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Los aportes de Jordi Borja al
pensamiento y la acción
urbanística
Jordi Borja’s contributions to urban planning
thought and action
Marcelo Corti1
Resumen:
El presente trabajo ofrece una síntesis de los principales ejes de
reexión del aporte urbanístico de Jordi Borja. Tanto en sus propues-
tas como en sus rechazos Borja procura dar respuesta a las pregun-
tas y desafíos del momento histórico. Esta elección le ha deparado
críticas, pero no lo ha apartado de su compromiso personal con la
“ciudad democrática”. En esa línea, la evolución de su pensamiento
se corresponde más con variaciones tácticas acordes a los giros de la
historia y a su propio rol como intelectual militante que con un cambio
estratégico en la manera de entender las ciudades como escenario,
objeto y –sobre todo– sujeto de transformación social y política. Los
ejes de reexión sobre los que se sustenta el aporte de Borja pueden
enunciarse sintéticamente: a. los movimientos sociales y vecinales
como motor de cambio político, b. el espacio público como condición
de ciudadanía, c. el enfoque de derechos como sustento de la actu-
ación urbanística, d. la ciudad como sujeto político y espacio de lib-
ertad frente a los poderes del Estado conservador –un sujeto político
articulador de lo global y lo local; y e. la tensión entre institucionalidad
y demanda de cambio.
1 Arquitecto, UBA, 1981. Especialista en Planeamiento Urbano y Regional, FADU, UBA,
1996. Máster “La Ciudad: Políticas, Proyectos y Gestión”, Universitat de Barcelona, 2002.
Director de la Maestría en Urbanismo de la Universidad Nacional de Córdoba. Director de
la editorial y revista Café de las ciudades. Integra Estudio Estrategias y la red La Ciudad
Posible. Email: marcelo.corti@unc.edu.ar
Palabras clave:
urbanismo.
derecho a la ciudad.
espacio público.
Jordi Borja.
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Abstract:
The present work o󰀨ers a synthesis of the main axes of reection of
Jordi Borja’s urbanistic contribution. Both in his proposals and in his
rejections Borja tries to respond to the questions and challenges of
the historical moment. This choice has brought him criticism but has
not distanced him from his personal commitment to the “democratic
city”. In this line, the evolution of his thinking corresponds more to
tactical variations in accordance with the twists and turns of history
and his own role as a militant intellectual than to a strategic change
in the way of understanding cities as a scenario, object and -above
all- subject of social and political transformation. The axes of reec-
tion on which Borja’s contribution is based can be summarized as
follows: social and neighborhood movements as an engine of political
change; public space as a condition of citizenship; the rights-based
approach as a basis for urban planning; the city as a political subject
and a space of freedom in the face of the powers of the conservative
State - a political subject that articulates the global and the local; and
the tension between institutionality and the demand for change.
Introducción
El aporte urbanístico de Jordi Borja ha estado siempre ligado y dirigi-
do a la praxis política. Se trata en todo sentido de un pensamiento
en y para la acción, desde su vinculación a los movimientos sociales
en la resistencia a la dictadura franquista, pasando por su actuación
en el Ayuntamiento de Barcelona de la transición democrática y su
involucramiento con la realidad política latinoamericana hasta su vin-
culación con los movimientos municipalistas de Barcelona y Madrid
–las “alcaldías del cambio” de Manuela Carmena y Ada Colau.
El hilo que une estos trayectos es la opción por la ciudadanía y
una clara e infrecuente comprensión de la dialéctica entre lo espacial
y lo social. Su trayectoria se desarrolla así de manera transversal a
Key words:
urbanism.
right to the city.
public space.
Jordi Borja.
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las tres categorías de lo urbano, denidas por las respectivas raíces lingüísticas del
concepto ciudad: urbis, espacio construido; polis, ámbito de soberanía estatal; civitas,
colectivo humano objeto y sujeto de derechos. Este aporte se concreta alternativa o
simultáneamente en la militancia política, la actuación académica y profesional y los
artículos, maniestos y libros que las acompañan.
Tanto en sus propuestas como en sus rechazos Borja procura dar respuesta a las
preguntas y desafíos del momento histórico. Esta elección le ha deparado críticas
pero no lo ha apartado de su compromiso personal con la “ciudad democrática”. En
esa línea, la evolución de su pensamiento se corresponde más con variaciones tác-
ticas acordes a los giros de la historia y a su propio rol como intelectual militante que
con un cambio estratégico en la manera de entender las ciudades como escenario,
objeto y –sobre todo– sujeto de transformación social y política.
Los ejes de reexión sobre los que se sustenta el aporte de Borja pueden enunciarse
sintéticamente:
a. Los movimientos sociales y vecinales como motor de cambio político. Esta con-
cepción plantea una alternativa al marxismo clásico, que suele considerar la
cuestión urbana como una emergencia superestructural de la lucha de clases
entre burguesía y proletariado. Las reivindicaciones sociales no solamente se
expresan en la ciudad sino que se corresponden con la ciudad. En sus referen-
cias aparece reiteradamente el caso de Nou Barris, barrio barcelonés proletario
y de inmigrantes que fue privilegiado en las transformaciones democráticas de
los ochenta y primeros noventa.
b. El espacio público como condición de ciudadanía, tanto como espacio de lucha
y reivindicación como lugar de la micropolítica cotidiana, de la vida social y
personal; tanto un espacio físico y de articulación territorial de la ciudad como
el ámbito social por excelencia, el ámbito en que se reclaman y se ejercen los
derechos.
c. El enfoque de derechos como sustento de la actuación urbanística, continuando
a la vez que evolucionando el enfoque original del derecho a la ciudad de Henry
Lefebvre (1969) y articulando lo jurídico, lo político y lo social del concepto.
d. La ciudad como sujeto político y espacio de libertad frente a los poderes del
Estado conservador –un sujeto político articulador de lo global y lo local.
e. La tensión entre institucionalidad y demanda de cambio, en la que Borja se
coloca sistemáticamente en la posición favorable a “estirar los límites” de lo ad-
ministrativo institucionalizado. Esto vale tanto para la necesidad de un gobierno
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metropolitano (que Borja eleva al rango de derecho) en las aglomeraciones ur-
banas que exceden el término de una ciudad, como en términos generales para
ampliar las competencias de la ciudad a n de otorgar derechos de ciudadanía
universales, incluso a quienes están jurídicamente excluidos de la condición
ciudadana.
A continuación, se amplían los respectivos puntos.
a. Los movimientos sociales y vecinales como motor de cambio político
Tras un exilio en Francia, en el que obtuvo su postgraduación en La Sorbonne y
realizó algunos trabajos de geografía y sociología para organismos académicos y
estatales, Borja regresa a Barcelona a nes de la década de 1960. Rápidamente
entra en contacto con organizaciones vecinales opuestas al alcalde franquista Jo-
sep M. de Porcioles y colabora con ellos en la formulación de políticas urbanas al-
ternativas. La cuestión urbana se mostraba entonces como una gran oportunidad de
plantear espacios de lucha contra la dictadura, tanto por las condiciones materiales
muy duras que sufrían las clases trabajadoras y los inmigrantes en sus barrios de la
periferia como por las amenazas que el desarrollismo especulativo y exacerbado del
tardofranquismo generaba al patrimonio urbano barcelonés. Pero al mismo tiempo
ingresó como técnico a la ocina de urbanismo municipal (en la que permaneció
algunos años hasta que las diferencias con las autoridades se hicieron irreconcili-
ables) y se incorporó a organismos académicos.
Una de las experiencias más signicativas de esta etapa es su contacto y trabajo
en común con la asociación vecinal de Nou Barris, en lo que resultó el germen de las
operaciones desarrolladas posteriormente en democracia y también el origen de uno
de los diez distritos creados en el programa de descentralización de la ciudad.
En este contexto, Borja es invitado a una residencia universitaria en Santiago de
Chile, muy pocos meses antes del golpe de estado de septiembre de 1973, que lo
sorprende en tierra chilena. En línea con la experiencia barcelonesa, Borja elabora
(sin posibilidad de presentarlo debido a las circunstancias que motivaron su precipita-
do retorno) una reexión crítica respecto a tres dimensiones claves: la subordinación
de las políticas urbanas de la Unidad Popular a la confrontación revolucionaria, la
omisión de las clases medias e incluso de sectores trabajadores especializados como
sujeto y objeto de políticas esas urbanas y la omisión de cualquier política de descen-
tralización o democratización local, de refuerzo del poder municipal (Borja et al, 1986:
15 y 16). En esta experiencia histórica traumática pero reveladora, Borja conrma sus
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hipótesis acerca del potencial político de lo urbano a la vez que comienza su relación
con América Latina, que proseguirá y se consolidará especialmente al consolidarse
los procesos de democratización en la década de 1980.
A su regreso a Barcelona, ya disuelta Bandera Roja, se ocupa de coordinar el traba-
jo con movimientos vecinales y sobre políticas municipales en el PSUC. Recuperada
la democracia en España, en 1979 se realizan las primeras elecciones conforme a la
amante Constitución y con ellas retornan los ayuntamientos democráticos. Borja fue
desde 1980 hasta 1984 portavoz en las Comisiones de Políticas territoriales y Organi-
zación política de las instituciones territoriales en el parlamento catalán. Convocado por
Pasquall Maragall, ingresa en 1983 como representante del PSUC al ayuntamiento, en
el que se desempeña hasta 1995 como teniente de alcalde de Descentralización y
participación, vicepresidente-director ejecutivo del Área metropolitana, Delegado del
Alcalde para las Relaciones internacionales y Ponente de la Carta Municipal, sucesiva-
mente. La tarea más importante de esta etapa de Borja en el Ayuntamiento es el diseño
de las políticas de descentralización municipal, incluyendo la denición sociodemográ-
ca de los diez distritos y la propuesta de competencias administrativas y políticas.
En años recientes, Borja acompaña y ayuda a la formación de Barcelona en Común,
una fuerza política que en buena parte es producto de las manifestaciones de “in-
dignados” de 2011 y en particular de un movimiento estrechamente vinculado a de-
mandas urbanas, la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). Este armado
político lleva en 2015 a Ada Colau a la alcaldía barcelonesa, siendo reelecta en 2019.
Para Borja, el Estado centralizado es una “expropiación política a las clases popu-
lares” respecto a lo que pretenden ser las democracias representativas (Borja, 1988:
22 y 23). Para recuperar esa soberanía originaria que reside en el pueblo –y limitar su
delegación a poderes centrales– plantea esa doble operación de reivindicación local:
la directa de las demandas aluvionales de base expresadas en la organización vecinal
(la asamblea, los movimientos barriales, los colectivos urbanos de demandas especí-
cas); la institucional de la subsidiariedad de las tareas de gobierno hacia los niveles de
gobierno más cercanos a sus destinatarios, expresadas en el fortalecimiento del poder
municipal y en la descentralización de sus operaciones hacia el distrito y el barrio.
b. El espacio público como condición de ciudadanía
Posiblemente inuido por la relación con los arquitectos que participaron activamente
de las transformaciones de la Barcelona postfranquista pero en todo caso en total
coherencia con su visión dialéctica de la relación entre lo espacial y lo social, Borja
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dedica al espacio público una parte muy importante de su reexión teórica y su discur-
so militante posteriores a su experiencia en el Ajuntament barcelonés. Su libro del año
2000 con Zaida Muxi vincula este concepto con la díada “ciudad y ciudadanía”, que ar-
ticula la expresión física y el sustento social. El espacio público, comienza el texto, es
“el de la representación, en el que la sociedad se hace visible. Del ágora a la plaza de
las manifestaciones políticas multitudinarias del siglo XX, es a partir de estos espacios
que se puede relatar, comprender la historia de una ciudad” (Borja y Muxi, 2000: 7).
En clara oposición a la concepción arquitectónica del espacio continuo e indiferencia-
do del Movimiento Moderno de la arquitectura –pero también de las “urbanizaciones
sin ciudad” de las periferias y de los grandes centros comerciales– Borja y Muxi nos
recuerdan que el “espacio público ciudadano” no es un mero espacio vacío o residu-
al entre calles y edicios, ni un criterio jurídico ni tampoco un sitio “especializado, al
que se ha de ir, como quien va a un museo o a un espectáculo”. Lo que constituye el
espacio público es su capacidad de albergar, representar y celebrar expresiones pop-
ulares reivindicaciones sociales, las contradicciones propias de la sociedad e incluso
el conicto y la reivindicación social. Aparecen en ese sentido ejemplos que van de
la Revolución Francesa a los acontecimientos en las plazas de las Tres Culturas en
México o Tiananmén en Pekín, los desles del día del orgullo gay y los carnavales de
Rio de Janeiro o Venecia (Borja y Muxi, 2000: 7, 29 a 32).
Esta concepción considera al espacio público como regulador de las relaciones en-
tre la ciudadanía y el poder político. En el diseño y en la evaluación de las políticas ur-
banas, el proyecto físico y el alcance social del espacio público puede ser considerado
entonces como un indicador adecuado de calidad y eciencia de las intervenciones:
“El espacio público dene la calidad de la ciudad, porque indica la calidad de vida de
la gente y la calidad de la ciudadanía de sus habitantes” (Borja y Muxi, 2000: 13).
La opción de Borja no es esteticista –aunque considera la belleza como un as-
pecto insoslayable de la realización de espacios urbanos, muy especialmente en los
que están destinados a los sectores populares– y debe diferenciarse de las opera-
ciones excluyentes que muchas veces se han implementado en ciudades diversas
bajo el “mantra” del espacio público. Se trata de una concepción que vincula usos
personales y colectivos, cotidianeidad y animación, signicados comunes, reivin-
dicaciones, demandas y conictos, sintetizando en toda la riqueza de lo urbano;
se trata en denitiva del espacio común donde se expresa y palpita la sociedad
democrática. Puede incluso ser un factor de conexión y visibilidad para barrios mar-
ginales o postergados. Y a diferencia de otros enfoques sicalistas o meramente
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ornamentales que han caracterizado algunas políticas urbanas recientes en muchas
ciudades, Borja considera que la agenda del espacio público es simultánea o posteri-
or a otras agendas imprescindibles para la vida urbana: trabajo, ingresos sucientes,
vivienda y transportes.
c. El enfoque de derechos como sustento de la actuación urbanística
La producción de Borja a partir de los noventa incorpora cada vez con más fuerza la
reivindicación de derechos humanos especícamente vinculados a la cuestión urba-
na. De alguna forma, esta prédica amplía y a la vez introduce precisiones al concepto
lefebvriano del derecho a la ciudad. Se trata, en sus propias palabras, de derechos
ciudadanos-urbanos “directamente vinculados a la política de y en la ciudad. Legitimar
las demandas locales y la síntesis entre valores universalistas y prácticas políticas
territoriales requiere la formulación de derechos que permitan desarrollar un combate
democrático por la justicia en la ciudad”.
Un catálogo “no exhaustivo” (Borja, 2013: 146 a 152) de estos derechos incluye:
- Derecho al lugar. “La gente tiene derecho a mantener su residencia en el lugar
donde tiene sus relaciones sociales […] o a tener otro de su libre elección”.
- Derecho al espacio público, a la monumentalidad y a la belleza. “La estética del
espacio público es ética”. Borja cita en ese sentido las palabras de una humilde mora-
dora de un barrio latinoamericano que, en su presencia, pidió a los funcionarios que
visitaban el lugar que construyeran espacios y edicios de calidad porque “señores,
los pobres también tenemos derecho a vivir en lugares bonitos”.
- Derecho a la identidad colectiva dentro de la ciudad, que entronca tanto con los
estudios sobre “la imagen de la ciudad” y sus aspectos referenciales para el individuo
y los colectivos como con la reivindicación patrimonial y cultural de los sectores popu-
lares como respuesta a la homogeneización forzada de la globalización acrítica; Borja
deja bien aclarado que no se trata de un particularismo banal o antimoderno sino una
condición de reconocimiento grupal y expresión de fuerza colectiva.
- Derecho a la movilidad y a la accesibilidad, con enfoques que amplían la mirada
centrada en los medios y la importancia del transporte público: Borja reclama el fácil y
equitativo acceso a las centralidades, la respuesta a demandas heterogéneas e inclu-
so (en línea con lo anterior y lo siguiente) la necesidad de que cada parte de la ciudad
tenga algún interés para el resto.
- Derecho a la centralidad, tanto la tradicional como la nueva y contemporánea, y
en especial la de las áreas más vulnerables, las periferias que albergan a los sectores
populares.
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- Derecho a la conversión de la ciudad marginal o ilegal en “ciudad de ciudadanía”,
que incluye políticas de equipamiento, renovación, legalización y participación.
- Derecho a la ciudad metropolitana o plurimunicipal, un enfoque que supera la
mera conveniencia administrativa, técnica o funcional, y que promueve incluso su
gobierno por autoridades elegidas democráticamente por el conjunto de la población,
con independencia de su localización jurisdiccional.
- Derecho al acceso y al uso de las tecnologías de información y comunicación, in-
cluyendo el acceso digital universal a los servicios municipales y el acceso gratuito a
Internet. En línea con esto, Borja opone el concepto democrático de Open Data a las
promesas tecnocráticas de las “ciudades inteligentes” (“¿hubo alguna vez ciudades
tontas?”, se pregunta) y el Big Data (Borja, 2013, digital).
- Derecho a la ciudad para quienes necesitan protección de los aparatos represivos
del Estado por razones legales, culturales o personales; esta reivindicación anticipa
el concepto de “ciudades santuario” que muchas administraciones progresistas in-
corporaron tras el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y sus amenazas de
persecución extrema a inmigrantes y sus familias.
- Derecho a la protección de ocio por parte del gobierno de proximidad ante las
instituciones políticas superiores y las organizaciones y empresas prestadoras de ser-
vicios, frente a las tendencias privatizadoras y la concentración oligopólica.
- Derecho a la justicia local rápida, eciente y accesible, y a la seguridad –no limita-
da a sectores medios y altos sobre la base de políticas represivas, sino basada en la
prevención y en la calidad y animación del espacio público.
- Derecho –paradójico– a la ilegalidad, cuando esta sea un paso para el recono-
cimiento de demandas legítimas de suelo urbano, reconocimiento jurídico o defensa
del medio ambiente.
- Derecho al empleo y al salario ciudadano, tanto a través de iniciativas locales que
incluyen los servicios de cuidado y ambientales como en la garantía expresa y legal
de ingresos monetarios por la sola condición de ciudadanía.
- Derecho a la calidad del medio-ambiente, que a la conocida denición de desarrol-
lo sostenible vinculada a la preservación de recursos para las generaciones venideras
une el patrimonio histórico-cultural y la protección de la calidad urbana frente a facto-
res como la congestión, la suciedad y la fealdad.
- Derecho a la diferencia, a la intimidad y a la elección de los vínculos personales:
“Nadie puede sufrir discriminación según sus creencias, sus hábitos culturales o sus
orientaciones sexuales, siempre que se respeten los derechos básicos de las personas
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con las que se relacione”; esto incluye la acción armativa destinada a reparar dis-
criminaciones y perjuicios históricos.
- Derecho de todos los residentes en una ciudad a tener el mismo status políti-
co-jurídico de ciudadano, con la consiguiente igualdad de derechos y responsabili-
dades. En ese entendimiento la ciudadanía puede distinguirse de la nacionalidad;
“todos los que viven en la ciudad tienen que ser iguales en derechos y deberes”.
Borja ha reclamado permanentemente una Declaración actualizada de los derechos
y deberes de la ciudadanía; “Las clases trabajadoras”, sostiene en un informe para el
Observatorio DESC (derechos económicos, sociales y culturales), del que fue presi-
dente desde 2012 hasta 2016, están fragmentadas en categorías no necesariamente
vinculadas a la producción. […] Y por ahora solamente expresan comportamientos
resistenciales para defender, con poco éxito, los derechos históricos alcanzados en el
siglo XX. Estamos viviendo un cambio de época en el que se produce una “regresión
democrática” que afecta a los derechos económicos y sociales, a los derechos cul-
turales y ambientales y también a los derechos políticos. Defender únicamente los
derechos de antaño es a la vez apostar por la derrota y aún si se consiguiera sería
insuciente. Las nuevas realidades exigen nuevos derechos o desarrollar más los
antiguos (Borja, 2012, digital).
La segmentación, la deslocalización de los poderes económicos, el resurgimiento
del racismo y la xenofobia son realidades que interpelan a la democracia y requieren
la incorporación de estos nuevos derechos urbanos. Para ello Borja imagina un triple
proceso: cultural, de elaboración y hegemonía de valores; social, de movilización ci-
udadana para conseguir su formalización y aplicación; y político-institucional para su
consolidación y desarrollo. “En esta etapa histórica el desafío que el territorio plantea
a la intelectualidad exige un gran coraje moral y una considerable audacia política”,
plantea Borja rearmando esa dimensión espacial del conicto político que es uno de
los ejes esenciales de su discurso (Borja, 2013: 152).
d. La ciudad como sujeto político y espacio de libertad
Borja recuerda la respuesta de François Mitterrand a la pregunta de un periodista:
¿qué es hoy el socialismo?, a lo que el ex presidente de Francia contestó muy sin-
téticamente con dos palabras: “Es la justicia. Es la ciudad” (Borja, 2013: 322).. En la
misma línea, sostiene en La ciudad conquistada que “la ciudad es el desafío a los di-
oses, la torre de Babel, la mezcla de lenguas y culturas, de ocios y de ideas” (Borja,
2003:25).
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Esta visión de la ciudad como utopía realizada se enfrenta a las distintas visiones
antiurbanas, aquellas de la extensión periférica sin calidad y los “espacios lacónicos”
del desarrollismo post-industrial globalizado, pero también las romantizaciones bucóli-
cas del pseudo-ecologismo o la idealización de la vía campesina de algunos socialis-
mos. También enfrenta el fatalismo de considerar inevitable “la muerte de la ciudad”
como proyecto colectivo, entendiendo aquella como una suburbanización global, “un
mundo periurbanizado de ciudades débiles”, de violencia en las periferias y control
autoritario en los centros. Borja niega la concepción fatalista que iguala una tendencia
en curso con un destino maniesto. “La ciudad hoy emerge nuevamente como lugar,
como mixtura, como espacio colectivo, como referente cultural” (Borja y Muxi, 2003:
107). Se trata entonces de construir la ciudad del siglo XXI con un proyecto de ciu-
dadanía, cuya consigna es “ciudadanía o barbarie” –actualización y síntesis de aquel-
las del pasado: civilización o barbarie, socialismo o barbarie.
La ciudad es entonces al mismo tiempo un espacio libre y que hace libre, como
literalmente lo fue en las sociedades feudales del medioevo europeo, y un proyecto
político colectivo que lleva implícitos unos valores éticos, unos modos de vida y de
relación entre las personas y una promesa siempre renovada de justicia y buen vivir.
Nuevamente, la idea de ciudad como fenómeno espacial se confunde en Borja inten-
cionadamente con la de ciudadanía como construcción social. Y esto no puede en-
tenderse de otra forma que en el marco de la ciudad abierta, heterogénea y compleja,
democrática; una ciudad que no es la idealización de un pasado ilusorio –despojado
de sus conictos y objeto de nostalgias acríticas– ni el sueño siempre postergado de
una ciudad ideal para una sociedad que, ¡por n!, habría resuelto sus contradicciones
y encontrado el momento oportuno para construir la utopía.
La ciudad –sin adjetivos, sustantiva en su concepción física y política– es para Bor-
ja un escenario de animación, libertad y justicia para personas diversas, tanto como
un estatuto de convivencia fraterna e igualitaria, todo ello en construcción permanen-
te. Esta construcción enfrenta obstáculos políticos pero también especícos de la
urbanización contemporánea y la voracidad del “blocco edilizio” (el complejo que une
a propietarios de suelo, promotores inmobiliarios, entes nancieros y sistema político):
la urbanización cerrada, los desarrollos monofuncionales, los centros comerciales y
de ocio segregados, la banalización de los centros históricos y barrios tradicionales,
la dispersión en las periferias, la expulsión de los sectores populares, las privatopías.
28
e.La tensión entre institucionalidad y demanda de cambio
La amalgama de lo espacial y lo social requiere acciones políticas que la hagan con-
creta. Estas acciones pueden ser demandas de colectivos particularizados o globales
o pueden ser actos administrativos y jurídicos propios de la fase institucional. Para
Borja los progresos sociales no comienzan en las instituciones sino que culminan en
ellas; “los progresos se materializan en políticas que se formalizarán en instituciones”
(Borja y Muxi, 2003: 107). Corolario de este principio es que los gobiernos democráti-
cos deben dar voz y fuerza a esas demandas, “desarrollar políticas ciudadanas en los
márgenes”, promover nuevas formas de participación ciudadana, realizar acciones
armativas hacia los colectivos más vulnerables por edad, inserción social o pertenen-
cia étnica, cultural o personal (Borja y Muxi, 2003: 102).
Por lógica, esa demanda política por ciudad y ciudadanía es expresada en las calles,
en el espacio público. “La calle es nuestra, de todos”, como anuncia la consigna con
que el pueblo de muchas ciudades respondió a una bravuconada de Fraga Iribarne
al iniciarse la transición española. Y nuevamente, la demanda puede ser por ciudad
como espacio físico (los reclamos de Nou Barris por servicios, transporte público y
dignidad barrial en las postrimerías del franquismo o los del Gamonal de Burgos,
cuarenta años más tarde, para protestar contra el embellecimiento cosmético de su
calle principal) o por el ejercicio irreverente y fundante de la ciudadanía, como en el
Mayo francés, la Primavera de Praga, el “que se vayan todos” argentino o los indig-
nados del Sol madrileño o la Plaza de Cataluña en 2011. Para Borja, la democracia
se legitima cuando sus formas sirven para que se garanticen derechos económicos,
sociales y culturales que reduzcan las desigualdades y supriman los privilegios. “Sin
derechos reales, es decir ejercitables, la democracia es para muchos una cción, un
fraude” (Borja, 2011, digital).
Y en su fase institucional, Borja privilegia aquellas instancias que cuestionan o al
menos complementan la hegemonía de los estados centrales, muy especialmente
las aparentemente opuestas pero efectivamente complementarias de la descentral-
ización municipal y el gobierno metropolitano (elevado, como hemos visto, al rango
de derecho), desde su intervención el diseño de las políticas de descentralización mu-
nicipal barcelonesa hasta su reciente participación en uno de los equipos que elaboró
propuestas para el “Gran Paris”.
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De la urbanización sin ciudad a la ciudad del deseo
La ciudad del deseo no es la ciudad ideal, utópica y especulativa. Es la ciudad queri-
da, mezcla de conocimiento cotidiano y de misterio, de seguridades y de encuentros,
de libertades probables y de transgresiones posibles, de privacidad y de inmersión en
la vida colectiva. Es necesario reinventar el erotismo de la ciudad que no se encuen-
tra ni en el miedo público, como la agorafobia que es una enfermedad reciente de la
ciudad latinoamericana y que comienza a manifestarse en Europa, ni en la asepsia
aburrida del balneario suizo protegido, al cual tienden los “barrios cerrados” cada vez
más frecuentes tanto en Europa como en América. Ser ciudadano es el derecho a
sentirse protegido, pero también la libertad de vivir la aventura urbana. (Borja y Muxi,
2003:108)
La mayoría de estas postulaciones que hemos recorrido aparecen de modo indepen-
diente en discursos particularizados del campo de los estudios urbanos y territoriales
en las últimas décadas del siglo XX y principios de este. La particularidad de Borja
es haberlos articulado en un cierto paradigma abierto, en proceso y necesariamente
incompleto (o mejor, en proceso de completarse en la acción política concreta). Puede
explicarse así el impacto y la inuencia que su pensamiento ha tenido en distintas
prácticas técnicas, profesionales y políticas, en la formación de cuadros técnicos y
políticos y en variadas disciplinas vinculadas al estudio y la gestión de la ciudad, tanto
las relacionadas directamente a su aspecto físico-territorial como las ciencias socia-
les, jurídicas, etc.
Quizás por esa misma componente política que dene su práctica profesional, Bor-
ja también puede ser comprendido a partir de sus oposiciones o contraposiciones
respecto a los contenidos de la corriente principal del urbanismo contemporáneo. De
esos “contra-principios” pueden destacarse, por ejemplo, su furibunda invectiva con-
tra algunas palabras/conceptos que fueron adquiriendo hegemonía en el discurso ur-
banístico de las últimas décadas y su oposición militante a la Nueva Agenda Urbana
de ONU-Habitat, aprobada en la tercera reunión de dicho organismo en Quito, en
octubre de 2016.
Las palabras que Borja cuestiona al punto de proponer directamente su exclusión
de cualquier documento o propuesta de acción concreta en las ciudades son aquellas
que han poblado y pueblan todavía buena parte las recomendaciones y recetas de
organismos internacionales involucrados en la actuación urbana y su nanciamien-
to: sostenibilidad, resiliencia, equidad, competitividad, participación, gobernabilidad,
30
cohesión social, globalización… (Borja, 2013: 266 a 282). La preocupación semántica
alcanza también, como hemos visto, a construcciones del tipo “ciudades inteligentes”.
En esta crítica a los estereotipos del discurso urbano queda explicada la ecuación
imposible a que hace referencia el título de uno de sus libros: la imposibilidad real de
concretar en conjunto estos postulados retóricos, la quimérica ecuación que permitiría
un desarrollo urbano democrático frente a las dinámicas disolutorias existentes.
Frente a la Nueva Agenda Urbana, Borja plantea y lidera la formalización del Man-
iesto de Quito, presentado en un foro alternativo y paralelo al encuentro ocial de
Hábitat III. “La existencia de Hábitat hasta ahora no se ha justicado. Las Conferen-
cias cada veinte años y los Foros Urbanos más frecuentes han permitido encuentros
más propios de una feria popular repetitiva que de un espacio de debate, resoluciones
y seguimiento de los compromisos”, sostiene el Maniesto cuya redacción original
estuvo a su cargo (Borja, Carrión y Corti, 2016:311 a 325).
Al mismo tiempo que enfrenta los lugares comunes del discurso urbanístico contem-
poráneo, Borja debe realizar un esfuerzo permanente para dejar en claro su posición
respecto al proceso urbanístico de la Barcelona postfranquista, del que resulta tanto
un actor clave de su primera etapa como intérprete, difusor y crítico en años posteri-
ores. El segundo alcalde constitucional, el socialista Pasquall Maragall, lo convoca en
1983 como representante del PSUC al ayuntamiento, en el que se desempeña hasta
1995 como teniente de alcalde de Descentralización y participación, vicepresiden-
te-director ejecutivo del Área metropolitana, Delegado del Alcalde para las Relaciones
internacionales y Ponente de la Carta Municipal, sucesivamente. Su tarea es el diseño
de las políticas de descentralización municipal, pero también colaboró con Maragall
y los equipos municipales en la propuesta, análisis y evaluación de otras políticas
urbanas tanto en la etapa “heroica” de la acupuntura urbana y las transformaciones
barriales como en el lanzamiento, implementación y despliegue de los Juegos Olím-
picos de 1992.
Borja analiza esta época en términos de experiencia y proceso de la ciudad y
no del concepto popularizado internacionalmente de Modelo Barcelona, justamente
uno de los conceptos que somete a una dura crítica en función de su equívoco
fundamental –el de pensar acríticamente una ciudad como modelo a copiar o fran-
quiciar. Como indica el título de su libro, Borja interpreta las “luces y sombras del
urbanismo de Barcelona” diferenciando el sentido democrático y progresista de la
primera época (la de las acupunturas urbanas, la “monumentalización de las perife-
rias, la recuperación de los barrios y los espacios ciudadanos) de la deriva snob y
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especulativa que se expresa a principios de este siglo en el desafortunado episodio
del Forum de las Culturas (Borja, 2011).
Tras dejar la función municipal, Borja se dedica especialmente a la tarea de consul-
toría, a la actividad académica y a escribir, tanto libros de pretensión estructural como
artículos periodísticos o políticos de mayor urgencia para participar (o incluso) generar
debates sobre temas urbanos y su relación con la política general. En lo académico,
Borja crea una Maestría dedicada a las políticas, proyectos y gestión de la ciudad, que
se dicta en primera instancia en versión presencial en la UB y la UPC y luego como
curso digital en la UOC (en sentido inverso, desarrolla su propia tesis de Doctorado en
la UPC, que constituye la base de Revolución urbana y derechos ciudadanos).
En todas estas actividades se perla la creación de una relación cada vez más
fuerte con grupos profesionales, intelectuales y políticos de América Latina, en donde
contribuye fuertemente a la creación de una agenda urbana común basada en los
temas ya explicitados.
La actuación latinoamericana de Borja, en particular a partir de su salida del ayunta-
miento barcelonés, se produce desde campos diversos pero nalmente complemen-
tarios: la labor de consultoría, la asesoría a gobiernos de distintos niveles, la tarea
académica (tanto en el continente como en la propia Barcelona, donde su maestría
en gestión de ciudades atrae en sus distintas sedes y formatos a numerosos/as pro-
fesionales de distintas disciplinas convergentes en la acción urbana), la participación
en encuentros, congresos y seminarios y (no menos importante) el acompañamiento
a diversas experiencias militantes. El resultado es la conformación de una especie de
colectivo internacional-continental, heterogéneo en lo ideológico y disciplinar, difuso
en sus límites. No se trata de una “iglesia” con un líder y unos apóstoles sino más bien
de un grupo al que podríamos llamar “rizomático”, con propósitos convergentes pero
diversos y no siempre paralelos, asistemático y con capacidad de generar sentido
sobre diversos aspectos de la práctica y la gestión urbana –precisamente aquellos
aspectos en los que Borja centra a lo largo de su carrera su prédica técnica y política.
Consideraciones nales
El aporte de Borja podría entonces sintetizarse en la conformación de un discurso que
cuestiona con cierta coherencia ideológica y técnica las consecuencias de la prácti-
ca urbanística “que realmente existe”: privatización de espacios y bienes comunes,
especulación sobre el suelo y la vivienda, dispersión urbana, despilfarro ambiental,
mercantilización, etc. En los lustros iniciales del siglo XXI, el emerger de gobiernos
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progresistas de distintas raíces y características en América Latina pudo haber sido
una ocasión para poner en práctica (no necesariamente con su participación activa)
muchas de las ideas que concurren en los discursos de Borja. Que esto no haya sido
así puede tener muchas lecturas, entre las que pueden priorizarse dos de los límites
más fuertes de esos procesos progresistas: la dependencia del extractivismo y la pro-
ducción primaria como recurso económico, y la escasa vocación de estos gobiernos
por atacar la base fundiaria de los privilegios de clase en Latinoamérica, sobre la cual
se planteó en general una desregulación de hecho, contraria a la recuperación de la
intervención pública que caracterizó otras áreas de la economía y la política.
La prédica “espacio público + movimientos vecinales + derechos ciudadanos” de
Borja puede sin embargo considerarse una de las vertientes más poderosas de gen-
eración de sentido urbanístico en América Latina. Es paralela a otras vertientes dis-
cursivas como la acción del Lincoln Institute of Lincoln Policy en favor de políticas
scales de gestión de suelo (recuperación de plusvalías y regulación georgiana) o la
promoción de experiencias como las de Curitiba y Medellín, y en general confrontada
a los estereotipos –tanto los económico-políticos de la ONU, su sección de Hábitat
y los organismos multilaterales de crédito como los tecnofílicos de las grandes cor-
poraciones del Big Data. Y por supuesto, en las antípodas del modelo de inspiración
estadounidense de dispersión suburbana, comunidades cerradas y movilidad basada
en el automóvil privado.
En forma recurrente Borja postula la responsabilidad ética y social de los profe-
sionales (“no se puede ser neutro en estos temas”, Belil, Borja y Corti, 2012: 279) y
la actualización de los principios permanentes del urbanismo: acceso universal a los
benecios de la ciudad y la ciudadanía, control estatal del mercado del suelo a partir
de la normativa y de la scalidad y, en términos más generales, profundización de la
democracia a partir de hacer efectivos y reales los derechos legales. En línea con ese
común origen etimológico que hemos señalado al comienzo, su trabajo nos recuerda
en todo momento que el urbanismo es política, que la política se expresa (para bien y
para mal) en el territorio y que ambos construyen la ciudadanía como proyecto y logro
colectivo. Promover esa “ecuación” implica someterse a tensiones de signicado y de
acción, que Borja ha estado dispuesto a sostener durante toda su carrera.
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Referencias:
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