El ensayo positivista como dispositivo de control de las masas nacionales

María Elena Tarbine

RESUMEN

Este artículo revisa cómo, en el marco del positivismo finisecular, el ensayista argentino José María Ramos Mejía analiza la irracionalidad de las masas nacionales (en la historia nacional y en el presente de enunciación) a partir de la recepción de los teóricos europeos de la “psicología de las multitudes”, especialmente Gustave Le Bon, y examina la relación de las masas con los líderes. Intenta reflexionar sobre la función del ensayo positivista al teorizar sobre el problema de las multitudes, por cuanto estos discursos se convierten en dispositivos de control de la alteridad social, al tiempo que contribuyen a desarrollar una mirada prejuiciosa sobre el inmigrante de fin del siglo XIX, en el proceso de constitución de la identidad nacional. Asimismo, confirmar la autoconstrucción del enunciador como un meneur hábil para gobernar, legitimado por su saber científico-positivo ante la sociedad.

Palabras clave : J. M. Ramos Mejía, Gustave Le Bon, masas nacionales.

ABSTRACT

This article reviews how, within the end-of-century positivist context, the Argentinian essayist José María Ramos Mejía analyses national masses' irrationality (both in national history and in the present of enunciation) from European theorists reception of the “psychology of masses”, particularly that of Gustave Le Bon. This article is an attempt to reflect on the function that the positivist essay has when it theorizes on the problem of masses, since this discursive genre acts as a means of control on social otherness, while it contributes to develop a biased look at immigrants during the nineteenth century, in the process of national identity formation. Furthermore, it intends to confirm the speaker’s self-construction as a clever meneur to govern, legitimized before society by his positivist scientific knowledge.

Keywords : J. M. Ramos Mejía, Gustave Le Bon, national masses.

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Este artículo se desprende, de manera resumida, de algunos aspectos desarrollados en nuestra tesis de la Maestría en Culturas y Literaturas Comparadas [1] .

Tal como analiza Terán (2008a) para el caso argentino, la recepción que Ramos Mejía hace de la emergente teoría de la “psicología de las masas”, especialmente a través de Psicología de las multitudes de Gustave Le Bon (1895), está relacionada con la preocupación que los sectores dirigentes experimentan ante la aparición de las multitudes urbanas. Las multitudes argentinas (1899) intenta responder al problema de qué hacer con ellas. La irrupción del “aluvión inmigratorio” parece poner en peligro la identidad cultural de la nación, lo que se suma al ingreso de ideas socialistas y anarquistas entre los inmigrantes, que generan una presión creciente por la inclusión social y política de los sectores populares; el perfil racial y cultural de la mayoría de los inmigrantes (decepcionante para la elite dirigente, si se lo contrasta con el modelo de “pueblo” ideal que había alentado en décadas previas el proyecto inmigratorio), todo desencadena el repliegue defensivo de gran parte de los grupos dirigentes y la adopción de diversas medidas de control social, por ejemplo, la ley de expulsión de extranjeros indeseables y la creación de teorías científicas que operan como dispositivos de control (en el sentido de Foucault 2005). El saber positivista funciona como respuesta hegemónica a las dificultades político-sociales, porque se funda en leyes científicas a través de las cuales –confían autores como Ramos Mejía– se pueden diagnosticar, prevenir y resolver los problemas sociales.

Las discusiones sobre la psicología de las masas en el siglo XIX marcan “una progresiva internalización de rasgos característicos de la ‘multitud’ que al comienzo […] eran vistos como un exceso inasimilable” (Laclau 10), especialmente a partir de la publicación de Los orígenes de la Francia contemporánea, de Hyppolite Taine, publicado entre 1876 y 1893. El origen de estas ideas se halla, a partir de la obra de Taine, en los cambios en el lazo social producidos por la Revolución Francesa (1789). Taine, exponente de la elite intelectual francesa, se ubica en “el polo de la antipatía hacia los reclamos de igualdad de las clases populares” (Chayo-Sánchez 114). Gustave Le Bon se inscribe en la línea de Taine, y busca respuestas para enfrentar la desorganización de la sociedad originada por las masas.

Recién hacia el último tercio del siglo XIX, las clases populares francesas se afianzan y se conforman los primeros sindicatos, al tiempo que se fortalecen, progresivamente, las ideas comunistas. Desde la óptica de las elites, las masas implican socialismo y anarquía, por lo tanto, son una inminente amenaza para el poder tradicional conservador. De allí que las discusiones sobre la psicología de las masas giren en torno a analizar y explicar científicamente la conducta de las muchedumbres y a sistematizar sus características más distintivas con el fin de ponerlas bajo control.

En la Argentina de entresiglos, hay una rápida recepción de estas teorías en función de las transformaciones políticas y sociales: modernización del Estado e inmigración masiva, la cual trae consigo ciertos puntos preocupantes (para las elites dirigentes) como las ideas socialistas y anarquistas, y los problemas sociales de la clase obrera. Las multitudes, entonces, significan un problema para los gobernantes. La pregunta general que intentan responder (tanto Le Bon, en Francia, como Ramos Mejía, en Argentina) es cómo neutralizar las demandas de las masas y evitar que afecten la gobernabilidad de la minoría dirigente.

Gustave Le Bon y su Psicología de las masas

Gustave Le Bon (1841, Nogent-le-Retrou – 1931, París), médico (doctorado en 1876), además de etnólogo, psicólogo y sociólogo, de acuerdo con Laclau, a fines del siglo XIX, contribuye a la construcción discursiva de “cierta normalidad” social (Laclau 34), separando lo normal (ligado a lo racional) de lo patológico (irracional). Para Le Bon, el líder o meneur de las masas apela a la irracionalidad a través de tres “recursos retóricos” (43), que Le Bon denomina “medios de acción de los líderes” (93): la afirmación, la repetición y el contagio, este último íntimamente ligado a la capacidad de sugestión del líder y a la “sugestibilidad” de la multitud. Para Le Bon la sugestión opera en el campo de “las imágenes, las palabras y las fórmulas” (79), por lo que el acento está puesto en la dimensión comunicacional del vínculo líder/masas y se afirma en una condena de cualquier forma de connotación semántica (asociada con la irracionalidad).

En el ensayo de Le Bon se advierte de manera explícita, por un lado, el tono despreciativo del enunciador hacia las clases populares y, por otro, el impacto y el temor que le produce esta “era de las masas”, gobernadas por los principios de los tiempos más primitivos de la humanidad y las comunidades:

En la actualidad, las reivindicaciones de las masas […] tienden a destruir radicalmente la sociedad actual, para conducirla a aquel comunismo primitivo que fue el estado normal de todos los grupos humanos antes de la aurora de la civilización. Limitación de las horas de trabajo, expropiación de las minas, los ferrocarriles, las fábricas y el suelo; reparto equitativo de los productos, eliminación de las clases superiores en beneficio de las populares, etc [sic]. He aquí estas reivindicaciones (Le Bon 21).

De allí su urgencia: “¿cómo impedir [el avance de las masas]?” (Le Bon 22). La respuesta es el libro completo, donde expone y fundamenta la imperiosa necesidad de “conocer el arte deimpresionar la imaginación de las masas [porque] equivale a conocer el arte de gobernarlas” (57; bastardilla nuestra). De manera contundente agrega: “El conocimiento de la psicología de las masas constituye el recurso del hombre de Estado que desee, no gobernarlas (pues ello se ha convertido hoy día en algo muy difícil), sino, al menos, no ser completamente gobernados por ellas” (23). Es decir: está proporcionando una herramienta valiosísima, desde el lugar de saber (y de poder que este le confiere), para el hombre de Estado, para detener especialmente a las masas anarquistas, socialistas, obreras y populares, en defensa de lo que –identificado con las “clases superiores”– (21) juzga como civilización.

La “sugestibilidad” –señala Le Bon– es una característica fundamental en las masas, que se hallan “en un estado de atención expectante favorable a la sugestión” (37). En este punto, la patología individual de la histeria y la patología colectiva del grupo “en estado de multitud” convergen en algunas características generales. En un grupo sugestionable, la sugestión puede iniciarse en un individuo y, luego, extenderse mediante el contagio colectivo. En ese proceso juegan un papel clave las palabras y las imágenes que estas evocan, pues “el arte de los gobernantes […] consiste principalmente en saber manejar las palabras” (83). Es evidente que, para Le Bon, la dimensión connotativa del lenguaje (base del efecto sugestivo sobre las multitudes) constituye un elemento negativo, porque escapa a las leyes de la racionalidad sobre las que se levanta en principio su construcción discursiva.

La disociación entre el significado denotativo y el evocado o connotativo del lenguaje está en los meneurs y en el uso que ellos hacen de las palabras. En este sentido, el análisis de Le Bon se centra en las características de los conductores de masas y en los medios de acción que emplean.

Entre los “medios de acción de los líderes”, la afirmación, “desprovista de todo razonamiento y de toda prueba” (Le Bon 93), equivale a la mentira; luego la repetición de esa afirmación logra ser aceptada “en los espíritus […] como si fuese una verdad demostrada” (94). El proceso se asemeja a los mecanismos de hipnosis (por entonces estudiados obsesivamente como síntoma y como tratamiento de la histeria individual), por lo que el discurso (falseado) del meneur se vacía de sentido, provocando una adhesión inconsciente. Finalmente el contagio, “potente mecanismo […] que se extiende en seguida a todo el rebaño” (94) completa una transmisión patológica en la que interviene nuevamente la sugestión.

“… como críticos, no somos multitud

Las multitudes argentinas de Ramos Mejía se apoya explícitamente en la Psicología de las masas de Le Bon. En la base de su construcción discursiva se advierte la misma inquietud del sociólogo francés, esto es, “el problema de la gobernabilidad en una sociedad atravesada por la presencia de esas multitudes que han llegado a la historia para no abandonarla” (Terán, 2008c, 99).

La antinomia racionalidad/irracionalidad, la muerte del sujeto individual y el nacimiento del sujeto colectivo (incapaz de controlar sus pasiones), al igual que los conceptos de “sugestión” e “hipnotismo”, son fácilmente identificables en el texto del autor argentino.

Al igual que Le Bon, Ramos Mejía subraya el papel de la repetición en el automatismo inconsciente de la masa frente a su meneur: “La costumbre […] concluye por consagrarlo [al caudillo]; el hábito acaba por adecuar en el cerebro el número de células necesarias para esa inconciencia del sentimiento y de la inteligencia […] la multitud admira por costumbre, obedece y se somete, porque la repetición de actos iguales le han creado el mecanismo reflejo de la obediencia y de la admiración” (Ramos Mejía 244; bastardilla nuestra).

Tal como expone Le Bon, “las grandes y vacías frases […] ayudan la obra del caudillo y mantienen encantada, quiero decir hipnotizada, a la multitud […]” (Ramos Mejía 246), “en virtud de sugestiones profundas, ocasionadas por frases y símbolos que no entendieron jamás” (248).

Las características pasionales de las masas se corresponden con las de las mujeres, impresionables, veleidosas, “puro inconsciente […] No raciona, siente. Es poco inteligente, razona mal […] imagina mucho y deforme” (Ramos Mejía 55) [2] .

Para definir la conducta irracional del “estado de multitud”, Ramos Mejía se basa explícitamente en Le Bon, por ejemplo cuando advierte: “…cuán cierto […] es todo aquello que tan juiciosamente apunta la psicología de las muchedumbres […]; en multitud [el individuo] es un bárbaro, es decir, un instinto [que] se deja impresionar por las palabras y las imágenes que […] sobre cada uno de nosotros aislados no tendrían imperio” (Ramos Mejía 170).

Al analizar la relación entre meneur y masas, Le Bon sostiene que la sugestión que ejerce el prestigio del líder, que engendra sentimientos de admiración y temor, “es […] una especie de fascinación que un individuo […] [ejerce] sobre nuestro espíritu […]; paraliza todas nuestras facultades críticas y colma nuestras almas de asombro y respeto” (Le Bon 97). Ese prestigio personal es una facultad que va más allá de todo título y autoridad: “El reducido número de personas que lo poseen ejercen fascinación auténticamente magnética sobre los que las rodean” (98). Ramos Mejía retoma esa idea del prestigio, aplicándolo, por ejemplo, a la fascinación que ejerce Rosas sobre las masas, incluso por la atracción física que engendra: “Sus calidades físicas fueron para ellas la encarnación material de la fuerza y del poder como lo entienden las muchedumbres. Los hombres altos y esbeltos como Rosas, producen en la imaginación popular una idea más completa de la magnitud y de la grandeza […]; les sugiere la idea de lo grandioso, del vigor, de lo sublime […], aquel cuerpo soberbio de don Juan Manuel” (Ramos Mejía 283).

Por otro lado, Le Bon divide las multitudes en homogéneas y heterogéneas; estas últimas “constituyen la barbarie o la vuelta a la barbarie […] irreflexiva potencia de las masas” (Le Bon 117). Siguiendo a Le Bon, Ramos Mejía ve un proceso solapado de homogeneización de las multitudes en la historia argentina. Así por ejemplo, en contraste con los grupos desordenados de la colonia, las masas durante las invasiones inglesas alcanzan una homogeneidad mayor; “el grado más alto de organización de que es capaz la masa […] comprende […] individuos de la misma profesión […], de educación y medios ambientes aproximadamente idénticos” (117).

En conclusión, tanto para Le Bon como para Ramos Mejía, la imaginación de las masas se rinde, más que ante hechos, ante la figura del líder y las palabras que emplea, según cómo las emplea y qué tejido de evocaciones produce con ellas. No obstante, si para Le Bon la valoración de las multitudes es negativa, para Ramos Mejía no lo es absolutamente. Ese mismo sujeto de inteligencia vaga y que piensa con el estómago, que es pasional y sentimental, es quien puede formar multitud y protagonizar no solo actos bárbaros, sino, también, actos heroicos, tal como demuestra en el recorrido historiográfico de las multitudes argentinas. Aún más: Ramos Mejía realiza una demanda de multitud, debido a la degradación moral y política que denuncia en las clases tradicionales (a las que pertenece) y en las nuevas multitudes de inmigrantes anarquistas. La solución: provocar la reacción de los miembros de la clase dirigente (para Ramos Mejía, a diferencia de Le Bon, un miembro de la elite posee la distancia crítica y la racionalidad suficientes para no caer en estado de multitud) y apostar a la escuela pública como mecanismo de nacionalización de las masas extranjeras y su descendencia.

A pesar de estos puntos de contacto, persisten algunas diferencias entre ambos autores, sutiles pero significativas, para ver el tipo de recepción crítica llevada a cabo por Ramos Mejía respecto del modelo teórico francés. Por un lado, diferenciándose de Le Bon, para quien “individuos de cualquier clase” (Le Bon 27) pueden ser multitud de un momento a otro, por un breve lapso, Ramos Mejía sostiene que “se necesitan especiales aptitudes morales e intelectuales, una peculiar estructura para alinearse en sus filas […] por lo que a nosotros respecta, la regla general es que esté constituida por individuos anónimos” (Ramos Mejía 57). Más adelante, agrega las particularidades específicas del hombre de la multitud argentina (humilde, de inteligencia vaga y sistema nervioso rudimentario), en contraste con elnosotros de la enunciación, diferenciado, pues “como críticos, no somos multitud” (62).

Por otro lado, mientras Le Bon sostiene que las masas forman parte de un fenómeno moderno, Ramos Mejía recorre la larga historia de las multitudes argentinas para afirmar sus orígenes remotos y su metamorfosis evolutiva. En efecto, aun cuando Le Bon afirma que apenas se ha iniciado la era de las masas, Ramos Mejía rastrea los pasos de las turbas nacionales en los acontecimientos más importantes de nuestra historia, y concluye que su influencia ha sido determinante, incluso cuando es asediada por la irracionalidad. Es probable que esta preocupación por darle espesor histórico a su objeto, remontándose a los orígenes de las masas en la colonia, se articule con la necesidad de definir una identidad nacional estable como respuesta a la amenaza del “aluvión inmigratorio”. Así, el inmigrante, aún informe, debe asimilarse a una identidad colectiva previa, que opera como determinante. Como advierte Terán, “el papel de las multitudes argentinas está lejos de resultar necesariamente negativo, debido a que son capaces de cargarse de espontaneidad y violencia pero también del heroísmo de los seres primitivos” (2008b, 19).

El ensayista se asume como enunciador capaz y legítimo para desentrañar, entonces, “la función de la plebe argentina [que] es tan importante como vaga y obscura todavía” (Ramos Mejía 48). Por lo que deja leer entrelíneas Ramos Mejía, este afán por conocer las multitudes, con la finalidad de entender mejor al tirano que de ella surge, equivale a un afán por descubrir el funcionamiento de los engranajes del líder frente a las muchedumbres; de este modo, el enunciador, además de presentarse como capaz y legítimo, se posiciona en un lugar de competencia entre el líder tirano y “populista” y el líder intelectual. Puede leerse, en este sentido, una crítica a la clase social a la que el mismo Ramos Mejía pertenece: por ejemplo, durante las Invasiones Inglesas, para el ensayista fueron las clases bajas, organizadas en “multitud”, las que reaccionaron ante una situación conflictiva. ¿Será igual en el presente del enunciador? Inspirado en una crítica modernizadora a las viejas oligarquías decadentes, Ramos Mejía establece un quiebre entre las clases dirigentes tradicionales y lo que postula como una nueva dirigencia profesional, verdaderamente legítima para la consolidación de la nación moderna.

Por eso la crítica de Ramos Mejía se despliega en una doble dirección: contra las viejas dirigencias coloniales, extranjeras, ajenas a la defensa de la identidad nacional, y contra las nuevas multitudes, formadas principalmente por inmigrantes. Las masas son pura fuerza, motor de cambio, pero deben ser bien conducidas para que su movimiento se despliegue en favor del progreso de la historia y no hacia la disolución social.

No escribe una apología de las multitudes; más bien, destaca el poder casi sin límites de la multitud, fuerza que es necesario encauzar “desde arriba”, en una tarea propia de su clase, dirigente y patricia, en relación con los problemas de la Argentina de fin del siglo XIX. Esos problemas son preocupantes sobre todo en el presente de enunciación, cuando las multitudes modifican su fisonomía colonial para ser conformadas por el “aluvión” de inmigrantes, que ponen en riesgo la continuidad identitaria, y entre quienes circulan ideas socialistas y anarquistas especialmente amenazantes. Volvemos a afirmar: el enunciador relata el pasado, pero con su mirada puesta en el presente; insinúa, en función de su presente, la necesidad de que la clase dirigente entre en escena y no deje nada en manos de la multitud, a la que es imprescindible gobernar.

Ramos Mejía intenta responder a una pregunta clave, que viene asediando a los intelectuales desde la Generación del 37, y que Las multitudes argentinas responde según los parámetros de la teoría de Le Bon: ¿cómo es posible que el mismo pueblo que conquista la libertad en las guerras de la independencia, luego consagre a un tirano? [3]

Por ende, volvemos al postulado que vertebra este texto: es ineludible encontrar, entre la clase dirigente, un líder emergente que pueda encauzarla; y es necesario que la clase dirigente (contemporánea con respecto al enunciador) aprenda del pasado, aproveche este análisis positivista de las multitudes argentinas y se responsabilice de conducirlas bien… para que no triunfen el anarquismo y las ideas socialistas, como antes la tiranía de Rosas.

He aquí el papel (que podríamos calificar de “mesiánico”) del enunciador: el de poseer el saber necesario -como médico y científico- para proporcionar al enunciatario la respuesta ante las preguntas sobre la realidad argentina, correspondientes al presente de la enunciación.

Ramos Mejía asume la configuración de un ensayo de interpretación histórico-social en el cual se construye a sí mismo como un enunciador en actitud mesiánica, capaz de mirar, al mismo tiempo, pasado y futuro, y develar los misterios del presente de la realidad argentina. Para Ramos Mejía, el enigma es revelar cómo encauzar las fuerzas energéticas de las masas en su presente y, por lo tanto, cómo hallar con urgencia al meneur que las gobierne “bien” (respondiendo al interés de las viejas clases patricias).

Si bien todos los inmigrantes presentan notas de imperfección (predomina en ellos la torpeza, el egoísmo y la avaricia, ya que su único móvil es ganar dinero y acumularlo, gastarlo), el autor distingue a los que trabajan y aceptan mejorar –por ejemplo, a través de la escuela–, de otros componentes más débiles y desviados en esta “paleontología social” (Ramos Mejía 315). Vale la pena observar que el concepto de “paleontología” implica, evidentemente, una condena del submundo arcaico e informe del que proviene este “aluvión”.

Entonces, Ramos Mejía emprende una clasificación de los tipos sociales que componen este sustrato de la inmigración, desde el guarango (que, aun habiendo recibido instrucción, mantiene “ese olorcillo” o usa ropa barroca, con excesos de mercería), el canalla (que gusta del dinero y del buen vestir, aunque su alma esté llena de atavismos) y el huaso (sujeto al trabajo callejero –que en parte modera sus bajas tendencias morales, gracias al contacto, en la calle, con diversas clases sociales), hasta el burgués aureus (regido por el interés material que corrompe toda tendencia moral trascendente).

Esta inclusión del burgués aureus es muy importante, porque revela la condena (aterrada) de Ramos Mejía a la aproximación social de algunos inmigrantes hacia las clases dirigentes patricias, gracias a la apertura y a la movilidad socio-económica del país. En este sentido, el autor condena con énfasis el carácter espurio de este burgués, en sintonía con la denuncia de la simulación social desplegada por el personaje arquetípico de Genaro, protagonista de la novela En la sangre (1887) de Eugenio Cambaceres.

Una nueva multitud ha surgido en las calles, en realidad “agrupaciones artificiales”, “comedias socialistas” (Ramos Mejía 344-345), constituida por operarios y jornaleros amenazados con perder sus empleos. Postula, en conclusión, la ausencia de multitud política y el peligro que esto acarrea para la sociedad y la nación argentina. Pero en el fondo, no alude al peligro de la despolitización, sino precisamente al peligro de una politización que contradiga los intereses económicos y políticos del viejo patriciado. En efecto, a partir de 1890, con las denuncias de corrupción al régimen se pone en el centro del debate la reforma electoral (que, progresivamente, va a derivar en la apertura del sistema político impulsada por el partido radical, nacido de las jornadas que provocaron la caída de Juárez Celman). El espíritu reformista ya anima a un sector de la elite cuando Pellegrini y Sáenz Peña se separan del Partido Autonomista Nacional, PAN, liderado por Roca. Es una época de transición, “momento de desencuentros, desplazamientos y producción simbólica de nuevas escisiones: una elite dirigente que se arroga la gestión monopólica de la civilización y que frente a la acción transformadora de los nuevos espacios (económicos, sociales), que ella ha contribuido a forjar de manera decisiva, tiende a leer, sin embargo, lo nuevo con los ojos de lo viejo” (Svampa 167).

Quienes gobiernan no son verdaderos líderes, sino que representan sus propios intereses. Predomina, en la sociedad de fin de siglo, una tendencia a la degeneración moral sobre la base de la especulación material, manifiesta en el predominio de los valores mercantiles por encima de la ética y de los valores republicanos. Urge, entonces, la emergencia de un conductor que pueda gobernar las masas así constituidas. El político que parece ajustarse a las aspiraciones del enunciador, en este cierre del siglo XIX, es Carlos Pellegrini. Para ello, lo contrapone a su antagonista, Aristóbulo Del Valle [4] . Para Ramos Mejía, Del Valle encarna la figura del tribuno que, en los sucesos de 1890, seduce a las multitudes con su apasionada e impetuosa palabra, pero que cae en un populismo que no logró controlar. Reúne las características físicas y la elocuencia necesarias para el liderazgo. Fascina con la palabra; seduce el alma de las turbas. Es alto, de cabeza leonina, con un enérgico y generoso perfil. Su verba es impetuosa, irresistibles sus argumentos, pura pasión popular. Con la palabra domestica a las muchedumbres. Su defecto es ser más pasional que racional, no dar lugar a la reflexión sino solo al sentimiento, a la pasión implacable y fanática. Es un “creyente convencido de la eficacia de las multitudes en el gobierno y dirección de los Estados” (Ramos Mejía 337). No obstante, la “infiel hetaria”, así como le rinde culto, al día siguiente a su caída se queda en silencio, indiferente. Por eso, para Ramos Mejía el error de este meneur es no tomar mayor distancia con respecto a la masa.

En cambio, Carlos Pellegrini es un “incrédulo de los prodigios de las turbas como elemento de gobierno” (Ramos Mejía 337). Ramos Mejía lo define como el mejor modelo de político para moldear la relación entre el Estado y la sociedad. Pellegrini es pensamiento, reflexión y acción. Es un apasionado sereno y equilibrado, que prefiere las causas lentas a las transformaciones bruscas y radicales. Ramos Mejía advierte que “en los asuntos de la política y del gobierno es un clínico, más que un sabio” (339), si eso es capaz de curar los males políticos, económicos, sociales. Siguiendo las metáforas del cuerpo y la salud, si la sociedad argentina es el cuerpo, los males de la modernidad son entendidos como enfermedades, como patologías, y el político, como gobernante, es investido de ropajes médicos (Terán 2008b, 130). Indirectamente, esa identificación refuerza el poder de los médicos en tanto intelectuales en la organización y consolidación del estado argentino y, especialmente, redunda en una legitimación de sí mismo como parte de la elite del talento destinada a ejercer el poder.

Es evidente que, en su pensamiento, solo se puede salir adelante si las clases dirigente e intelectual reaccionan; si salen de su somnolencia y palpan la gravedad del ahora y del porvenir; si al fin se disponen a gobernar a esta nueva multitud amenazante, por anarquista y socialista.

Queda claro, en fin, que la vieja dicotomía entre españoles y criollos, entre unitarios y federales o entre capital e interior, está ahora entre la plebe de los burgueses aureus y el nosotros de “los que llevamos el alma siempre libre de las tentaciones de la calumnia” (Ramos Mejía 341). De allí, de ese nosotros, debe emerger el nuevo meneur-gobernante.

¿Cuáles son, entonces, las perspectivas de progreso nacional? De acuerdo con Terán (2008b), el relato historiográfico que realiza Ramos Mejía sobre las multitudes argentinas desde la colonia hasta su presente implica una demanda de multitud que provea de la energía participativa necesaria en miras de la construcción de una nacionalidad fuerte y republicana.

Los individuos caen y los meneurs se suceden; solo la multitud, por sus propias características y fuerza interna, tiene la capacidad de renovarse a través de la historia y los acontecimientos; es esa multitud la que él reclama para su presente socialmente degradado.

En contraste con el papel positivo de las masas de la emancipación, Ramos Mejía destaca el temor que provoca el hecho de que estas hayan tomado conciencia de su valor y de lo que pueden lograr, razones ambas por las que se han vuelto imposible contenerlas o detenerlas. Una vez más, desde el presente de enunciación, es palpable el temor del enunciador con respecto a la demanda de mayor inclusión social y política de las modernas multitudes.

El ensayista aspira a encontrar meneurs que puedan conducir esas masas, para evitar el caos del socialismo, que desestabilizaría el poder de los grupos tradicionales y de la nueva elite del mérito.

En el capítulo séptimo, ocupan un espacio preponderante las perspectivas de progreso que Ramos Mejía tiene para la nación y para las multitudes de inmigrantes. Las fuerzas de las multitudes del litoral y del interior afluyen a Buenos Aires, “futuro crisol donde se funde el bronce [...] de la gran estatua del provenir: la raza nueva” (Ramos Mejía 301). Es el momento y el lugar para asumir el protagonismo en la historia argentina. La idea de “raza nueva” (que, según enuncia aquí, se va a formar en Buenos Aires) ya fue esbozada en el capítulo tercero, cuando reconoce que en la fuerza viril de las primeras multitudes está el espíritu de la raza nueva. Dice: “la aptitud moral que demostraba [aquella multitud] y la fuente de donde dimanaba copiosa esa fuerza viril, no podía ser una improvisación de la naturaleza, sino la obra de una lenta y secular evolución del espíritu de la raza nueva” (115-116). Esa lenta y secular evolución ha llegado al punto culminante desde donde se perfila el porvenir de Argentina como nación moderna.

En definitiva, la connotación es positiva, ya que –necesariamente– han de cumplirse ciertas leyes vinculadas a la influencia del medio y a la educación (pensada esta última como medio de nacionalización). Ese proceso se desarrollará en torno al centro unitario de la capital, confirmada como eje cosmopolita pero vertebrador de la nacionalidad. El único obstáculo en ese progreso podría ser no hallar, dentro de las clases gobernante y de la intelectual, a quién se perfile como legítimo meneur.

En la lectura del ensayo, es tangible el temor del enunciador al asedio y a la invasión. A la vez, es evidente la actitud de cautela ante la tensión existente entre la Argentina del presente y el modelo deseado y proyectado hacia el futuro, donde deberá madurar el elemento inmigratorio, al que llama “embrión” de la sociedad (Ramos Mejía 302). Como tal, y apelando a la analogía con las ciencias naturales (hegemónica en el discurso de la época), está en sus expectativas que ese embrión, al llegar a cierto período de su desarrollo, deberá evolucionar en el orden intelectual y moral.

A la par de la actividad formativa del país (que está a pleno en este giro del siglo XIX al XX), es urgente la educación de la primera generación de inmigrantes, “depositaria del sentimiento futuro de la nacionalidad, en su concepción moderna” (Ramos Mejía 310). Ramos Mejía incluye, entonces, el plan de nacionalización a través de la asistencia a la escuela, donde sistemáticamente se desenvuelve el sentimiento de patria que, generación tras generación, será más profundo y completo. Con “obligada insistencia” (312) se les habla de los símbolos patrios, las gestas heroicas, el himno… El uso de los símbolos es imprescindible en estos procesos de persuasión, porque son de más fácil lectura para un público con bajo nivel de educación. Tal como afirma Bertoni (2001), ante el peligro latente de desarticulación de la unidad nacional (por la no integración progresiva de los inmigrantes y su descendencia), el Estado debate e implementa diversos programas de nacionalización, especialmente, desde la escuela pública y a través de la celebración de actos patrios, entre otras vías.

El peligro consiste en que, al dejar el estado larval, el inmigrante transforme su moral negativamente y se convierta en militante socialista o anarquista, o ascienda de manera desviada hasta devenir en “burgués aureus, insoportable y voraz” (Ramos Mejía 309). El burgués aureus tiene poder económico y puede con él, incluso, tener aspiraciones políticas. La educación se presenta entonces, claramente, como la principal vía de control social; paralelamente, la elite del talento –encargada de velar por la nacionalización de las masas, y de la que forma parte el propio ensayista– se erige en su principal meneur.

El problema del “aluvión” inmigratorio, al que nombra perifrásticamente como “brusco y saludable contacto con Europa” (Ramos Mejía 332), provoca una interrupción o un adormecimiento de la tradición secular de las multitudes dinámicas argentinas previas. No obstante, el espíritu optimista del enunciador emerge: “el medio es vigoroso, y el plasma germinativo, conservador” (332). Solo es necesario insistir con el poder encauzador de una educación nacional estable, que es la encargada de fijar, como un molde, el temperamento nacional.

En el contexto de escritura del ensayo, que en 1899 Cané presenta la Ley de Residencia, sancionada en 1902: los inmigrantes, desde la mirada de los dirigentes, manifiestan una actividad sindical, política y económica percibida como riesgosa (teniendo en cuenta tanto el crecimiento del anarquismo y del socialismo, como el ascenso económico del burgués aureus, al que tanto teme Ramos Mejía, ya que puede aspirar al Capitolio). La respuesta de Ramos Mejía es evitar que eso suceda, encontrando al líder “adecuado” (que para él es Carlos Pellegrini y, en términos más amplios, su propia elite del talento).

A lo largo del ensayo, Ramos Mejía se asume como enunciador legítimo para desentrañar “la función de la plebe argentina [que] es tan importante como vaga y obscura todavía” (Ramos Mejía 48). En esta dirección, el saber que aporta su psicología de las multitudes lo coloca en una posición privilegiada, como parte de una elite del mérito clave en la consolidación de la nación. Por ello, indirectamente, el sujeto de enunciación en el ensayo desautoriza el poder del líder-tirano/popular, para consagrar el poder de su saber científico.

No casualmente hacia el final del libro la primera persona del enunciador aparece en formas verbales y pronominales como “me parecía” (Ramos Mejía 302), “recuerdo”, “hice”, “me”, “dándome” (303). Esa primera persona refuerza su posición de enunciador legitimado por un saber académico y por una experiencia empírica que quiere ser base demostrativa de sus afirmaciones: “Recuerdo que [...] con motivo de una epidemia en el ‘Asilo de Inmigrantes’ [...], hice algunas experiencias de psicología, que [...] como es consiguiente, me permitieron fundar deducciones aproximadas, dándome resultados curiosos y reveladores” (303). Además, al nombrar al “otro” a través del pronombre personal de tercera persona singular o plural, “él” (Ramos Mejía 308), “ellos” (307), se diferencia de las características negativas del objeto social que está analizando.

Su posicionamiento como conductor se hace más evidente cuando propone que la educación nacional modifique a este inmigrante avaro. Así, la educación (moral más que intelectual –dado que la formación intelectual se volvería inútil y peligrosa en manos torpes–) opera como el principal instrumento para controlar las nuevas multitudes.

Breves conclusiones

Para Ramos Mejía, la multitud tuvo activa participación en la dimensión política a lo largo de la historia argentina. Sin embargo, esa genealogía de las masas tiene como finalidad, no tanto aprobar, sino, más bien, controlar el desborde de la irracionalidad revolucionaria y, en particular, del socialismo y anarquismo traídos por los inmigrantes en las últimas décadas del siglo XIX.

El otro se identifica con el inmigrante (como nuevo sujeto exógeno que ingresa a las bases populares conformadas por indígenas y europeos acriollados). Si bien la mirada del autor es negativa frente al inmigrante, lo asume como un elemento nacionalizable a través de la educación pública.

Ramos Mejía (médico, psiquiatra y teórico de las masas) habla desde la preocupación psiquiátrico–higienista por desterrar hábitos y creencias que provocan un atraso en el orden de la salud social y del progreso nacional; sin embargo, también, parte del reconocimiento de una dimensión irracional imposible de erradicar en la conducta social de las masas.

Afirma la legitimidad de su discurso científico para organizar el colectivo popular, clasificándolo y adoptando el papel de encargado del reconocimiento y el control de la alteridad, a través de su escrito. Incluso la descalificación de los meneurs populares puede entenderse como una indirecta autolegitimación de su propia capacidad de liderar mejor la sociedad.

Los problemas derivados del advenimiento de los sectores populares a la política son pensados a partir de la psicología de las multitudes de Le Bon, sobre la base de los fenómenos de fascinación irracional, sugestión e hipnosis colectiva. En Ramos Mejía la irracionalidad colectiva, en su manifestación religiosa, se remonta especialmente al pasado colonial, en tanto que en el presente de la enunciación se identifica con el contenido político del conflicto social asociado a las masas de inmigrantes anarquistas y socialistas, que han comenzado a reclamar derechos de ciudadanía y que hacen peligrar la hegemonía del orden (oligárquico).

Bibliografía

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Fecha de recepción: 15/09/2017

Fecha de aceptación: 21/11/2017



[1] Otra civilización de la barbarie. El problema de las masas en el ensayo positivista de Argentina y Brasil en entresiglos . Tesis de Maestría. Maestría en Cultura y Literaturas Comparadas, UNC, FL. Directora: Dra. Alejandra Mailhe. Co-directora: Dra. Cristina Dalmagro. Aprobada en mayo de 2014.

[2] Le Bon afirma que “generalmente, estos reconocimientos son realizados por mujeres y niños, es decir […] por los seres más impresionables” (Le Bon 41).

[3] Aquí se refiere a Juan Manuel de Rosas.

[4] Carlos Pellegrini había sido candidato a vicepresidente en 1886 por el PAN, partido de corte político liberal conservador, de tinte oligárquico, conocido y acusado por practicar el clientelismo y la manipulación de elecciones. Aristóbulo del Valle, luego de haber formado parte del Partido Autonomista de la Provincia de Buenos Aires, fundó en 1889 la Unión Cívica. En 1890 participó de los movimientos políticos que se realizaron para derrocar al Presidente Juárez Celman. En 1891, al dividirse la Unión Cívica, siguió a Leandro Alem para fundar la Unión Cívica Radical.