Dip, Nicolás, Movimientos estudiantiles en América Latina. Interrogantes para su historia, presente y futuro, Buenos Aires, IEC-CONADU / CLACSO, 2023, 88 páginas, ISBN 978-987-813-458-1.

Ernesto Flores Escareño*

 

Los ecos de quienes han participado en la historia de los movimientos sociopolíticos no son rastros fáciles de hilvanar en una reconstrucción historiográfica. Sobre todo, para aquellos que acercan la mirada de manera quisquillosa a las coyunturas específicas o, bien, a los grandes acontecimientos y protagonistas que se configuran como emblemas testimoniales para la interpretación académica desde las ciencias sociales. Bertolt Brecht arrojó palabas inquisitorias para los que construyen la narrativa de la historia yendo sólo por los caminos trazados de las cronologías oficiales, sin abocar su esfuerzo en la generación de interrogantes sobre actores y movimientos que no aparecen en los relatos consagrados por la historiografía.

 

Nicolás Dip, sociólogo, historiador e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina, presenta en su más reciente libro Movimientos estudiantiles en América Latina. Interrogantes para su historia, presenta y futuro, publicado por el Instituto de Estudios de Capacitación de la Federación Nacional de Docentes Universitarios (CONADU) y el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), una síntesis que, desde una perspectiva sociohistórica, logra amalgamar la recuperación bibliográfica y documental en torno a la participación política del estudiantado latinoamericano en una comparativa generacional y, sobre todo, contextual. Esto le permite priorizar un diálogo entre los acontecimientos y las interpretaciones que se han producido, tanto al calor de los movimientos estudiantiles como en la reflexión retrospectiva al paso de los años.

 

El recorrido cronológico del trabajo comienza en los años 1908 y 1918 con los episodios uruguayo y argentino, respectivamente, que inauguraron el siglo pasado con la aspiración de reformar los espacios universitarios, al eliminar jerarquías aún aristocráticas que funcionaban como espejo urbano de los latifundismos regionales. Posteriormente, el libro tiende puentes hasta 1968 y las múltiples lecturas que sobre este año se han construido partiendo de las experiencias específicas en cada país de América Latina y sus vínculos, reales o imaginarios, con una oleada de movilizaciones en distintas partes del mundo cuya trascendencia influye a los movimientos estudiantiles y juveniles de finales del siglo XX hasta aquellos que inauguraron el nuevo milenio.

 

Resulta pedagógico que el análisis histórico inicie con el objetivo de definir e identificar qué son los movimientos estudiantiles entre la diversidad de posibilidades que teóricamente surgen conforme se complejiza a los actores que lo componen. En este marco, se concibe que además del espacio físico de acción que son las instituciones educativas, no debe perderse de vista el carácter etario y generacional de los actores que se articulan en dichos ámbitos. Por esta razón, es importante la recuperación de la dimensión política articulada a lo educacional/generacional como lo central y constitutivo de los movimientos estudiantiles. Como señala Nicolás Dip, las dinámicas propias de sus asociaciones y acciones colectivas van “desde la exigencia de condiciones y becas para poder estudiar, reformar los planes de estudio, participar en el gobierno y en la orientación de las instituciones, hasta el debate de cuestiones que implican al conjunto de la sociedad, como el tipo de regímenes políticos, los modelos económicos u otros proyectos sociales y culturales más amplios” (2023:19).

 

Si lo pensamos como un libro introductorio a fenómenos fundamentales de la historia latinoamericana, es una herramienta para indagar sobre los horizontes que los activismos estudiantiles forjaron desde los procesos constitutivos de sus reivindicaciones gremiales, políticas y culturales en los respectivos países de América Latina en los siglos XX y XXI. Sus experiencias les permitieron agrietar en cada momento histórico los diques que han limitado la ampliación de derechos no sólo educativos sino de corte democrático, sea dentro de la herencia liberal y nacionalista o dentro de los puntos en disputa a partir de la influencia activa de las alternativas socialistas, en boga mayormente durante la segunda mitad del siglo XX con el emblema de la Revolución Cubana, hasta el desplome de las experiencias de la U.R.S.S. y el Eurocomunismo. Este panorama es reconstruido sin perder de vista, más recientemente, la constante lucha feminista en una tercera ola que se posiciona cada vez más a la cabeza de cuestionamientos estructurales y cotidianos, junto a las resistencias al embate neoliberal de las últimas décadas en sus dimensiones educativas y de redefinición institucional de las estructuras políticas en el continente.

 

Como el lector encontrará en el libro, ante este panorama se han esbozado posturas que otorgan distintos calificativos al estudiante movilizado como agente de cambio o reproducción, como melancolía o mito, o como un agente histórico que ha perecido y cuya herencia se debe buscar en espacios locales y con reivindicaciones cada vez más particulares. Nicolás Dip presenta y problematiza cada una de estas caracterizaciones, ya que este esfuerzo de síntesis sólo es posible con las apuestas e interrogantes que el autor propone al lector en cada cierre de capítulo. Esta dinámica obliga a esbozar respuestas críticas, al mismo tiempo que provoca nuevos cuestionamientos desde una mirada periscópica de la realidad latinoamericana. 

 

Recuperando de alguna manera la clasificación de “ciclos de protesta” propuesta por Imanol Ordorika, el trabajo presenta distintas experiencias de movimientos estudiantiles de América Latina a partir de una serie de interrogantes. Por ejemplo, la interpelación de los estudiantes del Cono Sur, cuyo emblema fue y es el Manifiesto Liminar del movimiento de Reforma en Córdoba, Argentina, acontecido una década después del Primer Congreso de Estudiantes Americanos de 1908 en Montevideo, Uruguay, deja un conjunto de preguntas abiertas: ¿Qué tienen para decir estas experiencias a los jóvenes más de un siglo después? ¿Qué tanto interpela su lucha contra el autoritarismo académico y la exclusión de los estudiantes en el gobierno de las instituciones educativas en la actualidad? A su vez, el libro estable trazos panorámicos acerca de lo que este episodio marcó según los ritmos y procesos de cada país de la región en la construcción de opciones políticas de izquierda, que van desde figuras como José Carlos Mariátegui hasta Julio Antonio Mella y, por supuesto, Fidel Castro. No obstante, casi al final, el trabajo también alerta de la necesidad de indagar a los estudiantes movilizados desde posturas conservadoras y/o de derecha que, si bien de a poco son abordados en la investigación histórica, aún es escaso su estudio en la configuración institucional del espectro sociocultural, incluso como actor vigente.

 

Ante el cuestionamiento de si el año 1968 puede considerarse desde una perspectiva latinoamericana, como un momento uniforme que conecta los movimientos estudiantiles de México, Brasil, Uruguay, Argentina o Chile, por señalar los que tuvieron mayor difusión, podríamos decir junto con el libro que, más allá de las revueltas, lo que unificó fue la represión del Estado como respuesta constante al intento de los movimientos estudiantiles por desbordar el ámbito gremial para aglutinarse con sectores más amplios de la sociedad. Como señala Nicolás Dip, “en las décadas del sesenta y setenta, varios sectores estudiantiles señalaron que la Reforma en sí misma no bastaba o ya estaba caduca y, por lo tanto, se hacía necesaria la inserción de los estudiantes en movimientos o apuestas políticas más amplias por el cambio social” (2023: 35).

 

La persecución, desaparición y asesinato de activistas estudiantiles durante los sucesivos golpes de Estado y dictaduras en América Latina fueron la reacción ante la politización y radicalización de distintos sectores del activismo estudiantil. Las páginas del libro dan cuenta de diversas organizaciones gestadas al calor de las místicas militantes y del conflicto de la Guerra Fría en la región, ya sea en el marco del discurso foquista de la Revolución Cubana o en referencia a la vía democrática al socialismo de la Unidad Popular en Chile. La influencia de una y otra, además de la represión, fueron contrarrestadas con la adecuación de reformas estructurales en el ámbito educativo, las cuales desarticularon un sentido de educación con perspectiva social para inclinarlo al rumbo del mercado, con la constante intervención del gobierno de los Estados Unidos de América.

Es importante resaltar que esta obra invita a romper con sentidos comunes o imágenes estereotipadas sobre los movimientos estudiantiles al hacer visibles países que generalmente escapan de la interpretación histórica y sociológica en cuanto a las conmemoraciones se refiere. Al indagar las experiencias estudiantiles en Colombia o Guatemala, por ejemplo, Nicolás Dip invita a abordar los diversos de países de América Latina e incluso a redimensionar los ecos de los activismos estudiantiles más allá de las ciudades capitales, con la finalidad de recuperar las acciones y repercusiones que en lo local tuvieron los movimientos societales y educativos. Quizá esta operación, como también señala el autor, es un efecto de la aparición en escena de reivindicaciones territoriales de los movimientos estudiantiles y juveniles de las últimas décadas, ante una multiculturalidad cada vez más engarzada en el flujo de la información global.

 

En este último aspecto, la obra plantea retomar las experiencias estudiantiles contemporáneas que se han visto mediadas por nuevas formas de interacción en sus acciones colectivas, retomando como antecedente y punto de inflexión el proceso de huelga encabezado por los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) durante el último año del siglo XX. Su defensa de la gratuidad en la educación era producto de poco más de una década de reajustes estructurales de tipo neoliberal en el país y la región. La huelga de 1999 en la UNAM tenía como antecedente una experiencia previa, durante los años 1986 y 1987, con la creación y movilización del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) en la misma casa de estudios. No obstante, para finales de la década siguiente cobraron relevancia en las formas de dirección y organización del movimiento estudiantil mexicano los ejes planteados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el cual se había levantado en armas en contra del gobierno mexicano y en cuyas declaraciones hacía frente al modelo neoliberal, privilegiando formas horizontales y asamblearias que chocaban de lleno con las formas tradicionales de la izquierda política latinoamericana.

 

Ante este panorama y frente al escenario abierto por el siglo XXI, el libro plantea la pregunta de si los movimientos estudiantiles latinoamericanos continúan con vida. El mismo autor desarrolla pistas para responder este interrogante a través de experiencias sudamericanas como el “movimiento pingüino” de 2006 en Chile y las consecuentes movilizaciones durante el 2011, hasta el desborde popular ocurrido ocho años después, el cual posicionaría a exdirigentes estudiantiles en los espacios de poder legislativo y ejecutivo, aunque con agendas pendientes a raíz de un pasado dictatorial que ha legado una constitución que instaló al mercado como sentido común en la educación. De igual manera, es abordada la experiencia colombiana de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) en 2011 frente a los intentos de profundizar la mercantilización de la educación, como la participación de estudiantes en el Paro Nacional de 2018, el cual manifestó en años posteriores la entrada de una nueva sociedad política a los espacios públicos de administración estatal.

 

Que el estudiante logre ser el nodo de articulación para demandas sociales más amplias, como podemos observar a lo largo de este libro, no es una novedad. No obstante, la cuestión a reflexionar es hasta qué punto los temas gremiales de la educación son los que continúan siendo el eje de participación política de los estudiantes en movimientos sociales que, como en el caso mexicano del #Yosoy132 en 2012 o las luchas feministas en contra del acoso y la permanencia de políticas patriarcales, enfocan sus baterías hacia los imaginarios, tradiciones e instituciones políticas de la sociedad. De esta manera se puede plantear, en sintonía con Nicolás Dip, que la multisectorialidad es una de las características más notables en la composición de estas nuevas resistencias que emergen ante coyunturas específicas y mantienen dinámicas organizativas que permitieron promover protestas a nivel nacional e internacional, como lo demuestran las movilizaciones por la muerte de tres estudiantes normalistas rurales mexicanos y la desaparición de otros 43 en la ciudad de Iguala, Guerrero.

 

A su vez, desde una perspectiva más amplia, las protestas feministas en el ámbito educativo no se pueden encasillar en duraciones cortas dado que, como señala el autor, las mismas plantean el rescate de la memoria de quienes participaron en las acciones cotidianas de protesta en las décadas del siglo pasado. Estas experiencias fueron invisibilizadas por una historiografía masculinizada que ha tendido a eclipsar el protagonismo de las mujeres en los grandes acontecimientos históricos que involucran a los movimientos estudiantiles latinoamericanos en el siglo XX y XXI. 

 

El resultado de esta síntesis histórica y analítica hace posible que atemos los hilos coyunturales de los activismos estudiantiles latinoamericanos en dimensiones locales, regionales y globales a lo largo de dos siglos. De esta manera, el libro de Nicolás Dip invita a sus lectores a profundizar en el estudio y en el debate sobre los distintos movimientos de protesta estudiantil que forman parte de la historia, el presente y el futuro de la región.  



* Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa, México. E-mail: ernesto.flores.escareno@gmail.com.