Los estudios latinoamericanos de comunicación (2000-2018) ¿Consolidación académica, estancamiento burocrático o dispersión temática?

Latinamerican communication studies (2000-2018). Academic consolidation, bureaucratic stagnation or thematic dispersion?

Santiago Gándara

https://orcid.org/0000-0003-3350-7417

Universidad de Buenos Aires

sjgandar@yahoo.com.ar

Yamila Heram

https://orcid.org/0000-0002-9209-4571

Instituto de Investigaciones Gino Germani

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Universidad de Buenos Aires

yaheram@yahoo.com.ar

Fecha de envío: 26 de noviembre de 2019. Fecha de dictamen: 19 de mayo de 2020. Fecha de aceptación: 24 de junio de 2020.

Resumen

El presente artículo tiene por objetivo caracterizar y analizar el estado del campo comunicacional latinoamericano en el período 2000-2018. Nos proponemos trabajar a partir de diversas fuentes secundarias, que realizan balances o estados de la cuestión sobre el propio campo, para así producir una sistematización y análisis interpretativo de los aspectos más relevantes del campo: su fragmentación y dispersión temática y metodológica, su consolidación académica, la burocratización de los sujetos, los saberes y las prácticas, la recuperación de las tradiciones críticas y la crisis de identidad del pensamiento latinoamericano. Interesa, entonces, seguir profundizando una caracterización del campo comunicacional latinoamericano actual, ya que entendemos que describir y explicar esta última etapa deviene necesaria para quienes enseñamos teorías de la comunicación en América Latina.

Abstract

The aim of this article is to characterize and analyze the state of the Latin American communication field in the period 2000-2018. To achieve this, we propose to work from various secondary sources that carry out balances or state of the art on the field itself, in order to produce a systematization and interpretive analysis of the most relevant aspects of the field: its thematic and methodological fragmentation and dispersion, its academic consolidation, the bureaucratization of subjects, knowledge and practices, the recovery of critical traditions and the identity crisis of Latin American thought. Therefore, it is interesting to continue deepening in a characterization of the current Latin American communication field, since we understand that describing and explaining this last stage becomes necessary for those who teach theories of communication in Latin America.

Palabras clave: campo comunicacional; América Latina; consolidación; burocratización; dispersión.

Keywords: communicational field; Latin America; consolidation; bureaucratization; dispersion.

Introducción

Las investigaciones sobre el campo de la comunicación en América Latina han podido construir un conjunto de descripciones y explicaciones bastante ajustadas en torno a la historia, la emergencia y el desenvolvimiento de los estudios de comunicación entre mediados de la década de 1970 y los 2000. Ahora bien, los trabajos que han abordado el período que se extiende desde los 2000 hasta la actualidad son variados y heterogéneos. Algunas investigaciones se han ceñido a balances de una trayectoria personal de investigación de los referentes del campo, tales como Luis Ramiro Beltrán, Armand Mattelart, Jesús Martín Barbero, Héctor Schmucler, Antonio Pasquali, José Marques de Melo, Rafael Roncagliolo, Mario Kaplún y Margarita Graziano, entre otros[1] (Zarowsky, 2013; Mattelart, 2013; Rinesi, Moyano y Forster, 2018; Sánchez Narvarte y Komissarov, 2019; Esteinou Madrid, 2002; Marroquín, 2015; Solís Leree, 2015; Aguirre Alvis, 1997; Rincón, 2018; y Mastrini, Rodríguez y Zarowsky, 2020, entre otros). Otras investigaciones se han centrado en una escuela, teoría o corriente (Saintout, 1998; Grimson y Varela, 1999; Reynoso, 2000; Grüner, 2002; Follari, 2003; Richard, 2010; Jacks, 2012; Grillo, Benítez Largui y Papalini, 2016; Becerra, 2017; Mastrini, 2017; Jacks y Schmitz, 2019; Justo von Lurzer, 2018; y Elizalde y Rodríguez, 2018, entre otros). Precisamente, un antecedente de investigación que analiza el mismo período al aquí propuesto es el trabajo desarrollado en el marco del Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC), en el que se analizan las producciones académicas sobre consumos culturales en Argentina en el período 2000-2012 (Grillo, Benítez Largui y Papalini, 2016).

También encontramos trabajos que han realizado un balance del campo comunicacional latinoamericano de manera más general (Barranquero, 2011; Moragas Spá, 2011; Mangone, 2003; Waisbord, 2014; Dal Bianco y Zarecki, 2015; Bolaño, Crovi Druetta y Cimadevilla, 2015; Torrico Villanueva, 2004; Vizer y Vidales, 2016; Enghel y Becerra, 2018; Zarowsky y Justo von Lurzer, 2018; y Fuentes Navarro, 2011 y 2015, entre otros). Estos balances enfatizan diversos aspectos del estado actual del campo: su fragmentación y dispersión (Moragas Spá, 2011; Waisbord, 2014; Fuentes Navarro, 2015), su consolidación académica (Enghel y Becerra, 2018; Zarowsky y Justo von Lurzer, 2018; Valdettaro, 2013) y su burocratización (Mangone, 2003; Dal Bianco y Zarecki, 2015). Precisamente, a partir de estas lecturas sobre los balances del campo comunicacional latinoamericano en este último período (2000-2018) es que nos interesa seguir profundizando una caracterización de la etapa.

Realizar un meta-análisis del campo comunicacional latinoamericano de los años recientes conlleva ciertas dificultades, por la contemporaneidad del período seleccionado así como por las tensiones del propio campo al analizar las producciones de colegas. Es por ello que una investigación de este tipo requiere una rigurosa vigilancia epistemológica (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2004). Partimos de entender que describir y explicar esta última etapa deviene necesaria para quienes enseñamos teorías de la comunicación en América Latina. Pero también para aquellos investigadores que, por fuera del espacio disciplinar en el que actúen, pretendan revisar sus prácticas en la más amplia perspectiva del estado de un campo atravesado por contradicciones y posibilidades de las cuales no estamos exentos.

Metodología

Este trabajo requiere un abordaje cualitativo, entendiendo que la investigación cualitativa no privilegia un único tipo de método o perspectiva; esto facilita la utilización de un diseño de investigación flexible y abierto. El propósito de la investigación es analizar y caracterizar el estado del campo comunicacional latinoamericano actual. En especial nos detendremos en el subcampo científico (Kunsch y Gobbi, 2016), es decir, aquel que se caracteriza por la producción de conocimiento teórico y aplicado. Para ello se relevó un conjunto de materiales que constituyen el corpus de análisis, conformado a partir de los siguientes criterios: artículos publicados en revistas científicas y libros que aborden reflexiones, balances y análisis sobre el campo comunicacional latinoamericano del período 2000-2018. Entendemos que el corpus es una colección finita de materiales determinado previamente por el analista (Barthes, 1971); si bien todo corpus posee cierto grado de arbitrariedad, procuramos construir uno lo suficientemente amplio y diverso de artículos y libros que han realizado un meta-análisis del propio campo.

Por lo mencionado, y en relación con el objetivo de este artículo, que es analizar y caracterizar el estado del campo comunicacional latinoamericano en el período 2000-2018, es que proponemos trabajar a partir de diversas fuentes secundarias que realizan balances o estado de la cuestión sobre el propio campo para así producir una sistematización y análisis interpretativo de los aspectos más relevantes. Asimismo, para llevar adelante este trabajo de investigación partimos de una perspectiva que definimos como materialista histórica. Lo hacemos en el entendimiento de que el examen del desarrollo del campo —sus tradiciones, desplazamientos, rehabilitaciones— está determinado por limitaciones que constituyen también sus condiciones de posibilidad; por restricciones institucionales académicas (su lógica interna, particularmente cuando nos referimos a un campo demasiado cargado de pasado, para parafrasear el título de un historiador del campo); y por lo que podríamos denominar las series políticas, económicas y sociales que operan como otras tantas presiones entre las que se desenvuelve la historia del campo.

Antecedentes

Partimos de entender que el concepto de campo de Bourdieu (1983) ha sido clave en las historias de los estudios latinoamericanos de comunicación, particularmente a partir de la adaptación realizada por Raúl Fuentes Navarro y María Immacolata Vasallo de Lópes. Kunsch y Gobbi (2016, sin paginación) proponen la siguiente definición: “Es un conjunto de instituciones de nivel superior para el estudio y la enseñanza de la comunicación y donde se produce la teoría, la investigación y la educación universitaria de las profesiones de la comunicación”.

Las investigaciones sobre el campo de la comunicación en América Latina han podido construir un conjunto de descripciones y explicaciones bastante ajustadas en torno a la historia —la emergencia y el desenvolvimiento— de los estudios de comunicación desde mediados de la década de 1970 hasta los 2000. En otras palabras, han permitido identificar continuidades y rupturas o desplazamientos y han contribuido a hacer más inteligibles las tendencias dominantes —pero también, siguiendo a Williams (1997), las emergentes, residuales y arcaicas— del campo en relación con otros campos —el de las ciencias sociales, en primer lugar— y con los procesos económicos, sociales y políticos de la región que las determinan, es decir, que presionan, ponen límites y condicionan tales tendencias; en términos de Williams (1997: 107): “la determinación nunca es solamente la fijación de límites; es asimismo el ejercicio de presiones”.

Si bien un detalle de las distintas periodizaciones formuladas por especialistas del campo excede el propósito de este artículo, es relevante mencionar algunas de tales periodizaciones. El investigador brasileño José Marques de Melo (León Duarte, 2006) propone tres momentos: pioneros, innovadores y renovadores. La mexicana Delia Crovi Druetta (2004) conceptualiza los momentos de fundación, especialización e hibridación, como una serie que presenta analogías con el desarrollo de otras disciplinas de las ciencias sociales. El investigador boliviano Erick Torrico Villanueva (2004) postula una serie de tres paradigmas: difusionismo, crítico y culturalista. El mexicano Raúl Fuentes Navarro (1992), por su parte, piensa esa historia en términos de autonomización, institucionalización y profesionalización. Sobre la base de la relativa arbitrariedad de toda periodización —los procesos se delimitan no en la historia sino a través de la perspectiva de los investigadores—, adoptamos y trabajamos sobre la que propone Fuentes Navarro. Entendemos que es la más comprensiva en la medida en que combina y pone en relación dos criterios para delimitar cada período: por un lado, el reconocimiento de las condiciones sociales, políticas e históricas que dejan su huella en el campo; y por el otro, el propio estado del campo —sus tensiones, debates, problemáticas— en un período dado.

Ahora bien, las diversas investigaciones que han abordado el período que se extiende desde los 2000 hasta la actualidad han caracterizado la etapa, pero a nuestro modo de entender falta aún una explicación que reúna las características predominantes que se advierten en las investigaciones: de un lado, por la crisis política y económica que quebró los estados de la región (2000), por la asunción de gobiernos progresistas que intervinieron para su restauración (2005-2015) y por la caída o desplazamiento de estos últimos, relevados por gobiernos neoliberales (2015 en adelante)[2]: del otro, y también muy sumariamente, por el cuestionamiento al poder manipulatorio de los medios masivos, el creciente proceso de convergencia digital, la mayor concentración y extranjerización del sistema infocomunicacional, los debates y la implementación de políticas nacionales de comunicación, la precarización y pérdida de fuentes laborales en el ámbito periodístico. Para avanzar en ese propósito vamos a identificar, sistematizar y analizar las características dominantes de los estudios latinoamericanos de comunicación.

Características del campo comunicacional latinoamericano

Consolidación académica. A partir de la lectura de una amplia bibliografía que examina el estado del campo de la comunicación en la región (Crovi Druetta, 2004; León Duarte, 2006; Moragas Spá, 2011; Barranquero, 2011; Fuentes Navarro, 2015; y González-Samé, Romero-Rodríguez y Aguaded, 2017, entre otros) y en distintos países (en México, Fuentes Navarro, 2011; en Brasil, Kunsch y Gobbi, 2016; Capparelli y Stumpf, 2005; en Chile, Lazcano-Peña y Perry, 2016; en Colombia, Zambrano Ayala y Barrios Rubio, 2013; en Ecuador, Punín Larrea, 2012; en Argentina, Dal Bianco y Zarecki, 2015; y Zarowsky y Justo von Lurzer, 2018, entre otros), durante este período, identificamos algunas tendencias que, como se verá, conforman un panorama contradictorio. En primer término, vamos a referirnos a la que denominamos consolidación académica.

Esta tendencia encuentra sus fundamentos a mediados y fines de la década de 1990, en una etapa definida en términos de profesionalización (Fuentes Navarro, 1992) o de especialización (Crovi Druetta, 2004), a partir del reconocimiento de una serie de transformaciones que afectaron tanto el sistema de educación superior —a través de legislaciones mercantilizadoras que produjeron una creciente pérdida de autonomía de las universidades, en favor de la creación de agencias externas de acreditación, y una devaluación del grado con la consecuente emergencia de los estudios de posgrado—, como el escenario de los medios masivos y de las telecomunicaciones, cada vez más concentrado, por citar solo dos fenómenos. Al mismo tiempo, y en contraste con tales procesos, se advertía la ausencia de una perspectiva crítica a partir de una colonización de los estudios de comunicación por los estudios culturales —culturalismo es el concepto que utiliza Torrico Villanueva (2004) para caracterizar este período. También se observaba una orientación cada vez más adaptativa de los sujetos, las instituciones y los objetos de estudio a los reclamos del mercado académico y al mercado en general. Eran los años en los que “un desanimado viento de obviedad y resignado conformismo recorre el continente”, como recusó oportunamente Schmucler (1997: 153).

En tal sentido, la consolidación académica podría leerse como una continuidad de una tendencia ya inscripta en el campo. Sin embargo, en la mayor parte de la bibliografía se señalan dos elementos que aportan novedad y que, sobre todo, van a tener una diferente acentuación valorativa. Por un lado, se observa la proliferación de los estudios de posgrado en comunicación y la extensión de la titulación de maestrías y doctorados en la docencia universitaria. Fuentes Navarro (2014: 19), sobre la base de los informes producidos en los foros iberoamericanos de Posgrado en Comunicación, celebrados en São Paulo en agosto de 2011 y en Quito en 2012, destaca:

“El notable crecimiento de la oferta de postgrado en comunicación, pues el inventario sistematizado rebasó los 450 programas (maestrías y doctorados) en total, situados en 21 países, una alta proporción de ellos fundados en la última década”.

Estas conclusiones coinciden con lo que otros autores detectan en sus países respectivos. Tal es el caso de Brasil[3], que ocupa un lugar central en los estudios latinoamericanos de comunicación, donde:

“A principios de 2000 se constata un número mayor de programas de maestría y de doctorado en Brasil, hasta llegar a 14 programas, incluyendo las maestrías de la Universidad Federal de Minas Gerais y de la Universidad Federal Fluminense, las maestrías y doctorados de la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul, de la Universidad do Vale dos Sinos, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, las maestrías de la Universidad Tuiuti y de la Universidad Casper Libero, además de los doctorados que se agregan a maestrías ya existentes, como el de Multimedios, de la Unicamp”. (Capparelli y Stumpf, 2005: 71)

Apenas una década más tarde se advierte que:  

“El área de Comunicación ahora cuenta con un considerable ejército de investigadores que trabajan en cuatro docenas de programas de posgrado repartidos por todo el país, produciendo cientos de tesis y disertaciones cada año, capacitando a miles de nuevos maestrandos y doctorandos, interactuando con centros de excelencia en todo el mundo, publicando innumerables revistas y libros con impacto potencial en los más de seiscientos cursos de pregrado en operación en Brasil, donde decenas de miles de estudiantes se gradúan ansiosos por trabajar en el ámbito profesional. Las entidades académicas en el área se consolidan y multiplican al mismo ritmo, gracias al idealismo y al trabajo voluntario desinteresado de sus líderes”. (Kunsch y Gobbi: 2016: 73)

En el libro de Dal Bianco y Zarecki (2015: 48), donde se recogen testimonios de investigadores argentinos de la comunicación, Pablo Alabarces señala:

“A partir de 2004, con las acreditaciones que empezamos a conseguir del doctorado de Ciencias Sociales en general y algún doctorado de Comunicación en particular —como es el caso de La Plata—, se sucede el proceso de doctoramiento de graduados en Comunicación en universidades argentinas, que reconstruye el escenario de doctoramiento en el exterior que se venía dando. [...] Ya estamos formando una generación de nuevos doctores. Mi generación era la generación que se doctoraba a los cuarenta años. Cada vez tenemos más doctores específicos en el área de Comunicación”.

Por otro lado, en este período, se produce la incorporación de las investigaciones en ciencias de la comunicación en instituciones y organismos científicos oficiales. González-Samé et al. (2017: 438) observan:

“En esta etapa, muchas universidades y países buscan incorporarse dentro de los índices y rankings científico-académicos más importantes. En Latinoamérica se crean o reestructuran organismos que regulan la calidad de la educación superior, en Argentina la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), en Chile la Comisión Nacional de Acreditación (CNA), en Colombia Colciencias y el Consejo Nacional de Acreditación y en Ecuador el Centro de Evaluación y Acreditación y Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior (CEACCES) entre otros. [...] En este último período se conquistan méritos como: publicaciones, miembros de redes investigativas, participación en congresos y foros internacionales”.

A esto se suma, en el caso de Argentina, el reconocimiento de las ciencias de la comunicación por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas:

“Además, la disciplina fue reconocida como tal por primera vez en 2012/2013 en las comisiones de expertos que evaluaron la admisión tanto a becas de doctorado como al programa de investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), la principal agencia de promoción científica de Argentina. Este reconocimiento supuso un salto cualitativo, ya que modificó las posibilidades de esta disciplina para competir por la distribución del ingreso, el financiamiento de líneas de investigación y la incorporación de académicos e investigadores a las filas y archivos del esfuerzo científico. [...] Estos cambios resultaron en una notable expansión de la cantidad de académicos doctorales y postdoctorales en la agencia, y un aumento significativo en los investigadores, lo que trajo un cambio generacional, así como la ampliación y revitalización de las perspectivas de la agencia”. (Zarowsky y Justo von Lurzer, 2018: 207)

Al respecto, Sandra Valdettaro explica que:

“Entrados los 2000 fue el momento de la «disputa» por el reconocimiento oficial del área de disciplinas ligadas a la Comunicación dentro de las grillas evaluativas del sistema nacional de investigación y CONICET, hecho que finalmente se logró hace poco tiempo”. (Dal Bianco y Zarecki, 2015: 42)

Esta tendencia a la consolidación académica es evaluada, en términos generales, de manera favorable y progresiva. Se entiende como un reconocimiento oficial, como un logro de los estudios comunicacionales que quedaban fuera de las grillas del sistema científico, como una legitimación de un campo al fin institucionalizado.

Burocratización. Con todo, algunos advierten que de esta tendencia a la consolidación académica se derivan —así lo expresa Valdettaro en el testimonio citado— “efectos burocráticos, sin dudas, y en muchos aspectos distorsivos” (Dal Bianco y Zarecki, 2015: 42). La tendencia a la burocratización fue apuntada muy tempranamente en un artículo de Mangone (2003) para caracterizar una etapa que continuaba a la de la profesionalización y que se hacía reconocible en los primeros años de este siglo. Allí concluía que:

“A partir de analizar el carácter de ciertas intervenciones podemos estar frente a otro panorama, en este caso más preocupante, ya que sintetizaría aquellos aspectos negativos de los tres períodos anteriores, nos referimos a un proceso de burocratización que integra la descontextualización, «el buen sentido» de las intervenciones y la dependencia creciente de factores de poder externos (Mercado y Estado) o del propio campo (gestión universitaria, Fundaciones, Congresos, publicaciones, etc.). A partir de esto comienzan a funcionar las colocaciones (y los roles) desde los cuales se interviene, la «marca» autoral que legitima las definiciones, la «propiedad» sobre algunos temas y sobre todo, la desaparición casi absoluta de un debate que solo elige, en un campo como el de la comunicación y la cultura definido en líneas generales como progresista, debatir siempre con el más poderoso y ubicado a su derecha y nunca con el más débil situado más a la izquierda”. (Mangone, 2003: 136)

Más recientemente, algunos de los testimonios que recopilan Dal Bianco y Zarecki (2015) recurren a una caracterización similar. Tal el caso de Florencia Saintout, quien describe:

“Los niveles de institucionalización siguen muy anclados en una estructura de carrera académica, de carrera científica que los vertebra y que muchas veces impide el pensamiento y la creatividad del compromiso político. Se piensan carreras en un sentido muy liberal y eso se traduce en modos de la formación, en modos de organización de los espacios de investigación, en los modos de los congresos, en una lengua que puede hablarse solamente con esa gramática y no con otra”. (Dal Bianco y Zarecki, 2015: 19)

Críticas de este tenor —con mayor o menor énfasis— las encontramos en otros balances o investigaciones referidas a las ceremonias de las jornadas y congresos, a las publicaciones seriadas de papers o de libros de compilación, sobre las carreras de posgrado. En ese sentido, resulta significativo que uno de los libros más recientes de Néstor García Canclini (2014) ironice sobre la vida de los congresos —uno de sus apartados se titula “Los supermercados de papers”— y gire en torno a las tribulaciones de un tesista de doctorado, quien, desorientado a la hora de definir su tema de investigación, termina por circunscribirlo a las ceremonias de apertura y de cierre de las jornadas o congresos académicos.

Sin embargo, una de las más radicales la encontramos en un trabajo de Magalhães Firmino (2017). En clave bourdiana, el investigador brasileño lee el modo en que el campo académico ha sido atravesado por una lógica que tiene menos que ver con la producción científica que con la lógica de la reproducción social capitalista. El mundo académico, entonces, ha devenido en un mercado con sus tendencias a la acumulación, a la disputa por su control, a la circulación de investigaciones como mercancías, a la moda, a la creciente satisfacción de los intereses no colectivos sino privados y concentrados.

“La crítica del mundo académico es importante porque hoy, más que nunca, se observan tendencias a la reproducción del habitus (Bourdieu, 1988) capitalista, en el que una buena parte de la producción científica sirve solo para acumular publicaciones; en el que la participación en proyectos de investigación o de cooperación para el desarrollo por parte de algunos académicos sirve solo para ampliar el propio currículo y aumentar sus ganancias; en el que los objetos de estudio son disputados como en el libre y salvaje mercado; en el que las citas se vuelven una moneda de cambio internacional sujeta a fluctuaciones; en el que la investigación sirve solo como trampolín para volverse un consultor; en el que el interés por un tema de investigación está determinado por una lógica parecida a la del mercado (de la demanda y de la oferta) o como en las pasarelas de Milán, donde se definen las tendencias de la primavera volviéndose una moda; y en el que las emociones y el egoísmo priman sobre la razón y el interés colectivo”. (Magalhães Firmino, 2017: 284)

Parecería entonces que la contracara de la consolidación es la tendencia más o menos evidente a ciertos procesos de burocratización.

Dispersión. Fuentes Navarro (2011: 221), en relación con un balance de los 50 años de la investigación en comunicación en México, revela que “ha aumentado la fragmentación temática y metodológica de la investigación”. Esta tendencia a la dispersión también podemos ubicarla en una línea de tiempo que remite a los desplazamientos teóricos y metodológicos que el campo atravesó en los 80. Bajo el programa de “perder el «objeto» para ganar el proceso” (Martín Barbero, 1984), los estudios de comunicación expandieron el universo de sus temas y problemas, amalgamaron marcos teóricos y metodologías provenientes de distintas escuelas, corrientes y disciplinas, diversificaron sus líneas de investigación.

Con todo, esta tendencia se profundiza en el período. Moragas Spá (2011), en el capítulo dedicado a “La investigación sobre comunicación y cultura en América Latina”, la evalúa como un rasgo de identidad de los estudios latinoamericanos:

“En los últimos años, sobre todo a partir del 2000, se hará cada vez más difícil discernir los estudios en términos clásicos de comunicación, cultura o sociedad, y en sus paralelismos teórico-disciplinarios: estudios culturales, estudios de comunicación, antropología, sociología, ciencia política, etc.”. (Moragas Spá, 2011: 196)

En un trabajo posterior, Fuentes Navarro (2015) plantea algunas consecuencias de este proceso. Allí resume los resultados de dos investigaciones. En primer lugar, la del español Luis Piñel, que aplicó una encuesta a más de 350 profesores de comunicación de 40 países europeos y latinoamericanos, en 2008, y a más de 500 de 60 países, en 2011. Una de las conclusiones generales del trabajo apunta que:

“Los estudios (docencia e investigación) sobre la comunicación pueden muy bien interpretarse en todo el mundo como extremadamente dispersos (o fragmentarios) en sus fundamentos epistemológicos y teórico-metodológicos, después de al menos medio siglo de su establecimiento como especialidad universitaria”. (Fuentes Navarro, 2015: 72)

En segundo lugar, expone el trabajo de la investigadora brasileña María Cristina Gobbi, que recopiló 1.576 ponencias presentadas en sucesivas jornadas de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC), entre 1998 y 2006. Gobbi explica la dificultad metodológica que se le presentó a la hora de categorizar las contribuciones al punto de que tuvo que aplicar la categoría “otros” porque “las temáticas estaban tan diluidas que sería prácticamente imposible” (Fuentes Navarro, 2015: 73) incorporarlas en algún rubro[4].

No parece arriesgado atribuir esta dispersión —fragmentación, dilución de temas, indefinición teórica y metodológica, entre otras notas también dispersas que se leen en la bibliografía— como resultado de la tendencia a la burocratización o, más bien, a la lógica de producción que imponen agencias y organismos de investigación. Un dato que no nos parece menor es el hecho de que las universidades hayan sido relegadas —de manera creciente, por lo menos desde mediados de los 90— del ámbito de la investigación, lugar que fueron asumiendo agencias y organismos estatales o privados. Este desplazamiento no solo impuso una mayor disociación entre los campos de la enseñanza y de la investigación sino que, además, contribuyó a una mayor desvinculación de los programas de investigación con las problemáticas, polémicas y tensiones que recorren la vida académica, mucho más permeable a las determinaciones (en términos de Williams), a los procesos políticos y sociales.

Tradiciones críticas y crisis de identidad de pensamiento latinoamericano. En un artículo publicado en 2004, Delia Crovi Druetta se pregunta “si realmente han existido paradigmas comunicativos en América Latina” (2004: 84). A partir de esta cuestión reconstruye la historia de tres líneas de intervención. La primera de ellas remite a la comunicación alternativa, entendida “como una comunicación contestataria, de respuesta al poder hegemónico, que alterna con los discursos oficiales” y que ha sido más “practicada que estudiada, porque lejos de abundar en reflexiones de orden teórico, fue rápidamente desdeñada mediante argumentaciones poco sólidas” (Crovi Druetta, 2004: 86). La siguiente recoge las propuestas por un Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación a través de las cuales se defendía “la existencia de flujos más equitativos” (Crovi Druetta, 2004: 87). Y finalmente reivindica la economía política de la comunicación que se desarrolló tempranamente en una región “siempre acosada por los monopolios mediáticos, a los que analizó, estudió e incluso repudió” (Crovi Druetta, 2004: 88). Es en la alternatividad, el NOMIC y la temprana economía política de la comunicación, líneas atravesadas por la lógica de la desigualdad, donde la investigadora mexicana encuentra los aportes latinoamericanos a la teoría comunicológica mundial. Es decir, en tradiciones de investigación e intervención que se construyeron en la etapa fundacional del campo.

Identificamos una cuarta tendencia que se manifiesta en el campo durante el período analizado y que denominaremos recuperación de las tradiciones críticas. Si bien en otras etapas podemos rastrear memorias, balances o revisitas —casi una marca de estilo del campo comunicacional en la región—, lo peculiar, en este caso, es que se postula la necesidad de recordar y recuperar aquellas primeras contribuciones como programas de investigación que todavía seguirían vigentes para el desarrollo de los estudios de comunicación latinoamericanos.

Este planteo contrasta con las miradas retrospectivas que, en los 80 y en los 90, se echaban a los primeros estudios latinoamericanos de comunicación, a los que se recusaba como un paradigma del que los investigadores debían apartarse para poder pensar sin obstáculos la cultura, los consumos, las identidades.

Barranquero examina una amplia bibliografía para sistematizar las características que presentan los estudios latinoamericanos desde “la mirada exterior” por parte de investigadores estadounidenses y europeos; según el autor, estos suelen destacar “la vinculación entre teoría y práctica”, “la búsqueda del cambio político y social”, “el carácter crítico de la investigación”, “la indagación en las relaciones entre comunicación y poder”, “la crítica a la dependencia científica del continente”, “la crítica permanente al modelo dominante estadounidense”, “la censura a la dependencia comunicativa y cultural del continente” y “una llamada constante a la democratización de la comunicación internacional” (Barranquero, 2011: 7 y 12-13), entre otros rasgos. Y concluye:

“De hecho, si estudiamos con atención los principales aportes en torno a la materia, descubriremos que la mayor parte de los análisis foráneos coincide en que existe una cierta unidad en el pensamiento latinoamericano, por encima de las disparidades interregionales; es decir, que hay una serie de líneas temáticas, objetos e incluso abordajes metodológicos compartidos por buena parte de los investigadores de la comunicación [...] No obstante, esta unidad era mucho más perceptible en las décadas de los 60, 70 e incluso a principios de los 80 del pasado siglo, ya que en los últimos años las líneas de investigación del continente se han diversificado sobremanera a partir de la popularización de los Estudios Culturales y de investigaciones que abordan la complejidad de los nuevos entornos tecnológicos y comunicativos”. (Barranquero, 2011: 11-12)

En 2015, César Bolaño, Delia Crovi Druetta y Gustavo Cimadevilla presentan La contribución de América Latina al campo de la comunicación con un prólogo cuyo título es “Cuatro décadas después” y que remite a un acontecimiento clave en la historia de los estudios comunicacionales: la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas de Comunicación en Latinoamérica y el Caribe, realizada en Costa Rica en 1976, donde se desplegaron los principales debates que anudaban las preocupaciones teóricas y políticas de las primeras investigaciones en la región en torno a los flujos desiguales de comunicación Norte-Sur, el NOMIC, las políticas regionales y nacionales de comunicación, el estado de concentración y extranjerización del sistema de medios, la dependencia o el subdesarrollo también comunicacional. A partir de esa introducción, los autores plantean que el libro “pretende constituirse en un estímulo importante para cultivar esa tradición intelectual latinoamericana” (Bolaño et al., 2015: 15).

En nuestro país, Argentina, reconocimos también esa tendencia (Gándara, 2010 y 2015) al analizar el estado del campo a partir de los debates en torno a la entonces recientemente promulgada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (2009), advertimos que intelectuales e investigadores de las ciencias de la comunicación recurrían a las tradiciones del campo —la crítica ideológica, la economía política de la comunicación, la comunicación alternativa—, a sus conceptos y marcos teóricos, para explicar y denunciar el discurso manipulatorio, el escenario monopólico del sistema infocomunicacional, la necesidad de crear una comunicación por fuera de los medios hegemonizados por los sectores dominantes. Interpretamos esa vuelta a 40 años atrás en estos términos:

“La propuesta de recuperar aquella tradición, por su parte, revela que los estudios de comunicación y cultura —lejos de avanzar progresivamente en nuevos marcos teóricos y más rigurosos instrumentos de análisis para «pensar inconformistamente» los medios y nuestra cultura— recorrieron un camino inverso y regresivo: se decretó el fin del paradigma marxista, se sepultó a Frankfurt, se reinventó a un Benjamin y un Gramsci a la medida de los nuevos reclamos de la cultura masiva, se rehabilitó a McLuhan, se recurrió al culturalismo y a usos y gratificaciones, se teorizó sobre el consumo para convertirlo en la piedra de toque de todas las reflexiones y se exculpó a la mercancía que, de jeroglífico social, pasó sin trámites a convertirse en un bien que nos permitía pensar y pensarnos. Todo un ajuste de cuentas —en el que se reproducían balances autocríticos, reconocimiento de «excesos», puesta en duda de «certezas»— para vaciar conceptual y metodológicamente un campo que, en su origen, tenía la impronta de la impugnación y la crítica”. (Gándara, 2010: 15)

Finalmente, destacamos una última tendencia: la crisis de una identidad del pensamiento latinoamericano en comunicación. Como consignamos en relación con las anteriores tendencias, podemos encontrar debates sobre si existe o no una teoría comunicológica de la región en otras etapas: bajo el signo del imperialismo cultural, en los 70, cuando se debatía sobre cómo producir conocimiento científico en los países dependientes (Verón: 1974); desde el paradigma de la hegemonía, en los 80, cuando lo específico latinoamericano era la hibridez (cultural, social, étnica, temporal) (García Canclini, 1990); desde el proceso de mundialización (Ortiz, 1997), que no terminaba —se nos decía— de aplanar las diferencias y las diversidades culturales, en los 90. Sin embargo, el cuadro en el que vuelve a formularse la pregunta sobre la identidad —supuesta o real, esencial o relacional— de los estudios de comunicación es diferente.

Si bien es difícil sistematizar el punto —en el estado actual de nuestra investigación—, notamos dos cuestiones que consideramos de interés para caracterizar la etapa. De un lado, quienes reconocen o defienden el carácter latinoamericano de la investigación o incluso postulan la existencia de una Escuela Latinoamericana (Melo: 1999) lo hacen sobre la base de la recuperación de las tradiciones críticas fraguadas en la etapa fundacional. Esto es, desde la necesidad de “cultivar esa tradición intelectual latinoamericana” (Bolaño et al., 2015: 15).

Del otro, quienes niegan su existencia describen la influencia de la academia estadounidense —en un proceso que se inicia en los 80 y se profundiza en las siguientes décadas— que modeliza y le confiere un estatuto cada vez más globalizado a la investigación que se realiza en la región. Este es el principal argumento que sostienen González-Samé et al. (2017: 435):

“La década de los ochenta inicia con un ingente desarrollo teórico y metodológico de los esfuerzos de investigación en las universidades estadounidenses, lo que logra posicionar a ese país como un epicentro neurálgico de influencia a escala mundial en el ámbito de la comunicación [...], de lo que no se escaparía Latinoamérica, por estar dentro del ámbito de influencia directa”.

De lo que derivan que “no se evidencia con meridiana claridad la existencia de una «escuela latinoamericana de comunicación»” (González-Samé et al., 2017: 440). Eduardo Restrepo (2014: 7-8), por su parte, cuestiona la idea esencialista de Latinoamérica, particularmente a partir de la construcción que de la región promueven los estudios culturales estadounidenses:  

“Debido a que el lugar de enunciación importa, los «estudios culturales latinoamericanos» no son de la misma manera latinoamericanos cuando son hechos sobre América Latina desde el establecimiento académico estadounidense que cuando lo son desde América Latina [...]. Por tanto, siguiendo a Nelly Richard (2001) considero más adecuado referirnos a estudios culturales sobre/desde América Latina que a «estudios culturales latinoamericanos»”.

Por todo lo mencionado hasta el momento, si tuviésemos que elegir una palabra que sintetice el estado actual del campo comunicacional, es la de tensión: entre los procesos de consolidación, burocratización y dispersión del campo, de un lado; y entre las tradiciones críticas y la crisis de identidad del pensamiento latinoamericano, del otro.

Conclusiones

En Gándara (2018), resumíamos muy apretada y provisoriamente el resultado de una primera investigación sobre el período que nos arrojaba la siguiente conclusión: a mediados de la década pasada (2000-2010), en algunas de las corrientes y disciplinas que conformaron las tradiciones clave del campo —la economía política, los trabajos de análisis de discurso o en torno a las representaciones mediáticas, las experiencias y las investigaciones sobre comunicación alternativa—, se evidenciaba: (a) una creciente relegitimación, (b) una creciente producción empírica y (c) una recuperación de conceptos clave (concentración monopólica, ideología, manipulación, alternatividad), que se habían construido en la etapa de autonomización, a la que entonces se recurría para encontrar herramientas de análisis e interpretación de los nuevos escenarios. En un campo burocratizado, esta novedad suponía la aparición de contratendencias al estancamiento burocrático determinadas por la coyuntura. Asimismo notábamos que algunas líneas investigativas innovaban sus tradiciones al explorar nuevos temas y problemas vinculados con las redes, las mediatizaciones y las hipermediaciones —el caso de la semiótica. Con todo, observábamos que la vuelta a conceptualizaciones pasadas se revelaba en términos de usos descontextualizados de las tradiciones críticas. Es decir, una apelación a las tradiciones disciplinares antes que a las críticas de la tradición marxista (Gándara, 2018).

Cabe mencionar también que la bibliografía sobre el período 2000-2018 no da cuenta de los procesos que se desarrollaron en la región durante este mismo período. Con excepciones[5] —pero incluso en esos casos advertimos que se reducen a una mención contextual—, tales reconstrucciones no ponen en relación las tendencias del campo —su historia interna, digamos— con los procesos políticos, sociales y económicos que condicionan el horizonte de posibilidades de la investigación, la circulación y la recepción de las producciones científicas. Sin embargo, y más allá de esta observación, las descripciones de este largo período redundan solo en esas tendencias que fuimos exponiendo a lo largo del trabajo.

Por todo lo mencionado, podemos sostener el siguiente argumento: el estado del campo de la comunicación en Latinoamérica, en el período que se extiende de 2000 a la actualidad, se conformó a partir de la consolidación académica, la burocratización de los sujetos, los saberes y las prácticas; la dispersión temática y metodológica; la recuperación de las tradiciones disciplinares como espacios institucionalizados; y la crisis de identidad latinoamericana de las investigaciones. Las contratendencias podrían leerse, entonces, como otras tantas oscilaciones de un campo apremiado por ciertos cambios parciales de rumbo.

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[1]Notas

 Las obras más nombradas refieren a los llamados “padres fundadores”. No hay madres, para seguir con la analogía de la familia. Esto nos advierte de un hecho tan evidente como invisible: los aportes de las mujeres al campo de la comunicación en América Latina en general ocupan un lugar periférico: sus nombres, sus trayectorias, sus obras. Sobre las trayectorias de las mujeres pioneras del campo latinoamericano estamos escribiendo un libro.

[2] Dos aclaraciones. Por un lado, los años se fijan como referencia aproximada para indicar el inicio o cierre de procesos político-económicos. Por el otro, gobiernos “progresistas” o “neoliberales” son denominaciones usuales que deberían ser revisadas —preferimos en todo caso gobiernos de “contención social” y de “ofensiva”, respectivamente—, pero que adoptamos con reservas a los fines de desarrollar el argumento principal.

[3] Hasta donde hemos podido relevar hay trabajos sobre los posgrados en Comunicación en México, Colombia y Chile con similares conclusiones.

[4] En una investigación en proceso, que examina las actas presentadas en el Congreso Latinoamericano de Comunicación “30 años de itinerarios intelectuales. Preguntas, abordajes y desafíos del campo comunicacional”, realizado en Buenos Aires, entre el 18 y el 21 de agosto de 2015, nos encontramos con la misma dificultad para categorizar las más de 100 ponencias presentadas en los 24 grupos de trabajo habilitados a tal fin.

[5] Una de esas excepciones es el ya citado trabajo de Magalhães Firmino (2017). En este trabajo, como señalamos inicialmente, nos propusimos sistematizar y analizar las tendencias dominantes de los estudios latinoamericanos de comunicación en el período 2000-2018. Trazado el mapa, queda por encarar la vinculación entre tales tendencias y sus condiciones políticas, sociales y económicas de emergencia.