ENCUENTROS INTELECTUALES Y EPISTÉMICOS: LOS ARGENTINOS CONOCEN Y ESTUDIAN ÁFRICA Y A LOS AFRO ARGENTINOS1

María Elena Vela*

Introducción

Hoy, a comienzos del siglo XXI, existen en América Latina asociaciones internacionales (ALADAA) y proyectos auspiciados por UNESCO (“La ruta del esclavo”; la “Historia del Atlántico Sur”) que producen, estimulan e intercam- bian conocimientos sobre África subsahariana y los afroamericanos. Estos estu- dios se refieren principalmente a la contemporaneidad temporal y coinciden con (o más bien es una consecuencia teórica y epitemológica de) el despertar de los pueblos colonizados y los procesos de descolonización en décadas recientes.

Sin embargo en la Argentina del siglo XIX -y con toda probabilidad en otros países del área- se sentaron precedentes y se consolidaron mitos que influ- yeron en los rasgos que caracterizarían ese conocimiento a nivel local. En efecto, hubo entonces una cantidad de reflexiones y escritos de diversa índole producida por viajeros, legisladores, ensayistas, literatos, historiadores y periodistas que fue- ron creando un “conocimiento social” (Perrot y Preiswerk, 1979) respecto de los afro argentinos y África subsahariana que, a su vez, influyó en el estilo y la calidad de esas reflexiones así como las posiciones político-institucionales que nuestro país adoptó posteriormente.

Este trabajo consta de dos partes: en la primera se sugiere una cronología tentativa sobre los inicios, intermitencias y alternativas de los dos aspectos de ese conocimiento (el de los afroargentinos y el del África subsahariana) en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En la segunda parte se tratarán sus desarro- llos y transformaciones en consonancia con los cambios políticos e instituciona- les y los progresos de las actividades académicas y de la reflexión metodológica en la segunda mitad del siglo XX.

1Versión corregida del trabajo inédito de la autora presentado en la Tercera Reunión del Seminario Internacional del Atlántico Sur: Intercambio de Hombres, Ideas y Técnicas entre África y América Latina (s. XVI-XX), Historia y Prospectiva (UNESCO-CLACSO-El Colegio de México), Coordinado por Celma Agüero y Yoro Fall, Río de Janeiro, 2002.

* Ex Profesora de la cátedra de Historia Contemporánea de Asia y África en la Universidad de Buenos Aires.

Cuadernos de Historia, Serie Ec. y Soc., N° 9, CIFFyH-UNC, Córdoba 2007, pp. 199-211

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1. Altibajos y alternancias cronológicas

En la primera mitad del siglo XIX, los argentinos estaban tan inmersos en los asuntos locales –lograr la independencia, superar las luchas entre unitarios y federales, instaurar la organización nacional- que sólo podían preocuparse por los habitantes de origen africano en la medida en que estos participaran en la construcción del país independiente (o dejaran de hacerlo). Era entonces impen- sable cualquier distracción hacia otros objetivos, como sería el del conocimiento de la historia, la cultura y la problemática de África subsahariana de donde procedían.

Así pues, teniendo en cuenta su número -alrededor de un 30% de la po- blación de Buenos Aires (Goldberg, 1976); un 45% de la población del interior (Luna, 2000)- y su posibilidad de incorporación a los ejércitos nacionales en sus luchas contra los españoles para lograr la independencia y contra los indios, “para ampliar la frontera” (Sales de Bohigas, 1970), la legislación del nuevo país se ocupaba repetidamente de ellos. Las primeras medidas estuvieron destinadas a impedir la continuación del tráfico de esclavos -y por tanto la llegada e interna- ción de nuevos contingentes- y a conceder a los ya instalados la libertad de vientres y una liberación progresiva y pautada por servicios prestados al país (Clementi, 1976). Más allá de lo significativo que esto fuera como opción a favor del abolicionalismo y el liberalismo, se pensaba que de este modo el nuevo go- bierno se aseguraría la lealtad y el apoyo público y privado de los descendientes de africanos. Y de hecho los obtuvo, puesto que, por ejemplo las hazañas del negro Falucho y del Coronel Barcala les valieron, hasta nuestros días, un lugar en la galería de los héroes nacionales.

Sin embargo, a pesar de los honores y del reconocimiento logrado por algunos afroargentinos, la opinión pública no les era unánimemente favorable. En parte, porque a pesar de ser libres, los afroargentinos no podían impedir que la Iglesia, la Justicia, la Policía y una buena porción de sus contemporáneos blancos juzgaran con severidad sus costumbres y hábitos cotidianos, y les aplica- ran duros castigos por sus “punibles” acciones. Pero sobre todo, porque entre 1830 y 1852, cuando la figura de Juan Manuel de Rosas dominó la escena política del país, una gran parte de los afro argentinos se habían rolado en sus filas, los anti Rosistas contemporáneos los convirtieron en objetos dilectos de sus violentas diatribas contra “El tirano” y se rebodearon describiendo el primitivismo y la bufonería de sus expresiones de adhesión política (Ramos Mejía, 1952). Entonces crecieron y se consolidaron muchos de los estereotipos negativos que influyeron sobre la producción intelectual de ese siglo (Etchart, 1994) y que, aún atenuados, siguen presentes en el imaginario local.

En la segunda mitad del siglo XIX, el número de los afroargentinos fue disminuyendo considerablemente. En las últimas décadas, apenas constituían

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un 2% de la población de Buenos Aires, pero eso no había producido cambios en el conocimiento social respecto de ellos. Al contrario, se había vuelto aún más prejuiciado y agresivo en la medida en que se encontraban justificaciones supues- tamente “científicas” en el positivismo racista, tan elocuentemente representado en nuestro país, entre otros brillantes contemporáneos, por el socialista José Ingenieros.

Sin embargo en esa época los negros eran ya ciudadanos plenos, con todos los derechos reconocidos por la constitución nacional (1853-60) también algunos eran argentinos de vieja cepa, orgullosos de sus antepasados que habían luchado por el país, recibido honores y constituido “dinastías” de respetables empleados al servicio del Estado. Pero no estaban tranquilos, se sentían amena- zados no sólo por los prejuicios sino también por la oleada de inmigración de origen europeo, y sumergidos en la dicotomía entre “civilización y barbarie”, explícita en escritos y declaraciones político-institucionales que propiciaban esa migración. Quizá a esos temores se debía en parte el desinterés de los afroargen- tinos por la suerte de África subsahariana, el antiguo hogar de sus antepasados.

En efecto, en esos años los europeos se estaban repartiendo “África ne- gra” (Congreso de Berlín, 1884-85), acelerando la conquista de ese espacio y colonizando tierras y hombres, entre los “negros” de toda América se levantaban voces de protesta y se iniciaban movimientos de solidaridad con los despojados del otro lado del Atlántico. Así, Sylvester Williams, un abogado negro de Trini- dad, asesoraba la defensa jurídica de los jefes africanos que habían perdido tierras y derechos por obra de los administradores blancos y, en Estados Unidos, W.E. Burghart Dubois producía los primeros escritos panafricanistas mientras apoyaba las reivindicaciones antidiscriminadoras de sus coterráneos.

Por el contrario los afroargentinos parecían poco atentos a esas inquietu- des. Es verdad que existen muy escasos testimonios indirectos que justificarían esta suposición, pero al menos se ha podido consultar uno de ellos. Se trata de un pequeño libro llamado Beneméritos de mi estirpe escrito por Miguel Ford y publicado en la Plata en 1898. El joven autor reunió allí una serie de biografías no estrictamente controladas sobre algunos de los más destacados integrantes de la comunidad afro argentina. Esta obra figura hoy en casi todas las bibliografías de los trabajos históricos que se refieren a los argentinos de origen africano pero nadie se atreve a jurar que ha logrado leerla hasta el final. Eso se debe a su estilo pomposo y culterano y al abuso de referencias a la cultura europea así como a su intención geográfica y reivindicatoria.

En sí son más interesantes los dos florones que preceden a la obra misma. Uno, de cinco páginas, tiene el título propio: “La redención de una raza” y fue escrito por Marcó del Pont, el otro más breve, es obra del propio Ford. En ambos trabajos los autores se esfuerzan por demostrar su conocimiento de las más di- fundidas corrientes y tendencias del pensamiento occidental de esa época y la justeza de sus interpretaciones sobre la problemática africana.

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En el primero, Marcó del Pont, concuerda con la teoría del origen único de razas, responsabiliza a Las Casas por la migración forzosa y la esclavización de los africanos y expone sus propuesta: “antes de desaparecer de la esfera moral del mundo” los africanos esclavizados por su debilidad, deberían huir de estas tierras e iniciar su “retorno a África”. Así se reestablecería “el equilibrio entre las razas” y los africanos, fortalecidos recuperarían patria, libertad y familia. Sólo entonces podía recibir a las otras razas como amigas, ya no como invasoras; realizaría “su propia Redención” y podría gobernarse a sí misma “como los impe- rialistas de Abisinia o como los republicanos de Haití”. Las biografías contenidas en el libro contribuirían a la realización de este proyecto, brindando a los africa- nos de Argentina “estimulantes ejemplos que fortalecerán su espíritu en las lu- chas de las artes y en los campos de batalla”.

En el segundo, Ford no sólo no alude al “retorno a África”como posible solución del conflicto racial en América y la recuperación de los valores africa- nos, sino que tampoco se muestra interesado por los movimientos reivindicativos que conmovían a una parte de la comunidad afro americana. Se presenta “sólo una mente joven”, admiradora de los “grandes ideales”, que pretende “perpetuar la memoria de tanto hombre activo e inteligente que ha poseído nuestra raza en las riberas del Plata”. También aspiraba a “remover el indiferentismo de su co- munidad” y mostrar como esos afro argentinos entran “a contribuir con sus naturales dotes al concierto grandioso de la civilización de los mundos”.

Aunque organizaban sus reflexiones desde puntos de partida diferentes, en realidad ambos buscaban la integración de África, sus habitantes y sus des- cendientes extracontinentales al mismo universo de ideas y valores forjado por la civilización occidental cuya superioridad con respecto a las “culturas (y comuni- dades) primitivas” admitían plenamente. Por eso el primero hablaba de una necesaria “redención de los negros” por apoyar la lucha para recuperar el conti- nente perdido y el segundo, de la necesidad de que “el negro”, jaqueado local- mente por su inferioridad numérica, social y económica, ha demostrado indivi- dualmente hasta que punto participaba de esa civilización y encarnaba esos valores que en esencia no eran cuestión de “color” sino de educación y talento.

Para ellos, los nuevos inmigrantes que amenazaban sus fuentes de trabajo y eventualmente los desplazaban a situaciones marginales eran blancos pero no portadores de esa civilización: no hablaban bien el idioma, entre ellos predomi- naban los analfabetos, tenían costumbres y hábitos groseros y no eran ciudada- nos. Pero los afro argentinos parecían sumergidos por la marea de inmigración y se estaba creando otro mito que aún subsiste y que – como los anteriores- sólo será vencido por la historia: el de la Argentina excepcional. Civilizada, europea (poco latinoamericana) y blanca (Vela, 2001).

Con el nuevo siglo, África también pasó a tomar parte del conocimiento social del país: por un lado, la generalización del sistema educativo nacional,

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gratuito y obligatorio favoreció el acceso a la educación secundaria de una parte importante de una buena parte de los jóvenes argentinos, que allí estudiaban “historia antigua” y “geografía de Asia y África” (Vela, 1995). Tanto la antigua civilización egipcia como las posesiones europeas en África se volvieron familia- res para quienes en las primeras décadas del siglo todavía consultaban casi ex- clusivamente libros de texto traducidos del francés. Pero para esos jóvenes, quizá fueran más significativos que el mero aprendizaje escolar, los conocimientos ad- quiridos de los relatos y descripciones de los viajeros y exploradores europeos y norteamericanos así como la literatura de ficción que se inspiraba en ellos.

Por otro lado, los sectores ilustrados y acomodados de la sociedad lo mismo que los grandes e influyentes periódicos de ese momento -La Prensa, La Nación- comenzaban a interesarse por las civilizaciones africanas, gracias a la influencia de las nuevas tendencias intelectuales, culturales y artísticas que pre- dominaban en Europa. Éstas habían puesto de moda la pasión por el “exotismo” que se traducía en el afán de explorar “nuevas” regiones, conocer “nuevas” cultu- ras y descubrir talentos inéditos. África subsahariana fue incluida en los “nuevos” espacios, de modo que algunos argentinos participaban en los safaris, atesora- ban bibliografías especializadas y coleccionaban obras de arte; otros estudiaban hombres y culturas y elaboraban ensayos antropológicos y etnográficos (Valiente Noailles, s/f) y otros todavía, descubrían talentos ignorados – y, según ellos, muy superiores a los admirados por París- en un modesto y desconocido pintor africa- no que vendía sus creaciones “a precio vil” en las calles de Buenos Aires (La Nación 28-10-1929).

Tanto La Nación como La Prensa se hacían eco de estas tendencias publi- cando en sus suplementos culturales no sólo los relatos y comentarios de viajeros argentinos y extranjeros sino también artículos de investigadores y publicistas de fama internacional. Así, por ejemplo, La Nación (18-3-1930) reproducía en su revista semanal un trabajo de Leo Frobenius, el conocido etnólogo alemán titula- do Un rey y su corte. En este, los argentinos descubrirían el poderío del reino de Monomotapa en la época de la llegada de los portugueses a las costas mozam- biqueñas, así como la existencia de otros reinos contemporáneos en África sub- sahariana.

En cambio, no dedicaba el mismo interés -ni el mismo espacio- a los acontecimientos políticos-institucionales que afectaban a esa región. Por ejemplo África meridional sólo se convirtió en noticia para La Prensa durante el desarrollo de la guerra anglo-boer (1900-1902). El 14 de enero de 1901, se publicó en sus páginas una nota especial y destacada –aunque sin firma- titulada “La guerra anglo-boer. Situación actual”. Incluía un mapa, pero el texto se centraba en las dificultades de los ingleses para dominar la situación. Al día siguiente se informa- ba que los ingleses habían recibido un ofrecimiento de apoyo de unos 100.000 negros de las “tribus de los zulus, swazis, basuto, matabeles y barotses”. Sin

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embargo, el artículo señalaba que los ingleses no lo habían aceptado porque habían decidido respetar el principio (instaurado durante la guerra hispano-norte- americana) de que “los blancos no deben combatir jamás con la ayuda de los negros”.

A su vez la Marina, otro grupo de peso en la sociedad local descubrió aún más tardíamente su vocación sud-atlántica y la vecindad del “África negra”. Eso se debió, en parte, a que durante la primera mitad del siglo XIX sólo se habían experimentado peligros y rechazos provenientes del otro lado del Atlántico sur: invasiones inglesas (1806-7); invasión inglesa de las Islas Malvinas, y la expulsión del gobernador Vernet (1831). Tanto era así, que sólo se recuperó el exitoso antecedente del viaje de circunvalación realizado en 1819 por la Fragata Argenti- na (al mando de Hipólito Bouchard) y nació una seria preocupación por cuestio- nes geológicas, geográficas y marítimas de ese espacio cuando se planteó la disputa por la soberanía sobre Malvinas y otras islas del Atlántico Sur, ya en pleno siglo XX.

Pero aún entonces la vinculación de la Argentina con el Atlántico Norte siguió siendo prioritaria, tanto por razones económicas, políticas y de prestigio. Hasta tal punto esta era así, que una simple hojeada a los itinerarios de los viajes de instrucción de los futuros marinos argentinos entre 1895 y 1971 muestra que de los 97 viajes realizados en ese lapso sólo 16 tocaron algún punto de África subsahariana y que, además, a partir de 1952 ninguno de esos barcos tracó algún puerto de la región (Viajes de la Fragata Sarmiento, s/f)

En efecto, ya fuera por necesidades de aprovisionamiento, por huracanes imprevistos o por errores de las cartas marinas, a veces se imponían escalas, cambios de itinerario u observaciones que contribuían a estrechar las relaciones entre las dos orillas. Ese fue el caso cuando las observaciones de los marinos de la famosa Fragata Sarmiento sobre los vientos de la región del Cabo y los ciclo- nes del Atlántico Sur contribuyeron a modificar las cartas marinas, y ocurrió lo mismo cuando sus experiencias de navegación facilitaron la tarea de otros nave- gantes. A las necesidades de escalas y aprovisionamiento se debió la instalación de consulados en San Vicente, Dakar, Ciudad del Cabo, Durban y Natal y por caminos de ruta visitaron y conocieron las islas de Santa Elena Mozambique y Zanzíbar. En 1927 se establecieron “cordiales y perdurables relaciones” con la Unión Sudafricana, con la idea de intensificar el intercambio comercial y crear una línea de navegación directa entre Buenos Aires y el Cabo.

Fuera de esto que se basa en la información oficial, la marina tuvo, ade- más, un “escriba” en la figura del capellán Bertoni Flores. Este hombre de Iglesia encontró tiempo durante el viaje de instrucción en 1928-9 para escribir un libro llamado Cielo y Tierra que lamentablemente hoy ha desaparecido de las biblio- tecas y archivos de la propia institución. Gracias a unas pocas páginas reprodu- cidas textualmente en Viajes podemos rescatar el bucólico entusiasmo con el que

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describió la Durban que conoció en aquellos años. Lo deleitaron sus hermosos caminos, bosques, plantaciones y cultivos; le despertaron admiración las vivien- das de sus habitantes escalonadas “en las faldas de los valles” y entre las que se distinguían “las chozas de paja y barro de los indios”, que eran circulares, de aquellas de los caciques o jefes de familia que eran cuadradas o cuadrangulares, y apreció elogiosamente el desarrollo de esa población: “Estos nativos son los que han llegado más cerca de la civilización y se aplican, aunque muy perezosa- mente a algunas faenas del campo” (Viajes, s/f: 352. Énfasis nuestro).

El capellán demostraría menos entusiasmo con Zanzíbar, una escala rela- tivamente imprevista, marcada por la visita al sultán; la ceremonia de danzas indígenas y las tribus swahilis con sus caciques que encontrarían en las afueras de la ciudad. Pero parece francamente disgustado por la representación de una ngoma, ceremonia de música y danza ofrecida en honor de los visitantes por un jefe suahili. Creemos que la explicación de esta actitud es obvia, aunque no figura en las páginas citadas: seguramente estaba convencido de que estos afri- canos eran demasiado primitivos para merecer mayores comentarios.

Si admitimos que, en el mejor de los casos, en esos años los hombres de la marina (y aparentemente también los del clero) compartían la filosofía racista del “concierto de la civilización de los mundos- en palabras de Ford- y se sentían partícipes de una civilización superior contrapuesta a “la barbarie del primitivis- mo” (Sarmiento, 1915), no nos asombrarán los juicios del capellán ni el escaso interés de los marinos por el “África negra”. Esta se convertía en una preocupa- ción importante de la armada sólo cuando se instalaba en el primer plano de la política nacional el tema de la recuperación de las Malvinas y ella misma adqui- ría un papel protagónico. Entonces se impulsaban estudios geográficos, geológi- cos, hidrográficos e históricos que permitirían avalar con información científica las pretensiones argentinas. Así se logró un notable progreso en conocimiento de los vínculos intercontinentales, pero ese saber no logró incorporarse decidida- mente como aproximación comprensiva entre los pueblos de las dos orillas.

2. El salto cuantitativo y cualitativo y las promesas del siglo XX

En la segunda mitad del siglo XX cuando se aceleró el proceso de desco- lonización de Asia y África hubo un extraordinario desarrollo cuantitativo y cua- litativo de los estudios e investigaciones y ensayos dedicados a los pueblos, países y regiones africanos y asiáticos. Ese desarrollo contribuyó a transformar y am- pliar las concepciones teóricas que constituían las bases del conocimiento social de occidente y los argentinos no permanecieron al margen de esa renovación.

Pero a diferencia de la etapa anterior cuando el conocimiento social era prisionero de opciones impuestas “desde arriba” el movimiento cambió de direc-

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ción y en cierto modo se movió “desde abajo hacia arriba” y “de África hacia los afro argentinos”.

Al poner “desde abajo” estamos diciendo que el interés por el conocimien- to del mundo y un mapa transformado después de la II Guerra Mundial y la descolonización, no nació por presión de ninguna necesidad político-institucional sino que, al contrario, provino de una búsqueda de información y explicaciones que no brindaban las instituciones, agrupaciones y medios políticos tradiciona- les. Esas informaciones y respuestas satisfactorias o no, se encontraron en perió- dicos, conferencias y reuniones. Pero sobre todo, en un despliegue de publicacio- nes nuevas y viejas editoriales que ponían al alcance de un público ávido, las traducciones de libros, revistas y colecciones académicas y de divulgación elabo- radas en el exterior, como así también producciones de autores argentinos. Esta- ban haciendo un nuevo tipo de conocimiento social, no ligado necesariamente a opciones impuestas y aceptadas acríticamente. Al agregar “hacia arriba” esta- mos indicando que hubo intentos político-institucionales muchas veces inconexos y mal logrados de aceptar ese desafío y estimular la generación de nuevos cono- cimientos y de relaciones más solidarias con los nuevos países.

En el caso de África subsahariana esos esfuerzos se concentraron prefe- rentemente en tres ámbitos: las universidades nacionales, el CONICET y la Can- cillería.

En las Universidades Nacionales, autónomas y con libertad de terminar planes y contenidos curriculares desde comienzos de la década de 1960 y hasta los primeros años de la siguiente pudieron incluirse en algunas cátedras de Histo- ria, Economía, Derecho y Ciencias Sociales, Temas y Problemas del nuevo pano- rama mundial. Fue una época de activa comunicación, intercambio y produc- ción intelectual en los medios universitarios aunque siempre entrecortados por las repetidas e intempestivas intromisiones y persecuciones de las fuerzas armadas.

En 1983 al restablecerse el gobierno civil, las universidades recuperaron su autonomía. En alguna de ellas se crearon cátedras específicamente dedicadas al conocimiento de los nuevos países de Asía y África; se incorporaron los nuevos contenidos en las cátedras tradicionales –a veces rebautizadas- y se crearon cen- tros a doc para generar investigaciones. De este último tipo habían sido los efíme- ros y sucesivos institutos “del Tercer mundo” creados por la Universidad de Bue- nos Aires (hasta que los militares golpistas se cebaron con su destrucción) y sigue siéndolo la sección disciplinaria de estudios de Asia y África- también creada por la UBA- sede hasta hace poco del “Proyecto Atlántico” investigación a la que se había dotado con un modesto subsidio.

En el Ministerio de Educación de la Nación –encargado de autorizar el funcionamiento de las Universidades públicas y privadas del país- fue posible obtener información reciente y documentada sobre la cantidad de esas institucio- nes que hoy existen y funcionan. Sin embargo, se nos comunicó verbalmente que

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habían recibido autorización permanente o precaria para funcionar unas treinta universidades nacionales y cien privadas. Lamentablemente, nuestra informante no sabía cuantas de ellas brindarían conocimientos específicos sobre África.

Conocemos personalmente a cinco universidades nacionales (Buenos Ai- res, Rosario, Córdoba, Luján, La Plata) y una privada (Morón), donde existen y funcionan cátedras de Historia de Asia y África contemporáneas; sabemos (An- glarill, 1983; Gallardo, 1985; Vela, 1995) que desde 1968 existía en la Universi- dad del Salvador (privada) una cátedra de Historia Moderna de Asia y África desempeñada por distintos profesores y que en 1975 se había creado un instituto de Asia y África; también que en la Universidad de Belgrano se aborda la temá- tica africana en los cursos de Relaciones Exteriores.

Sin embargo, debemos señalar que sólo en las universidades nacionales el esfuerzo ha tenido suficiente constancia y permanencia como para mostrar los frutos que hoy se expresan en la formación de jóvenes investigadores. En las universidades nacionales de La Plata y Rosario, los institutos de Relaciones Exte- riores realizan tareas de enseñanza e investigación sobre las relaciones entre Ar- gentina y África y los resultados se publican en revistas especializadas.

El CONICET – organismo central que genera y apoya la investigación superior en nuestro país- no ha cejado en su intento de seguir estimulando la ampliación y jerarquización del conocimiento y la investigación sobre África. Por eso mismo, a pesar de los cortes presupuestarios, sigue apoyando a los investiga- dores que se ocupan de las relaciones entre Argentina y África subsahariana en los siglos XIX y XX, abordando, por ejemplo, las relaciones políticas, diplomáti- cas, económicas y tecnológicas (Gladys Lechini) o los intercambios de hombres y culturas (Marisa Pineau).

Por fin, la Cancillería, que depende del Poder Ejecutivo, tiene capacidad para elaborar un determinado proyecto de política exterior y llevarlo a ejecución, siempre que cuente con la aprobación del Presidente. Más que cualquiera de las otras dos instituciones, que gozan de una relativa autonomía, la Cancillería ha sufrido directamente, efecto de las erráticas políticas de los gobiernos que se han sucedido desde 1960 hasta ahora y la falta de un proyecto consecuente y factible para desarrollar relaciones con África subsahariana. Con una sola excepción: salvo un breve período del gobierno de Alfonsín, (Lechini, 1996) la Argentina fue siempre un país próximo, no sólo geográficamente, y amistoso con Sudáfrica.

Como vimos en la primera parte, en las décadas iniciales del siglo XX, la Argentina ya había instalado en Sudáfrica varios Consulados (Viajes, s/f), que en parte por exigencias en la navegación y en parte porque además de inmigrantes boer asentados en la Patagonia, existía un promisorio intercambio comercial y cierta coincidencia político-ideológica entre los gobiernos “blancos y accidentali- zados” de los dos países del Atlántico Sur.

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Esa situación cambió bruscamente en 1986, cuando el presidente Alfon- sín rompió relaciones con Sudáfrica para presionar contra el Apartheid y en favor de la independencia de Namibia (Vela, 1988; Lechini, 1996; Anglarill, 1992). El embajador sudafricano abandonó Buenos Aires, pero un encargado de negocios asumió la responsabilidad de los intercambios comerciales y estos pro- siguieron sin inconvenientes. El gobierno de Menem restableció la situación ante- rior, reabrió la embajada argentina en Sudáfrica y estrechó aún más la vincula- ción económica y política con visitas y gestos de amistad: el canciller Di Tella asistió a la asunción de Mandela; Mandela visitó Buenos Aires; Menem viajó a Sudáfrica; escritores sudafricanos fueron recibidos en Buenos Aires y así sucesi- vamente. Pero más importante que todo el fortalecimiento de las relaciones co- merciales y la iniciación del intercambio tecnológico entre ambos países fue que hasta mediados de la década pasada, Sudáfrica seguía siendo el principal socio comercial de la Argentina en el continente africano (Lechini, 1996).

Por el contrario, las relaciones con el resto de África se han caracterizado por la discontinuidad y la inexistencia de una política definida. En el momento mismo de las independencias, El presidente Frondizi pensó en establecer relacio- nes con los nuevos países y con ese fin envió al embajador Llamazares al frente de una misión (Llamazares, 1962) que regresó a la Argentina cuando Frondizi había sido destituido por un golpe militar. Tiempo después, otra ominosa dicta- dura militar (1976-1983) retomó la idea de las misiones, pero la guerra de Malvi- nas arrastró esas intenciones al mismo tiempo que a los derrotados golpistas.

Dante Caputo, el canciller de Alfonsín, hizo una gira por varios países de la costa occidental; rompió relaciones con Sudáfrica y abrió varias embajadas en países africanos que a su vez, alojaron las suyas en Buenos Aires. Pero se puede admitir, con Gladys Lechini (1996), que el único resultado positivo de las distin- tas estrategias ensayadas por los responsables de la política exterior argentina desde 1960 hasta 1990 fue la creación, en África subsahariana, de una red de embajadas y la obtención de votos favorables en organismos internacionales (Lechini, 1996). Menem cambió totalmente el sentido de estas acciones: inició la era de las relaciones bilaterales; desmanteló la red de embajadas; reorganizó los intercambios comerciales y los orientó casi exclusivamente hacia los países afri- canos más fuertes y obtuvo una balanza comercial favorable para Argentina.

En conclusión, aunque podría atribuirse a la constante inestabilidad polí- tica de nuestro país la inexistencia de una política exterior para África, es nuestra opinión que, sin olvidar los efectos negativos de esos golpes de timón, las razones profundas de ese déficit se vinculan más bien con la persistencia de la tradicional vinculación económica, política e ideología de la Argentina con los países del Atlántico Norte; con su auto asunción como nación “blanca y civilizada” y con los conocidos y redundantes estereotipos de esa imagen respecto de África y sus habitantes (Vela, 2001).

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