Anna Kazumi Stahl, “nuestra” escritora transnacional

Lila Bujaldón de Esteves

RESUMEN

Este artículo se dedica a presentar a Anna Kazumi Stahl (1963) como un ejemplo de escritora transnacional, que ha elegido Buenos Aires como lugar de residencia y al español de Argentina como lengua de sus textos. Los múltiples orígenes y contactos culturales de la autora: norteamericanos, japoneses, alemanes, argentinos, son el sustrato de su novela Flores de un solo día (2002) en la que centralmente problematiza la búsqueda de la identidad de la protagonista. Para la literatura argentina, que cobija ya un corpus significativo de textos inmigratorios, la incorporación a ella de A. Kazumi Stahl significa una reverberación de la situación mundial globalizada.

Palabras clave: Anna Kazumi Stahl – escritora transnacional - Flores de un solo día – identidad - globalización

ABSTRACT

This article presents Anna Kazumi Stahl (1963) as an example of a transnational writer who has chosen Buenos Aires as her place of residence and Argentine Spanish as the language for her writing. The author has multiple origins and cultural contacts: North American, Japanese, German, Argentine. All of them underlie her novel Flores de un solo día (2002) [Flowers for a Single Day], which problematizes its protagonist’s search for identity. For Argentine literature, which has already a significant corpus of immigration texts, A. Kazumi Stahl brings an echo of the globalized world situation.

Keywords: Anna Kazumi Stahl – transnational writer- Flores de un solo día – identity - globalization

Amelia Sanz Cabrerizo (2008) destaca las dificultades que surgen desde la crítica y la enseñanza universitaria para enfrentarse con autores como Amin Maalouf, Jorge Semprún, Juan Goytisolo, Emine Segvi Özdamar o Yoko Tawada, entre otros, que escriben su experiencia intercultural. A esta lista podríamos añadir a Anna Kazumi Stahl, quien desde la Argentina pone a prueba a través de su obra y dichos el estatus epistemológico de conceptos como cultura y literatura nacional, concebidas tradicionalmente como homogéneas, estáticas, aisladas, monolíticas y estables.

Los últimos procesos de globalización, acompañados por los omnipresentes y omnipotentes sistemas de comunicación, han marcado la escena mundial con una intensificación de intercambios tal, que han horadado las fronteras que mantenían los mapas y los estados nacionales. Consecuentemente, la consideración y el foco de atención de la reflexión mundial (antropológica, política, económica, pedagógica, filosófica, literaria, etc) se aplica en los diversos ámbitos a los resultados de esas interferencias, de esas relaciones, de esos encuentros, de esos desencuentros, que parten de las estructuras existentes, a saber el pensamiento en categorías nacionales, para indagar en los perfiles del nuevo sujeto intercultural, así como en las condiciones y resultados de las situaciones de intercambio, que también emergen y van dominando la consistencia de los textos literarios. La pluralidad y multidireccionalidad de los contactos impulsan a dejar atrás el término intercultural para remplazarlo por el de transculturalidad, que no se limita al binomio de dos integrantes, ni tampoco a un solo sentido en el contacto, sino que impone tomar en cuenta también el proceso mismo y está abierto a la multilateralidad de ida y vuelta.

Por su parte, desde la perspectiva intercultural y de acuerdo con los estudios sobre comunicación, el espacio literario ha mostrado que el contacto dual no se resuelve en antítesis ni síntesis exclusivamente, sino en una pertenencia doble y plural, a la vez que ofrece una gran riqueza en el despliegue de posibles cruces, nexos y espacios intermedios—entre ellos el conocido “tercer espacio” [1] . La poética de la transliteratura no se apoya en una sola cultura, sino que se funda en la interacción entre personas, entre grupos y entre culturas (Sanz 46). Las preguntas que propone hacen a las formas y espacios de representación intercultural en el texto, previendo que existen—y cada vez en mayor número—aquellos privilegiados donde se hace ineludible el análisis de los cruces a partir de los espacios, de los estereotipos étnicos, del uso valorativo de la y las lenguas, del papel de las relaciones entre los personajes de distinto sexo interpretadas en clave intercultural.

El texto literario se vale de medios estéticos que transmiten conocimientos culturales, de allí su cercanía con el texto etnográfico, compartiendo así y en sí una naturaleza cultural y artística. Es posible en ellos el estudio de las nuevas identidades des-localizadas siguiendo el mapa de pertenencia de los personajes y los hitos con que el autor la conforma: la genealogía, los afectos, los espacios, los movimientos sobre las fronteras de ida y vuelta para identificarlas. La identidad se vuelve cultural y se desliga de una nacionalidad, transformándose en una síntesis personal de tipo multidimensional. Dicha identidad siempre tiene otro u otros referentes, quienes conforman la alteridad y la materia de lo “propio” y lo “ajeno”. El juego dialéctico entre los actores del encuentro cultural, los “propios” y los “ajenos”, ocupa el escenario textual y a través de sus resoluciones la literatura aporta a la conformación de un imaginario referido a la alteridad, con toda la libertad y creatividad que le otorga su estatus artístico y ficcional.

La persona y la novela de Anna Kazumi Stahl, quien eligió la Argentina y su lengua como puerto real y metafórico desde donde escribir, generan una serie de propuestas sobre la identidad, la pertenencia, los encuentros culturales, tensados por las condiciones geográficas extremas del país austral y de la cultura japonesa a que apela su apellido y genealogía. El panorama literario argentino se enriquece sin dudas con una presencia que actualiza desde adentro mismo de sus huestes la discusión sobre la identidad y el concepto de cultura nacional. Con una escritora como Anna Kazumi Stahl se adelanta en el calendario por sobre la cuestión y articulación en el sistema argentino de los inmigrantes y sus literaturas de los siglos anteriores para actualizar y mirar hacia un futuro desterritorializado que nos llega así incluso hasta “el fin del mundo”.

La autora y su recorrido

Desde hace veinte años, en 1995, Anna Kazumi Stahl vive en Buenos Aires; ha publicado desde entonces la novela Flores de un solo día (2002) y el conjunto de relatos Catástrofes naturales (1997). Paralelamente ha llevado adelante una prolífica y enjundiosa tarea periodística dedicada sobre todo a difundir obras, autores y aspectos culturales japoneses (Tada). Dichos aportes, aparecidos en los suplementos culturales de los diarios argentinos de mayor circulación, tienen el valor especial de considerar su recepción en la Argentina, al tomar en cuenta por ejemplo la cuestión de los traductores y las traducciones locales, ampliada luego al resto del mundo de habla española. A la vez Anna Kazumi Stahl se ocupa académicamente de la literatura en lengua inglesa, espacio lingüístico en el que además realiza tareas destacadas como presentar y traducir entrevistas e intervenciones de escritores de la talla de J.M. Coetzee o M. Mizumura en su paso por Buenos Aires.

Los breves datos expuestos concentran los tres polos culturales que conforman actualmente la identidad multicultural de la escritora: Japón, Estados Unidos y la Argentina. Nuestro país ha sido el lugar de elección de Anna Kazumi Stahl para vivir y para escribir en castellano o español, según se lo nombre en Argentina o fuera de ella. Estados Unidos y Japón le fueron dados por nacimiento y por procedencia étnico-familiar. La autora nació en el sur de los Estados Unidos, en Louisiana, en 1963. Su padre era norteamericano de raíces alemanas y su madre, japonesa. La localización geográfica en el amplio mapa del país del norte y las fechas no son ociosas, ya que por una parte Nueva Orleans, la ciudad de la infancia y adolescencia de Anna, se caracteriza por la presencia simultánea en ella de una cultura de raíces africanas y de una matriz proveniente de la colonización francesa. En cuanto a lo temporal, la década del 60 estuvo todavía marcada por la marginación social de los japoneses en los Estados Unidos, arrastrada como consecuencia de la última guerra mundial. Fue recién en esa década en que se derogaron las leyes punitorias de los matrimonios interraciales, las así llamadas leyes de anti-miscegenación, que si bien apuntaban a los negros, también podían incluir a los asiáticos.

Con una primera infancia al calor de un hogar donde la madre practicaba el shintoismo y el budismo y que seguramente transmitió su acerbo cultural japonés, luego la niña pasó a la escolaridad norteamericana, signada por el inglés y el catolicismo de la escuela de monjas donde concurría. Ambos registros culturales, el japonés y el norteamericano, sumados al ateísmo del padre, coexistían dentro y fuera del hogar. Durante sus estudios universitarios, Anna obtuvo una beca de Literatura Comparada que desarrolló en Argentina, ocasión en que comenzó a aprender el castellano junto al contacto cotidiano con la vida de la capital argentina. También desarrolló una estadía en la universidad alemana de Tübingen. El acercamiento profundo a estos países se refleja en su tesis doctoral, defendida en la universidad de California en Berkeley en 1995. En dicha investigación aborda el problema de la inclusión y articulación de las minorías étnicas en un estado consolidado, con el ejemplo de tres naciones: Argentina, Alemania y Estados Unidos. Los grupos minoritarios escogidos para su estudio doctoral son en los respectivos países: los judíos en la década de 1920, los turcos en la década del 60 y los japoneses en la segunda posguerra. Entre las observaciones finales la investigadora menciona la estrategia de la “identidad doble” a que recurren los individuos de estos grupos minoritarios, instados a aceptar los proyectos de asimilación nacionales: por un lado fingen la asimilación en la esfera pública, mientras que la diferencia cultural se mantiene en la privada. Otra conclusión a través del recorrido intelectual por las tres grandes naciones consolidadas que conforman Argentina, Alemania y los Estados Unidos hace a la importancia de la literatura como un espacio social y político privilegiado de afirmación de las minorías (Kazumi 1995).

La novela

La novela de Anna Kazumi Stahl Flores de un solo día (2002) convoca a un análisis intercultural, ya que por su temática y por su autora se sitúa en una zona de entrecruzamientos culturales propios del concepto de “transliteratura” [2] . El modelo de una identidad cultural homogénea, estable y mimetizada con una nacionalidad consolidada convive hoy y en ocasiones deja paso a otra heterogénea, cambiante e independizada de una frontera nacional. Los espacios de esta novela, así como su estructura, delimitan exactamente en igual número de capítulos los dos escenarios en que se mueve la protagonista y por ende la historia: Buenos Aires y Nueva Orleans. Sin embargo, el título añade el tercer y decisivo ámbito cultural del relato al aludir a Japón a través del arte tradicional del ikebana. Aimée, la protagonista, se dedica en Buenos Aires a la venta de flores, apoyada por su madre Hanako, quien es la realizadora de exclusivos y originales arreglos florales para la clientela y en forma diaria, para la propia casa. La mayor de las mujeres ha nacido en Japón, la menor en los Estados Unidos, y han emigrado a la Argentina hace ya muchos años donde llevan una vida agradable y rutinaria que se ha adaptado a la capital argentina. La más joven, casada con un argentino, cuida a su madre por la mudez y enfermedad nerviosa que siempre la aquejaron. Si la novela se remitiera a escenificar el trasplante de estas protagonistas japonesas al nuevo medio argentino, nos hallaríamos ante un texto fácilmente asimilable a la así llamada “literatura de migrantes” o “literatura de emigración”. Pero Flores de un solo día radicaliza la búsqueda de la identidad de la protagonista, no ya en función de los nuevos encuentros culturales vivenciados a raíz de la emigración, sino con el objetivo de hallar la verdad o certeza última de su origen. Por otra parte, no se trata de dos polos culturales en contacto: el japonés y el norteamericano, el norteamericano y el argentino, el japonés y el argentino, sino que todos ellos, en forma múltiple y simultánea, se manifiestan en la existencia multicultural de la protagonista.

El Japón de la novela

Es notorio el peso que se otorga en Flores de un solo día a los rasgos étnicos para caracterizar a los personajes de origen japonés. Reiteradamente el primer rasgo que se destaca en el retrato físico es el “aire oriental” o la procedencia “asiática” tanto de Hanako, la madre, como de la protagonista. Ello se cumple tanto por parte de los personajes argentinos como norteamericanos que emprenden la descripción de estas mujeres. La gracilidad, el pequeño tamaño, los ojos rasgados son compartidos por ambas. La fragilidad que emana de sus figuras está contrarrestada por la explícita confirmación de su energía o fuerza concentrada en la imagen del junco, famoso por su ductilidad a la hora de resistir. Para Hanako, al llegar a Nueva Orleans como hija adoptiva de un soldado norteamericano de la ocupación, esta evidente diferencia física y por ende procedencia racial concitan el rechazo y murmuración locales. En el caso de Aimée, se añaden las características físicas “positivas” de la mezcla racial, en cuanto al tono de la piel y la estatura, provenientes del padre supuestamente norteamericano, luego confirmado argentino al develarse el verdadero origen en el último capítulo de la novela. En ambos casos se trata de un progenitor “blanco”, en las palabras de la autora. Otros personajes masculinos, como el abogado norteamericano sureño, valoran precisamente el ángulo “exótico” de esta belleza femenina.

Lo interesante desde el punto de vista de la protagonista es la equiparación que ella realiza de sí misma con el personaje negro, la sirvienta Bess. Al preguntar por el vudú, la negra se niega a hablar de ello con la niña diciéndole que “eso no es para gente blanca”, mientras que Aimée contraargumenta: “¡Ey! Yo no soy del todo blanca” (Kazumi Stahl 2002, 177). Esa conciencia de diferencia proviene de los rasgos orientales heredados de su madre en un momento en que, según la voz narradora, reinaba todavía un “racismo impune” (180) en la sociedad norteamericana. Otro rasgo diferenciador, fruto de los años de vida fuera de Nueva Orleans, lo constituye la entonación del inglés en que se expresa, que es catalogado por los circunstanciales oyentes como de “acento hispano” o “entonación cubana”.

Lo masculino japonés no lleva en cambio el sello de la belleza o distinción: Javier Nakamura, el hijo de inmigrantes de tercera generación, que trabaja con Aimée en Buenos Aires, tiene ojos negros rasgados y un físico compacto que parece condecirse con su rigidez mental, aptitud para las finanzas y desinterés por todo lo humano que quede fuera de la economía.

Christiane Kazuo Nagao (2004) se ha detenido en la interpretación del personaje de Hanako, como representación de la cultura japonesa, destacando la tríada: belleza, violencia y muerte, resueltas sincréticamente en esta figura. La japonesa ostenta y genera una hermosura en sus ikebanas que no puede ser sino fruto de una armonía interior, pero a su vez el silencio de su mudez encapsula el origen violento de la misma. Otra observación interesante es la de situar al personaje en un tiempo ahistórico, fuera del devenir y sin contacto con el espacio extranjero que la rodea, para confirmar su carácter icónico. En el caso de esta pareja de personajes madre/hija se trataría de dos versiones posibles de la descripción cultural: la mítica y la histórica o historizada. La ritualidad de los comportamientos hablan también de la condición mítica de Hanako, que incluso se expanden y contagian al personaje argentino, Fernando, que convive con ella. Desde el punto de vista simplificado del argentino, el ikebana en su capacidad de expresión se equipara al lenguaje amoroso que ostenta un ramo de rosas en su medio.

Más allá de las protagonistas femeninas, la introducción en la novela de elementos japoneses para configurar una imagen de Japón se hallan sumariamente en boca de un argentino y un norteamericano. En el último caso se trata de Chalmette. El antiguo amigo del padre de Aimée, como ocupante en la posguerra, ha guardado de su paso por aquel país lejano objetos de arte que expone en su mansión sureña: máscaras, armaduras samurai, armas, espadas, muñecas que representan a la familia real. Ariel Lambaré, por su parte, el segundo empleado de la florería porteña, enumera aquellos aspectos que admira de la cultura japonesa: el arte de arreglar las flores, el budismo y el haiku, admiración que está en la base de su interés por trabajar en ese comercio. En esa misma línea es que la narradora describe a los clientes argentinos que encargan ikebanas a la florería: son aquellos adinerados que han adquirido un amor afrancesado por lo japonés, a la vez que lo tienen por todo lo efímero.

Además del arte, la segunda referencia a Japón es histórica: la situación de posguerra, con la ocupación norteamericana. Se trata de un periodo de varios años, en donde pueden encontrarse confusas situaciones de violencia con la población civil, como lo es la muerte del padre de Hanako; otras coyunturas surgieron de la convivencia, con las típicas ventajas que trae el comercio para los ocupantes. De hecho Chalmette, el compañero de armas del padre adoptivo de Hanako, mantuvo una casa de citas con mujeres japonesas para soldados norteamericanos. También como telón de fondo de la agorafobia y el terror frente al fuego de Hanako se encuentran los bombardeos sufridos en Tokio, recuperados por la narradora a la manera de flashbacks para completar la historia de la protagonista. En el marco de las expresiones de la autora en una entrevista respecto de su incapacidad de relatar situaciones bélicas, añadimos la ausencia de mención alguna sobre los ataques nucleares sufridos por Japón en el contexto de esta guerra, hechos que pertenecen a aquellas catástrofes históricas del siglo XX incluidas en la categoría de lo “inenarrable” o “indecible”.

A la situación bélica y de ocupación, Anna Kazumi Stahl responde literariamente con un acto de reparación individual: el soldado Henri Levrier, católico y de una familia tradicional de Nueva Orleans, adopta y lleva consigo de vuelta a Estados Unidos a una huérfana japonesa. Levrier ha sido quien ha asesinado al padre de la niña Hanako en un confuso episodio, que nos recuerda hechos similares reiterados durante las operaciones militares norteamericanas respecto de los civiles en países ocupados.

Los espacios norteamericanos

En la segunda parte de la novela la autora centra en Nueva Orleans y sus alrededores pantanosos el desarrollo de la acción. Con gran detalle describe las diferentes partes de la ciudad y sitúa la casa a heredar por la protagonista en el barrio más antiguo y tradicional de origen francés. La narradora apela a los rasgos culinarios de la región para recordar la presencia de los ingredientes caribeños y franceses que les son característicos. Las notas peculiares que sobresalen: una especie de vida cotidiana placentera, regida por el buen comer y un ritmo laboral relajado, parecen contraponerse al modelo sajón imperante en el resto de los Estados Unidos. Quien encarna ese modo de vivir es el abogado T. T. Lafourche, que emplaza a Aimée a viajar desde Buenos Aires a la ciudad de la infancia para hacer valer su condición de heredera de una de las casas históricas que conforman el patrimonio de Nueva Orleans. La redondez de la figura del letrado está acorde con el placer por la buena cocina, así como los gustos refinados en la ropa y la música responden a su origen “patricio” proveniente de los antepasados franceses. El estereotipo del hombre norteamericano que lo asimila a un niño grande es extremo en el texto: “Aimée se da vuelta y lo mira, un hombre grandote, regordete. Parece un enorme bebé rubio en un traje celeste y corbata tipo moño” (Kazumi Stahl 2002, 218). Sin embargo la protagonista no deja de desconfiar de él porque le adjudica un único interés: el económico, que puede llegar a incluir hasta una estafa. Los manejos tendientes al logro del dinero recorren las distintas historias de los personajes norteamericanos: el supuesto bisabuelo Claude Levrier, forjador de la fortuna familiar a partir de las empresas de transporte por agua, la abuela Marie, una especie de diosa vengadora que aspira a concretar su venganza a través de la recuperación de la herencia de la que fue despojada, e incluso Francisco Oleary, quien a pesar de ser un emigrante argentino, se instala en los muelles de Nueva Orleans y por vías legales e ilegales consigue una considerable fortuna, mimetizándose así con el medio circundante. El personaje de Chalmette relata en forma sucinta y paradigmática el desarrollo de la fortuna familiar: “Esto es Luisiana, querida; éramos colonizadores y nos hicimos dueños de todo esto. Como también unos cuantos de cientos de miles de negros e indios que pusieron el hombro para transformar el pantano en plantaciones. Para nosotros” (312).

El sector de la población que recibe la simpatía de la autora es el de los negros a través del personaje de la sirvienta, Bess. A causa de la enfermedad de la madre, Hanako, ella se constituyó en el sostén y la educadora de la niña. Sus saberes alcanzan la medicina, la nutrición y las tareas escolares simples. Pero su sabiduría es todavía más importante en el campo de la defensa de los valores familiares y éticos: “Más bien reducía sus comentarios o recomendaciones sobre cómo reconocer el bien y el mal, y poder distinguir entre ellos en el mundo, tarea nada fácil ya que suelen ocultarse y andar disfrazados de sus opuestos” (Kazumi Stahl 2002, 177). A pesar de conocer los secretos disgregantes de la familia a la que sirve ya por tres generaciones, no predispone a la niña a su cargo contra ninguno de sus miembros. Bess también utiliza sus argucias para favorecer la huida de Hanako y Aimée, así como lo ha hecho para proteger la relación amorosa clandestina de la japonesa. El vudú forma parte de su mundo y la autora lo equipara en lo místico y mágico “al catolicismo dogmático, rígido y ritualizado” (177).

Otros personajes norteamericanos están identificados por sus roles: el empleado eficiente del hotel, la secretaria del estudio jurídico y los policías que cuidan de las calles y las rutas, con un saldo abiertamente positivo en su presentación.

Buenos Aires, sinónimo de la Argentina, “el fin del mundo”

La primera mitad de la novela, así como el epílogo se desarrollan en la capital argentina. Solo se mencionan puntualmente otros lugares de la provincia: Escobar como lugar donde se asentaron los Nakamura, japoneses cultivadores de flores, el pueblo de donde provienen los Oleary, una colonia irlandesa y danesa y una vista aérea de los campos fértiles y el Río de la Plata cuando se llega por avión. El aire de decadencia que campea en el barrio histórico de Nueva Orleans también sobresale en el primer retrato de Buenos Aires: el edificio que albergaba a un patricio se fue transformando con el paso de los años en viviendas para obreros inmigrantes. Los “foráneos” no son solo los extranjeros, sino que también se cuentan entre los provincianos que se trasladaban a la capital en busca de mejores horizontes o para escapar de una sociedad pueblerina asfixiante, como el caso de Eveline Oleary. Otras huellas inmigratorias se hallan en el personaje de Couleret, el francés solterón que le vende su florería a Aimée. El propio esposo de la protagonista japonesa, Fernando, tiene ascendencia siciliana, presente en el retrato físico que reitera en varias ocasiones la autora: piel aceitunada, robustez, cabello con rulos y vello oscuro generalizado. Ese estereotipo del hombre mediterráneo, que esperaríamos completar con fogosidad e impulsividad, no se condice con los rasgos principales que ha otorgado la autora a su carácter: racionalidad y serenidad, condiciones desde las que aporta a la protagonista las claves para resolver su existencia. Es él quien la incita a realizar el viaje, deponiendo sus miedos e inseguridades. Además le ofrece el cobijo y armonía que hacen de su vida en común una patria, patria porteña que incluso integra a la madre extranjera y enferma. Ese marido transmite a Aimée la idea de pertenecer al lugar, a la vez que anima a la mujer a buscar en el país lejano la herencia que le pertenece. Su concepto de que es una suerte poseer dos casas puede extrapolarse a la situación cultural de la protagonista: la doble herencia cultural constituye un real enriquecimiento y no una desventaja. Notoriamente es de los pocos personajes en la novela que desconoce el inglés.

Otro personaje argentino que cumple un papel importante es el de la tía Eveline, que recibe a las extranjeras a instancia de su hermano Francisco, quien vive en Nueva Orleans. Ella decide integrar al país a la niña de 8 años que es Aimée al llegar a Buenos Aires. La antigua maestra sabe inglés por su condición de docente y la envía a la escuela cercana, sobre todo para que la “japonesita” aprenda castellano. Cumple junto a la niña la función que ha desarrollado Bess, la sirvienta negra, en Estados Unidos, aunque sin los rasgos pintorescos de aquella.

Sin embargo, la clave del argumento recae en “el Argentino”, un personaje así llamado en Nueva Orleans por su origen. Francisco Oleary ha aceptado casarse con Marie, la hija de su patrón norteamericano, para legitimar el nacimiento de un hijo de soltera y alejarla de sus ambiciones como heredera. Todo ello a cambio de dinero, la obtención del permiso de residencia y propiedades. Siempre ha hablado el inglés con acento extranjero, se lo caracteriza como tranquilo y amable, y es capaz de escribir poesía, según Aimée lo descubre en ese viaje a Nueva Orleans, así como ella constata la relación amorosa con Hanako y la certidumbre de su paternidad. El “Argentino” ha salvado a su amada e hija al mandarlas a Buenos Aires, ante la amenaza de una internación permanente de Hanako y consiguiente separación de la hija, urdidas por Marie. Planea seguirlas a ese destino, su lugar de origen, cuando lo sorprende una muerte trágica. La herramienta directa para llevar a cabo el crucial descubrimiento por parte de la protagonista es una llave que finalmente encaja en la cerradura de la casa donde el “Argentino” y su madre escondían su relación, además de ser el lugar depositario de documentación, cartas y fotografías que le devuelven y confirman la verdadera identidad.

La escritora apela centralmente a ese talismán, la llave entregada por Hanako a la partida de la protagonista hacia Nueva Orleans, para descifrar el pasado (Cirlot 2002). En otro texto de fuerte carácter autobiográfico, Anna Kazumi Stahl vuelve a echar mando de la llave, incluso en el título de “La pertinencia de una llave” (Kazumi Stahl 2009), como símbolo del deseo y certeza de un hogar.

Periplos y escenificación de una identidad múltiple y deslocalizada

En el marco de un país con sensibilidad y acogida positivas respecto de las huellas dejadas por la inmigración se concreta la historia de Aimée, la protagonista de Flores de un solo día. Ella se desarrolla entre dos espacios perfectamente delimitados en primer término por el idioma: solo en el avión desde Buenos Aires hacia los Estados Unidos existe el bilingüismo. La primera frontera traspasada es la lingüística, situación inmediata con que se enfrenta la niña que debe memorizar palabras extrañas que no son sino la dirección por la que debe preguntar a la llegada al país extranjero. La lengua aprendida, abandonada, olvidada, recordada, incomprensible, es un tema constante en la novela, caracteriza a los personajes y acompaña las vicisitudes de la búsqueda de la protagonista. También la primera herramienta de integración a la Argentina es para la niña trasplantada el aprendizaje del castellano. Después que han pasado más de20 años, el contacto con el lugar de origen se produce a través del inglés de una carta, cuyo lenguaje al principio le resulta confuso y se le escurre el significado de las palabras, para ser recuperado rápidamente cuando ella pise de nuevo el territorio norteamericano. El acento o entonación “extranjera” con que Aimée habla en inglés a su regreso es detectado inmediatamente por los circunstanciales interlocutores de Nueva Orleans, hecho que no parece ser recíproco respecto de su castellano en Buenos Aires. En la novela, solo existe un lugar en la zona de los pantanos sureños, Delacroix, en que se utiliza el español, un “oasis lingüístico” en que precisamente la protagonista descubre la identidad “argentina” de su padre, lo que se produce en las últimas páginas del libro. Letras cursivas, transcripciones vernaculares en inglés, anuncios de traducción de fragmentos o de transcripción de traducciones son los recursos que usa la autora para acercar al lector al cambio de registro lingüístico como reflejo del cruce de fronteras.

El cambio de espacios culturales se marca por los viajes: uno precipitado y misterioso que resulta ser el que salvó a la hija norteamericana y a su madre japonesa de la separación y probablemente de males mayores. Escribe la narradora: “Pero promovió a su vez el giro de 180 grados en la vida de las dos, por el que cada detalle familiar fue reemplazado por otro distinto, hasta la pronunciación de sus nombres. Con el tiempo sus cuerpos también cambiaron y llegaron a ser más parte del nuevo lugar que del original, de donde habían venido” (Kazumi Stahl 2002, 54).

Esa experiencia es juzgada por la protagonista y algún observador como copernicana, tanto por la posición austral del destino, como por la lejanía oriental de los orígenes últimos de las viajeras. La escritora presenta así la acción de Francisco Oleary, quien organiza el traslado: “Pero desde ahí las llevó a … ¿a dónde? A los cuatro vientos, a otro universo, al fin del mundo, …” (Kazumi Stahl 2002, 94).

Hanako, la madre japonesa, emigró a los Estados Unidos en compañía de un ciudadano de ese país, sin que se relaten sus experiencias, dada la mudez que la aqueja. En cambio sí se registra el rechazo de los locales por esa “oriental” tanto en cuanto a su aspecto, como a su procedencia nacional. Por el contrario, desde otros personajes, sobre todo los masculinos, la diferencia racial es lo que la vuelve atractiva, a ella y a su hija. Se ha cruzado una frontera étnica, que promoverá otras alianzas, como la que ocurre entre la japonesita y la sirvienta negra. En general la mezcla racial encarnada en la hija Aimée le acarrea más aceptación que la que obtuviera su madre, a quien caracteriza una mayor pureza étnica.

Si observamos los momentos transicionales del traslado, de los traslados en uno y otro sentido, sobresale el malestar de la desestabilización que supone el abandono del lugar desde donde se parte: en la niña Aimée produce miedo e incomprensión, en la mujer Aimée que vuelve al lugar de origen, ansiedad y confusión, estados para los que la autora utiliza repetidamente el adjetivo de “abrumada”. El lugar que ocupan madre e hija en el departamento porteño al llegar muestra claramente el estatus del inicio: la pieza de servicio y el clima frío que las rodea, situación que parece volverse tolerable por el convencimiento del retorno inminente a Nueva Orleans y la mutua compañía. El viaje en el sentido inverso, el retorno a la ciudad de la infancia, aunque muy breve, también está rodeado de angustia y confusión. En la visita a la señorial casa sureña donde transcurrieron esos años infantiles, la protagonista gana la conciencia de ser parte también de ella, junto a la importancia que la morada reviste como disparador para recuperar el pasado olvidado: “En Aimée surge este mapa íntimo de la casa, y le asombra, le abruma, pero también es cómodo. Porque es certero: le permitiría levantarse medio dormida en la noche y esquivar a la perfección cada mueble entre la cama y el baño o la cocina, encontrar hasta en la oscuridad total la frazada guardada, el vaso de agua, el peluche, las llaves, la linterna o la cajita de fósforos. Es el pertenecer” (Kazumi Stahl 2002, 259).

El contacto con la frontera cultural japonesa se establece en la Argentina a través de la dedicación a las flores: su cultivo y comercio, en el caso de los inmigrantes, y el ejercicio de un arte, el ikebana. En el caso de los Estados Unidos, en cambio, el movimiento de ida y vuelta es bélico, y por ende está lastrado de tragedias humanas que perviven en la memoria y en el destino de los japoneses sobrevivientes, como Hanako. Aun en ese contexto de encuentro o desencuentro violento hay lugar para otro saldo a nivel individual, presente en la historia de Chalmette, el personaje que como ocupante norteamericano hizo allí sus negocios y se transformó al regreso en un admirador del arte japonés.

Uno de los epílogos de la novela es el descubrimiento del verdadero origen, ya que a quien Aimée ha tenido por padre norteamericano, no lo es. En cambio Francisco Oleary, llamado “El Argentino”, es quien ocultó dolorosamente la paternidad, pero a la vez la ha salvado con su madre, organizando el viaje-huida a Buenos Aires y finalmente les ha dejado una cuantiosa herencia.

Pero existe otra identidad, no biológica, que el personaje ha construido en el tiempo y por la que opta: una casa, una relación afectiva, una lengua, una actividad, un entorno humano y social. La certeza de pertenecer a ella es el saldo reiterado en las últimas páginas al llegar de vuelta del viaje de “anagnórisis” a Nueva Orleans: “¡Ay!. ¡Casa, casa!. ¡Vamos a casa!” exclama en Ezeiza (Kazumi Stahl 2002, 370). Antes de emprenderlo ya existía la conciencia en Buenos Aires de cuál es la pertenencia: “La voz de ese hombre y la densa solidez de su cuerpo le dan fuerza, porque confirman el pertenecer, la idea de que ella está donde debe estar, que éste es su lugar, con él al lado y con todas las cosas que ella conoce, que entiende y determina por sí misma. O sea, en su lugar no hay “sorpresas” de esta índole, capaces de transportarla al otro lado del mundo sin darle ninguna explicación” (81).

Si la novela despliega varios entrecruzamientos étnicos, lingüísticos y culturales que ficcionalizan situaciones interculturales, la respuesta está dada desde la antropología en que se prioriza, más allá del concepto de nación o pueblo, la necesidad humana de protección, seguridad, bienestar, cobijo, que resume el término alemán “Geborgenheit” [3] (Dyserinck 19 97). La protagonista, traída y llevada entre la casa señorial del sur de los Estados Unidos y el departamento porteño, los ancestros japoneses, los sirvientes negros y los empleados argentinos, se decide por una de las patrias posibles, su lugar en el mundo que no tiene que ver con la consanguinidad, la raza, la nacionalidad o la lengua de proveniencia, sino con la construcción personal de una pertenencia, anclada en este caso en el punto más extremo del mapa, la Argentina.

Otras reflexiones finales

La literatura argentina cuenta entre sus escritores con autores como Guillermo Enrique Hudson, Juan Rodolfo Wilcock o Héctor Bianciotti que se movieron desde el castellano al inglés, al italiano y al francés. Con infancias en la Argentina en los siglos XIX y XX, rodeados de paisajes geográficos y culturales locales, provenían de familias con una clara trayectoria inmigratoria que los pusieron en contacto con aquellos lejanos orígenes europeos. En forma consciente y voluntaria optaron en un determinado momento de sus existencias por otra lengua que el castellano para expresarse, quedando así encabalgados entre dos mundos literarios, solo explicables a través del doble registro de sus trayectorias vitales y escriturarias. En diferentes ocasiones dieron cuenta de la razón personal por la que abandonaron el castellano. J. R. Wilcock, por ejemplo, estima que el italiano elegido está mucho más cerca del latín que el resto de las lenguas románicas, entre ellas el castellano, y por ende es aquella lengua madre la más abarcadora y totalizante (Alemany 2000). En algún punto estos escritores coinciden en sentir la lengua “materna” como limitada, insuficiente o limitante para concretar su obra, ya sea de cuentos, novelas, obras de teatro, poesía o ensayo. Los lugares, el posicionamiento a que acceden confirman su incorporación al canon literario “foráneo”, “segundo” o “electivo”, como se observa ejemplarmente en el ingreso de H. Bianciotti a la Academia Francesa (1996) lograda entre otros méritos, por su dominio del francés. La crítica se muestra insegura y cambiante al definirlos: a J. R. Wilckok se lo califica como escritor argentino o como un escritor argentino que se naturalizó italiano; en cuanto a G. E. Hudson, se lo designa como escritor argentino de origen británico o se elude la nacionalidad nombrándolo solamente como escritor y naturalista, o se hace la observación de que la literatura argentina lo considera uno de sus escritores y por ello la crítica de ese origen nacional usa la versión españolizada de sus nombres “William Henry” para designarlo. Los tanteos e inseguridades en las denominaciones y “clasificaciones” frente a estos escritores transnacionales son un simple síntoma de la complejidad y problemática que surge al abordar sus respectivas obras, tarea que se halla muy acorde con el escenario actual de globalización y deslocalización generalizada.

Anna Kazumi Stahl recorre el camino inverso a los escritores mencionados antes: del inglés “materno” escoge como autora el castellano aprendido y la permanencia en la Argentina. Sus reflexiones sobre el uso de la nueva lengua apuntan a destacar las ventajas limitantes y sin el lastre literario que supone un instrumento recién adquirido. Añade a su perfil multicultural los orígenes japoneses, afianzados por la tarea de intermediación de aquella cultura “extraña” que lleva a cabo en la Argentina (Bujaldón 2014). Por su parte, la cultura local como entorno cotidiano está ya presente en su obra, en su imaginario, en sus preocupaciones, como se ha hecho claro a través de la consideración de su primera novela Flores de un solo día. De allí que se pueda hablar, paradójicamente, de Anna Kazumi Stahl como de “nuestra” escritora transnacional.

Bibliografía

Alemany Bay, Carmen. “Juan Rodolfo Wilcock: historia (no solo poética) de un argentino italianizado” Raco. 2000. Web. <www.raco.cat/index.php/Arrabal/article/.../192009>.

Bujaldón de Esteves, Lila, “Viajeros argentinos al Japón en el siglo XXI: tradición y globalización”. Al Irfan, Revista de Ciencias Sociales y Humanas del Instituto de Estudios Hispano-Lusos (Marruecos). 2014. En prensa.

Cirlot, Juan Eduardo. “Key” A Dictionary of Symbols. New York: Dover, 2002. 167. Impreso

Dyserinck, Hugo. “La dimesion imagologique du Comparatisme littéraire. Ses origines franco-allemandes et son actualité intercontinentale”. Actas II Jornadas Nacionales de Literatura Comparada, vol. 1. Boletín de Literatura Comparada XIX-XXII, 1994-1997, 83-106. Impreso.

Gasquet, Axel. Oriente al Sur. El orientalismo literario argentino de Esteban Echeverría a Roberto Arlt. Buenos Aires: Eudeba, 2007.

Gunzer, Susana. “Anna Kazumi: literatura carnal” Web. 10 oct. 2014. <http:// www.leedor.com/contenidos/literatura/anna-kazumi-literatura-carnal>.

Kazue Nagao, Christiane. “Representación de la cultura japonesa en la literatura argentina. Marcas de procesos de transculturación”. Congreso ALADAA (Asociación Latinoamericana de Estudios de Asia y África) “El futuro de los estudios de Asia y África en la Argentina”, La Plata, 8 y 9 de setiembre (2004). CD-ROM.

Kazumi Stahl, Anna. “Order and displacement in the house of the nation: Minority discourse in three national contexts”. Tesis doctoral. University of California, Berkeley, 1995. Impreso.

---. Catástrofes naturales. Buenos Aires: Sudamericana, 1997.

---. Flores de un solo día. Buenos Aires: Planeta, 2002.

---. “La pertinencia de una llave extraña”. Pasaje a Oriente. Narrativa de viajes de escritores argentinos. Comp. Maria Sonia Cristoff. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009. 183-199. Impreso.

---. “Japón por escrito”. La Nación. ADN Cultura 26 set. 2010. Web. 20 ene. 2015. <http://www.lanacion.com.ar/1306947-japon-por-escrito>.

---. “Palabra de traductor” La Nación. ADN Cultura 22 jul. 2011. Web. 10 dic. 2014. <www.lanacion.com.ar/1390797-palabra-de-traductor>.

---. “Los múltiples matices de una voz”. La Nación 9 dic. 2011 Web. 20 dic. 2014. <https://s3.amazonaws.com/archivo.lanacion.com.ar/impresa/pdf/2011/12/09/091211DQ0100102111.pdf>.

---. “Una ventana a la sensibilidad japonesa”. Ñ. Revista de Cultura 2 jul. 2012. Web. 10 ene 2015. < http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/historia/ventana-sensibilidad-japonesa_0_ 728327177 .html>.

---. “Traducción del japonés”. Ñ. Revista de Cultura. 22 set. 2012: 26-27. Impreso.

Leerssen, Joep. “Image”. Imagology. The cultural construction and literary representation of national characters. A critical survey . Amsterdam: Rodopi, 2007. 342-344. Impreso.

Martinetto, Vittoria. “Extranjera para sí misma: diálogo entre identidad y creación en Flores de un solo día de Anna Kazumi Stahl” Web. 10 oct. 2014. <http://www.cisi.unito.it/artifara/rivista6/testi/kazumi.asp>.

Rey, Pedro. “La sintaxis del silencio”. Web. 10 oct. 2014. <http://www.lanacion.com.ar/456407-la-sintaxis-del-silencio>.

Santoro, Sonia. “15 preguntas a una escritora: Anna Kazumi Stahl”. Web. 10 set. 2014. <http://soniasantoro.com/index.php/articulos/articulos-de-la-autora/item/15-preguntas-a-una-escritoraanna-kazumi-stahl>.

Sanz Cabrerizo, Amelia (comp.). Interliteraturas/Transliteraturas. Madrid: Arcos, 2008. Impreso.

Tada, Michitaro. Gestualidad japonesa. Trad. Anna Kazumi Stahl y Tomiko Sasagawa Stahl. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2006. Impreso.



[1] Nos referimos al concepto de “tercer espacio” desarrollado por Homi Bhaba , explicitado por ejemplo en una entrevista recogida por Jonathan Rutherford en el libro Identity, Community, Culture, Difference. London, Lawrence and Wishart Ed., 1990, 207-221.

[2] Amelia Sanz Cabrerizo titula Interculturas/Transliteraturas a su compilación de textos en que tanto ella como el resto de los colaboradores desarrolla ese concepto.

[3] Tomado del filósofo alemán O. F. Bollnow y de difícil traducción al castellano, Hugo Dyserinck lo utiliza para describir la necesidad y el deseo humanos de integrarse en un grupo y servirse de ello en el desarrollo de una identidad, sin recurrir a los problemáticos conceptos de pueblo y nación.