario rural a una extensión que no dista en demasía para devenir suburbio metropolitano (Martina, 2019: 29).

Varios estudios (Peralta, 2018; Trimano, 2015; Trimano y Lücken, 2019) refieren en los últimos 25 años una intensa migración inversa (de grandes ciudades a localidades intermedias o rur-urbanas), en este caso desde la ciudad capital u otras ciudades capitales provinciales), al área metropolitana de Córdoba y a otras localidades serranas. Lxs autorxs advierten que esta migración se da principalmente por el acceso a las tierras y la mejora en la calidad de vida. El crecimiento de las ciudades intermedias (Peralta, 2018: 1219), dado por el comercio y el turismo, también es un componente atractivo para este tipo de migración. La migración inversa constituye un fenómeno poco estudiado[5] y es abordado por algunas investigaciones como “contraurbanización” (Peralta, 2018) “neorruralidad” (Trimano, 2016) o “migración de amenidad” (Moss, 2006) entre otras.[6]

Específicamente Trimano (2019, 2015) hace un recorrido histórico de la categoría neorruralidad y critica las acepciones que mantienen la simplificación del fenómeno en la dicotomía campo-ciudad, rural- urbano. Define la neorruralidad como una tendencia emergente de movilidad[7] poblacional y residencial gestada al calor de una sociedad contemporánea que busca una manera de habitar el mundo diferente a la estipulada en el régimen semiótico del capitalismo. Es un desplazamiento humano que brega por desandar las huellas de la modernidad en los imaginarios y en las experiencias cotidianas en la que lo vital, prima sobre lo económico” (Trimano, 2019: 121).

Bajo esta perspectiva acordamos con la autora en la necesidad de abordar este fenómeno como “histórico, complejo, emergente, dinámico, situado, localizado, multidimensional (temporal, espacial, espiritual, y experiencial) y transdisciplinar” (Trimano, 2019: 120).

A diferencia de otras zonas -como las ecoaldeas de Traslasierra o los movimientos de grupos que se asientan en el sur, tras el ideario de “comunidad” (Trimano y Lücken, 2019; Martina, 2019)- en Punilla, la movilidad no se da sólo por la búsqueda de vivenciar otro tipo de hábitat (Martina, 2019). Como expusimos anteriormente el acceso a las tierras, el crecimiento comercial de las localidades intermedias y el potencial de “zona dormitorio” respecto de la capital provincial, son otros factores que motorizan esta movilidad. En este punto, desde una mirada situada como autoras de este artículo, consideramos que el fenómeno de Punilla no se puede abordar sólo desde la perspectiva tradicional de la neorruralidad o la “migración por amenidad”, sino que la trama supone otra complejidad por lo que entendemos es pertinente abordar estos desplazamientos desde el enfoque liminal de la neorruralidad planteado por la autora (Trimano, 2019: 137).

En esta dirección, en el Valle se dan movimientos propulsados por la expulsión desde las grandes ciudades hacia otras áreas en la búsqueda de oportunidades laborales y de vivienda, bajo el ideario de progreso modernista que se corresponde con el desarrollismo planificado para esta zona, y también se puebla de personas que valoran la tranquilidad y la belleza natural de las sierras promoviendo asentamientos fundamentados sobre el imaginario de otro tipo de habitabilidad y que trae aparejado prácticas comunales y ecológicas (Martina, 2019). La neorruralidad en Punilla, como zona liminal, evidencia -en el intersticio- los conflictos de las prácticas de estxs actores heterogénexs que muchas veces, por llevar a cabo ciertos idearios, reproducen los “habitus” (Bourdieu, 1990) propios de su socialización previa, y desatienden las interpelaciones propias del hábitat que los aloja. Desde esta perspectiva consideramos atender a estos movimientos poblacionales en las sierras como una habitabilidad liminal cuya dinámica se construye entre las tensiones generadas por el “habitus urbano” –que se traduce en acciones concretas- y las proyecciones hacia un territorio imaginario -basado en idealizaciones de habitabilidad.

 

Habitabilidad liminal. El colectivo MUMI en Tanti

En este contexto territorial, socioeconómico y cultural del departamento Valle de Punilla de la provincia de Córdoba se realiza la experiencia que describimos en este trabajo. Particularmente, en la zona del municipio de Tanti y de las Comunas de Cabalango, Estancia Vieja y Villa Santa Cruz del Lago.[8] Se trata de una zona de monte nativo en recuperación, de altas cumbres (Los Gigantes), con un importante patrimonio arqueológico y cuencas hídricas. El establecimiento de la hormigonera Tejamax, los grandes emprendimientos inmobiliarios que producen desmontes, el proyecto de instalación de la Mina Nácar en la reserva hídrica Los Gigantes, el emplazamiento de torres para antenas de telefonía en el ejido urbano, la construcción de la Autovía de Montaña e incendios, son algunos de los casos que evidencian la problemática socioeconómica y ambiental de la zona.[9]

Desde su fundación el área recibió varias olas migratorias que acrecentaron la población notablemente[10] y desde el año 2020 se avizora un cuarto movimiento impulsado por el éxodo de las ciudades debido a la pandemia COVID-19. Actualmente, su población asciende a los 12.000 habitantes y se calcula que unx de cada cuatro residentxs es migrantx.[11] Con iluminación eléctrica, servicios públicos básicos y acceso restringido al agua, la principal actividad económica es el turismo. En menor porcentaje la construcción, el comercio, y el éxodo laboral diario a la ciudad de Córdoba. Su población también se provee de rentas provenientes de otras zonas y del teletrabajo. Entendemos que el gran proyecto socioeconómico provincial desarrollista de esta zona metropolitana, que se opone a la seria implementación de políticas socioambientales, es uno de los principales ejes del conflicto poblacional. Hemos identificado, además, que otro de los importantes problemas es la presencia de muchos casos de violencia de género.[12] Estas complejas circunstancias han propiciado distintas acciones que abarcan desde la conformación de asambleas barriales hasta junta de vecinxs autoconvocadxs por el monte, entre otras,[13] en donde se nuclean distintxs tipos de actorxs sociales. Cabe señalar que estas organizaciones agrupan mayormente a la población migrante en una franja etaria de entre 25 a 65 años. De modo diferencial, los espacios estatales de gobierno están integrados mayoritariamente por personas nacidas y criadas en la zona, de entre 45 a 70 años.  En estos espacios se ponen en juego las tensiones. Una evidencia de esto lo registramos en el cuestionamiento, respecto del derecho de la toma de decisiones, que lxs nacidos y criadxs le realizan a “lxs nuevxs habitantes”. El territorio entonces, como constructo social en este contexto, puede ser comprendido a través de identificar algunas categorizaciones dicotómicas que parten de situar: un ellxs, ciudad, progreso /un nosotrxs, monte, ambiente, Es decir, este “ellxs, ciudad, progreso” (como parte de lxs habitantes nacidxs, criadxs y venidxs con perspectiva urbanista), se desmarca del “nosotrxs, monte, ambiente” (conformadxs por criadxs y migrantes con diversos ideales de habitabilidad) evidenciando una importante sectorización social. Los conflictos surgen no sólo por la legitimidad de las decisiones socio-políticas y ambientales,[14] sino que también evidencia las diferencias entre las prácticas de lxs distintxs actorxs sociales, que bien vale aclarar, suelen estar sustentadas invisiblemente, por la desigualdad socioeconómica. Etiquetas como “lxs hippies” “lxs chelcos” “lxs paisas” entre otras, demarcan jerárquicamente los territorios, las subjetividades y sus prácticas. En el caso de lo “hippie”, confluye el imaginario de lo bio, lo eco, lo sustentable, lo saludable, las prácticas como la bio-construcción, la desescolarización, el parto domiciliario, la espiritualidad new age, la alimentación consciente (orgánica, gallinas felices, etcétera), lo comunitario, la medicina alternativa, etc. Lxs “Chelcos” son lxs nacidxs y criadxs en la tierra y están identificados por el arquetipo de “patrón de estancia”. Como son los propietarixs de la tierra es de destacar que se auto-sectorizan.[15] Por su parte, “lxs paisas”, “la doña” y “el don” son las denominaciones para lxs habitantes de medianos a bajos recursos económicos que conservan prácticas rurales y se sustentan a través de diferentes ocupaciones (desde trabajos de arreglos en caseríos, turismo, construcción hasta pequeños emprendimientos rurales)

Es precisamente en el contexto de la explosión demográfica -y sus consecuencias socio–políticas, ambientales y culturales en las sierras- causado por el movimiento poblacional dinámico y complejo que brevemente hemos descripto, que se crea el colectivo Mujeres Migrantes (MUMI). Su presencia se propone dinamizar la pregunta por este movimiento poblacional de habitabilidad liminal y visibilizar, en particular, la experiencia de las mujeres en el marco de los desplazamientos humanos hacia la zona de Tanti.

Situadas como actorxs sociales protagonistas de este complejo fenómeno, MUMI se conforma, como dijimos más arriba, una noche de encuentro entre mujeres de un grupo de crianza.[16] Las preguntas que surgen en esta primera etapa versaron sobre aquellas dificultades que tienen que ver las multiterritorialidades que se despliegan al habitar en el nueva localidad, así como la identificación de las diferencias en los registros personales, y también en los imaginarios proyectados en la efectivización de “una nueva vida”. La mayoría de las que allí participaron pudieron registrar las violencias que se sufren no solo en calidad de la condición de mujeres sino también en la particular situación de migrantes. Como expone el colectivo “Migrar de la ciudad a otras territorialidades (en este caso al Valle de Punilla, Córdoba), generó inquietudes que minaron nuestra experiencia” (Facultad de Ciencias Humanas, UNICEN, 2021: min. 27) 

Sobre la necesidad de abordar estas problemáticas de una forma creativa y colectiva, que tenga en cuenta los afectos, las emociones y todo el universo sensorial corporal y reflexivo, las integrantes del Colectivo apelan a una mirada desde las artes. La planificación de un taller para el 8M en 2019[17] con actividades de juegos teatrales y cartografía social sienta las bases para la herramienta de mapeo performance creado posteriormente. Luego ingresan nuevas participantes, las activistas Julieta Zeoli y Florencia Robotti,[18] quienes aportaron la concepción del “cuerpo como territorio” y con ella una perspectiva ecofeminista. Estas circunstancias enriquecieron y fortalecieron una posición en adhesión a la herramienta política de la interseccionalidad (Crenshaw, 1989) como un enfoque que permitió evitar una perspectiva monofocal y favorecer la identificación y visibilización de la imbricación de situaciones y condiciones que son simultáneas. Desde esta conformación el colectivo MUMI motoriza cinco talleres en Otilia Multiespacio Cultural, cuya dinámica y desarrollo analizaremos a continuación.

 

El mapeo y la cartografía social como performance

Como hemos señalado, durante el desarrollo de los talleres realizados entre julio y diciembre del año 2019, se fue elaborando y afianzando un dispositivo artístico-escénico que apuntó a la realización de mapeos en articulación con la idea de cuerpo-territorio.[19] Desde la perspectiva de los feminismos comunitarios de Guatemala y Bolivia surge el concepto cuerpo-territorio-tierra: “las violencias históricas y opresivas existen tanto para mi primer territorio cuerpo, como también para mi territorio histórico, la tierra” (Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo 2017: 17) Con esta mirada refieren que las mujeres como generadoras y regeneradoras de lugares, donde se gesta lo vital, han sufrido siempre las violencias del poder sobre sus cuerpos. Lorena Cabnal (López, 2018) explica que los cuerpos son territorios en disputa antes, en y desde la colonia, en el mestizaje y en el sistema extractivista patriarcal imperante. Cuerpo-territorio-tierra anuda, según la autora, las complejidades que se imbrican desde las múltiples opresiones y saqueos sufridos en los cuerpos, los territorios, y las tierras en Latinoamérica: “los espacios dependen de las relaciones de poder y son el resultado de las desigualdades sociales, que jerarquizan no sólo personas sino también territorios” (Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo, 2017: 17) Este concepto es elaborado por los ecofeminismos latinoamericanos y específicamente las geógrafas feministas critican la noción del espacio como lugar neutro[20] y abordan el cuerpo como territorio en sí mismo. El cuerpo como un espacio, que también ocupa un lugar en el mundo, permite considerar la corporalidad como un territorio vivo e histórico, que refiere a una interpretación cosmogónica y política, donde habitan heridas, memorias, saberes, deseos, sueños individuales y comunes (Hernández Cruz, 2016: 44). A su vez los territorios se miran como cuerpos sociales que develan espacios de poder, tal como el Grupo de Trabajo: Cuerpos, territorios y feminismos (Bayón Jiménez, 2019) refiere a continuación:

todo lo que hacemos está espacialmente situado y encarnado en cuerpos diferenciados y jerarquizados. En ese sentido, el cuerpo está determinado no sólo por las determinaciones físicas del contexto geográfico; sino por las construcciones culturales que subyacen a la idea del espacio, lugar, territorio, comunidad y contexto (…) los procesos de despojo y violencia han estado configurados por jerarquías raciales y de género que siguen prevaleciendo en nuestras sociedades. Esta embestida de violencia y despojo de los territorios afecta los cuerpos de las mujeres directamente (Bayón Jiménez, 2019: s/p).

MUMI retoma estas conceptualizaciones del cuerpo-territorio y el territorio-cuerpo y propone un tipo de estrategia que posibilite el mapeo de la cartografía social como experiencia. Éste se organiza no sólo como una representación gráfica (y parlante-corporal), sino como un proceso de producción de conocimiento co-creado entre las participantes y las talleristas en cada encuentro. Inspiradxs en la cartografía social (Cerutti Guldberg 2018) el colectivo MUMI acuerda con lxs Iconoclasistas que los mapeos funcionan como “herramientas que generan instancias de trabajo colectivo y permiten la elaboración de narraciones que disputan e impugnan discursos y representaciones oficiales” (Risler y Ares, 2013: 77). En esta dirección la propuesta de MUMI extiende esta mirada y considera al mapeo como dispositivo (Torres, 2016)[21] que articula varios discursos (corporales, gráficos, poéticos, plásticos, etc.).

Ya tempranamente los trabajos de Elina Matoso (2004) habían distinguido en la década de los 80s y 90s una dimensión escénica del cuerpo como dispositivo terapéutico. Su propuesta involucra una modalidad que busca resquebrajar imágenes en zonas corporales que suelen dar dolor o miedo o angustia. En palabras de la autora se “Se trata de dramatizar el puente como un recorrido de borde a borde, de orilla a orilla en el que se presentan personajes que van y vienen” (Matoso, 2004) Su trabajo, que denomina corporal-dramático, implica producir un corte, una ruptura, un pasaje no siempre fluido entre ambos términos. El interés de este abordaje está puesto en materializar y dar lugar a las escenas alojadas en el cuerpo con el fin de producir transformaciones en la subjetividad de las personas, El andamiaje conceptual del mapa corporal elaborado por Matoso ubica no solo conocimientos teatrales y de confección de máscaras, sino también aspectos del psicodrama psicoanalítico para un abordaje individual y colectivo.

En una dirección similar, pero con un enfoque más social e histórico, la propuesta particular del Colectivo MUMI diseñó lo que denominan “una Performance-Mapeo”. Estos mapeos incluyen acciones corporales, la retroproyección de gráficos, íconos, dibujos, etc., así como proyecciones audiovisuales en distintas superficies que incluyen los propios cuerpos de lxs participantes. Se trata de un proceso dinámico y colaborativo que abarca gestos, movimientos, acciones (corporales y vocales) y la producción gráfica de lxs participantes. Una breve sistematización permite agruparlos de la siguiente manera:

       Actividades motor-expresivas de ritmo y psicomotricidad de percepción y sensorialidad (para registrar, desde la vivencia poética o las visualizaciones imaginativas, las nociones de espacio, movimiento, tiempo, acción, etc.  Desde el sentido cenestésico).

       Abordaje de energías y juegos corporales, como dinámicas expresivas, que representen o refieran estados, trayectorias y/o acciones en el entorno (para visualizar tensiones, patrones y problemáticas territoriales).

       Dinámicas dramantropológicas (para corporizar desde la estructura dramática: roles, espacios, conflictos, acciones, etc. que evoquen posibles formas vinculares y de sociabilidad).

       Corpografías grupales e individuales, a partir del registro y representación -en dibujos, movimientos, acciones, etc.- de los propios cuerpos y la localización en éstos de las diferentes problemáticas del territorio compartido (para configurar estructuras parlantes que cuenten sus historias).

       Sensogramas individuales: gráficos que surgen desde los ejercicios de sensorialidad audio-guiados (para analizar el modo en que abordamos con los sentidos las diferentes situaciones).

       Gráficos de espacio tiempo[22] (para poner en relación las trayectorias y las corpografías con los eventos sociohistóricos y político-culturales de relevancia del entorno compartido).

       Retro-proyección de imágenes, mapas y performances plástico-visuales en el espacio escénico (como espacio-entorno) para aunar las dinámicas expresivo-corporales con las imágenes elaboradas, y el registro del entorno. Esto tiene como objetivo indagar sobre las nuevas formas de percepción del espacio, el tiempo y la sociabilidad para crear una cartografía social colectiva y perfomática final.

Este devenir performático crea mapas colectivos para narra-evocar- resonar, desde la sensocorporeflexión (Aschieri, 2019). Esta metodología permite focalizar en la corporalidad y acceder a una instancia de reflexión intersubjetiva y colectiva, en la que se involucran los hábitos y los saberes de modos de hacer no siempre conscientes. En este sentido, se abre el juego a la reflexividad corporal de una vivencia que usualmente es intraducible de modo inmediato al lenguaje escrito o hablado.  Y en este caso los talleres apuntaron a poner luz sobre las diferentes problemáticas surgidas del movimiento poblacional que hemos anteriormente descripto como habitabilidad liminal en el territorio de Punilla.

 

“Un eterno estar llegando”

Los cinco talleres tuvieron un total de 50 mujeres participantes.[23] La dinámica constó de 4 encuentros con jornadas intensivas de entre 4 a 6 horas de actividades, culminando con un mapeo. Cada uno de los talleres iba arrojando diferentes problemáticas que se configuraban en clave de íconos-conceptos-síntesis.

Durante los primeros talleres el objetivo se concentró en visibilizar las temáticas vinculadas al movimiento poblacional, así como lograr que cada participante pudiera reflexionar sobre su propia experiencia como migrante, las coordenadas de sus desplazamientos y sus transformaciones. Para ello se utilizaron técnicas y recursos vinculados a la representación gráfica a partir la realización de diversos mapas: desde corpografias personales hasta la realización de un mapa colectivo del Cono Sur.

 

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Imagen 1. PH Colectivo MUMI. Cartografía del primer encuentro.[24]

 

Un análisis de las corpografías resultantes y de los comentarios realizados en los dos primeros talleres indican que la acción de migrar se experimentaba en términos procesuales y multidimensionales. Por un lado, esto puede apreciarse en frases como “es un eterno estar llegando”, “todavía no llegué”, “es sólo un momento”, muy repetidas en cada uno de estos encuentros. La migración resulta así, una acción en proceso que, en cada experiencia, “tiene un carácter complejo en relación con lo temporo-espacial donde las acciones, los sentimientos, las reflexiones y las percepciones se encabalgan en un registro personal y colectivo, que puede ser real y/o imaginario y que varía de acuerdo con cada trayectoria y/o agenciamientos individuales” (Facultad de Ciencias Humanas UNICEN, 2021: min. 28). Por otro lado, es importante considerar que las dimensiones espaciotemporales se reconfiguran en el marco de una acción que no es vivenciada desde la “teoría de la flecha de tiempo” (Carlón, 2016), es decir, como un tiempo causal-lineal. La experiencia de mudarse o trasladarse a otro territorio física o materialmente no necesariamente implica habitarlo y debe considerarse, además, que la decisión de migrar fue tomada mayormente un tiempo antes de haber concretado el traslado efectivo. En este sentido, varias de las vivencias referidas por las participantes coincidían en un relato que entrecruzaba prácticas, representaciones materiales y simbólicas, afectos, relaciones y redes donde los límites territoriales y temporales se encontraban difuminados.  En este punto la sugerencia de revisar la noción de multiterritorialidad de Rogério Haesbaert (2013) nos resultó muy enriquecedora para ampliar nuestro abordaje.[25] El autor desarrolla una crítica al uso del término de desterritorialización, por comprender el territorio en formas dicotómicas[26] y por ser sólo considerado en su aspecto de destrucción del territorio. Aclara que habría que referir a una precarización territorial de los grupos subalternos en un caso, y de la vivencia de una multiterritorialidad en los casos de los grupos no subalternizados. Según Haesbaert “lo que se designa como un proceso de desterritorialización constituye en realidad un proceso a través del cual se experimenta una multiterritorialidad, o también una transterritorialidad” (2013: 12). La multiterritorialidad que se produce a partir de una movilidad bajo control del grupo social no se registraría como desterritorialización:

Un migrante que circula por diferentes territorios y va acumulando vivencias y múltiples sentimientos ligados a esas distintas territorialidades, construye una concepción multiterritorial del mundo, aunque funcionalmente dependa de un solo y precario territorio. Tenemos aquí el caso de territorialidades sin territorio correspondiente (Haesbaert 2013: 28).

Este aspecto es interesante ya que se registró en los talleres la referencia a una sensación de corporalidad-en-desarraigo, a partir de expresar una experiencia que se presenta como desterritorializada. Al respecto, muchas mujeres idealizaban su decisión de migrar describiéndose desde acciones descontextualizadas y proyectadas en un territorio ideal. Identificamos que los discursos y prácticas se construían desde ideales como “redes”, “comunidad”, “lo bio”, “la naturaleza”, “la sustentabilidad”, “lo eco”, entre otros, utilizándolos como si fueran intercambiables y sin especificar nunca su significado o el valor que cada unx le atribuía y, al mismo tiempo se daba por sentado que todxs lxs compartían. En esto se vislumbra la necesidad de ampliar las ideas tradicionales de habitabilidad para indagar en las formas reticulares en que se vivencian las prácticas en los espacios.

Sin embargo, a la hora de indagar sobre las prácticas que sostenían estas nociones, las respuestas daban cuenta de imaginarios o de proyectos a alcanzar en un tiempo futuro, más que de sus prácticas actuales y concretas en el territorio. Así se escuchaba en el taller “no dibuje un límite fijo de mi cuerpo porque me siento parte del todo”, “estoy en expansión”. Al mismo tiempo resultaba difícil plantear una mirada crítica sobre temas que las propias participantes traían tales como “fragmentación”, “límites-fronteras”, “red” y “expansión”. Estas ideas-conceptos como proyecciones-deseos no sólo son una herencia de los discursos y prácticas new age sino que además se relacionan, como hemos mencionado, con otro tipo de habitabilidad. No obstante resultó un desafío poder articular estos ideales de habitabilidad o de “sustentabilidad” o de “lo comunitario”, con sus prácticas concretas en el nuevo espacio. Si bien inicialmente identificamos aquí, un proyecto de identidad supeditada al futuro (sin presente ni pasado): una identidad suspendida entre un futuro y un tiempo pretérito (el sueño pasado de una nueva vida en un entorno bucólico y soñado), frente a los alumbramientos de la noción de multiterritorialidades nos proponemos profundizar y reelaborar este enfoque en nuestro próximo artículo.

 

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Imagen 2. Cartografía del primer encuentro - Mapa de Tanti. PH Colectivo MUMI.

 

Con el objetivo de situar a las mujeres en el territorio-tierra, en el segundo encuentro las coordinadoras propusieron explorar enraizamientos, territorios y redes, entre otros, a partir de distintos ejercicios vivenciales y de la realización de una cartografía, ya no individual, sino colectiva. Luego de estas indagaciones las coordinadoras de los talleres mencionaron que “si bien el diálogo era fluido, llegando a tener una gran profundidad” observaron ciertas dificultades “a la hora de volcar todo lo reflexionado en papel”. Al intentar plasmar lo charlado todo “se tornaba lento y la energía general bajaba considerablemente”. Utilizar la herramienta de la cartografía social para producir una idea o generar un discurso colectivo era un objetivo que resultaba difícil de alcanzar en esta oportunidad. Las coordinadoras notaban que mientras que “la palabra se diluía” aparecía una importante “dificultad cuando se requiere lo escrito” ya que constituye “una prueba que permanece” (Facultad de Ciencias Humanas UNICEN, 2021: min. 34:55). A la luz de esta dificultad, se diseñó una estrategia que apeló al juego teatral y corporal como modo de incentivar la dinámica grupal y la confianza. En el tercer encuentro se propusieron ejercicios que buscaron enraizar-arraigar, con la estrategia de una audio-guía para registrar el espacio, y la invitación a un mapeo final colectivo que utilizó la retroproyección de un mapa de Tanti, en el que debían ubicar palabras claves que aludían a las nociones “red”, “comunidad”, “lo bio”. Se configuró así, un dispositivo sensocorporreflexivo que incluyó el mapeo corporal donde la cartografía no solo suponía una intervención gráfica, sino que también, resultó en una experiencia corporal e interactiva como “mapeo-escena”:

Con la consigna de marcar, en una corpografía colectiva -una figura corporal dibujada en un papelógrafo-, zonas de nutrición-vitalidad, zonas de dolencias-violencias- desórdenes, y zonas liminales, el discurso no podía unificarse, ni instalar un debate con distintos puntos de vistas. Cada participante abordó individualmente una zona del cuerpo y lo intervino a su forma. Esto dio como resultado un cuerpo realizado por fragmentos o un cuerpo fragmentado,” (Facultad de Ciencias Humanas, UNICEN, 2021: min. 36:11).

 

Imágenes 3 y 4. Dispositivo artístico-escénico de mapeo corporal y reflexivo. PH Colectivo MUMI

 

Esta búsqueda colectiva suscitada en la condición de habitabilidad liminal compartida entre participantes y coordinadoras permitió producir un distanciamiento de situaciones y experiencias cotidianas y establecer una brecha entre idealizaciones y prácticas concretas.  Este proceso dio lugar a la ampliación del dispositivo de la cartografía social y de la noción de “cuerpo territorio” desde una perspectiva antes impensada que provocó un verdadero salto cualitativo. No sólo involucró mayor compromiso expresivo y afectivo de las participantes, sino que interpeló el propio imaginario de las coordinadoras. En síntesis, la dinámica audiovisual y performática, en su carácter de acción en proceso, posibilitó explorar zonas de incomodidad, temas controversiales y problemáticas invisibilizadas.

 

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Imagen 5. Corpografía colectiva. PH MUMI.

 

Este cuerpo colectivo que vemos en la imagen 5 fue realizada durante el tercer taller; como un cuerpo idealizado[27] pero incómodo, puede vincularse a aquel promovido por la new age, un despertar espiritual y una habitabilidad sustentable. Así, las mujeres se identificaban desde “el chacra del tercer ojo como amplitud de visión” o la necesidad de “ser una con la Pacha”. Por otro lado, esta corporalidad ideal está atravesada por una incomodidad ligada a la presión social que reproduce ciertas violencias del sistema patriarcal. Esta corporalidad fragmentada dio lugar a una incomodidad que las participantes enunciaron y pudieron expresar con gestos, sensaciones, lenguaje corporal. Surge la idea de “presión”. Se quiebra así, la idealización inicial y comienzan a aparecer los discursos antes no enunciados, que dan cuenta de la presión social invisibilizada y subyacente a la condición enmascarada del bienestar antes referido.[28] Aparecen frases como  “me siento abrumada por tanta carga”, “tengo que hacer mi posgrado y meditar todas las mañanas”,  “deseo ser una versión mejorada de mí misma”, “la alimentación saludable y la crianza respetuosa” “trabajo para subsistir pero quiero un tiempo no mercantilizado” “adhiero a la crianza respetuosa pero siento que toda la carga recae en mi rol”, “quiero comer sano y vivir sustentable pero extraño las comodidades de la ciudad”, “los espacios de cuidado en la casa o en la crianza siguen siendo no reconocidos y adjudicados a nosotras”, entre otras. 

La incomodidad referida por las migrantes en su hábitat anterior, y relacionada con el confinamiento, la opresión cotidiana, la constante racionalización y mercantilización de sus corporalidades, muchas veces se reeditan en los múltiples territorios, encabalgándose a las sectorizaciones realizadas por los diferentes actores sociales: ser “hippie”, o “paisa” o “chelcx”, etc. Es decir que pese a la nueva forma de habitabilidad (que intenta ser sustentable, saludable y amigable), la migración se experimenta desde la reproducción de viejas reglas vinculadas o los “deber ser” urbanos provenientes de sus lugares de procedencia. Las mujeres vuelven a sentirse fragmentadas, violentadas en sus deseos, organizadas desde la lógica de la productividad que las divide en una supuesta vivencia de una vida privada colectivizada que sigue pretendiendo ciertos resultados en la configuración de una identidad individual de resultados vinculados al éxito social. Así este cuerpo-territorio idealizado pero fragmentado, e incómodo reproduce las violencias del cuerpo social. Violencias heredadas, pero también “habituales” en el nuevo entorno. Como una suerte de habitus migrantes que se hacen presente desde creativas maneras de seguir sometiendo cuerpos, deseos y pensamientos: Como expone el colectivo: “Surge un nuevo “deber ser”, que tiene unos valores “altruistas” tan elevados que se tornan inalcanzables (ser una con la pacha- ser la mejor versión de mí misma). Así las acciones o imposibilidad de acción en el nuevo territorio suspenden el tiempo en el espacio re-articulando las presiones en un hacer/ no hacer que las vuelve “Sin siquiera darnos cuenta nuevamente reproductorxs de las formas que queremos deconstruir: nosotros-ellos, dentro-fuera, ser- no ser, naturaleza-cultura,” (Facultad de Ciencias Humanas, UNICEN, 2021: min. 35). En este sentido la insterseccionalidad nos permite ver las diferentes capas desde donde se sustentan las prácticas que reproducen la opresión. Siendo las mujeres quienes tienen que realizar los roles de cuidado y crianza, recaen en ellas las consignas de los nuevos hábitos (crianza libre, alimentación saludable, prácticas colectivas de sustentabilidad) Las diferencias de clase y lugar de origen posicionan a las distintas migrantes en diferentes sectorizaciones (hippie, paisa, etc.) y los roles en el nuevo espacio determinan lugares de poder y sectorizaciones más complejas. Ciertas tareas ligadas a las artesanías, prácticas de sustentabilidad, cuidado del ambiente o crianza son revaloradas frente a otras actividades asociadas al desarrollo intelectual y artístico, a los emprendimientos productivos y a las intervenciones sociopolíticas y comunitarias en el entorno. Se evidencia en esta jerarquización de ciertos roles y tareas, no sólo la dicotomía cartesiana moderna mente vs cuerpo, sino la cuestión de género que limita lo femenino “a la escala del cuerpo, dejando a los cuerpos masculinos como incorpóreos y pasándolos al área de la mente, jerarquizando siempre la mente por encima de los cuerpos” (Bayón Jiménez, 2019). Las mujeres migrantes quedan atravesadas por estas múltiples limitaciones.

 

Hacia la multiplicación de micropolíticas de concientización y re-existencia

La propuesta de MUMI, puso en marcha una micropolítica que se fue configurando a partir de un sentimiento de malestar compartido que tomó la forma de talleres bajo el modo de Mapeo Performance y de la construcción de lazos e identificaciones que armaron sentidos en red, allí donde no existían. Permitió poner en palabras y en gestos lo invisible y desestimado. Incluso una frustración silente y no reconocida. Esto fue posible pues la metodología diseñada permitió indagar críticamente modos de hacer y sentir, atrapados en la lógica neoliberal. La enunciación performática permitió desestabilizar las formas dominantes de subjetivación que propone este modo de habitabilidad liminal. El accionar del Colectivo no eludió la puesta en crisis de las subjetividades de las mujeres migrantes coordinadoras y convocó desde allí a las participantes de los encuentros. Esta producción de lazos, de reconocimientos en espejo, de acciones en clave de performance posibilitó el reconocimiento de las complejidades y contradicciones que se presentan en el proceso de migrar –al mismo tiempo que accionó en terreno-, desarticulando las tecnologías que conlleva el imaginario del bienestar futuro. El proceso experimentado permitió deconstruir, al menos en parte, alguna de las formas de “captura de la fuerza vital” de lo que Suley Rolnik llama la “opresión colonial capitalística” (12). Al decir de esta autora “la revolución se basa en una reapropiación de los medios de reproducción y reapropiación de los saberes del cuerpo, de la sexualidad, de los afectos del lenguaje, de la imaginación y del deseo” (Preciado, 2019: 12)

Sostenemos que las posibilidades de realizar acciones concretas y transformadoras en los territorios del Valle de Punilla se ven obstaculizadas por tres núcleos conflictivos. En primer lugar, la necesidad de reconocer a la migración como una acción procesual y multidimensional que, aunque siempre dependa de cada experiencia subjetiva y personal, es fundamentalmente parte de una crisis de habitabilidad en las urbes que ha sido poco estudiada y atendida por las políticas públicas.  El segundo núcleo conflictivo aborda el proyecto de identidad que surge de esta migración, el cual se basa en una corporalidad multiterritorializada y en tránsito, que propone una identidad idealizada que siempre es un objetivo por alcanzar. La identidad se presenta sin pasado ni presente, y proyecta acciones en un espacio imaginario. Lxs migrantes como actorxs sociales son ignoradxs por las políticas gubernamentales de la zona, al mismo tiempo que este desconocimiento genera dicotomías y tensiones socioculturales entre lxs habitantes. El tercer núcleo responde al cuerpo-territorio que sigue siendo fragmentado de nuevas maneras respondiendo a viejas/nuevas dominaciones. Éstas se proyectan sobre un espacio imaginario y se sustentan sobre conceptos ambiguos generando una corporalidad subjetivada en idealizaciones en tensión. Esto actualiza las antiguas experiencias de presión social desde nuevos modos de angustias, frustraciones y culpabilidades, jaqueando el accionar salvo en situaciones aisladas.

El dispositivo “Mapa Performance” constituyó una herramienta que puso al descubierto los aspectos inconscientes de la inmovilidad, de la inacción y enmascarando con pasividad el bienestar buscado. Todo esto, en un contexto territorial con fuertes problemáticas socio-ambientales y político-culturales (que favorecen a la invisibilización del movimiento poblacional de habitabilidad liminal) y que opera funcionalmente para que la acción de las población en general, y de las mujeres en particular, sea en todo caso discontinua y  más vinculada a un movimiento reactivo del momento, que a una construcción de proyectos colectivos de carácter emancipatorio para todxs los cuerpos-territorios y los territorios-cuerpos. Gestualizar, soñar, dibujar y hablar de incomodidades y malestares, tener la posibilidad de expresarlos a partir del saber de los cuerpos en la materialidad de un espacio cuidado, transformó las formas de autopercepción y percepción de los entornos, con todo lo que ello implica. Creemos en este sentido, que el dispositivo final del Mapa Performance articuló una gestión creativa y colectiva del malestar, instaurando las coordenadas de que otros mundos son posibles.

Esperamos que la luz que intentamos encender para dar visibilidad a estos fenómenos contribuya al empoderamiento de las MUJERES MIGRANTES y de todxs lxs migrantes en Punilla, para que concreten sus acciones en pos de una emancipación situada, contradictoria y concreta, aunque tal vez, claro, mucho menos ideal. Pero que, sin embargo, desarrolle un tipo de habitabilidad que explote sus liminalidades como potencias en la frontera de un estar siendo mucho más vital. No solamente para resistir sino para re-existir.

 

 

Recibido: 21 de junio de 2021.

 

Aceptado: 31 de agosto de 2021.

 

 





 

Referencias Bibliográficas 

 

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* Doctora y artista investigadora (Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Artes del Espectáculo, Área Artes Liminales, Universidad de Buenos Aires, Argentina) y Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF, Buenos Aires, Argentina).

** Doctoranda, artista investigadora y activista (Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Artes del Espectáculo, Área Artes Liminales, Universidad de Buenos Aires, Argentina). Colectivo Mujeres Migrantes (MUMI), Tanti, Córdoba, Argentina.

*** Museóloga, artista investigadora y activista. Colectivo Mujeres Migrantes (MUMI), Tanti, Córdoba, Argentina.

 

[1] El proyecto inicial consistía en realizar jornadas-talleres, con actividades de cartografía social y artes escénicas, destinadas a lxs migrantes, con el objetivo de realizar una puesta en escena sobre las problemáticas vivenciadas por éstxs.

[2] Es un territorio conformado originalmente por las culturas Ayampitín, Olaen, y Ongamira. En el período prehispánico habitaban poblaciones de la etnia henîa- kamiâre y sanavirón. Desde la colonización española en el siglo XVI el espacio se fue habitado por inmigrantes europeos principalmente. La institución del sistema colonial propició el saqueo de los derechos territoriales de lxs indígenas; el espacio, en manos de lxs españolxs, se fraccionó en solares, mercedes y estancias dedicadas al ganado mular. Debido a las distintas oleadas migratorias de italianxs, españolxs, alemanxs y sirio-libanesxs hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la conformación del Valle de Punilla se fue transformando de un espacio de grandes estancias a un corredor de parajes. La realización del primer dique sudamericano a fines del siglo XIX (que forma el Lago San Roque de Villa Carlos Paz), la creación del horno para producir cales hidráulicas (por Bialet Massé), la construcción del ferrocarril “Tren de las sierras” en 1900 y la instalación del Hospital Santa María de Punilla impulsaron la conformación de las distintas localidades, a lo largo de la ruta nacional 38.

[3] Martina (2019) analiza el documento “Lineamientos del Plan Estratégico Urbano Territorial del Área Metropolitana de Córdoba. Definición del plan vial y uso del suelo” Informe Final, realizado por los consultores de la Unidad de Pre-inversión del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas de la Nación, Secretaría de Política Económica , quienes tuvieron encomendada la tarea de establecer la viabilidad de la propuesta del “Plan de Uso del Suelo – Segunda Etapa y del Plan vial director – Anillo Regional” que propone el Instituto de Planificación Urbana para el Área Metropolitana de Córdoba, donde se evidencian las problemáticas socio-ambientales que se deben mitigar debido a una urbanización sin ordenamiento territorial ni atención a los aspectos ambientales, que determinan la ley nacional 26331 y la ley  provincial 9814 de protección de bosque nativo.

[4] “el aumento de la población censal departamental ha sido de un 50% (aproximado) en los últimos 26 años” (Martina, 2019: 57).

[5] Este movimiento interno cambió la composición social, ya que los municipios se conforman con un mínimo de la mitad de sus habitantes foráneos. Según el sociólogo José Rosso -migrante interno, doctorando en migración por la Universidad Nacional de Córdoba y actor social activo como director de la escuela secundaria IPETYM 84 de Tanti- el fenómeno de migración “por amenidad” es desatendido por los estudios migratorios porque representa un porcentaje mínimo de los movimientos poblacionales globales.

[6] Véase Trimano y Lücken, 2019.

[7] Trimano aclara que elige este paradigma de movilidad, ya que la realidad argentina no se puede estudiar desde las migraciones porque en los censos no se especifican los movimientos poblacionales internos de cada provincia.

[8]La delimitación geográfica se centra en el municipio de Tanti como nodo, ubicado en las inmediaciones de la ruta provincial nº 28, linda hacia el sureste con Villa Santa Cruz del Lago y Estancia Vieja; y la ruta 429 en conexión con Cabalango hacia el sur oeste (a 14 kilómetros de Carlos Paz y 60 kilómetros de Córdoba capital).        

[9] Estamos en una zona catalogada como amarilla y roja y de preservación de monte nativo - la ley provincial 2914 y nacional 26333- ya que posee monte en recuperación, una gran diversidad de flora y fauna nativa y es un reservorio hídrico importantísimo para la zona.

[10] Véanse fuentes locales (Coudry, 2000).

[11] Por citar sólo un ejemplo, la comuna de Cabalango desde 2001 a 2010 tuvo un incremento poblacional de más del doble de sus habitantes.

[12] Desde la organización Vivas Nos Queremos Tanti se computó un promedio de uno a tres casos de violencia de género por mes en la zona. Los datos del año 2020 y 2021 están especificados en una cartografía que realizaron para el 8M de 2021 en la plaza del pueblo. Instagram @vivasnosqueremostanti.

[13] Las organizaciones socioambientales y culturales son: Fundación de Historia y Patrimonio Natural, Tanti Despierta, Unidxs por el Monte, Vecinxs Autoconvocadxs Barrio Villa Los Chañares, Vecinxs Autoconvocadxs de Cabalango, Biblioteca Los Morteritos, Compartiendo Semillas Sikiman, nucleadas todas en la Coordinadora Ambiental y Cultural Punilla Sur.

[14] Como en el caso de la asamblea abierta convocada por la organización Tanti Despierta entre 2017 a 2018 respecto del proyecto de instalación de la Mina Nacar en Los Gigantes. En esta asamblea se percibía la sectorización ya que la argumentación de lxs nacidxs y criadxs en favor a la instalación de la mina se basaba en una supuesta autoridad ganada por ser oriundxs de la zona y por “sufrir” la necesidad del “progreso” para el pueblo.

[15] Se autosectorizan realizando eventos cerrados para su propio círculo, como fiestas gauchescas, domas, desfiles en fechas patria, peñas, etc. A su vez, no participan en espacios socioculturales que son gestionados por lxs migrantes.

[16] El grupo de crianza favorecía encuentros entre varias familias de la zona, para fomentar la socialización entre mapadres y un ámbito lúdico para lxs niñxs. En esta ocasión el encuentro convocaba solamente a las mujeres. Si bien las familias que componían el grupo se conformaban mayormente de parejas hetero mater/paternando y no se registró la participación de otras identidades de género/ géneros, existen otras identidades mater/paternando con conformaciones familiares diversas.

[17] Esta actividad se planificó para realizar en el marco de la Feria de Artesanías de la Comuna de Cabalango.

[18] Las activistas salen del proyecto en 2020 argumentando no poder afrontar la carga horaria requerida para realizar las actividades y una incomodidad por cierta “mercantilización” de las tareas. Ambos puntos problematizan cuestiones vinculadas a la jerarquización y reposicionamiento del “trabajo”.

[19] Este concepto se profundiza a partir de los encuentros de MUMI en Geografías feministas para mapear el cuerpo-territorio (Ciclo de conferencias 2019, Universidad Nacional de Quilmes), y en el IV Seminario Latinoamericano de Geografía, Género y Sexualidades (Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires, Tandil), donde comparten mesa con las geógrafas feministas Geografía Crítica del Ecuador, Geobrujas de México y Geógrafas Haciendo Lugar de Tandil.

[20] el espacio no es solamente el escenario sobre el cual se desarrollan las relaciones sociales desiguales (y, consecuentemente, las resistencias feministas), sino que es producto de estas relaciones, al mismo tiempo que las condiciona (…) las relaciones sociales crean espacios y cuerpos, los cuales llevan impresas las características de cada sociedad; los espacios configurados, por su lado, condicionan las relaciones sociales, limitando o potenciando el ejercicio de relaciones más o menos equitativas entre los diferentes sujetos y grupos sociales,” (Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador, 2018: 6). 

[21] Consideramos un dispositivo siguiendo a Alejandra Torres (2016), quien toma la noción de Michel Foucault, la cual a su vez es problematizada y redefinida por Giles Deleuze como una máquina para hacer ver y hablar, la cual produce subjetivaciones y desubjetivaciones, diálogos y articulaciones entre las artes, sus lenguajes y técnicas. 

[22] Reemplazamos la idea de línea de tiempo por gráficos de espacio tiempo desde la consigna de Rogério Haesbaert (2013), ya que acordamos con el autor en que “el espacio tiempo se realiza de formas múltiples y variadas” (21). Esta noción de espacio tiempo ligada a la física cuántica, es reelaborada por Haesbaert a partir de los estudios del geógrafo inglés Nigel Thrift.

[23] El universo de mujeres que participó de los talleres es heterogéneo respecto de sus edades, profesiones y vivencias, pero a su vez, existe una similitud en sus prácticas y entornos de sociabilidad. La invitación a los encuentros de MUMI fue a partir del conocimiento de sus trayectorias migrantes y sus acciones en el territorio. En este sentido el grupo de participantes se fue conformando a partir de que las coordinadoras habían compartido alguna actividad sociocultural o comunitaria (feria artesanal, Escuela Waldorf, compra comunitaria de orgánicos, Otilia Multiespacio Cultural, barrio hippie, etc.) lo que indica una pertenencia de grupo y /o clase social, compartida. Como ya se ha mencionado las talleristas son parte del campo de estudio, y abordan los talleres desde esta mirada situada.

 

[24] “Les pedimos a las participantes que dibujen su proceso migratorio y luego que lo ubiquen en el mapa… observamos que la mayoría se ubicó fuera del continente…. En el mar, en el océano…Nos preguntamos: ¿Y el arraigo?” (Facultad de Ciencias Humanas, UNICEN, 2021: min. 33).

[25] Realizaremos un primer acercamiento a esta noción, la cual surgió como propuesta del equipo de referato de esta revista. Este concepto enriqueció y amplió la mirada sobre este movimiento poblacional, por lo cual la desarrollaremos en profundidad en nuestro próximo trabajo.

[26] El autor discute las dicotomías (espacio/tiempo, red/territorio, funcional/simbólico) con las que se aborda la noción de territorio, define el poder como un punto central que se repite y sobre una base foucaultiana expone: El territorio debe ser concebido como producto del movimiento combinado de desterritorialización y de reterritorialización, es decir, de las relaciones de poder construidas en y con el espacio, considerando el espacio como un constituyente, y no como algo que se pueda separar de las relaciones sociales. Entiendo el poder al mismo tiempo en el sentido más concreto de dominación político-económica, como dominación funcional, y en el sentido más simbólico, de apropiación cultural (Haesbaert, 2013: 15).

[27] Esta imagen es descripta como cuerpo con un rostro de cíclope (un único ojo como tercer ojo), sin cabello, con un gran círculo negro en la zona nasal, la imagen en collage de un rostro “desprendido de la máscara facial” con varias caras, y prendido o conectado al tercer ojo y al corazón. Muchos papeles de colores y flores en las partes del pecho, la laringe-faringe, la pelvis y las pantorrillas. En la parte inferior del cuerpo se observan unas sierras con nubes y sol, y en la mano izquierda la imagen de una puerta. Hacia arriba de la cabeza una burbuja con el ícono de “presión”.

[28] Durante la realización de este encuentro una participante quiebra en llanto y expresa la carga que significa para ella llevar adelante todos estos ideales. Reconoce que al migrar con el objetivo de realizar un cambio en su calidad de vida se autoimpone nuevos hábitos y prácticas, que aún no le son familiares, y que además le implican muchas transformaciones en los espacios tiempos cotidianos.  Refiere que le es muy difícil conectar así con su cuerpo. Otras participantes refieren la imposibilidad de adaptarse a los nuevos espacios y hábitos, y cómo esto le genera angustia y la sensación de estar llevando una carga psicofísica y emocional: “trasladamos presiones, entramos en conflicto, queremos llegar a un nuevo ideal impuesto…” “cambiar el yo debo ser, por el yo quiero ser.” Otras migrantes proponen referir esta presión con “flechas, alambres de púas, cuchillo, nube gris” “cosas que oprimen y no te deja respirar.”