POBLACIÓN Y ECONOMÍA EN UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA 1

Enrique Tandeter *

Nuestra intervención se centrará en la relación entre población y economía en el siglo XVIII andino. Se trata de un campo de estudios que presenta un claro atraso respecto de la historiografía equivalente para la Nueva España que ha aprovechado mucho más la mayor disponibilidad de fuentes demográficas y económicas que presenta dicho siglo respecto de los anteriores. En efecto, para la Nueva España a los trabajos fundantes de Florescano, Cook y Borah, Morin y Brading, siguieron numerosas monografías tanto respecto a la historia de precios como de la población, que permitieron trabajos más sofisticados como los de Reher, Garner y Ouweneel.2

Lamentablemente, respecto del siglo XVIII en los Andes estamos en la pri- mera etapa, la de los trabajos fundantes con conclusiones a menudo intuitivas. Cabe preguntarse en particular por qué no disponemos en este campo de una cosecha abundante de monografías análoga a la producida para Nueva Espa- ña. Creo que pueden formularse dos observaciones. La primera es que el atra- so cronológico en el desarrollo de la historiografía andina respecto de la novo- hispana determinó que en las dos últimas décadas, precisamente cuando se podía esperar que monografías demográficas y económicas definieran con más precisión los parámetros del problema, se produce un auge notable de la histo- riografía cultural y política hacia la cual migran investigadores jóvenes y madu- ros. La segunda es que en esas mismas décadas, en parte a raiz de la celebra- ción del segundo centenario de las rebeliones andinas del siglo XVIII, éstas pasan a ocupar un lugar absolutamente preeminente en la historiografía del período.

Ambas tedencias se potencian mutuamente ya que la temática de las rebe- liones ha pasado a ser tratada desde puntos de vista que privilegian problemas tales como la ideología de los líderes rebeldes, el análisis de sus discursos, la autoridad política de los caciques y su cuestionamiento, etc. Esa abundante historiografía suele indicar la existencia de factores estructurales que pueden

1Reedición de artículo en prensa en Dora Celton (comp.), Cambios y Continuidades en los Comportamientos Demográficos en América: la experiencia de cinco siglos (Córdoba, Interna- tional Union for the Scientific Study of Population/Universidad Nacional de Córdoba).

* PROHAL (UBA)-CONICET.

2 Sólo remitiremos a estos últimos: Reher, 1990, 1992; Garner, 1993; Ouweneel, 1996.

Cuadernos de Historia, Serie Ec. y Soc., N° 4, Secc. Art., CIFFyH-UNC, Córdoba 2001, pp. 231-237

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haber influido en las rebeliones, pero no avanzan en su caracterización y mu- cho menos en su investigación. Más aún, muchos de los nuevos estudios sobre las rebeliones indígenas entran en polémica con estudios previos, como los de Jurgen Golte o Scarlett O´Phelan, que atribuían gran importancia a factores de política fiscal como los repartos de mercancías o las reformas borbónicas, sin preguntarse si la descripción del medio socioeconómico que esos autores presentaron tiene la menor verosimilitud.

Sin embargo, los pocos estudios que han enfocado cuestiones específica- mente relativas a la economía y la población han insinuado hipótesis respecto del siglo XVIII andino que dejan planteadas incógnitas de gran interés compa- rativo. Así ha ocurrido con los estudios sobre el comportamiento de los precios. Desde el punto de vista de la dinámica de corto plazo, estos estudios, para Cochabamba, Potosí y Arequipa, han permitido verificar la recurrencia de pi- cos de carestía ligados a accidentes meteorológicos, en particular a la sucesión de uno o más años de sequía.3 Este es un fenómeno de especial importancia en el altiplano ya que observaciones contemporáneas efectuadas en dos estacio- nes meteorológicas de Puno han permitido registrar 18 y 35% de años con sequía.4 Más aún, estudios climatológicos contemporáneos sugieren que el pe- ríodo largo 1720-1860 se caracterizó en los Andes por un grado máximo de sequía.5 Las variaciones resultantes en las cosechas a lo largo del siglo pueden ser verificadas a partir de los registros de diezmos y de las veintenas pagadas por las comunidades indígenas.6

Las fluctuaciones de los precios de la ciudad de Potosí durante el siglo XVIII presentan una amplitud e intensidad similares a las observadas en la ciudad de México, que son muy superiores a las registradas en Europa.7 A pesar de com- partir la virulencia de las fluctuaciones con el mundo novohispano, en el área andina no parece haber habido crisis análogas a las de antiguo régimen estu- diadas para Europa o México. Baso esta conclusión provisoria no sólo en la ausencia de referencias bibliográficas sino también en mi experiencia de traba- jo en archivos americanos y españoles. Pero, por otra parte, estudios de regis- tros parroquiales confirman que la frecuencia y magnitud de las crisis de mor- talidad que presentan las curvas correspondientes a las defunciones de las cua- tro parroquias potosinas cuyos registros se conservan y de un par de pueblos de puna y valle en Chayanta entre 1690 y 1811 no difieren sustantivamente, por ejemplo, de las calculadas para la región parisiense entre 1681 y 1720.8 Por

3Larson, 1980; Tandeter y Wachtel, 1983; Brown, 1990 .

4 Claverías y Manrique (comps.), 1983, pp.19-21.

5 Thompson, Mosley-Thompson, Bolzan y Koci, 1985.

6 Larson, 1980; Tandeter y Wachtel, 1983; Tandeter, 1995.

7 Tandeter y Wachtel, 1983; Florescano, 1969.

8 Tandeter, 1991, p.55.

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qué, entonces, a pesar de la violencia de las fluctuaciones de precios y de las crisis de mortalidad enfrentamos tal ausencia de referencias a crisis de subsis- tencias en los Andes? La literatura transmite la impresión global de que antes de la invasión europea, los Andes tenían un mejor equilibrio alimentario que Mesoamérica.9 En ambas regiones la conquista implicó disrupciones socio-eco- nómicas que se tradujeron en hambrunas durante el siglo XVI.10 Nuestra hipó- tesis es que, a diferencia de lo ocurrido en Mesoamérica, en los Andes las fluctuaciones de los siglos XVII y XVIII fueron muy amortiguadas en sus efec- tos sobre las comunidades indígenas por la eficacia, aún en años de carestía y/ o epidemia, de sus patrones de subsistencia y reproducción, que incluían no sólo formas tradicionales de acceso a recursos, sino también el abasto a los mercados urbanos y la participación en los mercados de trabajo rural y urba- no.11

Esta hipótesis tiene una confirmación a contrario en la crisis que asoló al mundo surandino entre 1800 y 1805, constituyendo la primera “crisis de sub- sistencias” colonial de los Andes que ya en el período independiente sería suce- dida por las de 1834, 1856 y 1877-1879.12 En esos años de comienzos del siglo XIX se registró una sucesión verdaderamente excepcional de años de sequía. Las graves sequías afectaron a las cosechas y produjeron la mortandad del ganado por falta de pastos. La escasez de semillas interrumpió entonces el ciclo agrícola plurianual y el acceso de los productores indígenas a los merca- dos se vio imposibilitado por la falta de excedentes. En consecuencia, las co- munidades experimentaron grandes dificultades para hacer frente a las deman- das tributarias del estado colonial que a lo largo del siglo XVIII habían aumen- tado de modo manifiesto.

Las ciudades sufrieron francas carestías. El Cabildo de Arequipa reaccionó como lo habrían de hacer sus similares de distintas ciudades altoperuanas en- sayando una intervención directa en el mercado del abasto urbano. El cabildo de Potosí intentó primero coligar a los panaderos para acordar los precios y la ocasión de las compras, pero éstos actuaron individualmente deseosos de man- tener su abastecimiento. Se optó entonces por el establecimiento de una alhón- diga donde los introductores de las harinas estarían obligados a depositarlas para su venta. Los contemporáneos registraron el paso de la “escasez” a las “hambres”, en las que la alimentación con plantas salvajes no pudo prevenir las muertes por inanición. Paralelamente se presentaron brotes epidémicos. Los síntomas anotados por los contemporáneos, asi como la mortalidad dife- rencial por edad registrada en esos años se corresponde bien con el diagnóstico

9Cfr., p.ej., Cook, 1981, pp.14-29.

10Para los Andes, cf. Cook, 1981, passim.

11Harris, Larson y Tandeter (comps.), 1987.

12Para los párrafos que siguen, cfr. Tandeter, 1991.

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recurrente de “la monstruosa Ericipela”. Sin embargo, puede ser útil plantear la hipótesis alternativa de que todos los variados diagnósticos entonces registra- dos corresponden a enfermedades epidémicas efectivamente presentes entre 1801 y 1805 en el Alto Perú. La inusual sucesión de sequías y hambrunas durante cinco o más años habría llevado a la población a un estado de desnu- trición tal que sus niveles de inmunidad habrían bajado masivamente favore- ciendo la expansión simultánea del conjunto de enfermedades mencionado por las fuentes. La especificidad del patrón de mortalidad en 1801-1805 tendría en esta hipótesis una explicación diferente. Se trataría, entonces, de olas de enfer- medades que atacan primero a niños, jóvenes y ancianos, es decir a los grupos menos resistentes, para luego, después de varios años, afectar a los adultos entre los 20 y los 69. Estos últimos no sólo serían probablemente los grupos con más resistencia sino que, en tanto constituyentes de la fuerza de trabajo po- drían haberse beneficiado de una alimentación relativamente mejor durante los primeros años de la crisis. Esta hipótesis que acentúa el papel de la desnutri- ción en la propagación de un conjunto de enfermedades es particularmente compatible con los testimonios acerca de la crisis en Carangas, donde se obser- va que la desnutrición convierte en letal la silicosis contraida en las minas de Potosí.

Las sequías y las epidemias se combinaron entre 1800 y 1805 con una prolongada crisis minera en Potosí que fue el resultado de varios factores simul- táneos.13 El primero fue de orden geológico ya que en los últimos años del siglo XVIII resultó perceptible el agotamiento de los “grandes desmontes”, es decir, de los restos de antiguas explotaciones mineras que habían permitido a los empresarios contar durante todo el siglo con la ventaja de una explotación que, aunque rindiera poca plata pura por unidad de mineral refinado, era rentable por la escasa inversión y la disponibilidad de trabajo forzado de bajo costo y alta productividad. El segundo debe vincularse con el ciclo de guerras europeas en las que se vio envuelta España. Gracias a la producción de azogue de Huan- cavelica la minería de Charcas se había caracterizado durante los siglos XVI y XVII por un altísimo grado de autosuficiencia, pero ahora, a comienzos del siglo XIX, dependía en forma casi absoluta de la provisión desde fuentes euro- peas como Almadén e Idria, la que se vio interrumpida por las guerras. El tercer factor era la misma sequía que afectaba a toda la región. El agua no era sólo un insumo fundamental del proceso de amalgama con mercurio, sino también la fuente exclusiva de la energía que movía la maquinaria de molienda de los ingenios de Potosí. Si bien la Ribera contaba con un sistema de lagunas que permitía distribuir durante el año el resultado de las precipitaciones de la tem- porada de lluvias, éste no era suficiente para los casos de sequía severa. De ese

13Tandeter, 1992, pp.253-263.

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modo, la falta de mercurio y de agua llevará a la parálisis absoluta de la Ribera de Potosí desde fines de 1801 hasta mediados de 1803.

A su vez, una vez restablecida la provisión de agua y de mercurio, la Villa Imperial se vio afectada por una disminución de casi un 25% en su provisión de mano de obra forzada. Desde 1803 hasta 1807 los mitayos que debían llegar de las distintas provincias dependientes de la Intendencia de Puno fueron rete- nidos allí por decisión del Intendente Josef González. La falta de agua y azogue vuelven a llevar al paro total de la Ribera desde mayo de 1804 hasta enero de 1805. Es precisamente en esos meses que se produce la mayor carestía de víveres en la ciudad y la “peste”.

La falta de trabajo, la carestía y la epidemia llevan a muchos de los habi- tantes de la ciudad a abandonarla. Cuando a comienzos de 1805 se reinicia el trabajo en la minería, las autoridades y los empresarios enfrentan no sólo el problema de la falta de trabajadores libres, sino también “la deserción de la Mita... tomando como toman por pretexto la falta de alimentos”. También en la ciudad minera de Oruro se hizo sentir la falta de trabajadores por emigra- ción. La carestía impulsará a los indígenas residentes en La Paz a migrar hacia las yungas y los valles. La demanda mercantil urbana se ve reducida, a la vez, por las mortandades, la emigración y la “miseria” de los que quedan.

Las diferencias entre la crisis de 1800-1805 y las fluctuaciones anteriores no podrían explicarse exclusivamente por su excepcional duración en el tiempo. Sin duda, un elemento distintivo fundamental de aquella coyuntura es la coin- cidencia e interacción con la crisis minera, en particular la potosina, con la consiguiente alteración de los mercados urbanos, tanto en su capacidad de consumo de mercancías como en la de absorber fuerza de trabajo indígena. Pero un tema aún más importante queda por ahora sin definir. El estudio de los diezmos de Charcas nos ha permitido identificar una expansión sostenida de la producción agrícola del Alto Perú desde la década de 1730 hasta la de 1790.14 Sabemos que los diezmos reflejan fundamentalmente la producción de las ha- ciendas en tanto los indígenas estaban exentos de su pago. En su momento planteamos la hipótesis de que el aumento prolongado de la producción de las haciendas se obtuvo mediante un aumento del área cultivada, a costa de una disminución correlativa de las tierras disponibles para las economías indíge- nas.15 Esta reducción se habría dado precisamente durante el medio siglo de mayor crecimiento de la población indígena.16 Así, para fines del siglo XVIII la ecuación tierras/hombres se habría modificado de modo muy negativo para las economías indígenas. Las sequías y las epidemias de 1800-1805 se ubican,

14Tandeter y Wachtel, 1983.

15Tandeter y Wachtel, 1983.

16Tandeter, 1995.

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entonces, al cabo de medio siglo de deterioro de los recursos disponibles para las economías indígenas, y en coincidencia con una crisis minera que alteró los mercados urbanos de mercancías y trabajo.

Estas hipótesis se complementan con la necesaria revisión de la cronología de la recuperación demográfica de la población andina. Se ha aceptado que la misma se produce fundamentalmente durante la segunda mitad del siglo XVIII. Sin embargo, nuevos análisis permiten sostener que la recuperación data del siglo XVII y que la peste de 1719-20 sólo la interrumpe por un período breve para dar paso a tasas elevadas durante el resto del siglo.17 Ese crecimiento demográfico facilitará el alza en la recaudación de tributos y en la producción agrícola. Si bien la producción minera también aumenta a lo largo del siglo, el papel del crecimiento demográfico en ese proceso es menos claro. En efecto, la mano de obra minera no creció y la industria parece haberse beneficiado fun- damentalmente del importante aumento de la productividad del trabajo forza- do.18

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17Tandeter, 1995.

18Tandeter, 1992; 1996.

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